Sueles pasar las noches leyendo tranquilamente, encerrado en tu azotea, y cuando el amor parece llamar a tu puerta, nunca sueles responder a su llamada, dejando una respuesta silenciosa ante su invitación.
Qué triste resulta que te gusten más los libros que los propios chicos que te pretenden, y que el amor de tu vida no pueda salir nunca de esa jaula de papel y letras en la que parece estar encerrado contigo.
Tan absorto en la lectura, que incluso las flechas de Eros parecen pasar de largo cuando son disparadas hacia tu dirección, dejando una leve brisa que tan solo acaricia tus cabellos y mueve la página de capítulo en capítulo, pero nada más.
¿Llegará algún día en donde tu corazón lata y no sea por la tinta impresa? ¿Habrá algún joven de carne y hueso que parezca escapado de las novelas que lees para hacerte compañía en la vida real?
El tiempo pasa, y esa pequeña muralla de bibliotecas que construiste como torreón en donde encerrarte sigue creciendo con cada libro que terminas, y parece que aún no llega el caballero de los cuentos que trepe hasta la cima y te haga libre de tu propio encierro.
¿Podrá algún poeta liberar las cadenas de tu frío corazón y hacer que lata con la calidez de sus versos? ¿O seguirás viviendo por siempre fielmente a un monólogo propio?
¿Cuántas cartas deben escribirte estos muchachos para que por lo menos tus ojitos se posen una vez sobre ellos y se aparten unos segundos de tu lectura?
Tú, que siempre fuiste un lector empedernido pero jamás de las novelas románticas, ¿será que tampoco te gusta el amor en la realidad? Aquel que se siente en la piel y en las yemas de los dedos cuando se toca, el que se saborea en los labios cada vez que se da un beso sincero y deja mariposas revoloteando por el estómago.
¿Qué personaje ficticio debo encarnar para que me veas, para que me beses, para que me ames y para que me leas?
¿Puedo llegar a tocar tu corazón sin un lápiz ni papel, solo con estrofas pronunciadas?
Si me dejas, puedo ser el escritor de todas tus fantasías y sueños, de tus recuerdos más felices y esa compañía en la melancolía agridulce. Quien vea tus ojitos iluminados por las estrellas en cada noche, y quien te acompañe a la cama justamente antes de dormir. Aquel a quien toques y mires con tanto cariño como lo haces con los libros.
Mi pequeño principito encerrado en su torreón, ten paciencia, pues voy en mi montura de camino, luchando con fieros molinos que son gigantes, atravesando todas las puertas ocultas a otros reinos escondidos en los armarios, pasando por mi propia metamorfosis para poder entenderte, ofreciéndome como tributo para tu corazón.
Dame algo más de tiempo, pues estoy cerca tuya, pero no lo suficiente aún. Así que, de mientras, tendrás que conformarte con esta carta que te escribo, esperando que tus ojitos me lean con cierta ilusión, y que se vuelva tu nueva lectura favorita.

















