Serendipia
A veces alguien llega a tu vida como si trajera un mensaje que no entiendes del todo. No sabes de dónde viene, no sabes cuánto se va a quedar… pero sientes que su presencia no es casualidad. Y luego, cuando menos lo esperas, se va. Y lo único que deja es un vacío que no sabías que podías sentir por alguien que apenas conocías. Esa noche estaba en un bar nuevo con uno de mis mejores amigos. Él se encontró con su ex —la de siempre— y yo estaba ahí, físicamente presente pero mentalmente en otro lado. Valía madre por dentro. Con pensamientos intrusivos rondándome la cabeza, con esa tentación absurda de ir a buscar a la mujer con la que había estado saliendo semanas antes porque sabía que se movía por esas zonas. Era ese tipo de impulso que nace del vacío y del alcohol, no del amor. Y entendí que tenía que irme. Que había noches que no se ganan quedándote, sino sabiendo cuándo salir. Saqué el celular para contestar un mensaje, más por distraerme que por interés… y entonces pasó. Una risa irrumpió en mi espacio. Una mano desconocida empezó a picar mi pantalla sin permiso, con una ligereza descarada. Levanté la mirada y ahí estaba ella. Se rió, como si el mundo fuera simple, como si yo no estuviera cargando nada. Y se fue. Así, como un destello. No sé qué fue exactamente lo que me movió, pero fui tras ella. Y la noche se abrió distinta. Terminamos compartiendo risas, historias, miradas que parecían sostener más de lo que decían. Fue una de esas conexiones que no se explican: no hubo esfuerzo, solo fluimos. Y, sin embargo, algo dentro de mí no estaba en calma. Todo el tiempo tuve esa sensación inquietante de haberla conocido antes. No en esta vida cotidiana de calles y nombres, sino en algún rincón más profundo. Como si su energía me resultara antigua. Familiar. Y al mismo tiempo, inalcanzable. Y en medio de la risa, del calor, de la cercanía… sentí un vacío en el pecho. No era tristeza. No era miedo. Era una especie de eco. Como si su presencia estuviera llenando algo… y al mismo tiempo preparándolo para quedarse vacío otra vez. Ni siquiera estoy seguro de que me haya dicho su nombre real. Tal vez nunca fue importante. Tal vez su nombre no era lo que venía a darme. Porque después, simplemente desapareció. Sin escenas dramáticas. Sin despedidas que se queden grabadas. Solo se desvaneció, como esas personas que llegan a recordarte que todavía puedes sentir… y luego se marchan para que entiendas que la lección no era quedarte con ellas, sino reconocerte a ti en lo que despertaron. Y aquí estoy. Con la certeza extraña de que algunas personas no llegan para quedarse. Llegan para tocar una herida, encender una luz, abrir una pregunta. Y luego se van. -J Rivera












