⋆ espacio de rol privado.
he wasn't even looking at me and he found me
Xuebing Du
art blog(derogatory)
Aqua Utopia|海の底で記憶を紡ぐ
tumblr dot com

izzy's playlists!
wallacepolsom
DEAR READER
styofa doing anything

PR's Tumblrdome
KIROKAZE
No title available
Cosmic Funnies

祝日 / Permanent Vacation
Today's Document

@theartofmadeline

No title available
Alisa U Zemlji Chuda
TVSTRANGERTHINGS
No title available
seen from Thailand
seen from Japan

seen from Bulgaria

seen from United States

seen from Malaysia

seen from Malaysia

seen from United States
seen from Poland

seen from Poland
seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from Japan
seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from United States

seen from Bolivia
@kusturicas
⋆ espacio de rol privado.
Keaton se enfocaba en nada más que sus pies, pateando la nieve fuera de su camino. Era casi un reto no mirar en otra dirección, pues sentía cómo la mirada ajena de vez en cuando se posaba en él... ¿O sólo lo estaba imaginando? De cualquier manera, y pese a toda resistencia que él pudiera forzar, su rostro estaba cubierto de color a través de ambas mejillas y hasta sus orejas. ¿Elias sabía que fecha era? Se venía diciendo a sí mismo que no, que nada que ver. Que cómo se le ocurría.
"Uh," rió, pasándose una mano por la nuca. "¿Por alguien mejor? ¿De qué hablas?" No podía dejar de reír, ¿por qué no podía dejar de reír? "No. En realidad...⸺bueno, en realidad sí me invitaron a algo, pero no tengo ganas de ir." Presionó sus labios juntos, y finalmente... ¡Finalmente! Se atrevió a mirarlo. Aunque nada más un segundo, antes de continuar pateando la nieve. "¿Por-por qué? ¿Tenías algo en mente? Porque estoy... estoy disponible. Si quieres. Podemos⸺podemos... Síp." ¿Qué?
El problema con jugar a pretender era ese. Le bastaba con verlo para reconocer que no podía cuando el problema tenía nombre, un rostro inconfundible, formas y maneras, peculiaridades únicas; cosas que, de tratarse de alguien más, seguramente habría considerado ridículas.
Elias no tenía remedio, de eso no había duda. Pero al mismo tiempo era incapaz de verlo por sus propios ojos, de verse a sí mismo gravitar inconscientemente a su alrededor. Solía preguntarse si acaso Keaton era consciente, si tenía la menor idea. La mayoría de las veces, se convencía a sí mismo con que estaba tan acostumbrado a su presencia en su vida, que su sentir era normal. Nada de qué extrañarse.
“Tú sabes de qué hablo” le retrucó con plena convicción, sin ceder ante el estallido de risa por más contagioso que fuera. “Ves, ni siquiera pudiste negármelo. ¿En serio ibas a decirme que nadie te invitó a nada en San Valentín? Vamos, por favor” embargado por la incredulidad y un mal presentimiento sobre quién había hecho la invitación, revoleó los ojos. Porque también lo habían citado a otros algos, pero en un destello de lucidez, decidió rechazarlos. Durante el segundo en que cruzaron la mirada, se le ocurrió pensar que ya no quería planes vacíos. No desde la última vez, al menos.
“Bueno, te tenía a ti en mente” eso era todo. Para cuando percibió cómo pudo haberse dado a entender, era tarde para echarse atrás. Lo único que le quedó fue encogerse de hombros con una sutileza muy propia, casi hasta perezosa. “Quiero decir, nosotros— tú y yo, nadie más” le confesó con suma naturalidad, como si nada. En el fondo, no había hecho sino ser honesto. “Traje algo de Vail para ti, y tengo algunas películas viejas. Pensé que podíamos tomar algo, pasar el rato...” tan simple como eso. Era lo que hacían los amigos, ¿no? Tal vez sólo había olvidado cómo se sentía.
“Ya deja de hacer eso, Keaton, no jodas” tuvo que hacer un esfuerzo por mantener la seriedad en vez de reírsele en la cara. ¿Qué se suponía que estaba haciendo con la nieve? En su lugar, lo señaló con el cigarrillo entre los dedos, acusatorio. “Vas a terminar cayéndote, y después no vengas con que no te lo dije.”
“Así que cuéntame, Keaton...”
Había venido espiándolo de soslayo durante todo el camino, de tanto en tanto y con un cierto grado de moderado disimulo. Casual, al margen. El par de semanas fuera le sentaron bien, le cambiaron el semblante mas no de realidad; si acaso, no la cambiaría por nada, no en ese instante. Sólo no quería arruinarlo.
“¿Tienes algún plan para hoy?” pretendió curiosear, como quien no quiere la cosa mientras intentaba que su encendedor funcionara de una vez. Un chasquido tras otro, sin éxito para un vicio sin propósito. Que tuviera las manos entumecidas por el frío no era de mucha ayuda, y que la única forma de caminar fuera prácticamente arrastrando sus pies sobre la nieve tampoco. “Pensé que tal vez podíamos...” no concluyó la propuesta, no porque no se atreviera sino porque la idea de que Keaton tuviera otra cosa en mente que no lo incluyera a él era una posibilidad. Sólo no quería aceptarla. “No me habrás reemplazado por alguien mejor en mi ausencia, ¿o sí?”
El color se le subió a las mejillas, titubeando en hacer... básicamente todo lo que le dijo Elias: Ofrecerle algo mejor, cerrar la puerta, responder sobre lo de las historias... ¿Se supone que debería? Una pregunta que se extendía para todos sus dilemas.
Se decidió por cerrar a puerta primero, con delicadeza. Girando el pomo para que no sonara el click del cerrojo, como si no quisiera que posibles oídos de terceros se enteraran que se estaba encerrando con él en su dormitorio. Acto seguido, se apoyó sobre ella.
"De hecho, debería estar estudiando, pero no me puedo concentrar con..." Hizo un gesto, señalando lo que sea que estaba sucediendo frente a sí. Bueno, al menos ahora sabía que era empacando para irse a su casa. Sentía el impulso de detener esa tarea, cayendo en el problema de cómo. "¿Q-qué considerarías una oferta... mejor?" preguntó, por las dudas. Estaba seguro que le ardían hasta las orejas, pero no le importó (... mucho).
Suspiró. No tenía que estar pensando en eso. Tenía que concentrarse en lo que quería saber, en el conflicto. Sacudió la cabeza.
"Sé que no le caes muy bien a Stokes, y... supongo que es recíproco, pero. No sé. ¿De verdad tenían que irse a los golpes? Solo... solo quiero saber." Una pelea y punto. No conocía de esas. Cada pelea que había presenciado había sucedido por una razón, alguien diciendo algo, buscando algo. ¿Quién sería, en el caso de esos dos? ¿Por qué? Pero se le cayó la mirada. Realmente no le incumbía. "No tienes que decirme nada, pero... me preocupé."
Claro que eligió sus palabras de forma consciente; la doble intención era explícita. Sería hipócrita si dijera que no esperaba obtener una reacción, algo. Pero de lo que no fue consciente, fue de la manera en que su sonrisa terminó por extenderse plácidamente, de oreja a oreja. Una satisfacción pura que se contradecía con el resto de sus conflictos, efímera y motivada únicamente por todo lo que Keaton no dijo. Tomó su silencio como una victoria tonta, y el color que teñía sus facciones impolutas como una suerte de recompensa a cambio de una noche estropeada.
Así que no dijo más. No presionó cuando podría haberlo hecho, se quedó con su expresión impresa en su memoria, porque ahora ese recuerdo era sólo suyo. Apartó la vista y negó con la cabeza, resoplando una risa corta y descreída. “¿Es mi culpa que no puedas concentrarte, es eso? Vamos, no puede ser...” no es para tanto.
¿Acaso era para tanto? En su mente, el desastre a su alrededor no era nada inmanejable. Podría haber sido peor, si consideraba su historial. Lo que quedaba de esa complacencia se disipó poco a poco, entremezclándose con una oleada de culpa que lo azotó de golpe ante la preocupación ajena, al percatarse de la dimensión del estrago. “No... — no lo decía en serio” aunque encontró un cierto regocijo en que le preguntara, como si en verdad lo considerara, aun si quedarse no fuera una opción. “Pero puedes entrar y luego vemos, ¿no? ¿O vas a quedarte ahí?”
Resolvió erguirse, ponerse en movimiento, pensar en otra cosa que no fuera en esa insistencia sobre un asunto que preferiría enterrar. Si no sintiera que le debía sinceridad, sería más fácil. “Sólo quieres saber...” repitió por lo bajo, sin esforzarse en camuflar el matiz de frustración en su voz. Cómo si él no quisiera saber.
“No, no teníamos. Todo podría haber sido paz y amor” ironizó sin el menor humor, a medida que recogió un par de camisetas del suelo. Se llevó una al hombro, mientras sacudió la otra en el aire. No era con él, tuvo que repetirse. Pero sí lo era. Nicholas lo había hecho evidente con sus insinuaciones sobre cómo iba a arruinar las cosas otra vez. Como todo cobarde, era bueno dando golpes bajos. “Pero digamos que él no quiso y a mí no me quedaron más opciones. ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué le diera las gracias por el golpe con un beso de buenas noches, tal vez?” se escudó, como siempre a la defensiva, como cada vez que le pedían que rindiera cuenta de sus actos.
Soltó el aire que pareció haber contenido durante horas. “Ni siquiera empecé, yo sólo—” le reconoció con un remordimiento arraigado dentro de sí, antes de frenarse en seco. Era mejor dejarlo ahí. Lanzó la prenda al interior del equipaje sin ningún cuidado. Un gesto simbólico en sí mismo. “Lo siento, Keaton, y estoy bien, pero no lo hagas” mas creía conocerlo lo suficiente como para intuir cuál sería su respuesta. “Preocuparte, quiero decir. No lo hagas, no hace falta. Cuando nos veamos de nuevo en unas semanas, esto ya habrá quedado en el pasado.”
Qué mentira.
Fueron sus compañeros de cuarto los que le informaron de todo el jaleo. Ni siquiera fue en tono informativo, contándose entre ellos sobre lo sucedido como cualquiera que hablara del drama de la semana: Sinner y Stokes se habían ido a los golpes. Hicieron a Keaton parte de la conversación por simple alcance. Era obvio que él no había oído nada, estaba encerrado estudiando o se llevaría la materia otra vez.
Lamentablemente, la información era un distractor muy eficiente.
Keaton no alcanzó a darse cuenta cuando ya estaba al interior del dormitorio de Elias, una mirada inquisidora tratando de averiguar los detalles que el chisme no proporcionó. Como el hecho de que Elias Sinner, al parecer, estaba preparando las maletas para irse.
"¿Por qué...?" gesticuló vagamente al lugar del equipaje, de la ropa. No tenía sentido en su cabeza. Nada tenía sentido, si era honesto. Le miró con la duda expresa en sus facciones; ceño fruncido, terminó de acercarse a él. Tenía práctica con el lenguaje evitativo, Jonah lo hizo víctima prácticamente toda su infancia. Como mucho, se sintió un poco culpable por meterse en asuntos que no le incumbían, pero no le importó mucho entre la lluvia de dudas que deseaba que Elias satisficiera. "¿Estás bien? Eso se ve muy feo." Su ojo, se refiere. No se lo había imaginado tan grave. "No seas malo. ¡Me acabo de enterar de todo! Bueno, no de todo... pero, ¿qué rayos pasó?"
Debería haberlo sabido, Keaton no iba a dejarlo pasar así como así. Haría preguntas que él no querría responder, y si Elias se lo permitía, le abriría una puerta que bajo ningún motivo debía abrirse, como la cercanía y sus implicancias y los límites que se había impuesto hacía tanto tiempo. Así que lo espió de reojo en silencio, viéndolo acercarse con cierta incredulidad, dejándole un espacio para que entreviera o tan sólo vislumbrara una parte de lo que se movía debajo de él, a contra luz.
“No tengo nada más que hacer aquí” dejó caer la mirada casi en un gesto de resignación y permaneció con la cabeza gacha por el correr de unos segundos, conflictuado por razones que no pensaba revelar. “Di mi último examen temprano por la mañana. A menos que tengas una mejor oferta, me voy” no era una proposición real, pero a la vez no era como si volver a casa le significara una gran alegría. ¿A dónde iría, si no?
Se sonrió sin siquiera esperárselo, y aunque la sonrisa no fue completa, bastó para cambiarle un poco el semblante, viéndolo a los ojos. La confusión pintada en el rostro de Keaton no hizo otra cosa que causarle gracia. Algo que no llamaría por su nombre. “Gracias Harrison, al menos ahora sabré que si no apareces después de mis historias, será por lo mal que me veo” el gesto sobre sus labios sólo pudo ensancharse. Ni en su estado perdía una oportunidad servida en bandeja. “Las noticias corren rápido, eh. No sabía que fuera tema de conversación” supuso que Stokes también había conseguido sus cinco minutos de fama a costa suya, de nuevo. Los únicos que tendría en su vida, si le preguntaban.
“Cierra la puerta” ni siquiera titubeó, prácticamente le ordenó. No quería correr riesgos, pero tampoco quería entrar en detalles escabrosos y pormenores que no venían al caso. “No sé qué quieres que te diga, Keaton. Fue una pelea y punto” quiso zanjar el tema, pero tenía la sensación que no lo convencería simplemente con eso. “¿Qué tú no deberías estar durmiendo en vez de estar aquí interrogándome?”
¿Era una buena idea? No, definitivamente no.
Eso no la detuvo de llevarla a cabo, porque a diferencia de las personas con buen juicio, Milena no tenía el don de la sensatez. De lo contrario, no habría bajado mucho antes de su parada por mero impulso ni caminado directo al sitio que juró que no volvería. Tampoco habría hecho esa compra exprés a mitad de trayecto; aunque le había supuesto un imprevisto costoso en sus finanzas de por sí decadentes, al menos le valdría como excusa. Una mediocre, pero una excusa al fin.
¿A dónde quería llegar? Ni ella lo sabía, pero ahí estaba, con la espalda recargada contra la pared, una bandeja con dos cafés calientes en la mano y una bolsa de la tela colgando del hombro, mientras sostenía esa pose ridícula de tengo todo bajo control. Impunemente sonriente.
“¿Por qué siempre tienes que hacerte la de rogar?” reprochó, como si tuviera algún derecho. La que estaba en falta era ella, que había aparecido de la nada y porque sí frente a su puerta, un domingo cualquiera por la mañana. Sí, un domingo, de todos los días de la semana. “Vamos, házmela fácil. Compré café y bagels recién hechos, ¿qué no tienes lugar para el perdón en tu corazón?”
De todos los desenlaces imaginables, no pensó que terminaría la noche miserablemente sobrio, con una migraña incipiente y un ojo morado. Se suponía que iba a la fiesta a pasarla bien, no a morir en el intento. Tal vez si hubiera jugado a lo seguro por una vez en su vida, no estaría padeciendo las consecuencias.
Ahora era cuestión de tiempo. O de matar el tiempo, hasta que los analgésicos hicieran efecto, hasta que amaneciera y pudiera largarse de ahí, hasta que el final del receso irremediablemente lo obligara a regresar, hasta que...
“Keaton,” mantuvo la poca calma que le quedaba como pudo, porque no era con él. “¿Qué mierda quieres? No sé si te diste cuenta, pero ya sabes, estoy en medio de una situación aquí” se señaló a sí mismo con la diestra, y entonces gesticuló en el aire con el mayor de los desganos, como si fuera explicación suficiente. La situación bien podía tratarse de un todo: el bolso a medio armar en el suelo, la ropa desperdigada, el pasaje de ida con las medallas a un costado suyo en el borde de la cama. Todo, incluso Keaton.
Pero esa era otra consecuencia, había dejado la puerta abierta porque qué más daba, el pasillo estaba desierto, los dormitorios prácticamente vacíos, y se iría de cualquier modo. No esperaba a nadie, y de más estaba decir que menos a él. “Si viniste por...” se pasó la mano por la nuca, mas ocultó la incomodidad que vino junto al recuerdo. “Stokes sobrevivirá, si es lo que te preocupa”
La pantalla de su laptop, antes de irse a negro, marcaba una hora muy pasada de la que él planeaba irse. Se supone que el asunto no duraría mucho, que, como era por videollamada, solo charlarían un momento, y luego lo dejarían ir con esencialmente tarea por hacer. Pero el profesor era lento, detallista. Dos cosas que no importarían tanto si se encontrara en su propia casa.
Pero no.
Ni siquiera alcanzó a llegar a la puerta cuando la voz ajena lo atajó primero, y fue incapaz de detener la sonrisa que por automático se le dibujó. Tenía sus razones.
"Ya los atendí," se justificó, sacudiendo la delgada laptop con una mano. Sobre su otro hombro cargaba su bolso. Aunque recién lo había levantado, algo dubitativo volvió a dejarlo en el suelo. Ya que ella estaba ahí, no iba a pasar de hablar con ella. En palabras de su profesor: molestarla. "¿Creíste que me iría lejos? Estuve todo este tiempo en la terraza," explicó, acercándose hasta ella. "Lamentablemente los papers no se escriben solos. En fin, que ahora me... iba."
Pausa.
"¿A menos que necesites algo? Puedo llevarte lo que quieras. Agua, algo para comer⸺compañía.
Le correspondió el gesto de forma inconsciente, pero a su manera. La sonrisa que tiró de sus comisuras fue cauta, momentánea incluso, un rastro de ingenuidad dibujándose unos cuantos segundos sobre un rostro cansado, para difuminarse después. O mejor dicho, esconderse, puesto que no le sostuvo la mirada mucho tiempo. Sólo el suficiente.
El suficiente para observar sus movimientos. El suficiente para preguntarse cuántas sonrisas ganadoras más tendría, o si todo era tan casual para él como lo hacía sonar.
Claro que había pensado que se iría, ¿quién no lo haría? Si se hubiera ido, no lo habría culpado. “Pensé que podía tratarse de algo privado, no quise entrometerme” se encogió de hombros sutilmente, pues después de todo, no era asunto suyo. Supuso que quizá tenía algún lugar al que regresar, alguien a quien volver a ver. La clase de cosas que cualquiera daría por sentadas. La clase de cosas que había prescindido en bien de otros objetivos. Que ella no las tuviera, no significaba que él tampoco.
“¿Y se puede saber de qué tratan esos papers o es confidencial?” quiso saber, un deje de gracia colándose en la interrogante mientras sus ojos lo estudiaron de reojo, con una ceja en alza. “Si necesitas ayuda, puedes decirme. No hago mucho últimamente, como verás” era un ofrecimiento genuino, aunque no dejaba de existir una cierta ironía en el medio. Según sus entrenadores, hacía más de lo que debía. Su perspectiva, no obstante, decía totalmente lo contrario.
No dijo ni una sola palabra ante la sugerencia de compañía. No porque no la necesitara ni quisiera, sino más bien porque aceptarla con un simple sí sería igual que aceptar una derrota. Aceptar que la soledad en la que se había hundido a sí misma estaba ahogándola viva. “Estoy bien, no necesito nada” le respondió del mismo modo que le respondía a los demás, con calma y sin inmutarse, como si fuera un mantra que tenía que repetirse una y otra vez hasta el cansancio para convencerse de que estaba bien, no necesitaba nada, porque si no podía por su cuenta, ¿entonces qué más quedaba de ella?
“Quédate,” le concedió, sintiéndose absurda ante el sonido de su propia voz. Como si hubiera suplicado para que no se fuera. “Un rato, si quieres. Prometo no desvelarte demasiado” se corrigió sobre la marcha, improvisando un tono de humor que carecía. Esa, también, era su manera de sonar casual sobre el tema menos casual de su mundo. “Hay pizza fría allí, sobró de la cena” le señaló con la vista en dirección a la encimera. “Aunque no sé si te guste” o qué te gusta, le habría preguntado, en realidad.
Nada había salido acorde al plan. Ni una sola cosa, en todo el bendito año. Nunca pudo ponerse enteramente de pie desde Australia, pese a sus fútiles intentos por mirar hacia adelante con optimismo, como su círculo íntimo y su terapeuta solían sugerirle. Tal vez debía dar un salto de fe y confiar en las palabras de su galleta de la fortuna: espera lo inesperado. Era una práctica riesgosa, por no decir suicida, pero a las tres de la madrugada, sentada en un rincón de la cocina con las piernas extendidas sobre el mármol frío, ciertas cuestiones existenciales no parecían tan delirantes como lo hacían durante el día. Podía permitirse el lujo de creer por un rato, al menos mientras el sol estuviera oculto. Mientras callara, mientras no contara secretos.
No era algo para comentarle a nadie, sin embargo. Mucho menos a alguien a quien no tenía mucho de conocer más que un par de semanas largas de convivencia intermitente. Gajes del oficio, cosas que tampoco formaban parte de su plan original. “Creí que ya te habías ido” deslizó en un murmullo, sin levantar cabeza de la libreta sobre su regazo. Si su presencia perturbó su tiempo a solas, no lo demostró en absoluto. Tomó nota rápidamente de un pensamiento suelto antes de que se le escapara y se dignó a alzar la mirada para verlo de frente, con una pizca de curiosidad que no dejó entrever. “Me pareció haberte escuchado decir que tenías asuntos importantes que atender, ¿o es que cambiaste de opinión?”