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Mercury in 10° 13' Aquarius
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julien’s chart
Sun in 2° 1' Pisces
Moon in 29° 6' Leo
Mercury in 10° 13' Aquarius
Venus in 8° 35' Pisces
Mars in 19° 55' Aries
1999
Sostiene en brazos a Holden, que agarra con recelo una pieza de lego, la cual chupa de tanto en tanto. Al mirarlo a los ojos, del mismo tono que los propios, siente una calidez invadiendo su pecho: este pequeño, este bebé parte de Wendy y de sí. Hann, desde hace años siendo de lo más importante en su vida, un norte, primero su hogar y ahora parte de éste, éste hogar que son ellos dos y que alberga a este pequeño que tiene en brazos. Meciéndolo, moviéndose él con delicadeza por la habitación, murmura canciones de cuna que recuerda a su madre recitándole a él y a Gail cuando eran pequeños. Después de un rato, notando que los ojos de Holden siguen igual de abiertos que antes, observándolo en silencio, alguna que otra vez rompiendo su gesto pacífico con un balbuceo o una risita, se rinde. Entonces, aun sin desear bajarlo de sus brazos, se sienta sobre el sillón. A Holden le acomoda el cuello de la camisita, que Gail les regaló cuando aún estaban en espera. —Ésta siempre me ha hecho pensar en mamá—le dice, y Holden mueve la cabeza, a rebosar de despeinado cabello claro, para volver a mirarlo. Trata de decir mamá, pausando entre vocales. —Sí—contesta, sonriendo—, mami, mami Wen. —Al acercar la mano a él, Holden encierra su dedo índice entre los propios. —There were bells on a hill but I never heard them ringing, no, I never heard them at all... Till there was you... —La respiración del infante, clara y calma, rompe el silencio tras el final de la frase. —There were birds in the sky but I never saw them winging, no, I never saw them at all till there was you... —Al ponerse de pie con cuidado, lo acerca hacia su hombro, acariciándole la cabeza. —Then there was music and wonderful roses, they tell me in sweet fragrant meadows of dawn and dew, there was love all around but I never heard it singing, no I never heard it at all, till there was you...
Toma la cámara de la mesa y, acercándose al espejo, la alza frente a este. Holden, automáticamente, vuelve la cabeza y mira a su padre. La tarde de doming opasa, y entra la luz por la ventana entreabierta; esa luz de septiembre, acompañada del rumor de los árboles. Con un ojo cerrado y otro en la mirilla de la cámara fotográfica, captura el momento, apuntando al espej. La Polaroid saca una lengua blanca y Julien, maniobrando, deja la cámara en el escritorio y toma la fotografía. Holden estira la manito desocupada y así, Lachance le permite agitarla para que se fijen los colores. Ya está acostumbrado; ha visto desde los primeros días de su vida a su padre gastando rollos fotográficos, poniendo Polaroids de la vieja cámara en álbumes de fotos, agitando la imagen aunque sepa que, en realidad, no es tan necesario. Holden pega un gritito, entonces, sonriente, y agita la fotografía en la manito, aunque ya se ha revelado a sus ojos, solamente para que Julien la note. —Muy bien—le dice—, ¡muy bien! —El pequeño, entonces, dirige los orbes claros a la fotografía. Después, se la estira. Julien la observa, a él con el bebé en brazos, que lo mira, y la cámara en la mano izquierda. Con cuidado, la coloca en el espejo, las puntas superiores dentro de su marco. — ¿Qué te parece ahí? —Holden asiente con la cabeza. Julien piensa en lo increíble que es esto, en lo sorprendente que cada día le resulta. Sobretodo, piensa en la tristeza que creía irreparable, ancestral, anclada ya a su ser; esa terrible melancolía que lo venía acompañando desde el fallecimiento de mamá, la ruptura de un vínculo tan fuerte, el dolor de papá que nunca pudo ser el mismo, y todas las incógnitas que quedaron dentro suyo. Pensó durante años que la vida sería así siempre, injusta, cada vez demostrándole a uno que ella manda, que hace lo que quiere.
Y sin embargo, hoy... hoy es tan feliz.
Ojalá Holden alguna vez lo llegue a comprender, lo importante que es, lo mucho que lo ama. Que es su mundo, que es el mundo para él y para Wendy, que da sentido y eje a cada cosa, que es un contraste con todo lo horrible, con todo lo injusto y terrible del mundo. — ¿Quieres escuchar música? —Pregunta. Holden asiente con la cabeza, y Julien lo baja de sus brazos. Él suelta el lego, que cae sobre el suelo, y aplaude cuando, después de que su padre ponga el álbum, la canción que abre la compilación de éxitos de los setentas inicia. Lachance estira los brazos y su hijo hace lo mismo, entrelazándose los dedos. Julien piensa que estas cosas son lo que más significa. — A la izquierda y a la derecha—dice, moviéndose. El pequeño, torpemente, lo sigue. —, y uno y dos, y uno y dos... —Sí, son estas cosas. Los detalles, bailar hasta cansarse un domingo, poner música vieja, viejísima, y bailar, y cantar, y después salir a pasear por el vecindario, y después que venga Wendy, y los tres repiten lo mismo: los tres bailan, y cantan. Son las pequeñas cosas, esa hermosa rutina que no quebraría por nada, que es magia a pesar de su normalidad. Es felicidad pura. Y se promete que va a ser así siempre, y que pase lo que pase jamás dejará de estar ahí cuando le haga falta, que va a hacer todo lo posible para que, entre los dos, logren siempre hacerlo sentir amado, incluso cuando se enojen y discutan. Incluso ahí. Julien lo hace dar vueltas y, al final, lo toma en brazos, alzándolo hacia el aire y, después, atrayéndolo así. Él ríe, con la risita aguda de emoción.
roger, loise, dad, my sister, evan, vincent... all of them our family.
i had a great childhood. my parents weren’t much older than me and gail when they had us, but they always managed. twins, they wanted one and got two and, for them, that was enough. they had been together since mom was in high school and dad worked in a shop next to it and they were very, very in love. even when she was ill he'd continue to be by her side, reading her stories and refusing to let her feel sicker. she'd go outside and she'd say i'm fine, i'm fine. i think it was really hard for her, because mom had always been so active and funny that she couldn’t stand to be in bed... she couldn’t keep up to us, but i won’t say she didn’t try. mom didn’t live to see gail and i turn fifteen, but she continues to be alive whenever we put a carpenters’ record on. she loved animals and she loved her life and our little house in a town where nothing ever happened. she loved being a mom and dad loved being a dad, she loved to sing and he loved to listen to her. that’s good, that they were an exception to so many people that felt trapped there. he is fifty, mom would’ve been fourty six. we miss her every christmas and every day; i miss her the most when i could do so much better with her advice.
River Phoenix and friend, Central Park, 1990 - by Lynn Goldsmith
“Jules, ¿Qué te parece?” pregunta Vincent, llevándose las manos a la cintura. La camiseta holgada y manchada con pintura vieja se acomoda ante la acción, dejando notar lo menuda de la constitución del moreno. Silencio. “Jules, Julie, Julieeeeen...” llama de nuevo, y él apaga el cigarrillo contra el alféizar de la ventana de la cocina. Después de un momento, se gira. Vincent, ahora sí, abre la puerta del baño y, extendiendo los brazos como si estuviera por presentar un espectáculo de circo, sonríe. Del baño sale Evan, con un vestido de segunda mano -un poco roído por las polillas, cree, en la punta izquierda- y unas botas de combate. Sonríe de lado, tratando de aguantarse la risa. Con el pelo rizado y largo y el maquillaje que Vincent efectivamente aplicó, sombreando los pómulos y pintando de un rojo intenso la boca, podría pasar como una madre cualquiera. La situación es bizarra en sí. Supone que Wendy no debe estar enterada que desde hace un par de días que Evan pasa por el piso a tocar -a veces trayendo consigo a su amigo Tom, de pelo largo y cara de estar aburrido todo el tiempo- y a tratar de servirles en las películas caseras que hacen (¿se lo debería mencionar?). Ciertamente se toman todo el tema demasiado en serio considerando que nunca nadie las ha visto, o que la trama está llena de fisuras y quiebres, o que es demasiado blanda en sí.
Es más bien una forma de divertirse. Entre los dos empleos, los ensayos y eso de estar perdido en el mundo de los adultos a veces un respiro de vez en cuando le sienta bien. —Es... interesante. —Vincent y Evan se miran un instante, tratando de evaluar lo que habrá querido decir realmente y, después, estallan en carcajadas sinceras, puede que por cuanto han estado tomando. La verdad es que dado a la manera en la que Evan se fue la última vez que Julien vio a Wendy y a sabiendas de sus sentimientos hacia la pelirroja (¿Shirley?) creería que de ver a Vincent le patearía la cabeza (con esas mismas botas de combate medio rotas) o le escupiría la cara... pero algo habrá. Quizá conversaron en alguno de los bares que aparentemente toda la gente como ellos frecuenta y se dieron cuenta de que tienen bastante en común. Pelirrojas, maquillaje, la voz de Thurston Moore. Dios sabrá. Quizá ni si quiera ellos tengan idea, o tal vez Evan no esté al tanto de que sean la misma persona. Llega a preguntarse cómo es que si quiera accedió a todo aquello -o como es que se armó cierta hermandad entre los dos en un par de semanas-, pero decide que, sea cual sea la razón, prefiere que continúe siendo un misterio. —Digamos.
Sacan un par de fotos y tratan de grabar algo, pero al final ellos dos se quedan echados sobre el césped tocando alguna canción de Sonic Youth con la guitarra acústica de Vincent y la voz rasposa de Evan mientras Julien escucha, la cabeza apoyada sobre el hombro de Vincent. Cuando suben de nuevo toman un poco más y después Vincent ayuda a lavarle la cara a Evan, usando con delicadeza el poco algodón que tenían todavía en el cajón del tocador. Lo acompaña a la calle y regresa un rato más tarde y, mientras tanto, Julien lava los platos. Cuando el otro regresa se encierra en su dormitorio y el portazo despierta a Trent. Julien lo calla, nervioso, llevándose un dedo a los labios y acariciándole el lomo. Masculla algo que apenas él entendió, agarrando al cachorro en los brazos. Abre la puerta de entrada, las escaleras de cemento bajando hasta el patio, a unos cuantos pasos de la puerta de abajo. Cree que no hay nadie. Cierra la puerta tras de sí y deja que el perro, que no se va a volver a dormir, por supuesto, sea libre. — ¡Lo despertaste! —Grita después, haciéndose paso entre la bateríaa -que tiene sobre uno de los platillos una camiseta- y la mesa hasta la puerta de Vincent. — ¿En serio no te puedes quedar con él? — “Voy a salir” escucha, y oye el distintivo timbre de la voz de Martin Gore en People are people. — ¿Con Dawn? — “¿Qué te importa?” —¿Con quién vas a salir? — “¿Te incumbe?” — Vamos a tener que dejarlo con Dawn. — “No la conozco tanto, Julien.” Es una situación difícil. Quizá tiene dueño, pero la idea de tener un perro los atrajo más que la de ser buenos ciudadanos y, cuando se lo encontraron de vuelta de un ensayo, se lo llevaron sin pensarlo dos veces. Es más dependiente de Vincent, si bien este no se muestra igual de interesado, pero la compañía le viene bien de todos modos. Loise, la mujer que les alquila el piso, no tiene ni idea y prefieren, ciertamente, dejarlo así. Aprovechan que en las tardes visita a sus amigas o a su hijo y lo llevan a pasear. Sino, salen discretamente por el patio trasero, Vincent salta la cerca y Julien le pasa al cachorro y va por la delantera. La verdad tras la estrategia a lo doble espías es que Vincent jamás tuvo una mascota y Julien aun extraña a Star, su perro de la infancia. En fin, que Trent no está acostumbrado a estar solo. Ya le contarán a Loise que lo tienen pero por ahora, y contando que tienen un mes atrasado el pago del alquiler, prefieren que quede en silencio. Cuando se despierta y no hay nadie a la vista empieza a llorar, y eso ya es bastante problema. Sucede que cuando Julien se va a trabajar Vincent está en casa y viceversa. En fin, que no lo pueden dejar solo ni aunque el concierto dure media hora.
Así que con el desagrado de Vincent siendo capaz de cortar el ambiente como un cuchillo tocan el timbre de la casa de Dawn. Abre su hermana, que se emociona más por ver a Trent que al chico -sobretodo porque Dawn le habrá contado en más de una ocasión sobre él, quizá detallando demasiado aspectos que a ella le deben interesar poco y nada- y, ladeando la cabeza hacia el pasillo de la casa, llama a la chica. Julien, sentado en el suelo con un cigarrillo a medio acabar en una mano y la camiseta de Nirvana puesta, sigue pensando en cuando tenga que pasar a buscar a Wendy. Lo escucha arremeter, besarla, acariciarle el pelo largo y rubio, decirle que ha pensado bastante en ella (rueda los ojos, y no es porque no crea que lo haga, porque cuando Vincent pasó casualmente con ella a lo de Ethan y Alex no podían sacárselo de encima -y es más, hasta cree que le hace algo de bien-, pero... vamos) y pidiéndole por favor, por favor, que se quede con Trent y que pasaran a buscarlo cuando vuelvan al concierto (¡si no va a volver con él, qué coartada estúpida!). Tardan un rato, pero al final cada uno se despide del cachorro y, después de ayudarlo un poco a orientarse, Vincent vuelve por donde vino porque le queda rato y de todos modos nunca le fascinó demasiado Nirvana. Julien respira profundamente todo el camino hasta el departamento. Cuando llega toca el timbre y espera a escuchar el pitido del intercomunicador. —Hey. Creo que llegué un poco tarde, lo siento... ¿O es Shirley... Evan? Eh, es Julien.
And we don't know Just where our bones will rest To dust I guess Forgotten and absorbed Into the earth below
Al final, Evan es el único que no sucumbe ante la presión que las interacciones sociales y románticas conllevan para el resto del mundo (ni siquiera ella, que generalmente no se toma ese tipo de cosas demasiado a pecho, puede mofarse de estar relajada ahora mismo). Wendy se da cuenta con un deje de envidia que él está totalmente calmado mientras le dice algo a Shirley con una voz baja, casi privada y se pasa un par de dedos por el pelo castaño, totalmente compenetrado en su propia burbuja. Se pregunta por qué será, si el hecho de la negación o del interés no correspondido tendrá algo que ver con esa naturalidad con la que Evan trata a la pelirroja a pesar de todo y viceversa. Y es que son siempre así, se quieren tanto que no pueden estar cerca el uno del otro durante períodos largos de tiempo pero tampoco se dejan dominar por la histeria, nunca se los ve gritándose ni discutiendo: nunca permiten que ese cariño se les vaya de las manos y se convierta en algo peor, algo indeseable. Quizá su autocontrol es envidiable, tal vez el procedimiento usual es lo mejor para los dos aunque a los ojos del resto resulte insoportable: al principio ella se ríe de lo que él dice, se burlan y coquetean pero un rato después alguno de los dos se marcha casi a hurtadillas, buscando algo o a alguien que los haga dejar de estar conscientes de que el otro les gusta tanto. Para ella, es completamente ridículo. ¿Por qué no están juntos? Miedo, cree, pero dada la reticencia de Evan para hablar del tema, no podría afirmarlo.
“Me gusta ese” comienza la joven que dominaba sus pensamientos un momento atrás, de la nada, capturando la atención previo dispersa de Wendy. Un par de pasos más allá (porque ahora las dos quedaron apartadas del resto, más cerca de Jesse de lo que le gustaría estar), Evan intenta que Grace deje escapar una sonrisa. Sus tácticas, sin embargo, no están funcionando. — ¿De qué hablas? —en medio de la exagerada cantidad de gente que pulula alrededor de aquél espacio tan reducido, Audrey habla con un don nadie a una distancia tal que sin darles una segunda mirada cualquiera pensaría que están besándose. Ah, de ahí la cara larga de Grace, entonces. “Ese. El de la camiseta de Lou Reed. ¿Lo conoces?” — De hecho, no —menciona, dubitativa. ¿Qué más debería decir? ¿Debería dedicarle algún cumplido, decir que es ‘lindo’?—. Pero ve por él… ya sabes, no debe ser un completo imbécil si está con Julien —dice, y aunque no está muy segura de ello, siente muy en el fondo que ella es la única allí dispuesta a darle la bienvenida a un completo idiota en su círculo más cercano de amigos. “¿Cómo me veo?”—. Preciosa… espera, déjame —la castaña se aproxima un paso y Shirley sonríe, muy quieta. Es hermosa, por supuesto, con muchas opiniones pero encantadora al punto en que podría tomar posesión del universo cualquier día y nadie tendría nada que decir al respecto.
Wendy le arregla el labial en la comisura de los labios y, mientras está en eso, la voz de Julien la toma por sorpresa.
— Ey —responde, ahora sintiéndose considerablemente menos confiada que un momento atrás, al sonreírle. Por la gracia de Dios, él desvía su atención hacia Evan momentáneamente, dándole un instante para recuperarse. Mientras tanto, y no contribuyendo en absolutamente nada con su intento de relajarse, la pelirroja le da un codazo en las costillas y le guiña un ojo de manera tan evidente que a Wendy le entran ganas de lanzarse a un pozo y no volver a salir jamás. Evan devuelve el saludo con amabilidad (porque, obvio, no puede hacerlo de otra puta manera ni aunque quisiera) y le pregunta qué hay, sólo por ser cordial; Grace, por su parte, sólo mueve la cabeza en señal de reconocimiento. “Oh, lo sé, bonito, lo sé” irrumpe la tercera, quitándose el cabello anaranjado del rostro con un ademán y alejándose de manera tal que pareciera que ha absorbido toda la confianza de la habitación para usarla para sus propios -malintencionados, tal vez- propósitos. —. No le prestes atención —sacude la cabeza de un lado a otro porque sabe que a él no le importa ni le molesta, porque con aquella rubia en la banda (que es conocida de Grace, si mal no recuerda, por eso algo sabe de ella) estará más que acostumbrado a cosas similares. Para despejarle cualquier duda, ante la mínima mención de su altercado de un rato atrás la descoloca completamente. ¿Qué le va a decir, que su novio la maltrata y la humilla sin remordimiento? No es, en absoluto, un bonito tema de conversación. Niega nuevamente, con poca energía sin embargo, y se acomoda el cabello detrás de las orejas—. No ha sucedido nada nuevo… —y, lo peor, es que está diciendo la verdad ahí—. ¿Tú qué tal? —inicia, como para tener una conversación mundana e inocente, para luego recordar como por arte de magia el hecho que ha ocupado las mentes y las charlas de sus amigos durante sus buenas últimas dos semanas— Por cierto, ¿irás a ver a Nirvana, el veinticuatro? —indaga, y la sola idea la emociona a niveles insospechados— Evan, mi hermano —aclara, y lo señala—, iba a venir conmigo pero su jefe decidió ser un jodido a último momento y nuestros planes se arruinaron así que yo… —baja la vista un instante y luego la devuelve a él. ¿Por qué tantos nervios, por qué tanta ansiedad? No está haciendo nada osado allí— …tengo una entrada de más. No sé si tengas ya, tal vez sepas de ¿alguien que necesite desesperadamente de una?
Suelta una carcajada ante las palabras de la de pelo anaranjado, cuya apariencia parece como mínimo, ¿agresiva, quizá? Y no en el mal sentido, si es que hay una manera de decirlo sin que quede mal, porque cualquiera diría que es una chica linda, y más allá de lo poco práctico que es Julien ante estas cosas no le cuesta para nada reconocerlo. En fin, que se ríe porque no imaginaba esa respuesta, sino más bien un poner los ojos en blanco. —Suerte. — le dice mientras se aleja, aunque tampoco cree que la vaya necesitar -menos contando quién y cómo es Vincent- ni que siquiera se dé por aludida. —Ah. —Aprieta los labios, quizá por la vergüenza de haber creído cualquier cosa, o porque incluso si estuviera mintiendo (que no la culpa, porque hablar de estas cosas con casi desconocidos no es lo más agradable del mundo) de todos modos da igual porque, sí, es demasiado malo para leer las expresiones ajenas y tampoco le incumbe en lo más mínimo si Wendy está bien o no, ¿cierto? —Ya, entiendo. —dice, y después se encoge de hombros.
¿Qué tal? Nada. Hoy, por lo menos, nada. Sigue teniendo problemas en el trabajo, ensayó gran parte del día y de todos modos tocó en el tempo equivocado, y se ha dado cuenta de que el dolor de cuello que parece perpetuo significa que los problemas de espalda que perduran desde el principio de su adolescencia le están haciendo cobrar cada vez que se pone nervioso. Es más, ahora mismo, le dolería bastante echar la cabeza hacia atrás. Sólo eso. —Me mudé —contesta —, bah, más bien me echaron, pero era cuestión de tiempo. —Y se ríe, quizá un tanto por nerviosismo, o porque durante un momento y antes de que el moreno le diera la solución a su vida tuvo que considerar ciertamente la idea de volver a casa. —Estoy viviendo con el de ahí, con el que se fue tu amiga, Vincent. Es algo, eh, bueno, es demasiado desordenado, pero... —y a falta de encontrar algo con el que nivelar la situación se encoge de hombros, dándole la última calada al cigarrillo. Decide dedicarle una mirada a él, el hecho de que esté hablando con la pelirroja -que pensó que simplemente se reiría y lo tacharía de lista de gente con la que hablar alguna vez- con aparente naturalidad le hace preguntarse si se habrá fumado algo antes de ir al bar o qué, pero quizá es más fácil para él ocultar la incomodidad. Es más, está con el codo sobre la mesa y la mano contra el pómulo, y se ríe. Suerte tienen algunos. Y vuelve los ojos a Wendy. — ¿Qué? Te juro que estaba a punto de preguntarte si ibas, porque iba a ir a comprar la entrada e Ethan no quiere ir y, no es que iba a preguntarte si querías... pero pensé que quizá... —para en seco. — ¿Es un chiste? Yo necesito una desesperadamente. —Y trata de aligerar la voz, ¿no se daba cuenta de qué estaba casi gritando? —No es que quiera... abusar de tu bondad ni nada, porque seguramente podrías invitar a alguien más, pero... sería genial. Serías, como, de verdad serías un ángel de la guarda.
“Wendy, ¡eso me rompe el corazón!” mientras que la ironía es un eco ácido, doloroso y malintencionado en la voz de Jesse, la propia expresión facial se derrumba por completo. ¿Cómo podría estar enojada cuando es tan imbécil que hasta casi siente compasión por él? La menor de los Hann parpadea, deshaciéndose de ese estúpido sentimiento -porque, si algo le enseñó su hermano mayor es que debe respetarse y, en este momento en particular, le va a hacer honor a su consejo-. Él chasquea la lengua con impaciencia, derrama un tanto de su bebida sobre el suelo al agitar la mano frente a su cara con profundo desdén. “Hazme un favor y déjame en paz, ¿quieres?”
— Me voy a casa.
Su rostro, que era una máscara enfadada antes, repleta de disgusto, cambia a algo más suave, algo con lo que sabe y se asegura de que ella no se va a ir sin sentirse culpable. “Ey, no. No te vayas. Lo siento, ¿está bien? No quise decir eso.” Wendy da un paso atrás, preparada para marcharse, pero él la sigue. “Oh, vamos, ¡no seas así! Bebé, sólo estaba jodiendo” no conforme con aquél intento pobrísimo, él envuelve sus pequeños hombros con un movimiento brusco, ebrio, e intenta besarla cosa que ella previene y evita mediante girar el rostro en dirección completamente opuesta lo más enérgicamente posible.
— Hazme un favor y déjame en paz, ¿quieres, Jesse?
El aludido la mira, regresando a su estado natural como si la realidad por fin pudiese romper con el hechizo que la ocultaba, después de años. Es ridículo que lo quiera tanto, es ridículo que después de todo él se siga despertando y abrazándola en medio de la noche cuando, después, en ocasiones así, no hace otra cosa que humillarla. Wendy desvía la vista, la pasea por el salón. A su espalda puede oír la risa de Grace y la voz de Shirley, contando alguna de sus tantas anécdotas; más apartado, Evan tiene la mirada clavada en ella (es lo único que le faltaba, la verdad, el discurso que va a tener que digerir luego, cuando estén a solas). Intentando ignorarlo, pide una cerveza. Necesita despejarse, que la noche termine rápido y…
Cuando escucha la voz, es demasiado tarde para reaccionar siquiera. Al voltear, se acercan todos, desde Ethan cuya voz había reconocido antes hasta otro muchacho de cabello negro (muy alto, también, pero ¿quién no lo sería parado junto a ella?) a quien no ha visto jamás en su vida. Así y todo, lo más escalofriante de la situación no es la unión de los dos grupos, sino la mirada que Jesse le dedica a Julien ni bien se da cuenta de que Wendy está mirándolo.
Si antes no sospechaba de quién fuera su competencia, ahora tiene la certeza absoluta.
No puede decir si son sus celos tomando las riendas de la situación (tampoco puede imaginar que, conociendo su carácter, alguien se lo hubiera dicho a propósito, persiguiendo la vil finalidad de arruinarle la vida a Wendy) pero desde el momento en que a los oídos de Jesse llegó el comentario de que ella -su propiedad- había pasado unas cuantas horas en la casa de un desconocido, las cosas se habían tornado peores de lo normal. En su opinión, era orgullo herido y realmente no valía la pena un escándalo semejante pero tanto para Evan como Shirley la situación se había salido de control con Jesse un largo tiempo atrás.
Ahora, por desgracia, el desenlace resulta obvio: irse no es una opción, no si pretende mantener a raya a su novio y cuidar la integridad física de Julien (sin tener en cuenta, sin embargo, que para llegar a Julien tendría que atravesar a una barrera de sus propios amigos y a unos cuantos de los de ella, con Ginger a la vanguardia totalmente dichosa de poder partirle la cara a Jesse con cualquier objeto contundente que tenga a la mano).
“¿Dónde está Audrey?” pregunta Grace, no a ella sino a Shirley.
— No tengo idea —le dice (ignorando el hecho de que no le ha dirigido la palabra con la simple finalidad de distraerse un poco), dándose la vuelta para enfrentarlas con los brazos cruzados sobre el pecho. Grace arquea las cejas, Shirley lanza la colilla del cigarrillo al piso y lo aplasta con la suela de sus botas. “¿Y ahora qué?” le dice, jugando con un mechón de cabello anaranjado—. ¿Quién dijo que sucede algo? Todo está perfectamente bien —”Julien está ahí, sabes, a menos de dos metros de Jesse”—. No sé qué pretendes que haga —”Si no vas tú, lo haré yo. No me pruebes” a su lado, Grace pone los ojos en blanco. “Aunque… pensándolo bien” Wendy la observa clavarle la mirada a algo en cierto punto detrás de su cabeza, muy probablemente un objetivo (su víctima, se le podría llamar). La pelirroja enciende otro cigarrillo automáticamente—. No puedo hablarle… —”¿Pero quieres?”— …porque Jesse lo va a matar —”¡Oh, vamos! El imbécil no tendría por qué detenerte de hacer nada, después de todo, no es como si él fuera la persona más fiel del universo” a Wendy le cuesta creer que Shirley no le tema a nada, que sea tan libre y esté tan segura de sus convicciones que pueda hablar de esa manera de la persona que a ella le aterra más.
Wendy se muerde los labios, dudosa. Si lo hace, tiene que ser de un modo seguro, con disimulo. Evan avanza entre la multitud, cruza unas palabras con las chicas a las que ella no les presta atención suficiente para comprenderlas. Vuelve la mirada sobre el hombro, rogando que la esté mirando (y, por alguna razón, la posibilidad hace que sus latidos se vuelvan irregulares) y una vez segura de que está siendo observada solo por las personas correctas, le sonríe.
Espera, con todo lo que puede permitirse, que Ethan en algún momento deje de ser tan simpático, y tan abierto a hablar con la gente, y tan amigo de todo el mundo. Es, cree, una de las cosas que más envidia y detesta de él -dos sentimientos que no deberían conectarse pero que, en este caso, están casi igualados-, porque Julien es más bien del tipo guardar silencio y hablar sólo cuando se dirijan a él primero. Observa a Vincent con el rabillo del ojo y no puede evitar sonreír, claro, ‘¿viste a esa pelirroja?’, seguro, seguro, el tipo está a un lado de Amy, como ocultándose, con el cigarrillo en la boca y la camiseta de Lou Reed con agujeros. En ese sentido se parecen, si bien la razón por la cual el tipo pueda ser tan introvertido la desconoce. Sin embargo, la rubia pronto deja de ser su protección, una vez que Ethan convence a Alex de dejarlo sentarse encima suyo, Amy se suma, en chiste, y se acomoda sobre los muslos de Ethan para desagrado de Alex que, con su complexión, mucho no puede hacer tampoco para sacárselos de encima. Observa a Vincent echarle un par de miradas a la pelirroja, pero el desinterés que ella parece mostrar, más preocupada en hablar con Wendy, lo hace rendirse ante la hipotética situación en la que le hablaría -lo cual sucedería si él estuviera drogado, pero todos se encuentran bastante straight edge en este momento-. “¿Quieres que te pida una cerveza, Jules?” pregunta Amy. —Tengo — contesta, tratando de no poner una mueca por el hecho de que le llame así. Se aclara la voz. Ethan continúa hablando, ahora con el de pelo rizado (alcanza a distinguir que se llama Evan). “Este es el hermano de Wendy” dice, una vez que nota que Julien los está mirando. “, la chica a la que...” Una patada en la pierna lo hace callarse, girándose a ver a Vincent que abre los ojos como dos platos, como en un intento de decirle que cierre la puta boca. “... En fin.” Julien se ríe, nervioso, porque siente que no está en control de la situación en lo más mínimo. Así que Wendy tiene un hermano, se pregunta a quién se parecerá cada uno -porque mucho no se parece, cree, pero también será que él y su hermana (melliza, además) son increíblemente parecidos entre ambos-. A Jesse le sonríe con los labios apretados y se limita a seguir tomando la cerveza, parado ahí como un imbécil. Vincent va a su rescate, o quizá lo considera a él el suyo, y tira la colilla del cigarro al suelo. “Me quiero ir a la mierda.” —Podríamos irnos. — “Quedaríamos muy mal.” —Quince minutos. — “Diez, diez.” Y le da las gracias a Dios por tener un amigo tan asocial como él.
No sabe si será la iluminación o algún delirio de su mente, que debe estar ahogándose en alcohol a este punto, culpa única del que tomó antes y después de la presentación y por la botella que tiene en la mano, o el hecho de que Jesse esté ahí, pero mirar a Wendy le parece imposible. No debería haber tanto problema, supone, el hecho de que sea linda y esté completamente fuera de su alcance -sólo basta con compararlo con Jesse, pero la cosa tampoco radica ahí- no tendría por qué significarle nada, pero de todos modos medio oculta la cara, ladeándola hacia el suelo y esperando que la iluminación lo deje un tanto en la sombra -y que no le llegue en lo más mínimo a la mitad derecha de su cara, que le parece la menos agraciada-. Ethan y Alex, ahora sin Amy sobre ellos, continúan haciendo charla. “Jesse, ¿por qué esa cara?” Pregunta el primero, y Julien rueda los ojos porque si fuera él a quien le preguntara, seguramente le daría una paliza. Pero Ethan es Ethan, supone, y la mueca impresa en el rostro del moreno se hace notar bastante. El otro, mientras tanto, medio que comenta algo de pronto. Le pide otro cigarro a Vincent y termina por acabarse la cerveza mientras el morocho espera hasta que se pone el American en la boca para encenderle el cigarro (primera hipótesis, el tipo está cansado de que se le pierdan los encendedores, segunda, que es así de buen amigo). Quiere decir al diablo y empezar a hablarle a Hann, a preguntarle si piensa ver a los mismísimos Nirvana este veinticuatro, pero no sabe si debería -más allá de todo, cree que sería ya cruzar un límite con Jesse, quien ya está bastante enterado de que el rubio no lo soporta (¡pero aparte! ¿Quién se cree qué es, y por qué él debería tener miedo de hablarle a una persona? Ah, pero háganle entender eso...).
Sin embargo, la mira, y cuando ella le sonríe (¡le sonríe!) Vincent le da un empujón y lo hace sentir el más idiota del universo, como si de nuevo estuviera en el instituto. — ¿Por qué haces eso, hermano, eh? — Susurra, medio agresivamente. — ¿Quieres que me vea cómo un idiota? — “Basta de dramatismos, ve a hablarle.” Rueda los ojos. —No creo que entiendas... — “¿Qué tiene?” — ¿Qué se supone que le tengo que decir? — “No sé, estás linda, tanto que no me molesta que tu novio me vaya a dar una paliza... Cómo si importara de todos modos, sabes como es Jesse, ¿qué tanto le puede interesar...?” —No lo aguanto. — “Él a ti tampoco.” Pone los ojos en blanco. “¿Eso es Dirty Boots de Sonic Youth? Ve a hablarle, es como, romántica, mucho.” —Ve a hablarle a la pelirroja. — “Ni de chiste.” —Como si te fuera a dar la hora de todos modos — “Cierra la boca” —... Hm —musita, y alcanza a preguntarse por qué ante el nerviosismo sólo suerta monosílabas. Ignorando el ajetreo y a la cara de vayámonos de aquí de Amy, Julien, casi como flotando entre todo, se acerca hacia Wendy, y, un tanto más allá, a Evan y las chicas (la rubia y la pelirroja, la única manera que tiene para identificarlas porque no cree que nadie nunca les haya dicho sus nombres). Se pasa la mano que sostiene el cigarrillo por el pelo, echándoselo hacia atrás. —, Wendy, hey. —Suelta, como para no quedarse sin decir nada, y después mira al resto. — Evan, ¿cierto? —Dice, y mira a las chicas. —Oye, el chico de ahí —y señala con la cabeza a Vincent, que ahora está medio susurrando junto a la voz de Thurston Moore. — dice que eres hermosa. Tendrías que golpearlo o... algo... Soy Julien. —Y se muerde el labio inferior, ¿cómo alguien es capaz de decir tantas estupideces en sólo un segundo? Vómito verbal, le sale de pronto. — ¿Y tú qué tal has estado? —Indaga, y más bajo suelta: —Te vi como, eh, no sé si mal, pero... ¿pasó algo?
Tras bastidores, en la pequeña pieza poco iluminada en la que se sientan los amplificadores de repuesto y un par de botellas de cerveza vacías, Alex entona, subiendo y bajando el timbre de la voz a su propio ritmo y entendimiento. Amy, apoyada contra la pared, sostiene entre sus dos manos una lata de Lone Star, Julien examina una sugilación violácea en el costado de su cuello y trata con todas sus fuerzas de no rodar los ojos. Se resigna a mover entre los dedos, el estómago hecho jirones, las baquetas. Una vez que salen conectan los amplificadores y Alex presenta a la banda -mientras Julien baja un poco más el asiento de la batería y Vincent escupe al suelo- con la misma emoción de siempre (que a Lachance le parece increíble, siempre como un niño de Navidad, y es que no le importa si a nadie le interesa una mierda, pega los gritos con emoción y se ríe lo más que puede), siguiéndolo Amy, cuyo bajo termina por sonar distorsionado en distintas partes a lo largo de la tocada. Sin embargo, Vincent y Julien no se quedan atrás; al primero no le alcanza la voz para hacer los coros y al otro casi se le escapan de las manos las baquetas en más de una ocasión y, como siempre, el único que sale completamente victorioso es Ethan, que nunca se molestó en tomar un instrumento en su vida y observa todo desde una esquina. Después de un par de aplausos, que Lachance jamás sabrá si son por lástima o verdadero reconocimiento, desmontan la escena y saludan a la siguiente banda, que se prepara en el mismo cuarto de antes. “No estuvo mal, eh”, escucha a Ethan, y se encoge de hombros, si bien está seguro de que al que le habla es a Alex. Ladea un tanto la cabeza y sí, le está agarrando el cabello. Por el lapsus de tiempo que vivió con Ethan, hasta hace menos de un mes, acabó por zanjar que la razón principal por la que el morocho le resulta atractivo es por su pelo. Todavía está buscando el momento indicado para consultar con Vincent su opinión. “Vamos a tomar algo, por favor” suelta Amy, llevándose una mano a la sien “, fue desastroso...” Aunque resulta increíble, tiene cierta predisposición a desenchufarse del mundo cuando la blonda comienza a quejarse de cualquier cosa. Le sucedía con su padre también. Sin embargo, a la primera parte del enunciado le hacen caso, y van enfilando uno atrás del otro hacia alguna mesa. El bar es pequeño y no está tan bien iluminado como le gustaría, pero le gusta. Tiene un par de memorias buenas de ahí -y otras no tantas, como la vez en la que terminó vomitándose en los pantalones-.
Se siente un tanto ausente esa noche, culpa a la vecina, que decide poner música cuando tanto él como Vincent tratan de tomar una siesta antes de hacer doble turno o antes de ir al otro trabajo, pero podría ser cualquier otra cosa. Por ejemplo, tiene la hipótesis de que la cerveza de mala calidad que está tomando -cuya compra se debe a que gastó todo su dinero en nuevas cintas para grabar- le está alentando un tanto más el cerebro, si es que eso es una posibilidad en este punto. Trata de participar en la conversación, pero se trata de películas que jamás ha visto así que, como puede, trata de no verse incómodo y observa a su alrededor, tamborileando con los dedos sobre la mesa-. — ¿Alguien tiene un cigarro? —Pregunta. Vincent hace que su atado de American Spirit se deslice por la madera hasta llegar a él y saca uno. Lo enciende. “Voy por más tragos ¿quién invita?” pregunta Ethan, y el silencio reina en la mesa. “Jodidos... Consigan un empleo de verdad”. Risas, Julien termina lo que le queda de cerveza entre caladas al cigarrillo y acota, muy de vez en cuando, alguna estupidez. En cierto punto cree que Ethan está tardándose demasiado, así que ladea el rostro hacia la barra. Lo encuentra con facilidad, pegado a la barra y hablando con alguien. Entrecierra los ojos, una gorra y el pelo largo. No cree saber quién es. — Eh, ¿quién es ese? —Pregunta, pegándole un codazo a Vincent. “¿Quién? Ah, eh... ¿no lo sé? Creo que es, uh, ¿Ewan? Lo conozco de vista, creo. Pero parece...” —Ah, lo que sea. — “¿Por qué se tarda tanto?” arremete Alex, que lleva jugando con la botella de cerveza vacía desde hace un rato. Amy, medio adormilada, fuma un cigarrillo. “Porque está Jesse” responde Vincent, riéndose a costa de Alex, que pone los ojos en blanco. —Ese imbécil... —murmura, y Amy suelta una carcajada. De todos modos, pasea la vista alrededor de Jesse, porque recuerda, no sin un tanto de vergüenza, a su novia (qué título tan estúpido, por cierto, novia). Un segundo más tarde, ve a Ethan haciéndole señas. Espera que no pueda darse cuenta de que sí lo estaba mirando, y pone la vista en el techo, sólo por si acaso. “Nos llama.” Dice Vincent, y Alex se pone de pie. Julien rueda los ojos. — ¿Tenemos qué? — “¿Viste a esa pelirroja? Claro que tenemos qué.” Suelta un respingo, se pone de pie, comienza a caminar. Siente un hormigueo en las manos mientras lo hace, una mezcla entre el no soportar al castaño aquel, siempre tan seguro de sí mismo, el tener que conocer gente nueva o el encontrarse a Wendy de nuevo, que seguramente se habrá reído del tipo raro que la hizo ir a su casa a escuchar Nirvana, todo muy en plan psicópata. Toma aire, se acomoda el pelo. —Hey.
my name's rooted look thru the back of the room play him a tune down low if the sun could melt like snow i would run to you and flow into i could go running away into you.
vincent de medeiros
julien has come to realize that vincent is the best person to take pictures of — spontaneous, yet always somewhat dark and moody. he likes to put hats on while julien adjusts the lightning in the room. he often asks him to give him haircuts (a shaved head, the only thing julien can do). they are making a movie together, you know, this 35mm thing that doesn’t really have a script or anything — vincent’s character is some ethereal drag queen who’s fighting the forces of evil. julien also records him just singing, making these music videos that will never get to mtv. both julien and vincent are the silent type, and before he moved in (to the second floor of a house shared with some ederly woman that never leaves her room) they were more acquaintances than real friends; they just knew they both liked the same type of girls (one of the main reasons why julien hated to be in the same band with amy and him) and were incompetent at holding conversations, the main reason why, when they were both alone, only played music or politely ignored each other until someone else entered the room. head over heels with his guitar, a pisces — just like julien, and a worker in a retail store, job that dreads him to no end. thinks that if he doesn’t get a place in the music industry he’s either killing himself or moving to some other country. usually falls asleep on the sofa with the guitar on his arms -which he always plays with the eyes focused on the floor-, and smokes too much weed, like in the sense in which it’s too much, the whole living room always smells like it. they’ve realized their voices blend perfectly together and, before ordering food, they enjoy playing and recording tapes, laughing at their own falsettos. vincent promises he will teach him guitar, but they both know that’s a lie (not like julien cares, either way, he realized that he should stick to the drums and the three guitar chords his sister’s boyfriend teached him back in ninth grade). they don’t really know a lot about each other but julien feels more attached to him than any other guy — if someone asked him, he’d probably say vincent is his favourite person from seattle (along with cobain, of course!). he’s sure vincent’s way of being it’s not that much of a thing that he was born with, which julien can be sure happened to him, lachance can tell he has seen some fucked up things, but he won’t ask until the guy talks first. he doesn’t really have anyone, as julien is aware of, nor in a romantic or family-kind-of sense, vincent just says that he doesn’t feel like he can 'connect with any soul in the world, plus i’m ugly’, so he kind of wanders around bars drinking and talking about music with lachance, you know, technicities about the guitar and stuff. he drinks too fast. he likes pink floyd way too much and does the irish goodbye after they play and want to stay to drink a few beers, you know, he just gently disappears in the middle of the night without telling anyone, and then julien can find him asleep on the sofa, just like always. “does he even sleep in his own bed?” he wonders. got into the band because they needed a guitar player, since alex’s skills aren’t good enough to both sing and play the damn instrument, so they had to ask this guy who asked this guy who asked him.
amy wallace.
mean spirit at its best. she swears too much and lives in an apartmet that, compared to the guys in the circle, it’s really tidy and full of life. she comes from portland and, when she’s drunk, the accent spills from her mouth with naturality. julien thought she was made of sunflowers and love disguised with leather pants and school-skirts, but the truth is that she’s knives and yelling at three o clock in the morning. still a cool girl. dyes her hair white and loves to make fun of alex. tells everyone she won’t ever fall in love, and she leaves before even thinking of it. julien still looks at her as if she was the burning sun; it’s unbearable, but she doesn’t even care. does she give a fuck about anything, though? yes, about whatever stone gossard is doing. she loves to fight with vincent for whatever reason, although she confessed to julien that it gets boring because the guy is probably the most avoiding-conflict-person in the world. yet, he has to leave the room when she starts yelling — it’s always about the melodies to make. it’s really hard to do something if amy thinks it’s fucked up. she just says ‘hey, i hate this’ and then they all have to find out what the fuck is wrong and how to make it right in order to please her ears. she’s amazing with the bass, though, and having a little of feminine vibe in the band -although she refuses to adress such thing- it’s kind of refreshing. not very sensitive, though, julien knows about it. they started going out two or three months after she joined the band, after making out in the dark while ethan and alex and vincent kept drinkng and smoking in the backyard. hates the beatles. like, a lot, and she’s always the first to fall asleep when they hang out til late. julien wonders what’s her weak spot, where it hurts, where it’s too near the bone — nothing, yet.
alex reyes
alex is probably the wittiest guy in the world and the one who’s most excited about the whole band thing; he has a very childlike attitude when they get to play somewhere, like it’s christimas time: ‘man, even if it’s just two people seeing us, that’s a lot! they’re seeing us!’. he has lived in seattle his whole life and, just as everyone else in washington, didn’t really have an idea of where was julien’s town. they met right away - when julien took the stairs and knocked on the door, alex opened it and started talking, offering something to drink, asking if he played any instrument, talking about how they fired their drummer because it tried to fuck with alex’s sister... he and ethan have been together for little more than two years, since they met at some kind of gig or some shit. sometimes julien wonders what is the exact thing that keeps them together, since they’re not that much alike — first, ethan is a huge john hughes fan. like, the breakfast club and sixteen candles, as romantic as it fucking gets! and ethan really loved terminator, and hates friends. but anyways, love is love either way. he used to have a girlfriend, whose existence no one is aware of, so they kind of consider it a lie to imply that he’s not, in fact, gay, and ofter joke about it at his expense. he’s probably, alongside with vincent, the most talented in the group; he has a great voice although he smokes two packs a day. works in his dad’s pawn shop. constantly brings up stuff about aliens, and knows a lot about sonic youth. he’s really a laid back kind of guy, not like he doesn’t talk, because he does, and he’s also really entertaining, but he doesn’t worry about anything. not like julien or vincent, who often seem nervous, not at all. often exchanges shirts with ethan and has been a friend of amy since they were little, main reason of why they never fight. “i understand chicks, man, amy was my first kiss!” he tells julien every now and then, and amy rolls her eyes so hard that it seems they’re going to get the fuck out of her eye sockets. really chill, always ready to go anywhere, puts all his thoughts in the band and constantly brings up new lyrics.
ethan driver
ethan is everyone’s sidekick, the force that keeps the group together. probably the funniest and social one, never cares about wheter he’s taking all the attention and jumps into conclussions way too fast. lived with julien for more than a year, always had a good relation although for the first couple of months they weren’t that much into talking to each other — julien was lost, though, so ethan made an effort to make the small town boy talk and open up to him. made alex talk to amy in order to take him out, opened the door for julien at 5 am more than once when he lost the keys while making his way home drunk and high as a kite. they met through a connection julien had in hoquiam, a friend had this friend, who was ethan, and this guy needed a new roommate, so julien, who was saving up to move there, drove right away. is more into 80s than 90s stuff, but loves nirvana, mainly because of dave grohl, with his whole heart — and mudhoney, how can someone forget about mudhoney? moved to seattle from idaho at age five. everyone knows ethan. when he was a teenager he’d skip school and hang out in the downtown parks where he met an awful lot of people. if someone goes to a bar and ethan talks to them, it’s rather obvious that he knows them from this place like, five years ago or something. never forgets anything and eats too much junk food, has a good connection with julien, in a sense in which he always knows when he’s uncomfortable or sad — not like he does anything specific about it, not like he talks him out of his sadness, but he asks him to go to eat somewhere or to not worry about making the dishes that day. julien does the same, but the ocassions in which ethan is sad are rare; sometimes he talks on the phone with his parents and has this sad, melancholic look on his face, just in these moments. he doesn’t really get along with vincent when they’re by themselves, mainly because he speaks too much and it makes the guy feel awkward, but they get on well when they’re drunk; they sing and dance and half heartedly slap each other in the face. but man, he’s a terrible singer. not like julien is the best, but listening to him yell commercial songs while taking a bath was probably the worst thing to ever happen to him. crazy about alex, although he mocks him more than he kisses him; julien thinks that’s sweet. like their own way to show their love. i mean, after two years, who would care about reminding someone all the time that thtey love them when they can, you know, make fun of their earring or something. julien loves him, but he never says it out loud — like, why would he? to let ethan feel way better about himself? he’d rather not adress it, not like ethan isn’t aware anyways.
El suave clic de la puerta detrás de Julien la deja parada, a medias a la deriva, en medio del agradable ambiente de la habitación; pasa una mano por la superficie suave de una mesa en la cercanía, curiosa. Es cierto que todo está un poco fuera de orden en derredor, tal vez hay una semejanza demasiado evidente entre éste y el apartamento de su novio pero ahí incluso el clima es distinto; no sabe por qué, tampoco se va a molestar en averiguarlo, pero en la casa de Jesse se respira siempre otra cosa, lo que allí siempre es el perfume agrio de la humedad en las paredes y la sombra pálida de una fragancia de mujer (que cada vez es distinta y que no es propio a Wendy, que jamás ha usado perfume), aquí es un suave aroma a cigarrillos y a tranquilidad que en el otro lugar a ella le son desconocidas— En verdad es un bonito estéreo —susurra para sí, esa maravillosa costumbre que le ha quedado de la infancia con una madre perpetuamente ocupada entre la caridad de la iglesia y el trabajo y de ahora, de compartir la existencia con un gato que raras veces produce sonido alguno. El aparato al que hace referencia está aparcado en un lugar que parece sagrado, evidencia de que a su dueño le interesa su supervivencia en un apartamento que, por otra parte, parece sumido en el caos.
Al escuchar la tercera e inesperada voz, da un notorio respingo. Con la espalda erguida y sosteniéndose las manos entre sí, voltea suavemente al lugar del que proviene la charla que no la incluye pero que, a pesar de ello, parece girar en torno a su figura— Gracias, supongo… —susurra pero ni siquiera la sonrisa llega a tiempo porque, de un momento al otro, el tercero en cuestión se ha esfumado nuevamente dentro de la habitación. Shirley le diría que son raros, le preguntaría qué carajos hace en el departamento de ellos, todavía más cuando son dos y están, en apariencia, bastante pirados. No pasa mucho tiempo hasta que la memoria se activa dentro de su cráneo (o en algún otro lado, donde sea que se encuentre alojada) y se da por enterada de nueva cuenta de que la pelirroja tiene una tendencia bastante arraigada a juzgar a las personas de manera precipitada. Tomando el bolso por la correa que le rodea el pecho, se deshace de su abrazo: el calor del ambiente ha comenzado a calarle y, por ende, el abrigo por el que un rato atrás su cuerpo rogaba, ahora resulta estar de más, como un sobrante. Se deshace de él de la forma más elegante que puede, intentando no golpear y lanzar al piso nada de lo que está alrededor. Mientras espera, tararea una canción cuyo intérprete ahora se le escapa. Esta vez, cuando la puerta se abre y los dos muchachos salen del interior del cuarto, no la toma tan por sorpresa la acción— Ah, no lo dudo —replica, estrechando la mano que le ofrece con la más dulce de sus sonrisas (y que no conlleva, en lo más mínimo, ninguna doble intención); después lo escucha y piensa, durante un momento, permitiendo a su mirada vagar desde su anatomía a la del aludido. Se le nota en la cara que le gustaría desembarazarse de la gracia del tercero pero a ella no hace otra cosa más que divertirla, por obra de Thomas, Wendy está por demás acostumbrada a ese tipo de jugarretas infantiles—. En verdad… —menea la cabeza y cruza un brazo sobre la menuda cintura, tratando de seguirle el juego lo más posible—. Pasa por la tienda cada vez que puede —dice, con una mueca, a pesar de que aquello no se aparta de la verdad ni por un milímetro (o quizá sí, un par, ella no lo ha visto tantas veces), doblando el abrigo sobre el antebrazo. Al final, se rinde: no tiene por qué sentirse incómoda, se repite, y aunque no es su casa, tampoco es un pecado que se ponga un poco cómoda mientras aguarda a que Julien pronuncie alguna palabra. Deposita todo lo que lleva en las manos sobre el posabrazos de un sofá un tanto roído, en el cual se sienta después—. ¿En qué trabajas? —pregunta, dado que él ha sacado el tema a relucir con la afirmación; supone que no es una pregunta muy personal, asimismo tampoco muy genérica. Bastante buena, de hecho, para entablar una conversación entre desconocidos (y además, ella está en desventaja, él sabe varias cosas más que ella por adelantado)— Tus zines no son figuritas de anatomía como las suyas, pero no se quedan atrás —musita, cuando uno de los mencionados ingresa a su campo visual casi por casualidad. La pared de su hogar, dulce hogar no tiene más que una copia banal de un cuadro mínimo de Basquiat y un par de notas en aerosol hechas a mano alzada por alguno de sus amigos en estado de ebriedad. En comparación, este lugar es una obra de arte—, además me gustan tus… ay, escucha eso —finaliza, casi sin aire, incluso antes de empezar a hablar. El estéreo suena bien y la calidez del aire es sobrecogedora, la voz de Cobain resuena en todas las paredes como un cántico religioso. Wendy cierra los ojos un segundo, la voz rasposa y baja del cantante la envuelve en seda con la promesa implícita de que, al final del récord, va a convertirse en una mariposa—. Puede que sí… sí, sí, probablemente sí —la voz baja -como la de un pajarito, buscando por todos los medios no interrumpir el sagrado ritual de la grabación de fondo-, mientras busca dentro de su bolso un poco de aquél ínfimo papel y el contenido de lo que le ha quedado de la última bolsita de hierba que Shirley tuvo la amabilidad magnánima de compartirle. Se detiene un segundo, entonces, levantando la vista a él—. ¿No te molesta si…?
—Vendo cocaína —contesta, con toda la naturalidad que puede –que tampoco es mucha, cree. —Bah, qué mierda. No me sale la espontaneidad. Eh…Tras el mostrador de una tienda, eh, como las Seven Eleven. Otros días hago delivery… de pizzas y todo eso. Más que nada porque el papá de un amigo es el dueño y… —se encoge de hombros— Es una mierda—juega con la botella, pasando el dedo índice por la boca. —, la gente puede ser bastante insoportable. Lo bueno es que tengo como cinco descansos para fumar. —Se lleva la botella a los labios, y cuando la baja de nuevo una gota del licor le resbala por el mentón (la saca con un movimiento de mano). Papá le hace saber, las veces en las que él atiende el teléfono (porque normalmente llama para hablar con su hermana, que tiene que hacer algo al respecto. Lo entiende, y le molesta de todos modos. Pero sí, lo entiende. Cinco años de caminar a ciegas por una cuerda floja. —Pensaba en terminar el instituto y hacer algo más con mi vida… —La frase se pierde en el aire, como si la indecisión frente al tópico se apoderara de la garganta de Lachance. Observa entonces los zines, y una sonrisa se forma, escapándose de su interior. —Son geniales, ¿cierto? El de Nirvana y Mudhoney fue genial. Estábamos yendo para —calla un instante en medio de la frase, aproximándose al abrigo y sacando los cigarrillos. Se pone de pie y abre la ventana —, eh, no recuerdo bien. Creo que íbamos o veníamos de mi casa a buscar o traer algo aquí —entrecierra los ojos—, no sé. Y paramos en Tacoma a comer y fuimos a recorrer la ciudad… No es que sea interesante —se encoge de hombros—, la verdad es que parece un lugar para tirar desechos tóxicos. Pero nos dieron el zine e iban a estar la noche siguiente. Así que dormimos en el auto. Fue increíble, Mark Arm se tiró encima de la audiencia. —Enciende el cigarrillo y, cuando el vocalista comienza a gritar –sonríe un poco, quizá porque esa facilidad para desfibrar el sufrimiento le parece casi poética, quizá porque en parte le causa algo de gracia-, se tira de nuevo sobre la alfombra, Wendy sobre el sillón frente a él. —Es increíble… hey, hey, ¿escuchaste esa batería? —Pregunta, con la misma emoción que ella y sin tratar de ser irónico. —El tipo es asombroso. —Y se corrige, mientras toma la cerveza: —Todos, todos. —Después de que pregunta, dejando la frase en el aire para que la vea; lo hace, y se queda estático un momento. —Adelante, Wendy, tu casa es mi casa. —Se acerca el cenizal a un lado del estéreo— ¿Quieres papel o tienes? Creo que nos quedaron algunos de la otra vez.... —Y le pasa el encendedor rojo, moviendo después las piernas para acomodarse en la postura india. —Eres como un ángel, Wendy, un ángel de la guarda o una mierda así, te juro. Como si fuera que caíste del Cielo cuando no nos quedaba más y subieron los precios y, ¿en serio que no quieres una cerveza o algo? —Sube un poco más el volumen, justo para un solo –corto, sí, pero solo l fin y al cabo- que le sigue al término de la primera canción.