AYER, A LAS 03:43
Es inaudito. Me siento inaudito y aún cansado. Cansona es esa impredecible necesidad de, al comienzo, soltar como excusa inválida una que otra línea fuera de contexto, tan solo para continuar con un escrito. Como empujar un automóvil apagado rumbo al abismo. Como un desahogo. Y continúo…
Han pasado años en los que escribir fue una proeza, una gesta librada en medio de una guerra interna: conmigo mismo, con mis miedos, con mi inmadurez —que, a decir verdad, nunca he querido derrotar—. Años de pérdidas: de memorias tangibles, del color natural de mi enmarañado cabello —que ahora se ha tornado un opaco gris nube—, y de personas que, quizás, nunca debieron haber estado en mi vida.
Llevo días... semanas... pensándola. ¿Por qué me permito que se entrometa en mis más mezquinos deseos de seguir huyendo? Estorba en esta vida inútil, sosegada y apacible que llevo —y que tal vez ya había dado por definitiva—. Pero no. Tengo la prolongada y lamentable experiencia de seguir saboteándome. Qué raro. Vivir azuzado por mí mismo es mi hobby más primitivo.
Mi temor a escribir nace de mis impasibles moralidades, latentes por mis relaciones sociales y sentimentales. En este caso, escribir... y que sus ojos, rebosantes de tono avellana, me descobijen; que su boca, maleable y tímida, me complique; que sus manos, de uñas perfectas, me señalen. No quiero herir a nadie por asuntos inherentes a este mundo mío. No en este en el que decidí habitar.
... Fueron tres años, tal vez. Aunque parecieron diez. Veinte, quizás. Hasta que volví a escribirle sin escribirle, para no ser leído, por supuesto. Juro que había olvidado escribir —¡y la pensé, maldita sea!—, y, cuál estúpido conjuro, volví a detonar frases sin dirección, apuntando contra mi dignidad extinta. Y pasaron otros tres años para que sucediera de nuevo. Volví a escribirle: Y mi respiración —en mi mente y en mi deseo— zurcía retazos de su esquivo océano, ese que es inherente al mismo aire que solíamos respirar juntos. Volví a escribirle: Esta vez, para que sí me leyera. —«¡Hola! Cuéntame» —respondió.















