La chica del viaje (IV)
Sin duda, la conversación con Carla me dió la determinación que me faltaba. No solo me convenció de hacerlo, tanta insistencia por parte de una chica tan atractiva me endureció solo de leerla.
Era la hora. Bajé al restaurante a esperar a Jenny.
Su entrada fue puro espectáculo. Hasta las camareras se giraron. Llevaba un vestido ceñido que delineaba cada una de sus curvas, escote profundo pero elegante, y esa sonrisa derritemontañas que parecía iluminar la sala entera. Caminaba con la seguridad de quien sabe exactamente el efecto que provoca.
Si me hubiera quedado alguna sombra de duda de si seguir o no, su forma de andar la habría disipado en segundos. Pero, después de lo de Carla, no era el caso.
Tras unos minutos de charla ligera sobre el viaje y el trabajo, ella misma llevó la conversación al terreno que ambos esperábamos desde el primer mensaje.
—¿Sabe Ana que vamos a cenar juntos esta noche?
—No. Se lo contaré cuando vuelva.
Una sonrisa traviesa asomó en sus labios, sin la menor intención de disimularla.
—¿Por qué no se lo has dicho antes? Vosotros siempre compartís todo, ¿no?
—Porque no estoy seguro de que esté preparada para imaginárnoslo con tanta antelación… sabiendo lo guapa que eres.
—¿Ah, no? ¿Por qué? ¿Le pueden dar celos?
Jenny había leído cada uno de mis relatos. Conocía la respuesta perfectamente. Mi silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
—Sabes… os envidio —dijo en voz baja—. Me encanta la complicidad que tenéis, lo mucho que os queréis.
—Sí, es verdad que nos queremos mucho.
—Ya. Yo lo noto… Siempre estás hablando de ella. Incluso cuando nos mandábamos fotos desnudos.
Su mano rozó la mía al alcanzar su copa de vino. Un contacto breve, casi casual. El alcohol empezaba a hacer su trabajo.
La temperatura de la mesa subió por momentos. Con la tercera copa, la conversación se aceleró sin remedio.
—Mario, quiero confesarte algo —dijo ella, bajando la voz—. Desde que leí el relato del vídeo… no he dejado de imaginar el momento exacto en que se lo pusiste. El choque de emociones que debió sentir al verte con tu ex… y toda la tensión acumulada durante la tarde.
—Y yo quiero confesarte otro: fue el momento más excitante de mi vida. Pero también te digo que jamás haría nada que le provocara celos demasiado intensos.
—Muy intensos no pero ... un poco sí, ¿no? - Me dijo sosteniéndome la mirada mientras seguía con su sonrisa puesta.
No me salían las palabras. Aunque fuera precisamente eso lo que tanto excitaba a Ana cuando estaba caliente, yo no podía reconocer que, a la vez que la quiero tantísimo, a mí, también.
Sobraron las palabras. Jenny lo entendió todo y ,simplemente, brindó:
— Por Ana!
— Por Ana! - contesté.
El vino también me estaba soltando a mí. Sumado a meses de conversaciones sin filtros en Tumblr, la desinhibición se adueñaba de nosotros por momentos.
Pero Jenny siempre iba un paso por delante.
—Que la hicieras correrse así… viendo cómo te follaba tu ex, mientras sentía esos celos al mismo tiempo… ufff, cómo me pone. Lo que habría dado por estar ahí, viéndole la cara mientras se corría.
Estaba desatada. Lo que tantas veces habíamos insinuado a través de la pantalla, ahora lo decía a solo un metro de distancia, con una expresión de puro morbo que me tenía al borde.
—Joder, Jenny. Si sigues hablando así, no sé si voy a poder contenerme - Me tiré el farol, como si aún tuviera alguna opción de resistirme a subir con ella.
Y siguió, implacable, sacando detalles cada vez más morbosos, siempre girando alrededor de Ana.
Que me estuviera tirando de esa manera no me cuadraba del todo. No me tengo por feo, pero tampoco soy Brad Pitt. Llevábamos casi un año construyendo una conexión erótica muy intensa, cierto … pero tenía que haber algo más. Lo intuía. Y no quise quedarme con la duda.
—Jenny, dime una cosa. ¿Qué es lo que más te pone de todo esto?
—¿A mí? No sé… es todo muy morboso. Nunca había vivido una situación tan ardiente.
—Pero ¿qué lo hace tan ardiente exactamente? ¿Tiene algo que ver que esté casado?
Touché. Volvió a asomar esa sonrisa entre tímida y nerviosa. Intentó ocultarla con un sorbo largo de vino, pero no desapareció.
—Verás… envidio mucho a Ana. La relación que tiene contigo, lo guapa que es, lo apasionada, cómo os queréis… Pero…
No terminó la frase. Otra risa nerviosa. Otro trago. Silencio. Luchaba consigo misma, debatiendo si cruzar la línea o no.
Hasta que dejó la copa sobre la mesa con decisión y soltó la bomba, esta vez atómica:
—Me excita muchísimo la idea de ser yo la que le provoque los celos esta vez… follándome a su marido …. y que, después, lo vea.
















