Crónica de una mierda anunciada.
No sé qué me lleva a hacer esto. Quizá el contarlo, el dejar de lado el típico y manido “estoy bien” intentando poner buena cara a todo y a todos, me quite un peso de encima.
La historia de mi vida tiene tres puntos que la han marcado. El primero fue el comienzo de todo, cuando nací. Ya desde entonces mostré que tenía ciertos problemas para sociabilizar, que esas cosas me incomodaban o me hacían sentir mal. Siempre me han contado (y han contado en general) la típica “anécdota” de que, teniendo yo meses y yendo en el carrito, me echaba a llorar cada vez que alguien se acercaba simplemente para verme. Si no reconocía la cara (y con “cara” me refiero a mis padres y hermanos), me ponía histérica. Que vinieran visitas a casa, aunque fueran familiares, para mí era una tortura. Tengo el recuerdo de oír el timbre y salir corriendo para esconderme debajo de una mesa. No sé si en esa época reinó más la sorpresa o el sentimiento de ofensa por tal hecho, pero era lo que había.
Fui la pequeña de cinco hermanos. Con gran diferencia. La típica que viene de rebote cuando ya tienes tu vida hecha y ordenada. Así que crecí entre algodones, querida y sobreprotegida, en parte por ser la muñequita de casa y en parte por mi excesiva timidez. Y crecí sintiéndome así, protegida. Pero también tímida, en exceso. Para mí saludar a alguien era motivo, literalmente, de ir corriendo a casa y compartirlo orgullosa con mi madre. Y aunque aprendí a sociabilizar en la medida de lo que para mí era posible, nunca llegué a sentirme cómoda en mi totalidad.
Y así pasaron los años y mi vida, bastante vacía pero llevadera en la medida de lo posible, hasta que llegué al segundo punto, hará unos diez años. Yo siempre había creído que era tímida. Quizá más exageradamente de lo que viene siendo normal, pero tímida. Casualmente o no, hace unos diez años descubrí que no era simplemente tímida o introvertida. Conozco gente que lo es, pero para ellos no supone un sufrimiento interno, simplemente es algo que les viene en momentos puntuales y ya. Descubrí que padecía la llamada fobia social, algo que me bloqueaba mentalmente a la hora de tener que salir de mi zona de confort. Para mí empezar algo nuevo, conocer gente nueva, tener que relacionarme más allá de lo básico, me generaba una sensación de bloqueo y ansiedad bastante potente. Ya no sólo era sentirme observada y ruborizada, es que me entraban náuseas, temblores, se me aceleraba todo, mi mente dejaba de funcionar. Era como que se te nublara la vista, no ver más allá, ser incapaz de reaccionar.
En ese momento me sentí incapaz de compartir eso con nadie. Y es algo que he sobrellevado yo sola conmigo misma durante unos 7 años aproximadamente. Realmente no sé cómo, supongo que con un gran esfuerzo y mucha voluntad, acabé mis estudios. Quise abandonarlos, pero me infundí ánimos a mí misma y conseguí finalizarlos. No universidad, jamás, aunque existieran opciones que me llamaran la atención. Pero para mí tener que enfrentarme a tanta gente, a un mundo tan diferente, amplio y amenazante, me suponía una ansiedad inimaginable.
Acabé los estudios y ahí vino el gran error de mi vida: me encerré en mí misma. Lo normal al acabar es enfrentarte al mundo, buscar opciones, caminos. Para mí no. Yo me encerré en mi “mundo feliz” poco a poco y sin darme cuenta. Realmente sin darme cuenta. No hacía nada por relacionarme con los demás, por buscar hobbies, por buscar vida fuera de mi casa y mi entorno. Internet es la almohada de las relaciones y yo me aferré a ella. Todo era más fácil. No tenías que vivir la ansiedad de conocer gente cara a cara, de que notaran tus nervios, de sentir esa necesidad de salir corriendo porque todo te tiembla. Y a ello me enganché durante gran parte de mi vida, durante los que se supone que tenían que ser los mejores años de mi vida. He conocido gente genial por Internet, mejor que mucha de la gente que conoceré cara a cara el resto de mi vida. Pero creo que el precio que he pagado por ello ha sido demasiado alto.
He dejado de experimentar muchísimas cosas por todo esto, por no haber agarrado el problema desde que supe que lo tenía y haber intentado arreglarlo cuando tenía todas las fuerzas y todo el tiempo del mundo por delante. Nunca me he ido de vacaciones con mis amigos, ni he hecho planes para irnos a la playa o al monte un sábado cualquiera. Ni tampoco he organizado la típica cena de colegas en casa. Ni he ido apenas al cine con nadie. Ni tampoco hablemos de ver pelis en casa. Da igual la cosa que imaginéis, seguro que yo no la he hecho. Y he perdido, y con razón, muchos amigos o proyectos de amigos por el camino, por vivir en mí sin expresar siquiera el porqué. Por no pedir ayuda porque no sentía necesitarla.
Hasta hace un año justo, el cual es el tercer punto de mi historia. No sé a raíz de qué, quizá por todo el peso que ya llevaba encima, entré en una crisis de ansiedad. Pasé posiblemente el mes más putamente caótico de mi vida. No dormía, apenas comía porque no podía, sólo me salía llorar y sentir que el mundo se me venía encima día tras día, que la ansiedad me mataba viva. Levantarme de la cama era una jodida tortura porque estaba reventada física y moralmente. Tras ese mes, me regulé un poco, ya no era todo tan negro. Sabía que tenía cosas que resolver, pero no me sentía tan derrotada.
Llevo un año lidiando con ello como puedo, con ayuda de gente que sabe, con apoyo de gente que me quiere y aguanta, mucho, y también conmigo misma. A veces es complicado infundirse ánimos a una misma, fuerzas para hacer algo. Y es agotador tener que lidiar con el miedo de enfrentarse al mundo (y a la gente) unido a una tristeza inigualable e inexplicable. Sacar fuerzas de ahí cuesta horrores. Porque a veces sientes esa sensación de ser capaz y al de cinco minutos, sin explicación lógica ni racional, sientes que no vas a poder con ello. Nada tiene sentido en mi puta cabeza en estos momentos, porque sé que no hay hechos tangibles que me deban preocupar. No vivo en la calle, no debo dinero a alguien que me vaya a matar por ello, si necesito un abrazo lo tendré. Pero aun así siento que mi mundo no tiene sentido ni razón de ser, que todo es muy complicado y vacío, que nada puede ni va a poder motivarme.
Y es que ojalá pudiera ver el mundo y sus circunstancias como la gente “normal”, ojalá para mí todo fuera tan simple y lógico. O ilógico, porque las cosas no suelen seguir un patrón y en mi mente muchas veces sí, lo cual en ocasiones me tortura. Ojalá pudiera sentir las relaciones de la misma manera. Ojalá pudiera dar el valor justo a cada persona, no alejarlas sin conocerlas, no negarme a ellas, o no acercarlas demasiado y no saber sobrellevar eso como hacen los demás. Y ojalá no me dolieran tantas cosas y de manera tan intensa como lo hacen muchas cosas que para el resto del mundo son normales, llevaderas o que se olvidan en dos días.
¿Soy especial? Sí, de una manera desgarradora xD