Para ser honesto, me asustas.
no por lo que haces, sino por lo que despiertas.
Me da miedo abrirte la puerta
y verme en tus ojos
con más claridad de la que soporto.
Miedo de no alcanzarte,
de no ser suficiente,
de aprender tu nombre
y después tener que perderlo.
Pero hay una verdad más grande
que todos mis temblores:
la idea de no tenerte nunca
me asusta mucho más.
Y quizá por eso sigo aquí,
con el corazón nervioso
pero de pie,
descubriendo que a veces
el amor no quita el miedo:
lo vuelve valiente.







