Era una broma, ¿no? Tenía que ser una broma de mal gusto. No podía ser cierto que ella estuviera a punto de marcharse y dejarlo solo en ese mundo cuando fue la principal responsable de la luz que le dió belleza a todo lo que rodeaba al emperador caído. Ella actuaría hasta el final como si aquella situación no significará lo que representaba en realidad, queriendo hacerle creer que se trataba de un simple juego de niños donde las risas se detienen por el cansancio pero que, después de unas horas, podrían retomar como si nada. No, no, no podía aceptarlo. Aun si la sonrisa de Pallas aseguró que todo iba a estar bien, ¿cómo quería que solo unas cuantas palabras lo hicieran sentirse bien y con esperanza? La muerte de la diosa era la muerte de su luz, de su felicidad, de todo lo bueno que pudo tener…
Una a una las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos como pequeños riachuelos sin control. “Pero…no… no quiero que te vayas, Pallas…” sollozó, expresando los sentimientos con libertad. “Me dijiste que ibas a quedarte siempre conmigo, que nunca íbamos a separarnos…¡Me lo prometiste!” inclinado, tomó a la diosa desde los hombros hasta fundirse con ella en un abrazo desesperado que pedía a gritos por retenerla consigo. “¡No te vayas, por favor…! ¡No quiero quedarme solo!”
Cada vez más fuerte, el sollozo se transformó en un fuerte llanto infantil con el desgarro suficiente para penetrar en las almas de quienes alcanzaran a escucharlo. “¡Yo también…! ¡También te quiero!” gimoteó casi de inmediato cuando escuchó ese último suspiro que se llevó su corazón. La emoción que no supo identificar a la primera estaba finalmente resuelta en el más trágico de los escenarios posibles cuando las probabilidades de un futuro feliz se desmoronaron enfrente de sus húmedos ojos plagados por la desolación. “¡Te quiero, Pallas…! ¡Quédate…quédate…!” un dolor imposible de describirse con palabras. ¿Por qué tenía que amar para perder? Sencillamente no era justo para ninguno de los dos. “¡POR FAVOR…!”
Era una broma, ¿no? Tenía que ser una broma de mal gusto. No podía ser cierto que ella estuviera a punto de marcharse y dejarlo solo en ese mundo cuando fue la principal responsable de la luz que le dió belleza a todo lo que rodeaba al emperador caído. Ella actuaría hasta el final como si aquella situación no significará lo que representaba en realidad, queriendo hacerle creer que se trataba de un simple juego de niños donde las risas se detienen por el cansancio pero que, después de unas horas, podrían retomar como si nada. No, no, no podía aceptarlo. Aun si la sonrisa de Pallas aseguró que todo iba a estar bien, ¿cómo quería que solo unas cuantas palabras lo hicieran sentirse bien y con esperanza? La muerte de la diosa era la muerte de su luz, de su felicidad, de todo lo bueno que pudo tener…
Una a una las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos como pequeños riachuelos sin control. “Pero…no… no quiero que te vayas, Pallas…” sollozó, expresando los sentimientos con libertad. “Me dijiste que ibas a quedarte siempre conmigo, que nunca íbamos a separarnos…¡Me lo prometiste!” inclinado, tomó a la diosa desde los hombros hasta fundirse con ella en un abrazo desesperado que pedía a gritos por retenerla consigo. “¡No te vayas, por favor…! ¡No quiero quedarme solo!”
Cada vez más fuerte, el sollozo se transformó en un fuerte llanto infantil con el desgarro suficiente para penetrar en las almas de quienes alcanzaran a escucharlo. “¡Yo también…! ¡También te quiero!” gimoteó casi de inmediato cuando escuchó ese último suspiro que se llevó su corazón. La emoción que no supo identificar a la primera estaba finalmente resuelta en el más trágico de los escenarios posibles cuando las probabilidades de un futuro feliz se desmoronaron enfrente de sus húmedos ojos plagados por la desolación. “¡Te quiero, Pallas…! ¡Quédate…quédate…!” un dolor imposible de describirse con palabras. ¿Por qué tenía que amar para perder? Sencillamente no era justo para ninguno de los dos. “¡POR FAVOR…!”
La muerte para los dioses podía ser como existir pero en la nada absoluta, perdía la noción del tiempo y espacio. En el caso de Pallas, caía en la eterna oscuridad… lugar donde el vacío cósmico le recordaba lo sola que estaba en el universo, y aun si no lo estuviese estaría condenada a abandonar todo y todos los que ama.
Por mucho que caminara con sus pies sumergidos en agua no llegaría a ningún lado, debería ahogarse en su propia tristeza por haber abandonado a Cronos de esa manera tan dolorosa… pero continuaba caminando por simple inercia mientras intentaba asimilar lo que acababa de pasar en un estado de trance…
Sus facciones ya no expresaban nada, pero por sus mejillas descendían abundantes lágrimas. Aquellas que en sus últimos momentos se negó a derramar.
Camina… deambula sin rumbo por toda la eternidad…
Tic, tac… tic, tac… tic, tac…
El sonido lejano de un reloj de pared llegó a sus oídos, y se desconcertó haciéndola reaccionar. Cuando lo hizo, la realidad se distorsionó a su alrededor para su propia sorpresa, ya no estaba deambulando sin rumbo en esa oscuridad sino en un extraño portal donde la luz y la oscuridad estaban en constante movimiento de rotación.
Cuando quiso darse cuenta, su visión dio con el techo de un dormitorio… su dormitorio, y aun confundida se reincorporó tratando de procesar lo que había sido todo aquello con la respiración entrecortada.
Se inspeccionó rápidamente y descubrió que no tenía ni una sola herida, y mucho menos rastros de haber estado sobre un charco de sangre. Su ropa estaba en buen estado y las sábanas de la cama cubrían su figura.
—Fue una pesadilla… ¿v-verdad…? —murmuró para sí misma cuando cayó en cuenta de lo que sufrió, y soltó unas risas bajitas que poco a poco fueron transformándose en sollozos.
—Solo… fue… una pesadilla… no me fui… no lo abandoné… —concluyó temblandole la voz y se cubrió el rostro con las manos, ahogando los sollozos por ese horrible dolor que experimentó. No el físico sino el sentimiento de abandonar a quien apreciaba muchísimo.