La silueta de Lucía se fusiona con los vapores y los aromas de su cocina, prepara un guiso de menudencias que sólo su sazón le da el sabor perfecto, Don Prudencio, el esposo de Lucía, sale de trabajar a las cinco de la tarde, está hambriento así que desea llegar lo más pronto posible a casa y sentarse a la mesa para que Lucía le sirva, por lo menos, un par de raciones de esos trozos de riñones, hígado, panza, y sobre todo mucho corazón y del que Don Prudencio es tan fanático, Lucía afina los últimos detalles, tantea el agua al arroz y le mide la sal a su corazón y a sus entrañas, tiene que estar todo en su punto para el deleite de Don Prudencio, ya son las cinco con treinta minutos así que Don Prudencio está por llegar, Lucía alista la mesa, pone el arroz y las entrañas al centro de la mesa, en cada extremo un plato con su juego de cubiertos, seguido,Lucía acerca un comal al fuego y sobre él pone dos pares de tortillas; Don Prudencio, dos cuadras a punto de llegar es dristraido por un destello falaz y arrollado por un autobús fantasma, un espejismo del tiempo, dando de volteretas sin caer al suelo, Don Prudencio se sacude y sigue, llega a casa, es más sencillo preguntar por la comida que saludar, se sienta frente a la mesa y come, un poco de hígado, tal vez riñón, la panza ni la tocó y el corazón, el corazón de Lucía, mejor lo tiró.