Y sí, yo también hago mi balance anual - 2015 -
Lo que ha continuación desarrollaré surgió de una conversa que se tienen pocas veces en la vida, o quizás no. Un poco pensando en este año y en la vida en Buenos Aires. Esta me pareció particularmente especial porque fue con quien me recibió en esta ciudad. Y hacer esta especie de balance y coincidir con ella en varias cosas la hace significativamente importante para mí
Nosotras decidimos mudarnos a Buenos Aires, una ciudad mucho más grande y movida que la nuestra (Caracas). Ella, hace unos cuatro años, yo hace 11 meses, ambas con similares y diferentes motivos. Con tragos en mano (obviamente) comenzamos a charlar, palabras iban y venían y de pronto algo como “acá cuesta sentirse parte de un todo”, “es tan fácil conectarse y desconectarse con esta ciudad” hizo que nos detubieramos a desmenuzar esa idea.
Acá no hay una montaña que te recuerda lo pequeño y vulnerable que puedes ser, una montaña con su misterio, su verde, su enorme verde que del otro lado esconde el mar, el inmenso Mar Caribe y que por más que queramos es imposible moverla/cambiarla. Nos tocó adaptarnos a ella. En Buenos Aires tenemos verdes, sí, planificados, parques y plazas hechas y diseñadas para disfrutar al aire libre y un río muy caudaloso, que luego se une con el Atlántico, en el que no te puedes bañar precisamente porque el hombre lo ha inhabilitado perdiendo así el contacto directo con lo más lindo que tiene Baires. Acá volteamos la mirada, le damos la espalda al río para admirar diseños arquitectónicos antiguos y modernos que le dan a la ciudad una vista increíble, podemos viajar y visitarla gracias a un buen sistema de transporte y sí, es una ciudad maravillosa, que te encanta, te envuelve y te atrapa y nuestra sensación al pensarla nos conecta con ese hombre que todo lo puede, ese que moldea todo a su conveniencia, que puede caminar por una ciudad llena de árboles de jacaranda que están ahí precisamente porque fueron sembrados con esa intención, hacer que la ciudad se vea linda cuando ellos florecen. Una ciudad donde el concreto supera lo natural.
Este texto puede verse como una especie de licuado de canciones de The Beatles con Bob Marley y Capoeira, muy, muy empalagosamente hippie, #SorryButNotSorry. Eso sí, no lo vean por el lado crítico a la ciudad, para nada es la idea.
Sentirse parte de todo es sentir amor por ti y por todo lo que te supera, y me refiero a lo natural, a lo que no creamos nosotros. Los caraqueños somos súper afortunados en ese sentido porque tenemos esa inmensa montaña que nos recuerda que somos un pequeño punto en el universo (o al menos nosotras nos conectamos con eso), y que si la naturaleza “quisiera” ella misma podría destruirnos, como ya lo hizo una vez con el deslave en Vargas. Seguramente el porteño tendrá su manera de hacerlo, yo aún no lo encuentro y cuando me hace falta pienso en Caracas y su Ávila (sí, otras que dice que lo extraña y bla, bla, bla) o en ese pueblo pequeño en Barinas llamado Batatuy donde podía ver todas las estrellas, porque ahí crecí y son ellos los que me hacen sentir como quiero sentirme, parte de un todo.
Yo no puedo estar más agradecida con este año, afortunadamente amor es una de las cosas que más he sentido, ese que se revuelve con nostalgia a full, alegría, tristeza, miedo, angustia y soledad, todo gracias a los afectos y sus efectos y por supuesto a Buenos Aires, con su gente, sus costumbres, sus ciclo vías, su río, su música, su obelisco, sus atardeceres…
Los que me conocen ya saben que tengo mis épocas empalagosas, Navidad y fin de año es una de ellas y es de las que me gusta disfrutar; es raro estar en una ciudad donde la época decembrina se vive de una manera a la que no estás acostumbrado, pero ya ese es otro cuento que probablemente, si me animo, escribiré.
Hasta otro arrebato de tragos y reflexiones intensas.