Reflexiones de un hombre sin fe # II
“I've got a strong urge to fly
but I've got nowhere to fly to”
Recetario para no morir de viejo
Introducción
La presente receta no es una invitación al abuso de sustancias ni a una apología al odio u autolesión, es una fórmula para la autodestrucción, un mensaje no para la aceptación sino para la revolución, una dulce introducción al caos; el seguirse o intento de comprensión dará como resultado más probable la muerte, úsese bajo su propia responsabilidad.
No sé ya cuántas veces se ha derretido mi retina ocular por el corrosivo ácido de la realidad, en esta particular demencia, en esta enfermedad de la sensatez, logré descubrir que al intentar contabilizar la realidad, solo me he alejado más de la misma. Sobre esta experiencia de ver lo que nadie debería de ver, me decido plasmar estas palabras para quién quiera no envejecer, para aquel que sufre, para ese individuo que ha observado los hilos de la realidad danzar al compás del violín del diablo. ¿Qué es lo real y qué no lo es? ¿Al vivir un momento, el experimentar un segundo o simplemente creer qué ha sido así? Reconozco torpemente la realidad cuando ya ha pasado, la melancólica necesidad de drogarse para sentir alivio del malestar del ser consciente; asimismo, he comprendido, que lo ha acontecido lo he visto venir, pero cerré mis ojos a merced de la autodestrucción. Para descubrir el porqué de esta realidad auténtica, nace el deseo de salir de la misma, para extirpar esta humanidad, he implementado varios métodos, los cuáles serán expuestos con ejemplo de mi propia realidad entrópica; con el fin de escapar de este plano de percepción, encontrando patrones dimensionales dando respuesta a esta indagatoria a través de la prueba y error.
1. Comprensión del pasado, para el aquí y el ahora.
La idea o noción de asunción sobre responsabilidad por la vida misma es la mayor representación de la indiferencia del infinito universo. Somos nada y a la nada retornaremos, solo se ha de existir como “humano” en sociedad, de igual manera únicamente se es bueno o malo en sociedad; por lo anterior me repugna el ser sociable y de ello me he de burlar al jactarme por ser mi propio verdugo y redentor. Huir de las secuelas deja de ser una opción, ante aquel desánimo que meramente perdurará hasta la muerte. Gracias al deterioro cognitivo y lo incomposible del tiempo, he de marcar como registro incicatrizable en mi costillar, ya en total, siete líneas, siete actos, una por cada arrebato suicida que he vivido, las razones han sido siempre las mismas, dos aristas del valor que le he dado a la moneda de mi vida, el amor en términos generales y la desesperación ante la terrible verdad del existir.
Nunca conocí y hasta ahora nunca he conocido sobre amor parental, mi aliento es huérfano, de la mano me ha llevado es la parca, el primer encuentro con ella nació por mera curiosidad: en urgencia de un reencuentro maternal, era un infante deseoso de conocer y sentir el descanso eterno en una olvidada tumba, era la experiencia que anhelaba recrear, constantes visitas ceremoniales al cementerio afloraron el afán; de esta forma, al primer acercamiento al mar, sentí el llamado del averno y al no poseer aún la noción de la nada como un estado de muerte material, sino como un nuevo reinicio o continuación de un más allá de la carne, en concordancia al dogma del mandato divino; aproveché el descuido y constante ausencia de mis guardianes, nadé hacia lo profundo, y para no regresar a la superficie, me profundicé hasta debajo una embarcación pesquera; con suma tranquilidad, abrí la boca y esperé cumplir mi deseo de renacimiento o resurrección, hasta que desperté entre primeros auxilios, fue la primera vez que conocí la oscuridad.
Para los años anteriores a la adolescencia, no paré de percibir la sombra de la muerte: en cada acto, en cada pensamiento, era mi obsesión; para ello recurrí a una tabla de madera y cuatro ruedas; no me interesaba andar, no interesa hacer ninguna maniobra ni nada especial, el único objetivo era encaramarme en una gran rampa y partirme la nuca; busqué con afán las calles más altas de mi ciudad, me rompí la cabeza, se me reventó una ceja y tuve una fisura en el pie derecho, pero no pude contemplar la nebulosidad; en desespero sanaba físicamente pero enfermaba mentalmente, para de la misma manera no detenerme de intentarlo una vez más; eventualmente, se rompió la tabla de cuatro ruedas, mi brazo izquierdo y el sentido común.
El hedor de la pubertad apareció, la incontrolable hambre surgió, el deseo de conocer, el anhelo de saborear una cosa en específico, “crear”, en hacer caos para ello; lloraba por escapar del sentimiento de la pulpa, de la emoción del ahora y desesperación por el mañana; tal cual buitre en espera de que su presa cese la respiración, desgarré hasta los tendones de mis víctimas, medía, completo de gozo, qué tan rápido podía enmudecer los latidos de sus corazones; en la barriada, entre alcohol y desencanto, con la idea precoz de satisfacer la exigencia de carne fresca, rompí incontables veces las palabras de fidelidad por las cuales vivía, aspiraba correrme encima de esos tiernos senos para sentir satisfecha mi lujuria por la vida; mentí y engañé a parejas, meramente por el hecho de poder hacerlo, enterré sus verdades hasta el día de hoy, sin paz alguna para el difunto, porque primero muerto que confeso.
Empecé a sentir los gusanos creciendo en el interior, devorando toda la molleja de dentro, hasta el fatídico día en que creí haber conocido lo que era el amor, un fin por el cual luchar, desde ese día nació el repudio al reflejo en el espejo, mi lastimoso pasado nunca había sanado: me encerré a sus aposentos, desee nunca salir de ahí para no afrontar lo que observaba; un afortunado día de aquel presente tocó a la puerta una de las “víctimas”, demandando cómo “yo”, su victimario, ahora era capaz de siquiera soñar con cuidar una persona después de ser culpable de provocarle la agónica necesidad de borrarse de la faz; decidido a asumir esa culpa, unilateralmente dejé ese querer un lado y me concentré en buscar el porqué mi persona era como era; asumí la materialidad tal cual un sin sentido, un sin fin, un sin más, di por terminado aquella adoración que apenas germinaba, pronuncié un último adiós a los míos, para con la ayuda del chamber y somníferos decidir morir, tenía diecisiete años. Esa misma noche, cuando ya a poco comencé a sentir el adormecimiento de mis restos, músculo por músculo, hasta llegar a mis pómulos, dejé de sentir calambre en los nervios, el dolor se había ido pensé, era hora de partir exclamaba minuto a minuto, pero no fue así; ese largo fin de semana, llegó a su fin, el retorno familiar al hogar era inminente, el primero en notar mi ausencia fue Júpiter, el perro yorkie de mi hermana, buscandome, llamó la atención de la manada, desperté por sus lengüetazos en el vómito refregado en cara y sabana; lo próximo que recuerdo es despertar amordazado en el manicomio, con la premisa de la decisión de si internarme en el psiquiátrico o partir de casa; a continuación la calle se tornó amiga por un par de meses, hasta que por la desilusión al ver en que se había transformado ese amor fatal del pasado, al cual creía ya haber matado; retomé la razón al presenciar la caída de tal quimera, plagado de gusanos y hediondo a putrefacción, hice nuevamente uso de la lógica para tragar la realidad.
Decidido a “sacrificar” todo lo material, todo lo pasajero, por un angustiado sentir en mis vísceras podridas, con el consciente animal, me consumí hasta a mí mismo y todo aquel al que mi sombra encontró cerca. Solía ser la única manera en que lograba sentir que seguía vivo, hiriendome, drogándome e incluso ambas a la vez, hasta sentir que el corazón conmigo se parara; consumido por la pasión del ahora y su placer fugaz, un dichoso día de sequía, cuando no tenía ninguna compañía cerca, a la falta de cualquier otra sustancia me acompañó una aguja, esnifar ya se había transformado en un desperdicio, tomé por primera vez la decisión de inyectar directo al torrente sanguíneo la cura para mi malestar del espíritu, derretí ese alcaloide, reproduje las canciones que consideraba serían aptas para mi funeral, al primer pinchazo sentí la adrenalina, pero deseaba más, pensé que la mejor manera de morir sería una sobredosis de aquel maldito polvo blanco; en la arritmia de mi partida, soy intervenido por la mujer a quién le había dejado cándidamente mis últimas palabras, la chica que me había hecho “hombre” tantos años atrás; ella apareció con su actual pareja y fui trasladado a urgencias, donde pude aliviar mi primer fallo cardiaco, una vez que desperté ella partió, para nunca más volver, por temor, explicó su despedida.
Sin remedio, recurrí regularmente a la ayuda profesional de la salud mental y gracias a la camaradería del alma universitaria pude recuperar el anhelo por conocer el vivir, con incesantes tropiezos, a pasos diminutos, pero logré caminar una vez más: consideraba que si esta vez iba a morir de una sobredosis ya no sería autoinfligida, sino por el azar del destino; me dediqué a producir recursos para una muerte “digna”, construí un hogar, senté cabeza por la fantasía un nuevo cariño de turno al casarme, pretendiendo ser amo y señor de cuatro paredes, incluso me permití adoptar un familiar. Tenía demasiado, luego ya no tenía nada y aún así no era suficiente: una vez que la mujer de la casa partió ante la sangre que brotaba de las paredes, descendí sin freno a la locura, conocí la soledad absoluta de un hogar vacío, no me sentía merecedor siquiera del afecto de mi preciosa gata negra; preparé instrucciones a personas de confianza para que se encargaran de mis responsabilidades, compré doce metros de soga, marché tal cual Judas Iscariote, decidí ahorcarme con mis mejores atuendos, lustré las botas y planché mi ropa para el acto; fumé un blunt antes de dejar que la soga hiciera su trabajo con el proposito de sentir aún más placer, liberé la soga y aquel árbol abrazó mi voluntad; la tensión en el cuello era intensa, había preparado bien el nudo, de algo tuvo que servir la escuela militar; cuando la asfixia era demasiado penetrante y la existencia se tiñó de blanco, el instinto de supervivencia actuó, me tambalee como el gusano que soy, no paré de moverme, hasta que la rama desistió y caí nuevamente a este báratro; regresé lleno de verguenza a la realidad, con la clavícula rota y erosión por toda la piel, pero seguía vivo, maldije ese momento, como el peor segundo de mi subsitencia, donde sentí tanta pena de ni siquiera después de tantos intentos lograr matarme; un ser tan patetico que mientras tuviera un mínimo uso de razón la pulsión de vida no lo dejaría morir.
Los míos al verme tan profundo en mi afán de la búsqueda de un reencuentro con la parca, derribaron las barreras y al encontrarme sin voluntad alguna supieron darme los recursos para reiniciar nuevamente este suplicio de vida. Hallaron un apartamento destruido, las ventanas y lavabos rotos, cuchillas y agujas ensangrentadas y mi hija adoptiva con miedo a que su padre no retornara; había destruido integralmente lo que había trabajado por crear, la hemorragia en las paredes no se detuvo. Me despojé completamente de lo manchado por la sangre, en consecuencia asumí una por una las demandas contra mí, todo aquel que quisiera hacerme responsable de su sentir, le di su razón, alejé a todos y todo, con el objetivo de hallar medicina para el ser; curé la carne, reflexioné sobre mis votos ideológicos, busqué refugio aún más profundo en las tinieblas y en el placer de la terrible verdad; con esmero levanté cuatro nuevas paredes, ya sin una mujer y sin deseo de encontrar una, trabajé enfocado en fortalecerme, ser más duro y menos tonto.
Me atreví nuevamente a vestirme de Ícaro, procurando que nadie me viera hacerlo, en un lugar donde mis hábitos corrosivos ya no infectaran a nadie. En mis momentos más íntimos, en el silencio de cada noche o en la espera de un amanecer, aparecía nuevamente el llamado del averno, la sonrisa maquiavélica en el reflejo del espejo, la duda de si esto es real o menos que un sueño; ahora no podía escapar, ni con drogas, ni con compañía prepagada, ni con amigos fáciles, cada que miraba así fuera de reojo a mi reflejo surgía nuevamente esa sombra sonriente; el gélido olor a mortecina y el sabor a sangre aparecía cada que le devolvía la mirada al abismo, perdía la lucidez, ya ni siquiera en aquel retiro me salvaba de mí mismo. Un glorioso día salí de fiesta con el séquito ideal de personas con el sentido común perdido, al terminar, decidí que era la hora que esperaba, tragué medio tablero de clonazepam y vodka sin parar, hasta sentir que ya no iba a ser capaz de pararme; en ese justo momento recordé que si ya no poseía control alguno de mis sentidos nada me podría parar esta vez; pasando del casco encendí puerilmente la motocicleta, tomé rumbo a las carreteras de carga, con la esperanza de morir arrollado por alguna tractomula; no tengo memoria clara sobre qué sucedió, desperté al sucesivo día en la ducha, entre bilis y sangre, no me faltaba nada, incluso mis dos ruedas estaban sin daño alguno, nunca sentí tanta frustración como aquel momento. La inmediata reacción que pude al volver a la noción del tiempo, fue fumar el cigarro de la suerte que había guardado como ritual de retorno a casa y agendar una cita con el tatuador para marcar otro intento de escape de esta cárcel mental.
2. Del malgasto de oxígeno, las contradicciones y los sueños rotos
Una vez que los mata dolores ya son parte de la vida: de la misma rutina, del organismo, para maniobrar el aterrizaje del opioide, ser capaz de gesticular ideas o aparentar la más mínima fachada de lucidez, al experimentar, hice de ritual después de cada sesión, los siguientes pasos; primero, se debe ser consciente que con el consumo vía intravenoso, el efecto será fuerte y rápido, ello aplica en general, desde adormecedores como estimulantes; segundo, no normalizar, ni divulgar, ni compartir la experiencia ni el consumo con nadie, dado que la gran mayoría de problemas relacionados con el consumo intravenoso surgen por la preocupación de terceros, recomiendo canalizar las venas en las intersecciones de los dedos de los pies, limitar totalmente la zona de los brazos, reservada para situaciones emergentes o especiales; tercero, un lugar seguro y aislado, que efectivamente lo sea, un lugar cómodo para el cadáver, por si se da la oportunidad de una sobredosis, evitando por lo tanto cualquier probabilidad de sobrevivir; cuarto, el abrupto proceso de retornar a la faz, es menester despertar los músculos, practicando sublimes cortes pero profundos en las extremidades; quinto, un baño de humo y un sonido lo suficientemente estremecedor para recuperar el sentir de los dientes; luego, con mi putrefacta ornamenta bien pulida, he de sonreír como un mono, para “demostrar”, para fingir estar bien.
Para sumergirse en esta sociedad que adiestra y corrompe, lidiar con la traición del hombre, elegir el porqué morir y efectuar comunicación coherente entre los entes que cohabitan en este tártaro; se hace frente al agobio existencial del ser cautivo en esta prisión de carne, ante ello concibo cómo método, pincelando el hedonismo, a la comodidad material, el adormecimiento del inconsciente y el uso de la suspensión de la incredulidad, de tal modo se podrá coexistir con el flagelo de la mortalidad, ergo se podrá olvidar el dolor o no tener presente la mayor parte de horas del día.
Sumergido actualmente en el abismo, abrazo a Baco, digiriendo cómodamente esta sopa de humanos en la que he de vivir, permitiendo por consiguiente explorar el recóndito ser aborigen, llegué al punto de enajenación, que hasta en compañía, en el interior, se siente la soledad; así de crudo, así de real, he de lograr concebir el poder crear arte de la misma naturaleza. El exclusivo olor del coño y el sonido de los tambores de la marcha de Sísifo me guían en lo más profundo de las tinieblas en esta maldita oscuridad.
Ante el dolor producido en la investigación de la solidez del carácter, en el intento de coherencia entre la pasión y la razón, en esta condenada liquidez social nace este suplicio, logro describirlo como un hambre o impulso no satisfecho, un sabotaje por culpabilidad, casi como follar y estar a punto del orgasmo pero parar súbitamente; en este rastreo de la individualidad en pro de la paz mental, amor propio y creación artística, mis emociones e instinto animal se han maltrecho; al punto, que ya no hay cobijo en el prójimo, ni en el bienaventurado tampoco; y sí, en ira si por mí fuera yo los sacrificaría a todos, sin arrepentimiento alguno o miedo a morir en el intento, disfrutaría con ahínco del deleite de ver el brillo de la vida irse de sus ojos.
3. Patético sea el humano que ha intentado escapar de su humanidad
Al estar ebrio la perspectiva es diferente, puedo reconocer la crudeza de las cosas que he vivido y he hecho, así trato de vivir con el corazón ligero tal cual pluma; exclusivamente al estar drogado reconozco el pasado con claridad, puedo con mucho esfuerzo pensar en un futuro; al estar sobrio me reservo a vivir el “aquí” y el “ahora”; llevo tanto tiempo enfermo, largas décadas dentro de este abismo, siendo ciudadano, perteneciendo aquí, tanto que me asquea mi autocomplacencia. No pude seguir viendo todo como un error, desesperé buscando una manera de arreglarlo, todo está absolutamente jodido; hoy creo que mi vigor es así de perverso, soy esa clase de animal, lo he de aceptar de tal manera y por lo que hago, las repercusiones tienen que pasar.
Una vez que la fiesta se ha acabado, cuando el maquillaje de aquellos danzantes de disfraz se ha removido, ellos se quitarán sus antifaces para retornar a su respectivo mundo, pero yo no, yo me mantendré aquí; en este abismo nunca tuve obligación de una máscara en primer lugar, permaneceré en soledad, deleitándome con la función estelar, esa donde los demonios ya habitan las ideas, rechazando cualquier oportunidad de sanación o redención, porque soy culpable, totalmente culpable de sentir esta brisa que acaricia mis poros, yo me expuse a este malestar, yo elegí este camino para quitarme la vida.
La autentica tortura no es el dolor, es el tiempo; el exacto momento en que sabes que la vida nunca será igual, dejando únicamente la pesadilla, la extraña sensación de tranquilidad y el falso sentido de la seguridad sobre el mañana. La esperanza es cruel, pero necesaria, sin ella no pudiera crear esta receta, este método de supervivencia, este sistema de pasos a seguir, esta configuración con la que me he mantenido con energía hasta hoy, la mente necesita una rutina, así no tenga placer, alimento o agua; en el momento en que se rompe la rutina, todo se desmorona, revelando la mayor demencia que he conocido que es saber lo qué está pasando y el porqué de ello, pero aún igualmente no poder hacer nada para remediarlo, donde ni siquiera racionalizarlo sirve de algo. Es la vida, c'est la mort, ignoro mi mortalidad, porque al final solo habrá decepción, cómo trato con esa decepción, es lo que me define; no pude cambiar el ayer, ni planear el mañana, estoy preso de la soberbia, condenado a saber que este puede ser mi último segundo; pero es mi vida, lo que hago, no importa lo horrible que parezca, es lo que tengo; sin remordimientos, ni siquiera por las consecuencias del pasado, especialmente por ellas; no maté la vida de esas personas, ni de esas memorias ni lugares, las hice libres, les limpié el ruido, las sacrifiqué para darles paz; es para mí la inmejorable manera de verlo, no puedo pensar en mis reacciones como un error, si lo hago perderé mi verdad, tengo que creer que todo esto que pasó fue porque así debía de pasar, todo lo demás no es real, ya ni siquiera es una memoria, es el bendito ruido.
¿Dónde terminará? ¿Demencia psiquiátrica? He roto mi espejo, porque cada vez que observo el reflejo se me rompe el corazón al ver el vacío de mi eterna soledad; no hay ningún después para mí, no muerte, no vida, un purgatorio eterno como volatinero. Por ello, ya no me permito ni el mínimo halo de luz en esta penitenciaría, el único destello que habita aquí dentro es una vela, la que genera el humo de mi adicción. La locura ya es inevitable, considero que llegar a la demencia es la única manera de encontrar paz mental; desde que el diablo me echó del infierno, estaré por siempre perdido, como un hombre sin fe, siendo el ateísta.
Al fin y al cabo, en este viaje ya no hay corderos ni vírgenes que sacrificar, ni chivos expiatorios para justificar lo que realmente soy, un drogadicto misántropo y solitario, que ya no puede evitar estar en dolor, ni ser miserable ni ser odiado; entre jadeos, sueños rotos, y sin falta, el amargo vómito, me he dado cuenta de lo miserable en la realidad, que es singularmente lo que me permito admitir que es “real” y yo soy un alma vagabunda en un limbo eterno entre la cordura y la sanidad, buscando un buen día para morir.









