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Las 41 mejores películas de terror de 2024 (Parte 2)
Continuamos nuestro repaso a lo más importante del cine de terror del año 2024, entrando en la fase determinante, solo quedan 20 puestos para conocer nuestro número uno, pero además, en este segmento del top 41 también podréis encontrar el programa doble recomendado para cada una de las seleccionadas y algunas menciones especiales que han quedado fuera del top
20-Alien: Romulus (2024)
Un intenso parque de atracciones para fans de la saga que recupera el terror perdido en las secuelas al tiempo que ofrece un sangriento "greatest hits" de esta, con una última media hora de serie B colosal. Fede Álvarez recicla su plantilla de Don't Breathe (2016) en el espacio, con un filme que parece tener alma de slasher juvenil y acaba replicando el ADN del clásico de Ridley Scott. La factura está cuidada al detalle, con un diseño de arte tangible que hoy resulta un lujo insólito y una apuesta por los efectos especiales artesanales, los animatronics solo traicionada por la decisión inexplicable de resucitar digitalmente a Ian Holm. El desarrollo es una colección de habitaciones de escape room temáticas de la franquicia conectadas, lo que implica cierta previsibilidad final, pero también una voluntad lúdica autocontenida en cada nueva escena de acción, algunas de ellas memorables. Tiene algo de tren de la bruja disfrutable lleno de fan service que en su síntesis se atreve a llevar más allá algunas ideas arriesgadas de las secuelas menos queridas, lo que la aleja de la mera mímica y le suma muchos puntos.
A veces tiene pasajes terroríficos, como una galería de cadáveres digna de un barracón de feria, pero esto también sirve de antídoto a esas "secuelas puras" que "eliminan" a las anteriores. Aquí se reconoce hasta a las más exóticas. Lo mejor del conjunto son sus migas de pan anticorporativistas a costa de Weyland Yutani Corp, la ruptura con la visión idealizada de las colonias a través de la explotación laboral, cimentando a la compañía inequívocamente como el gran villano de la franquicia. También sabe mirarse en algunas de las decenas de imitaciones de la propia original, llegando a parecer hasta cierto punto una de ellas con más medios y presupuesto. Álvarez parece conocer muy bien los delirios ginecológicos grotescos de Xtro (1982) y su monstruo, los capullos y el body horror cronenbergriano de las dos primeras Species y, por supuesto, la llegada al siniestro Demeter espacial asolado de Event Horizon (1997). La decisión de ubicar una minipelícula de monstruos en su final demuestra desvergüenza y arrojo al jugar con las posibilidades genéticas de la saga que siguen una lógica de cine de criaturas sin prejuicios y aparta el componente de ciencia ficción a un lado.
Programa doble: Elevation (2024)
Lo normal es que este híbrido de terror y ciencia ficción hubiera entrado como acompañante de A Quiet Place: Day One, ya que es más bien una exploitation de la original que, además, tiene una escena en túneles muy similar a la precuela, pero en este año de terror de “reglas” también la de Fede Álvarez, también aplica escenas de tensión similar a su secuela de Alien. En esta tenemos extraterrestres que no pueden subir más de cierta altura, convirtiendo la película en una serie de carreras para llegar a la finish line bastante tontas, pero muy bien rodadas y divertidas. Es una serie B de videoclub como la copa de un pino con actores de esa categoría, como Morena Baccarin y Anthony Mackie, pero resulta corta, entretenida y más resultona de lo que se comenta, incluso con alguna escena estupenda como la del teleférico o el laboratorio.
19-Speak No Evil (2024)
Contra todo pronóstico, el remake del éxito danés es bastante superior al original. El director de Eden Lake (2008) recupera temas y el nervio de aquella en una clase maestra de tensión irrespirable y humor negro que se cuela entre lo mejor de terror del año. Tras un año de desastres encadenados, Blumhouse nos vuelve a cerrar la boca con su mejor película de terror desde Black Phone (2022), un remake del que no se esperaba nada y mejora por mucho a su original. Presumíamos que iba a ser una copia idiota para público americano y al final tenemos que poner en perspectiva su elección por el suspense y el humor que la original quizá no supo ver en su planteamiento nihilista y abnegado. Conserva de aquella ese cierto afán moralista, pero nunca es tan tremendista y en vez de querer ser Haneke, aprende del Hitchcock más perverso, con un suspense constante y un no parar de gags cómplices con el espectador, incluso para los que saben lo que va a pasar, con un tono más lúdico y dinámico. Sobra decir que James McAvoy vuelve a estar soberbio con un papel en el que vuelve a aterrar, pero la MVP es Mackenzie Davis, representando la incomodidad e incredulidad del público con reacciones de timing cómico muy preciso, encarnando el absurdo del status quo.
Sorprende al usar puntos clave de la original y cambiarles o ampliar su significado, rompiendo el comentario sobre la sociedad danesa y sus modales para hablar de diferencias de clase, educación y la maleabilidad de la voluntad por vía del gregarismo masculino. Puede que la parte más controvertida de esta nueva versión sean los cambios en su segunda mitad, ya que decide comprimir los dos primeros actos de la danesa para desarrollar mucho más el tramo más tenso, juguetón y disfrutón, plagado de guiños conscientes y mucha mala baba. Sigue un camino tangente a la original, desembocando en un violento y extenso clímax, más cercano a la propia Eden Lake o Straw Dogs (1971) que a aquella. Para muchos resultará más convencional, pero dentro de su propuesta abierta al gran público es bastante más coherente, pulcra en su gramática, por lo que diferencia a ambas películas es que la de 2024 está mucho mejor escrita, tiene mejores diálogos, personajes mejor perfilados, más fluidez, sarcasmo macabro y autoconsciente... está sembrada de momentos encadenados coronados por una presión constante hasta el último minuto.
Programa doble: Nightwatch: Demons are forever (2024)
Si la original Speak no Evil era danesa, también desde Dinamarca nos llega esta tardía continuación de aquella película que en los 90 arrasó en el circuito del cine independiente, adoptando la forma de secuela legado, diferente a las que vemos en Hollywood por su forma de integrar la historia de la hija del protagonista original con elementos nuevos. Si la original ha inspirado éxitos sobrenaturales recientes como The Possession of Hanna Grace (2018), esta vuelta del concepto al thriller tiene solo un par de secuencias en la funeraria, y recupera más un germen turbio de otras películas de la época en la que nació, como Tesis (1996) o Mute Witness (1995), donde el elemento del asesino en serie era mucho más oscuro. Un poco neogiallo en su misterio, no es sin embargo sangrienta ni busca ser un slasher, sino que se apoya más en el suspense que en la truculencia, en el juego de quién es quién, pero tiene momentos impresionantes, como el sórdido cara a cara final en la oscuridad, y resulta mejor exploración del “trauma del superviviente” que la última trilogía de Halloween,la secuela del remake o incluso Terrifier 3.
18-Lovely Dark and Deep (2023)
A menudo se comenta que faltan ideas en el cine de terror, pero también a menudo se suele concretar la conversación en estrenos que vienen avalados por grandes distribuidoras con un buen aparato de publicidad. Sin embargo, las productoras independientes no dejan de apostar por títulos pequeños pero llenos de versatilidad como el debut de Teresa Sutherland, guionista de la reivindicable The Wind (2018) y miembro del equipo que escribió Midnight Mass (2021). Aquí orquesta una historia basada en las numerosas desapariciones reales de los Parques Nacionales de Estados Unidos, que si bien no explora demasiado todo el aspecto true crime documental para elaborar un híbrido narrativo, se sirve del hecho como punto de partida de algo que se da tan por hecho que genera una importante capa inquietante de partida. Tanto los guardabosques como sus superiores aceptan y asimilan que esto es una realidad con la que deben lidiar, con lo que el problema no es tanto el cómo o el qué, sino la propia exploración de una experiencia en esa situación. Pasando de ideas de thriller y evitando las criaturas al estilo Body at Brighton Rock, el guion desarrolla una experiencia de aislamiento para su protagonista, una hipnótica Georgina Campbell que arrastra en sus silencios y mirada melancólica los pesos de un trauma infantil causado por una desaparición en el parque en el que ha empezado a trabajar.
Muchos planos de ella dando vueltas por el monte y recursos de cine en los backwoods en clave lo-fi, pero con un uso de las lentes y fotografía muy específico, le dan una entidad visual bastante sólida y separada de otros estrenos directos a VOD que llenan catálogos cada semana. La construcción de la atmósfera es paciente e impecable y va introduciendo claves de horror psicológico y onírico en la dinámica de un personaje solo con sus temores. Muy destacables sus encuentros con "desaparecidos", el juego de sombras en el exterior de su tienda o toda su media hora final, donde se rompe la lógica de la realidad y se van dejando migas de pan para interpretar lo que está pasando. Como una inversión del punto de vista de Picnic at Hanging Rock o una temporada de Channel Zero —en realidad Butcher's Block se parecía menos que esta al creepypasta que adapta, Search and Rescue Woods, inspirado en estas desapariciones reales en parques—, dedicada a la naturaleza y condensada en 80 minutos, las resoluciones y sugerencias pasan al horror cósmico entendido según el dúo Moorhead-Benson y combina bien con películas de la década pasada como Yellow Brick Road (2010). Lovely Dark and Deep no ofrece respuestas fáciles ni definitivas pero sí pistas para entender su universo de desapariciones sacrificiales, conspiraciones entre Rangers y un Satisfactorio laberinto de enigmas abiertos que dejarán enganchados a los amantes del buen cine forteano.
Programa doble: The Watchers (2024)
Georgina Campbell está apareciendo en unas cuantas películas de terror y fantástico recientes tras su irrupción en Barbarian (2022), pero es casualidad que en este mismo año se haya perdido en bosques que se tragan a la gente en dos obras muy diferentes, pero igual de misteriosas. Lo mejor y lo peor de este debut de Ishana N. Shyamalan es que comprime material para tres temporadas de From en 100 minutos de sobreexposición constante, de hecho es tan inconsistente como esa serie, pero al menos esta te permite salir del cine con respuestas y su combo final de giros de bolsilibro de aeropuerto funciona mejor de lo que muchos están dispuestos a reconocer. Un batido sin vergüenza de todos los mystery box de bosque posibles, con una dirección competente, pero que también arrastra muchos vicios de primera película y de la escuela de la familia. Tiene bastantes fugas al terror que flirtean con la alegoría y las leyendas irlandesas, un digno producto de viernes noche con su cinturón de seguridad PG-13 que como poco resulta más digno que Trap.
17-Daddy’s Head (2024)
La plataforma Shudder sigue creciendo poco a poco a buen ritmo y la mejor noticia que nos puede dar es que poco a poco sus producciones van siendo más sólidas. Quizá no tanto las que son precisamente originales desde su propio nicho de EEUU, como las que es capaz de adquirir de otros países. Probablemente, la mejor de esa tanda de cine hecho para televisión, de cine concebido directamente para streaming, no está necesariamente concebida con esa perspectiva. Esta es Daddy’s Head, una suerte de inversión del concepto de Babadook (2014) pero tamizada por la ciencia ficción. No se asuste el aficionado al terror por esta etiqueta, pues ese elemento de aquí tiene más que ver con Xtro (1982), digamos que es la versión de A24 de aquella, también con una entidad extraterrestre adopta la forma del padre fallecido de un niño y se presenta a buscarlo para llevárselo.
El giro de la situación es que la madre del niño ya había fallecido previamente, y queda al cuidado de una madrastra con la que nunca ha tenido una relación especialmente buena, lo que crea una dinámica diferente a la que había en la obra de Jennifer Kent, porque no es la madre la que no soporta al niño, sino que sencillamente este tampoco puede conectar con su tutora. Esto crea una tensión latente que persiste durante toda la película de forma bastante cruda y amarga, y solo se intensifica cuando empieza a manifestarse una criatura en las sombras, en las esquinas de la habitación, en lo más profundo del bosque. Pero lo más inquietante de todo es que tiene la cara del padre, una pesadilla infantil hecha realidad. El gancho es tan simple como eso y necesita más allá, salvo que cuando la criatura va tomando forma se vuelve más y más terrorífica. Una película muy sencilla en cuanto a conceptos, centrada en las apariciones y esas escenas de terror que rozan lo surrealista también en algún momento onírico. Probablemente hubiera funcionado muy bien como un episodio de una serie como Guillermo del Toro’s Cabinet of Curiosities (2022), pero no es larga, es efectiva, y concluye antes de abrir la boca y decir “papá”.
Programa doble: The Shade (2023)
El nuevo tópico de los dramas de terror se ha convertido en una mutación en la que se suele usar el género como metáfora de traumas, duelo, presiones sociales etc, pero pocas veces estamos ante un verdadero drama, drama, en el que lo que se prioriza son las relaciones de personajes y se plantea como un coming of age en el que no se siguen códigos del género. Esta película es como si una pieza indie de Xavier Dolan de repente tuviera apariciones de un ser terrorífico, sin embargo, estas no son el objetivo, por lo que la película se pasa una hora sin rastro de género. Pese a su duración y modestia, algunos de estos momentos de horror son verdaderamente espeluznantes, sin usar jumpscares ni sonidos estridentes, lástima su duración desproporcionada, porque merece al menos considerarse como la rareza que es.
16-Hellboy: The Crooked Man (2024)
Pocas películas con tanta proyección al odio ha habido este año como esta secuela inesperada de Hellboy (2004), en realidad una precuela de la película de Guillermo del Toro que, probablemente sea la adaptación más fiel en imagen, texto y espíritu al trabajo de Mike Mignola. Es cierto que aquellas aventuras iniciales son una bonita oda al fantástico, pero vienen con una calificación PG-13 que en realidad no se corresponde con el tono oscuro, turbio y lleno de elementos de terror, esotérico y weird, de los tebeos, que nunca hasta ahora habían brillado tanto como en esta entrega del director de Crank (2006). Está claro que tiene un bajo presupuesto, pero se percibe una vocación por el gótico clásico ausente en capítulos anteriores, que ignoraban esos cuentos cortos que ponían al demonio rojo andando por lugares extraños donde hay leyendas desconocidas, monstruos escondidos y pueblerinos asustados. Esto hace que Hellboy sea un pasajero en una historia de la Hammer llevada a viñetas sobre brujería en un lugar perdido, con muchos árboles, mucha niebla y elementos de terror que parecen sacados, incluso, de una película de John Carpenter.
De hecho, escenas como la de la Iglesia podrían ser perfectamente una variación de The Fog (1980) con dosis de acción. Un pulp horripilante y divertido, a veces creepy, con recreación noble del material fuente, que sabe mirar al pasado del personaje para integrarlo dentro de la trama sin que chirríe. Seguramente cuando llegue un momento de sequía de género, estos estrenos malditos a los que nadie le hizo mucho caso en su momento tendrán una oportunidad, se pondrá en perspectiva The Crooked Man, un regalo para los verdaderos fans, que bebe de los 70, de los colores crudos de la productora Tigon, y probablemente se acabe convirtiendo en una secuela de culto, o al menos la bajada al barro que precisamente le hacía falta a la franquicia, que podría iniciar una serie con este mismo tono y un pequeño caso del demonio rojo en cada episodio.
Programa doble: The Crow (2024)
Un romance trágico en clave de fantasía urbana oscura y ultraviolenta que cambia los códigos góticos de la película original para desplegar una visión más horror postpunk del cómic. La sangrienta secuencia de la ópera es de las mejores del año, el resto, muy lejos de ser el fiasco que se ha narrado, puesto su mayor pecado es creer en la historia de amor de Bill Skarsgård y FKA Twigs, el núcleo de una historia menos complaciente que la de 1994, mucho más amarga y que sabe encajar con el mito de Orfeo. También incorpora más elementos fantásticos que juegan y alteran los componentes faustianos del original, con el villano diabólico encarnado por un siniestro Danny Huston. También se acerca al mundo de los superhéroes de tebeo de los 80 como Cloak & Dagger, incluso replicando sensaciones y puntos de la trama que hasta parecen una versión gore de Ghost (1990). Skarsgård compone un Eric Draven muy diferente, un joven marginal, por lo que no es gratuito que su némesis represente la alta sociedad y las élites, introduciendo la conciencia de clase en la tragedia, con una puesta en escena estilizada, gore y con algunas sorpresas para los fans del terror, que la separan del estrato conocido del cine de superhéroes actual.
15-Grave Torture (Siksa Kubur, 2024)
El maestro del horror Joko Anwar ha tenido doblete este año en Netflix, primero su episodio de la serie Nightmares and Dreamscapes, que parece un complemento a su esperado nuevo largometraje, una tenebrosa exploración de los castigos del más allá en el Islam que tiene un desarrollo paciente para llegar hasta el tramo final más extremo del cine de terror de este año. Aunque no llega a la espectacular Satan's Slaves 2: Communion (2022), Siksa kubures el trabajo más maduro de Anwar, donde combina rituales fúnebres, horror psicológico y religioso en una especie de versión perversa de Jacob's Ladder (1990) en la que retuerce la idea de la devoción por miedo al infierno, una respuesta a los viajes al averno con mensaje moral de Jigoku (1960) o el cine de Zé do Caixao que hace homenaje al cómic más vendido en Indonesia en los años 80, que hizo que millones de niños leyeran sádicas torturas infernales que les enseñaban a no pecar, y aquí transforma esa tradición cultural que en realidad era vista con ironía y su fondo religioso era prácticamente una forma de saltarse la censura del régimen de Suharto.
Anwar dispara a instituciones y fanatismos de forma incendiaria, aunque juegue con los elementos de esa mitología a partir de la idea de una grabación "real" en casete, como si fuera un creepypasta que podría haberse rodado en formato Found Footage y ya en su segunda mitad es donde la narradora empieza a ser no fiable, y el director se deja llevar por su tendencia a las microhistorias y escenas autocontenidas que vuelven a sus raíces Raimi, Wan y de J-Horror moderno, siempre con una puesta en escena exquisita. Esto nos deja algunas escenas antológicas como la de la lavadora o la morgue, tan solo la antesala a la ejecución del plan de Sita, que vamos conociendo gracias a elipsis y pasa por encontrar al mayor pecador posible, rayando con la historia de venganza de Tras el cristal (1986). Y es en el tramo final en donde Grave Torture rompe esquemas y conecta con su corto original (que podría servir como prólogo) y exhibe afinidad tanto por el terror clásico de entierros prematuros de Poe, como el Fulci gore y lovecraftiano de Paura nella città dei morti viventi (1980).
Programa doble: Dosen Ghaib It's Nighttime or You Already Know (2024)
Ha sido un año intenso para el cine de terror indonesio. La cantidad de títulos producidos es tan grande que se empieza a hacer imposible ver todo, aunque desafortunadamente la calidad no acompaña esta explosión, y ni siquiera la nueva película de Kimo Stamboel, Dancing Village: The Curse Begins o la prometedora Respati estuvieron a la altura, pese a su impecable acabado de producción. Entre krasues, maldiciones y posesiones, pocas son reseñables o se mantienen firmes durante todo el metraje, por eso esta pequeña aventura juvenil es la más resultona, una historia de fantasmas que podría salir de las páginas de un manga de horror, que en realidad parece un remake extendido de Go to the Head of the Class (1986), el episodio de Robert Zemeckis para Amazing Stories, cambiando a Christopher Lloyd por un profesor enjuto con cara del zombie de Peter Cushing en Tales from the Crypt (1972), divertida, muy corta, ágil y con algún momento gore, le falta punch final, pero mejora a otras que han tenido mejor prensa.
14-Longlegs (2023)
Perkins se consagra como maestro del terror latente con una retorcida pesadilla satanic panic que se disfraza de thriller criminal a lo Red Dragon para desplegar imaginería espeluznante digna de Sinister (2012). Un puzzle fascinante donde la resolución va pasando a segundo plano y lo que acaba embriagando el desarrollo es su atmósfera densa, la sensación constante de que hay algo verdaderamente maléfico siempre acechando. Donde más inquieta es en su forma de presentar ideas como fotos policiales, grabaciones de los casos o escenas del crimen. Perkins dota de un aura siniestra inexplicable una simple sucesión de imágenes fijas, lo que imaginamos siempre es más que lo que se ve realmente. Texturas vintage, ambientación noventera y Maika Monroe en estado alterado desde el primer minuto, todo está cuidado al detalle, y aunque no esté a la altura de la película que sugerían sus tráilers, su misterio deja huella e incomodidad días después. En el fondo, entra dentro del tipo de thriller policíaco con pinceladas de otro mundo que siguen el molde de The Exorcist III (1990) siendo esta uno de sus vástagos más adelantados junto a Cure (1997).
Lo de Nicolas Cage trajo cola, aunque su personaje tiene bastante más en común de lo que se comenta con el asesino de Black Phone (2022), pero tanto su actuación extrema, como su caracterización (un poco Joaquín Reyes) puede resultar aterradora o provocar la reacción contraria. Tiene también líneas de guion no demasiado pulidas y cierta exposición final innecesaria, incluso muchos no querrán ver también que The Conjuring: The Devil Made Me Do It(2021) era, esencialmente, una película muy similar, pero a pesar de ser algo menos de lo esperado el mayor valor inquietante son sus imágenes subliminales, no solo en montajes intensos con fotogramas con significado oculto, sino apariciones en los márgenes del plano, o al fondo, con pistas que se relacionan con The Blackcoat's Daughter (2015), que ya entremezclaba el culto al diablo con la enfermedad mental y esta podría ser una precuela secreta. Perkins explora rasgos que son ya parte de su lenguaje, como los planos generales con siniestras siluetas en la distancia que ya ensayó en Gretel & Hansel (2019) así como la simbología ocultista asociada al mal que hace que en su cine haya una vileza silenciosa impregnando todas sus imágenes.
Programa doble: The Soul Eater (2023)
Los directores de À l'intérieur (2007) prueban en el thriller criminal con elementos de folk horror y bastantes parecidos a Longlegs. Es como si Lucio Fulci hubiera hecho su Seven (1995), con muertes muy gore y un misterio tangente a redes de abuso infantil. La pareja Bustillo y Maury demuestran poder hacer casi cualquier subgénero de terror y en este caso abordan el nuevo polar, tipo Les Rivières Pourpres (1997) desde una frialdad irrespirable, adentrándose en todos los aspectos turbios que ofrece el subgénero para acercarlo a su terreno. Pese a que la investigación no es muy intrincada, sus ingredientes sórdidos y su alegría al regar el set de rodaje con sangre convierten The Soul Eater en una explotación de ese tipo de narrativas, pero con ciertas conexiones de interés con leyendas similares al Wendigo.
13-The Substance (2024)
Que en Cannes se celebre una película de terror tan mamarracha y festiva como The Substance es un hito que nos debería dar una pista de dónde está el cine de terror ahora mismo, ya que tradicionalmente en los festivales no ha habido tanta manga ancha para el género si no venía acompañado de una justificación intelectual o de autor, sin embargo, esta combina los espantos con ciencia ficción y cuento de hadas para reírse del edadismo y la trampa de la belleza exigida socialmente. La clave es volver la mirada a Sunset Boulevard (1950) a través de la nueva carne, con una desembocadura final de puro grand guignol que se apoya en la falta de pudor de una Demi Moore espectacular, cuya elección para hacer de una estrella mayor de 50 años, de la que pocos se acuerdan y que apenas recibe papeles, es casi un manifiesto, una perversa sátira sobre la adicción al botox y las operaciones estéticas a la que esclaviza el mundo del glamour, que vuelve a los FX artesanales, el látex y el blandiblub.
No es el colmo de la originalidad, incluso puede considerarse un remake de Rejuvenatrix (1988), de a que se diferencia en la bipolaridad que lleva a al mito de Dorian Gray, donde nuestra versión joven es una también entregada Margaret Qualley, lo que genera un conflicto interno a partir de la adicción a la atención externa, una Cenicienta cuyo hechizo se deshace, donde la reina malvada se mira al espejo mágico y se encuentra con la bruja que teme ser mientras la joven Blancanieves es absorbida por su propia vanidad. Durante casi dos horas y media la trama se extiende un poco de más en algunos conceptos y estampas que tienden a la reiteración, pero siempre se revuelve con una costra de humor corrosivo o algún exabrupto de body horror gomoso deudor de Frank Henenlooter, el Brian Yuzna no solo de Society y los clásicos sobre elixires mutantes que van desde The Leech Woman (1960) a Beauty Water (2020). Aunque ojo, que la orgía de gore y látex que se prometió en Cannes no es tan apoteósica, sin embargo, lo que sí promete la directora es una narración llena de ideas narrativas como ese prólogo conectado al epílogo, siempre rezumando un humor macabro delicioso.
Programa doble: Blink Twice (2024)
El terror dirigido por mujeres ha dado el golpe definitivo en 2024, y si Fargeat aborda aspectos que afectan a la mirada del cuerpo femenino y el edadismo, la debutante Zoe Kravitz profundiza en temas que bien podrían formar parte de Revenge (2017), porque a su manera, Blink Twice es también un rape and revenge, uno que se parece por encima a Get Out (2017), compartiendo elementos de control, programación y un sentido del humor ácido que en este caso colisiona con una perturbadora base de fondo, que no deja de ser similar a la que vimos en The Invitation (2023), solo que aquí cambiamos a los vampiros por señoros. Es conflictivo decir que es divertida, pero sabe cómo alcanzar un tono donde coexisten muchos elementos antagónicos y Kravitz dirige fenomenal, aunque igualmente la película puede ser un trigger para víctimas de abuso sexual.
12-The Funeral (2023)
Hace unos cinco años se estrenaba con dificultades The Antenna de Orçun Behram, un debut extraño que desarrollaba una pesadilla kafkiana única, abandonando la lógica realista para entrar en una asfixiante alegoría de horror surrealista a fuego lento sobre la propaganda mediática de Erdogan. Ahora el director vuelve con un romance fúnebre que parte de algo como un sórdido romance gótico que parece un psycho thriller con no-muerta hasta que da un giro ocultista inesperado que lleva a un siniestro tercer acto que ofrece a los pacientes mucho más de lo que sugería su minimalismo inicial. Pasa de una nueva Dellamorte Dellamore (1994) a adentrarse en otro terreno inesperado que juguetea con la idea de la no muerta en una especie de versión sórdida de Bones and All (2022), retratando una Turquía decrépita y turbia. No es la típica película de terror frenética, que marca el paso del género hoy en día, es más una de aquellas rarezas europeas de los 90, flemáticas y oscuras que iban cogiendo sabor a su propio compás, centrada en su atmósfera sórdida y en un personaje en desgracia.
Sin embargo, sabe ir de menos a más, con un status quo contenido sin reflexiones líricas, reduciendo a la crudeza de una situación desesperanzada, moralmente cuestionable, que amplía su mirada en su segunda mitad con un giro ocultista que eleva el concepto de partida a otro nivel. Añadiendo elementos de Autopsy of Jane Doe (2016), Return of the Living Dead III (1990)y Baby Blood (1990),resultando en una película insospechada cuyos personajes traspasan zonas grises del confort moral para reformular al antihéroe gótico más decadente en forma de chófer funerario turco y no-muerta. El punto de partida puede verse como una nueva variación de Viy (1967), sobre un hombre obligado a permanecer varas noches o el cadáver de una bruja, pero tiene más en común con la versión yugoslava del relato de Gogol, la tenebrosa Stevo Mesto (1990), que incluía una dimensión necrófila tangencial con Edgar A. Poe, a la que se le une un desarrollo no tan diferente al de Mortal Zombie, tirando más a lo sobrenatural. En ese punto, la película sale de su estructura y pasa hacia algo esencialmente esotérico, que puede tener más que ver con un tono relacionado con el terror como Kill List (2011) que con el planteamiento inicial. The Funeral es una rareza modesta pero inusual en Europa, con una atmósfera opresiva y un ritmo pausado, ofrece una alternativa a contracorriente en un mercado codificado por tendencias.
Programa doble: Little Bites (2024)
Es raro que no se haya vendido como “la película de terror del hermano pequeño de Rob Zombie producida por Cher”, pero es que su propuesta es tan áspera y a contracorriente que ni siquiera le pega venderse así. Si en The Funeral tenemos una relación malsana de amor necrófilo que exige alimentar con muertos, aquí tenemos a una joven con problemas que es la "familiar", una especie de sirviente o fuente de alimento de un monstruo bebedor de sangre que tiene la mira puesta en su pequeña hija. La película parece utilizar la figura del vampiro como una metáfora del abuso doméstico, una representación de una relación tóxica y de dependencia que se toma su tiempo, pero genera una atmósfera decadente y opresiva que consigue hacer verdaderamente temible a su criatura. Además, hay cameos de actrices conocidas del género de terror como Barbara Crampton, Heather Langencamp y Bonnie Aarons.
11-Late Night with the Devil (2023)
El gran descubrimiento de terror de la temporada de festivales de 2023 fue este mockumentary que rescata un "episodio perdido" de un Talk Show de 1977 como si fuera una mezcla entre Ghostwatch (1992) y The Exorcist (1973). Algo se nota cuando se puede ver que el director de Lake Mungo (2008), Joel Anderson, que no ha hecho una película desde aquella, ha sido productor ejecutivo de esta, una vuelta de tuerca retro al found footage con una recreación asombrosa de un programa nocturno que juega con los tropos de la comedia de terror y el cine satánico, casi como llevar a la pantalla una de las láminas retro de Steven Rhodes. La diferencia con otras muestras del formato es que se las ingenia para ir contando una historia entre bambalinas que viene de mucho antes, al mismo tiempo que se suceden las distintas escenas de impacto, además de señalar la falta de escrúpulos en el mundo de los medios de comunicación. Satanic Panic en directo con posesiones, sectas y tratos con Lucifer que se atreve a romper las reglas del formato para crear un puzzle subjetivo fascinante alrededor de un Pepe Navarro de los 70.
Late Night With the Devil es también un One Man Show de David Dastmalchian, el actor de terror actual llamado a recoger la llama de los Karloff, Lee o Price, aquí divertidísimo conduciendo el espacio televisivo en el que cada invitado desencadena diferentes eventos extraños que parecen señalarle directamente. La fidelidad a la época es asombrosa, dotando de un tono de comedia negra al conjunto en equilibrio con escenas de impacto muy efectivas. La entrevista a un poseído recuerda inevitablemente a la del profesor Cavan en El día de la bestia (1995) y, aunque se ha comparado con Historia de lo oculto (2020), el referente más similar es el episodio Public Tv of the Dead (2021) de la serie Creepshow. La fascinación en este caso es que pertenece a una corriente diferente y reciente del metraje encontrado, más pareja al analog horror, en la que se venera el formato, se aprecian las texturas, el contraste entre la inocencia del estilo y la moda o peinados con elementos de horror tradicionales. Bebe de obras como las dos WNFU Halloween tapes (2013-2022) y se atreve, como en Longlegs, a esconder una presencia sobrenatural en diferentes reflejos y recodos del plano a lo largo de toda la película, cerrando material de revisionados del que apunta a film de culto del futuro.
Programa doble: Haunted Ulster Live (2024)
Literalmente el Ghostwatch irlandés que nunca existió. Como aquella, un programa en directo de Halloween en una casa embrujada en pleno 1998. Con más afinidad a la comedia y al collage nostálgico como las WNFU, rescata no pocas joyas turbias de la televisión de la época, como los anuncios de información pública durísimos sobre “cualquiera puede tener un terrorista en casa”. El acento y el modo de vida le dan un color propio que validan su existencia, aunque algunas veces las interpretaciones son tan torpes que rompen la magia. Las escenas de miedo funcionan, aunque muchas veces se intercala la comedia, pero tiene algo que conecta el Halloween con el Samhain tradicional, con detalles folk horror, información de dólmenes malditos que parecen páginas de Scarfolk y un final bastante terrorífico que introduce elementos temporales y texturas de videocámara casi creepypasta, para captar a su ser de pesadilla, Blackfoot Jack.
10-Salem’s Lot (2024)
Una tercera adaptación de la mejor novela de Stephen King podría haber sido muchas cosas, pero, aunque Warner nos deba un director's cut de 3 horas, esta versión es como el cómic que Marvel habría sacado en los 70 para celebrar la adaptación de Hooper. Un gran sí a esta versión de tebeo del clásico de Stephen King que, sin ser una gran adaptación, sí es una excelente película de vampiros de serie B, deudora tanto del universo The Conjuring como de los clásicos de los 80 como Fright Night (1985) y The Lost Boys (1988). No es una representación respetuosa con el tono de la novela, pero usa sus greatest hits para concebir un divertidísimo asalto al cine de chupasangres inspirado por la obra, casi una consecución inagotable y frenética de estupendas escenas de terror y acción (a veces) sangrienta. Arrastra los problemas de producción y los reshoots, hay saltos de edición bruscos y la música necesitaría un reajuste, pero eso no es óbice para que ofrezca algo refrescante en el panorama del blockbuster de horror. Dauberman se afianza en una puesta en escena simple, pero llena de ideas y transiciones deliciosas que, con el apoyo de la fotografía de Michael Burgess, hacen que la película luzca muy rica a nivel visual, desde sus claroscuros a su chillón juego de colores que invoca a Mario Bava.
Dauberman comprime infinidad de artificios de narración con sencillos juegos de fundidos, Split diopters y buena división de los encuadres con elementos destacados en primer plano y un uso constante de la profundidad de campo para cargarlos de información, como el uso de reflejos, que evocan una pura narración visual, donde incluso emplea algunos trucajes antiguos, inspirado por un clasicismo general que acaba resultando en un anacronismo tan camp como encantador, como desprende, por ejemplo, la escena de los hermanos Glick que parece sacada directamente de Häxan (1922). Si Stephen King afirmó que la casa EC fue clave para desarrollar a sus criaturas, Dauberman recupera la onda cómic de la época en la que se escribió la novela, con las historias de vampiros de las revistas Warren, Creepy, Eerie e incluso las colecciones de Marvel enfocadas al terror. De hecho, su sencillez ingenua y su ritmo vertiginoso recuerdan a la lectura de algunas cabeceras de vampiros con Marv Wolfman y Gene Colan a la cabeza, y no por casualidad esta encarnación de Mark Petrie, lo mejor del conjunto, acaba funcionando como una especie de Blade en miniatura. Su ritmo acelerado ganaría con más escenas de reposo, pero quizá realmente sea el necesario en estos tiempos de series repletas de episodios de relleno y sobreexplicaciones.
Programa doble: Abigail (2023)
Lejos de la fiesta que prometía, a lo nuevo de Radio Silence le cuesta arrancar, le pesa que sepamos su sorpresa y algunos bailes sin gracia, pero logra salir del paso gracias a sus explosiones de gore y un Dan Stevens, que salva la película. Con un similar al punto de partida del relato de Stephen King Popsy, los directores reciclan ideas de Ready or Not (2019) para ofrecer otra decente distracción de viernes noche regada de hemoglobina, siguiendo los pasos del subgénero de "criminales encerrados con peligro inesperado" que tiene como pioneras las españolas Más allá del terror (1980) y La mansión de Cthulhu (1990), aunque se aferre a otras más recientes de terreno diabólico como Whisper (2007) y El habitante (2018). La diferencia con las demás, acaso, es el concepto introducido de danza, que funciona como gimmick gratuito y parece una llamada desesperada a la generación TikTok tras el "triunfo" del baile de M3GAN (2022). Universal concreta así este año su multiresurreción del vampiro más famoso de todos los tiempos, desde la perspectiva histórica, la comedia pura, o el clasicismo gótico y aventura marina.
9-A Quiet Place: Day One (2024)
Parecía una precuela innecesaria y resulta ser la mejor de las tres. Una peli de monstruos con el mejor efecto especial posible: buenos personajes y, aunque el cine de terror nunca se lleva Óscars, Lupita Nyong'o, Joseph Quinn y el gato aquí lo habrían merecido. Las comparaciones como "la Aliens de la saga" no son muy precisas ya que, su mayor logro es hacernos olvidar que estamos viendo una película de monstruos y entremos en su muy conmovedora historia íntima, aunque también sea espectacular y esté llena de suspense. Funciona más como un capítulo aislado en la saga, una historia autónoma que aprovecha el conocimiento del lore de las películas previas para poner a funcionar sus escenas de acción de inmediato, pero el foco real es la misión de los protagonistas: comer una pizza. Plantea un viaje que pasa el primer acto y no introduce al otro acompañante hasta bien entrada la película. Poco después parece que ambos llevan un camino conjunto de meses y lograr esto es una barbaridad, un mérito de dos actores en estado de gracia.
Tiene una serie de secuencias de monstruos y tensión que alternan el terror y la acción de forma muy equilibrada. Una de las mejores ocurre en el metro, y parece invocar algunas parecidas de 28 Weeks Later (2007), Cloverfield (2008) y los túneles subacuático de The Relic (1996). Devuelve a las grandes urbes el cine del subgénero apocalíptico "no hagas esto o te come el bicho" que nació en The Vanishing on 7th Street (2010), con la que guarda bastantes similitudes, aunque se acerca más a una road movie indie de cine fantástico como Monsters(2010), es decir, muestra la destrucción de Nueva York desde un punto de vista de pocos personajes, con el uso del fuera de campo en los ataques y las escenas de destrucción más masiva se multiplican gracias al reflejo en las caras de los supervivientes, alcanzando lo sublime. Una bellísima fábula humanista escondida dentro de una película de terror, criaturas, desastres y fin del mundo, un pequeño bálsamo de emociones elementales para tiempos muy cínicos
Programa doble: Consumed (2024)
No es una de las mejores películas de terror del año, pero es casi inevitable establecer el paralelismo con A Quiet Place: Day One por su forma de tratar el cáncer con una protagonista que no tiene miedo a los monstruos porque ha asimilado su destino. Aquí no tenemos unos extraterrestres, sino una bestia en los bosques, una mirada al wendigo que mira más hacia el horror cósmico que a las tradicionales representaciones asociadas al folclore nativoamericano. Devon Sawa es un adecuado antihéroe-villano y aunque no es tan divertida como Significant Other (2022), hay una representación de los cadáveres de las víctimas muy macabra y gráfica y el diseño del monstruo (aunque solo se vea un minuto) es bastante grotesca.
8-Vermines (2023)
Y llegaron el repelús y los gritos entre butacas a las salas de cine con una infestación arácnida que se posiciona como la mejor película de ataques de araña desde Aracnophobia (1990) de la que toma, entre otras ideas, el mayor miedo de alguien con fobia a estas: el suspense y la sorpresa al meter el pie en la zapatilla cada mañana. Puro pánico cinema que te pica y no te suelta hasta el final en una sucesión muy potente de escenas de supervivencia que parten de una idea bastante similar a REC (2007), ya que todo ocurre en una cuarentena con los habitantes de un edificio atrapados junto a un peligro monstruoso, solo que aquí en vez de zombies o infectados hay una especie exótica de arañas que se multiplican a una velocidad exponencial. Llegado cierto punto pasamos más a algo parecido a Arac Attack (2002), ya que aumentan hasta tamaños insospechados, e irreales, exigiendo cierta complicidad del espectador para entrar en el juego, aunque los efectos especiales, totalmente creíbles en movimiento y texturas, ayuden a entrar en la propuesta.
Uno de los elementos más interesantes es que la acción transcurre en una zona de extrarradio, sus protagonistas podrían ser los mismos de películas como Les misérables (2019) o Athena (2022), lo que le da un pequeño matiz social completado por música con hip hop francés que añade energía a la dirección vertiginosa de Sébastien Vanicek, que por alguna razón ha sido elegido por Sam Raimi para dirigir una de las próximas nuevas entregas de Evil Dead (1982). Su pulso tras la cámara, dándole un aspecto de movimiento constante y un naturalismo granuloso, ayuda a que las escenas con los artrópodos sean más tangibles, dejando momentos memorables en la ducha, en la casa de la vecina muerta o el pasillo de los interruptores, que es básicamente la misma escena de los facehuggers de Alien: Romulus, solo que esta se añade un elemento de cuenta atrás ingenioso que la supera en angustia. Su parte final es más espectáculo de monstruos tradicional, pero el momento con la última araña paralizada es una guinda perfecta para una de las películas de ataque animal más memorable de los últimos años.
Programa doble: Sting (2024)
Pocos años se juntan dos películas de arañas asesinas tan efectivas como Vermines y esta Sting, un salto cualitativo que impresiona del director de la saga Wyrmwood, que parece casi mejor candidato que el elegido por Raimi, ya que en sus limitados recursos, utiliza muchas lentes aberrantes, grandes angulares y ojos de pez para retratar un edificio de apartamentos que sirve de trampa mortal para una familia atacada por una araña extraterrestre que, como las de la película francesa, crece a gran velocidad. Quizá el australiano trata de imitar a su vecino Peter Jackson, puesto que la inventiva de la puesta en escena y su voluntad cómica conecta con aquel espíritu del terror de los 90, también con producciones de Brian Yuzna como Ticks (1993), a la que imita en un gran uso del gore y los efectos prácticos. El conflicto familiar central está bien llevado y la niña protagonista es carismática y opuesta a los niños pera de otras imitaciones de Amblin. Toda una sorpresa que puede que no remate la faena en un gran clímax, pero que muestra un dinamismo en montaje que hace fluir sus gags, y se permite un poco de corazón y momentos horripilantes en medio de un tono común a la comedia de terror, o quizá tan solo sea que concibe el género de una forma más elástica, como muchos de los 80 a los que se parece sin buscarlo.
7-El Llanto (2024)
El terror español no falta a la cita con una extraordinaria historia clásica de fantasmas vistos a través de la realidad aumentada, en la que el tormento es intergeneracional, femenino, y donde Isabel Peña revalida su maestría en el guion fragmentado tras su As Bestas (2022). La guionista, que ya ha metido las manos en el género a través del thriller, no muestra reparos a entrar de lleno en lo sobrenatural, dominando la narración de cronología sinuosa, tomando referencias bastante insólitas en el cine de terror español como The Entity (1982) o Kiyoshi Kurosawa. No titubea al plantear saltos temporales y espaciales para ilustrar sobre la universalidad del abuso que encarnan ciertos fantasmas, siempre con la constante del diálogo entre tecnología y el medio de vídeo, con deudas a It Follows (2014) pero también a los creepypasta analógicos. En esos saltos espaciales se sugiere un enigmático edificio donde se escucha "el llanto", una idea que invoca los lugares malditos y el horror arquitectónico brutalista del corto The Black Tower (1987), o la tradición de rascacielos embrujados de Poltergeist 3 (1990) o Dark Tower (1989).
Puede resultar desigual en sus segmentos, porque no distribuye sus momentos de terror de una forma convencional. En lugar de sustos periódicos al estilo Hollywood, va contando la historia y sus apariciones surgen y son determinantes para alterar también la narrativa. Esta vez con algunas escenas que ponen los pelos de punta dentro de un gusto por la atmósfera de extrañeza, acompañada por una dirección llena de detalles y reflejos constantes en superficies. Peña firma otro guion exquisito con cadencias J-horror que invierte el tropo habitual del espectro que busca venganza, volviendo a demostrar el pulso de un cine de género patrio sin miedo a afrontar tendencias de actualidad, atreviéndose con riesgos narrativos que cambian el punto de vista, el arco espaciotemporal y las caras protagonistas al estilo de la saga Ju-on, imaginando una maldición como un elemento contagioso, insidioso e imposible de evitar, sirviendo aquí como metáfora de la lacra de los abusos y la violencia contra las mujeres, y cómo esta es un parásito implacable y ancestral.
Programa doble: Anatema (2024)
La directora Jimina Sabadú afronta el terror religioso castizo con un guion coescrito por el veterano Elio Quiroga en un laberinto de catacumbas donde lo sobrenatural se entrelaza con la historia del Madrid de La torre de los siete jorobados (1947). Monjas investigadoras y misteriosas muertes en un antiguo monasterio, todo pintaba bien para hacer una continuación de Memorias del Ángel Caído (1995), pero los problemas de producción afloran y queda algo más parecido a una movida italiana de los 90. Catacumbas, conspiración y una Leonor Watling ofreciendo dignidad a la producción, sigue teniendo un encanto Fantastic Factory, con algunas escenas tróspidas para el recuerdo, como la comunión del principio y la memorable monja cósmica del final.
6-Exhuma (2024)
El cine de terror coreano parecía haber tomado un impulso cuando se estrenó la monumental The Wailing (2016),pero lo cierto es que no hubo una repercusión real en calidad, aunque sí que hemos podido ver una explosión de chamanismo en distintas películas orientales. Es fácil tratar de poner a la altura de aquella esta Exhuma, pero lo cierto es que se le hace poco favor haciendo comparaciones, lo que sí podemos afirmar es que desde hace ocho años no hemos tenido una gran película de terror de Corea del Sur, y esta toma el testigo volviendo a los rituales y el folk horror, pero también proponiendo una especie de fascinante episodio doble de Supernatural (2005-2020), con un pintoresco grupo de cazafantasmas y médiums que centran mucha parte de su actividad en la exhumación y tratamiento de los restos de muertos que pueden estar haciendo la vida imposible a familiares y alterando el Feng shui de los hogares. Una dimensión al habitual proceso de exorcismo chamánico que crea una dinámica específica para esta película y consigue un equilibrio muy armónico entre escenas de procedimientos mágicos asumidos por la sociedad, investigación y escenas de terror.
Su aproximación es paciente, empleando una buena media hora en desarrollar el caso y presentar a los personajes, con una fascinante exposición de dinámicas ocultistas, de aceptación de lo sobrenatural que no solo es atractivo por su exotismo, sino por la forma en la que tanto los personajes como la propia película creen en lo que está contando, lo que hace que su atmósfera siempre sea ominosa y amenazante, hasta que las primeras apariciones se presentan como un elemento inevitable, dando al encantamiento un aire de fatalidad de difícil solución que lo hace más peligroso y terrorífico. Durante una buena parte de la película las escenas de elementos fantasmales dan verdadero miedo, aunque cuanto más se descubre del caso entra en juego la carga histórica y política sobre la presencia japonesa en Corea del Sur. Es en esa fase en la que la película se torna más física y el terror se hace más violento y tangible, incluso gore, y deja estampas visualmente alucinantes, como la aparición de una bola de fuego volante. Su recaudación de 98 millones de dólares nos habla de un éxito de dimensión visual maximalista y bien acabada, dejando el regusto de un gran piloto para una serie de terror de investigadores y magos que firmaríamos para ver ahora mismo.
Programa doble: Devils Stay (2024)
De los mismos productores que Exhuma, y también circulando alrededor de rituales funerarios llega esta muestra menor de cine de posesiones católicas en Corea del Sur, algo que ya había tocado Jang Jae-hyun en The Priests (2015),y que aquí se perfila en un exorcismo post-mortem, cuando una niña poseída muere en el rito y su cadáver queda contaminado por un demonio. Devils Stay podría ser mucho más de lo que es, pero es dinámica y tiene alguna sorpresa, como un sacerdote que tan pronto investiga como se pone a sacudir tollinas. Hay detalles gore, elementos macabros poéticos como una invasión de polillas y un trasfondo que en el fondo tiene en común con las clásicas historias de transplantes malditos, en este caso recordando a la adaptación de Kazuo Umezu, Evil Heart (1985). Sin sus flasbacks cursis podría aspirar a ser una gran película de terror asiático, pero como está parece un buen piloto para una serie estilo The Guest (2018).
5-Gueules Noires (2023)
Esta incomprendida odisea lovecraftiana, sobre unos mineros franceses en 1959, tiene una premisa de currantes atrapados con un monstruo que puede parecer otra variable de The Descent (2005), pero estamos ante una genuina aventura weird fiction de época llena de gore y un mal ancestral lovecraftiano de diseño alucinante que parece casi una extensión subterránea de Prince of Darkness (1987) de Carpenter y sus universos body horror/apocalípticos, con personajes blue collar que mantienen una actitud similar ante el desastre. El subgénero de "gente atrapada en cuevas" con algo monstruoso o sobrenatural es extenso, desde la falsa secuela Alien 2 (1980) a The Cave (2005), pero esta conecta más con las más esotéricas As Above, So Below (2014) y rarezas perdidas como la italiana Le Porte dell'Inferno (1989). En la onda de películas con trasfondo laboral como los trabajos de Brad Anderson, Gueules Noires dedica un buen espacio de su tiempo a describir los fascinantes avatares del oficio (canarios, caballos, dinamita...) en una peligrosa mina de Francia en 1959, antes del terror ya hay gran sensación de claustrofobia. Funciona porque sus protagonistas son obreros abocados a un trabajo durísimo, pero además consigue añadir, tan solo exponiendo contexto histórico, un elemento social sobre un oficio con racismo selectivo y explotación de inmigrantes que es relevante a día de hoy.
El elemento terrorífico tarda en aparecer pero no se hace esperar, sin embargo no es la copia de Aliensque puede hacer parecer su punto de partida, no es un correcalles de acción, sino un paciente y muy clásico viaje por pasillos con pistas, misterio y secretos innombrables. Prácticamente un remake con medios de la rareza de los años 80 The Strangeness (1985), con una premisa con puntos en común con Graveyard Shift (1990), la historia de Stephen King sobre unos trabajadores de espacios confinados que encuentran una criatura. Esta voluntad de verdadera regresión pulp conecta con aventuras vintage como Quatermass & the Pit y otras creaciones de Nigel Kneale, incluso enlazando directamente con relatos de Lovecraft como The Shadow Out of Time (1936), recordando a otros acercamientos franceses a su obra, como Maléfique (2002). Sin embargo, ese espíritu clásico no renuncia al splatter y las muertes se representan de forma gráfica, con sangrientos FX tradicionales como el inolvidable momento ventrílocuo. En un momento en el que el cine rodado en digital parece haberse olvidado de lograr que se vea algo en escenas de oscuridad, The Deep Dark presenta una fantástica fotografía de Alain Duplantier que muestra un contraste cristalino entre personajes iluminados, penumbras y sombras. Gran fotografía, diseño de monstruo y buen gore: todo lo que debería tener una gran película de terror.
Programa doble: Innsmouth School for girls (2024)
Una sorprendente y deliciosa fantasía alternativa dentro de La sombra sobre Innsmouth de H.P. Lovecraft hecha con lo puesto. Perteneciente a ese desconocido subgénero de adaptaciones del autor de Providence hechas por fans con más voluntad que medios, este nuevo trabajo del adalid del DIY cinema, Joshua Kennedy, mezcla el relato con la plantilla de La residencia (1969) para seguir a una joven que se matricula una misteriosa institución con un oscuro secreto que afecta a toda la ciudad. Entre la ineptitud encantadora y la filia por lo retro, sus simpáticas protagonistas parecen un grupo de universitarias ayudando en un proyecto del friki de la carrera, envuelto en un aroma naíf que lleva a un juego final de siluetas, luces y sombras con recortables que, en plena era de las pantallas verdes y el matte painting digital, resulta delicioso. Probablemente solo para muy cafeteros de los fan films del autor de Nueva Inglaterra, pero extrañamente adorable.
4-The Moor (2023)
La gran joya oculta del cine de terror de 2024 es una pequeña peli británica con la primera y última secuencia más escalofriantes del año. Dos horas de atmósfera en los páramos llenos de niebla de Yorkshire, misterio y folk horror explorando el enigma de un extraño páramo maldito donde desaparecieron varios niños en los 90. La mezcla entre narrativa convencional y el estilo found footage da sensaciones de ser un verdadero true crime dentro de un lienzo sobrenatural ubicado en los insondables parajes reales del noreste de Yorkshire donde hay asesinatos reales que ha permanecido sin resolver durante años. Este planteamiento ubica desapariciones y traumas en los 90 que se hacen eco en el presente, usando un tamiz similar al del episodio Loch Henry (2023) de Black Mirror, que también utilizaba crímenes sin resolver en zonas rurales británicas, apoyándose en "metraje encontrado", conectándolo con el revival de folk horror asociado a los parajes más ancestrales del Reino Unido, rescatando las rocas como gran elemento de invocación, está presente en títulos recientes como Enys Men (2023). La primera secuencia retrata la amenaza del "stranger danger" que marcó la conciencia colectiva de Reino Unido en los años 70-90 y reubica su misterio de raptos en un paraje casi fantástico.
Esto la aproxima a un horror telúrico intangible, omnipresente y etéreo impulsado por niebla y geografía insondable. El grueso de la película, no apto para impacientes, son principalmente paseos por el páramo, algunas pesadillas intercaladas y vuelta a paisajes sin principio o final, en un crescendo de elementos amenazantes que nunca conocemos, que podrían ser desde fantasmas a horror cósmico. En realidad la trama sigue una pauta clásica del cine de casas encantadas, usando el mismo tropo de la medium adolescente de The Legend of Hell House (1973), ahora aplicado a una escala topográfica en vez de doméstica, conectando también con ideas cósmicas del Nigel Kneale de The Stone Tape (1972). En el corazón de The Moor está el juego de culpa y la difícil relación de dos personajes que liman su tensión pasada haciendo improbable equipo para un mismo objetivo, aunque cuando la trama parece que va por un lado, siempre hay un vuelco que sorprende, hasta su inesperado e impactante final. La apuesta se decanta por atmósferas cercanas a las historias de fantasmas de M.R. James adaptadas por Jonathan Miller o The Woman in Black (1988), mientras se envuelve de una tristeza (y ocasional formato documental) similar al de Lake Mungo (2008). Horror más sugestivo que de impacto, aunque escenas como la de la tienda de campaña son muy intensas, pero muy alejado de lo que suele ofrecer Hollywood, con un sabor clásico y añejo, de otra época.
Programa doble: Dead Whisper (2024)
Una película extraña que ha pasado totalmente desapercibida pese a estar rodada con buen gusto, quizá ignorada por su desarrollo lento, que en su apuesta por las atmósferas costeras y la tensión psicológica. Cuenta la historia de un hombre consumido por el dolor y el deseo desesperado de volver a conectar con su hija fallecida, para lo que viaja a una isla aislada y misteriosa en donde se le presenta la tentadora oportunidad de reunirse con ella. Como podemos presuponer, el reencuentro tiene el coste de su propia alma. Dead Whisper logra una inquietante ambientación apoyada en una fantástica fotografía que deja algunas estampas memorables, como las figuras espectrales dispersas por la isla, o los sueños recurrentes dentro de una casa siniestra. Quizá le falte un final algo más potente para colarse entre el top general, pero no debe dejarse pasar, especialmente los fans de Offseason (2022) o The Strings (2020)
3-Stopmotion (2023)
Esta tenebrosa joya escondida del cine de terror de un 2024 lleno de títulos merece que no se olvide en los tops de final de año, un excelente debut en el largo del genio de la animación tétrica Robert Morgan que sorprendió el pasado festival de Sitges. Los cortos de Morgan eran ya verdaderos viajes de pesadilla, llevando al extremo la técnica stop-motion con materiales viscosos y diseños desagradables. Ahora, frente a las narraciones de épica de cine independiente que pasan los 2 millones de dólares, su Stopmotion logra efectos impresionantes a base de hacer de la paciencia una artesanía que apenas llega a las 800k libras de presupuesto, convirtiendo su modestia en una virtud y, aunque sea más independiente y pequeña que Longlegs o The Substance, les planta cara con una concepción del horror retorcida y putrescente que no acostumbramos a ver en salas. Una tortuosa espiral hacia la locura de una animadora de fotogramas consumida por su propia obra, que vemos en grotescos y espeluznantes segmentos que acaban tomando vida propia e infectando su percepción en una alucinante colisión de realidades y segmentos animados. Su descenso al desastre se plantea como una modesta narración de acción real invadida por las creaciones de pesadilla de su trabajo en donde brilla el arte de Morgan, imprescindible para amantes del estilo Quay Bros o Švankmajer.
Conjura el arte tortuoso de Francis Bacon y la simplicidad aterradora de los cuentos para plantear sus lúgubres segmentos animados, embebidos en una clásica historia de colapso digna de House of Psychotic Women, con una absorbente interpretación de Aisling Franciosi. Es inevitable pensar en Censor (2020) durante el desarrollo de la caída de la protagonista, que también entra en un bucle de autolesiones y alucinación que la acerca a Saint Maud (2019), cerrando una especie de trilogía temática sobre colapsos mentales en el nuevo cine británico. Stopmotion es el primer largo y la culminación de la obra del prestigioso Robert Morgan, artista del formato animado que se presentó con el mítico corto The Cat with Hands, desarrollando su particular estilo en otras piezas como Separation o su segmento de ABCs of Death 2 (2014). Morgan parece exorcizar sus demonios como creador de stop-motion, las horas de trabajo, la soledad y el efecto psicológico del proceso creativo. Abundan sus imágenes de body horror y momentos de impacto, alguno causó un desmayo en uno de sus pases de Sitges 2023. Poca broma.
Programa doble: The Primevals (2023)
La técnica stop motion y los monstruos son indivisibles y hace 45 años, el genio David Allen empezó un proyecto que se perdió tras rodar mucho metraje a lo largo de las décadas. Hay una pequeña obra de arte perdida dentro de esta aventura forteana que empezó a cocinarse hace tanto tiempo. No, no es Mad God (2021), pero cualquier amante del King Kong original, los monstruos de Harryhausen y los efectos especiales de movimiento tradicionales, está ante uno de los eventos del año. Recuperada por Full Moon, que la ha terminado en no pocos años posteriores, el resultado final nos ofrece una serie B de aventura, monstruos gigantes y mundos perdidos en la tradición de Burroughs y Verne con el elemento camp de las películas tardías de la productora y, pese a que tarda en coger carrerilla, su espectacular tramo final es una delicia de criaturas de todo tipo que introduce conceptos incluso de At the mountain of madness, si la hubieran adaptado los propios Harryhausen y O'Brien.
2-The Devil’s Bath (2023)
La dimensión sobrenatural de algunos folk horror recientes ha ido encaminando la tradición británica a películas como Starve Acre o The Moor, en las que las piedras, lo ancestral, invocan algo desconocido y terrible, pero si miramos a la película que removió las aguas del género recientemente, Midsommar(2018), encontramos que el elemento de terror es sencillamente la tradición, el culto a rituales paganos que nos resultan demasiado salvajes y extraños, con lo que el terror viene del contraste, de introducir la civilización dentro de un lugar sin evolucionar. El caso de la nueva película de Veronika Franz y Severin Fiala es particular, puesto que tienen en sus manos una propuesta de prestigio, que puede escudriñarse como un drama histórico con un desarrollo de digestión lenta que puede atraer al público de los festivales más refinados y las temporadas de premios, de hecho, fue seleccionada por Austria para ir a los Óscar. Pero que nadie se lleve al engaño, el estilo del terror del dúo siempre ha sido flemático y despiadado, con un humor oscuro que mira a la desesperanza más agónica con cierta maldad, y en esta ocasión han afilado su escalpelo a un extremo de perversión elevada a arte. En su final podemos reestablecer todo lo que hemos visto —con un juego de paralelismos en puesta en escena con la primera escena tremendamente desolador— y vemos cómo toda la tradición terrible del folk horror depende del punto de vista. La única diferencia en ese final y lo que vemos en la película de Ari Aster es que no seguimos a Florence Pugh, sino que observamos desde dentro los rituales impensables, poniendo al espectador, ahora sí, en primera fila de la capacidad para normalizar la barbarie del ser humano.
Pero no solo tiene The Devil’s Bath una conexión con el folk horror a través de la historia, sino que en sí misma puede considerarse un true crime, la diferencia con ese subgénero es que no hay un crimen concreto, sino casos más o menos documentados que han supuesto ciertos en una de las mujeres que utilizaron el suicidio por proxy, que resumiendo el concepto era cuando para quitarse la vida, optaban por un asesinato que les condenara a muerte para así poder ser ejecutadas. Frank y Fiala orquestan toda la historia de su protagonista sobre ese hecho, por lo que en su parte final tenemos primero una sórdida crónica negra, que recuerda por su crudeza a algunas películas como El bosque del lobo (1970) o El huerto del Francés (1978) y otra de un cine de brujería desde el punto de vista de las mujeres víctimas que se ha perpetuado en la obra de Dreyer, principalmente en Vredens dag (1943) o La Passion de Jeanne d'Arc (1928), de la que toman buena nota los directores en su parte final. Pero sobre todo, The Devils Bath es una crónica de una depresión femenina que se mira en los dramas psicológicos de Robert Altman y otras películas que han ido englobándose en el género House of Psychotic Women de Kier-La Janisse. La diferencia es que esta también tiene suicidios en cascadas que podrían haber sido pintados por Caspar David Friedrich o cadáveres decapitados entre columnas totémicas, ritos de un cristianismo remoto e indiferenciable con el paganismo que además de estampas de horror puro, tienen un poder subversivo destinado a remover a través de la historia.
Programa doble: Witches (2024)
Un estupendo documental dirigido por Elizabeth Sankey que sirve como complemento perfecto a la película de Franz y Fiala, ya que explora la fascinante intersección entre las representaciones cinematográficas de las brujas y experiencias reales de mujeres, en particular en relación con la maternidad y la salud mental. No solo es una buena recapitulación de la imagen de la bruja en el cine y la televisión a lo largo de la historia, sino que investiga cómo se relaciona la imagen de celuloide con las consecuencias del posparto, conjugando experiencias personales de la directora y otras entrevistadas con imágenes de archivo de varias películas y series, creando un collage íntimo que conecta la persecución histórica de las mujeres acusadas de brujería con las presiones y expectativas de la sociedad actual especialmente las madres.
1-The First Omen (2023)
Es raro que una película que forme parte de una saga sea uno de los títulos más reseñables de la última década. No solo una de las mejores precuelas de la historia, sino de las secuelas —en el sentido más amplio— de todo el cine de terror. Un impresionante debut de Arkasha Stevenson que revalida todo lo que sospechábamos en su dirección de Channel Zero (2016-18) y Brand New Cherry Flavor (2021), y es que, con todo lo que hemos visto suyo hasta ahora, podemos decretar que ha nacido una nueva maestra del horror. Su puesta de largo es un paciente descenso a los infiernos hacia un gran éxtasis satánico que no solo respeta y honra el clásico original, sino que sabe separarse de él construyendo su propia historia aislada, reservando para su catártico tramo final sus conexiones más obvias, como hacía otro éxito reciente ligado a otra gran franquicia como es Doctor Sleep (2019). Recuperando el tono de la original, se adapta a la fotografía y formato narrativo de los 70, construyendo un sólido misterio de conspiraciones al estilo de la época, cambiando instituciones políticas de Alan J. Pakula por la iglesia católica en el corazón de Roma. En la nueva historia, la directora aprovecha el lienzo para exponer un retorcido relato de body horror femenino y embarazos impuestos, un recado relevante en medio de la derogación del caso Roe vs. Wade en USA y que encaja como un guante en la trama del nacimiento del Anticristo.
Pero esto no impide que The First Omen sea una película de horror moderna sin miedo a entrar en el género, además de dirigida como pocas, desde la puesta en escena a la imaginería grotesca, sin remilgos para el gore, con humor negro e incluso una escena de parto gráfica que nunca se había visto en una película de estudio, mucho menos producida por Disney. La planificación visual de Stevenson está llena de ideas, símbolos, lenguaje secuencial y pistas que se acompañan con una espectacular fotografía de Aaron Morton. El montaje, lleno de elipsis y fundidos llenos de intención, es un baúl de alegorías casi salido de cine experimental con detalles como una banda sonora coral de mujeres, que junto a recorridos de cámara subjetiva por la calles de Roma, o sus pasillos subterráneos llenos de secretos nos lleva a una resemblanza fuerte a Suspiria (1977) donde la bruja final lleva hábitos. Nell Tiger Free da la interpretación del año tirando un guiño a Possession (1981) y lidera esta cima y tesis final de la tendencia revival del subgénero nunxploitation dentro del horror religioso de los últimos tiempos, con la diferencia de que usa los preceptos sacros para invertir el sentido del simbolismo cristiano como algo siniestro, compartiendo un onirismo oscuro y perverso con la obra de autores como Michele Soavi o Mariano Baino. Una obra maestra.
Programa doble: Apartment 7A (2024)
Lo nuevo de Natalie Erika James tras Relic es la hermana pequeña de The First Omen, se rodó entre misterio hasta revelarse como una precuela de Rosemary's Baby sobre la mujer muerta en el edificio antes de los hechos de la obra maestra de Polanski, a la que empezaba homenajeando desde el póster que enlaza con el diseño original con el edificio Dakota en primera línea. Con estreno directo a Paramount+, cuenta la historia del personaje de Terry, a quien Rosemary conocía brevemente en el clásico: una joven bailarina lesionada (Julia Garner) a la que se le ofrece una sombría oportunidad de alcanzar la fama. Está ambientada en la ciudad de Nueva York de 1965, explorando lo que sucedió en el apartamento del Bramford antes de que los Woodhouse se mudaran allí. Una subtrama que la miniserie de 2014 exploraba y cuyo final se deja entrever en la película de 1968. Consciente de no poder llegar a Polanski, la absoluta falta de ambición de esta precuela de le sienta bien, pero podría tener más osadía y detalles como su parentesco con The Red Shoes. La dirección de James supera y mejora su Relic en elegancia y concreción, pero detalles como la muy vulgar banda sonora no están a su altura y restan fuerza a su perspectiva intimista. El retrato de la vecina olvidada, sin embargo, alberga una tristeza insólita. La historia de Terry Gionoffrio lógicamente sigue los pasos del clásico, por algo se mostraba en aquél con el colgante, pero está muy, muy lejos de ser un reboot. Hay constancia de lo que pasa pronto, no se juega con la paranoia y se torna más en un cuento faustiano consciente.
Menciones especiales
Acide (2023)
Si te traumatizó el momento 'ayúdame' de Robocop, ojo con este ecoterror con recado climático en forma de pesadilla colectiva en la que no se dulcifican las consecuencias de la lluvia ácida, en la onda de brutales conjeturas nucleares de los 80 como The Day After. Despiadado ecothriller francés con recado de alerta climática que adapta tropos del cine de catástrofes a un agente implacable. Drama familiar bajo la lluvia ácida plagado de momentos de impacto y horror apocalíptico con voluntad activista. Bruta. Acide recupera la crudeza de ficciones de supuestos nucleares como The Day After (1983), Testament (1983) o Threads (1984), enfocándose en una posibilidad medioambiental inducida por el hombre, y como aquellas, su ferocidad destila una voluntad de concienciación implacable. 'Copia' también de la serie The Rain o, hay otra peli francesa con planteamiento parecido, con Olga Kurylenko, La Bruma.
Desaparecer por completo (2022)
Una de las sorpresas del cine de terror en México, una historia sobre un ambicioso fotógrafo sin escrúpulos que comienza a sufrir un misterioso padecimiento que le hace perder, uno por uno, los cinco sentidos. Una especie de combo entre Nightcrawler y Thinner, que sigue la estela de brujería urbana planteada en Huesera (aunque se rodaron al mismo tiempo) en forma de sórdido drama con tintes de psychothriller que acaba virando hacia lo sobrenatural casi de forma simbólica, como si fuera una digestión kafkiana de las alegorías morales de horror de Chicho Ibáñez Serrador. El morbo, la cultura clickbait y la muerte de la empatía son el tema central de un descenso al fondo de la culpa que se queda algo huérfana de escenas de terror en favor de una introspección concreta en una atmósfera fatalista y enfermiza, apostando todo a su parte final, bastante terrorífica conceptualmente. Sus conexiones con el mundo de la política y el esoterismo también la conecta con la obra de Mariana Enríquez.
Violett (2023)
Extraña y muy modesta producción australiana que asume a modo de cuento de hadas oscuro para adultos la caída en el infierno del duelo materno. Concebida como una especie de pesadilla constante sin una estructura clara, seguimos a una mujer en un estado de derrumbe emocional devastador, hasta el punto que no sabemos si realmente su visión del mundo es estable o elástica, de forma que ve a vecinos amenazantes, peatones que se transforman frente a ella y otro tipo de disociaciones macabras que convierten la mayoría del metraje en una especie de buffet de alucinaciones terroríficas, algunas con mejor fortuna que otras. Un clásico del subgénero de “psychotic women” que esconde secretos, recuerdos y memorias reprimidas. Un tanto trasnochada en cuanto a su representación del trauma, pero para ser un bajo presupuesto consigue bastante de lo que se supone que va a buscar.
The Breach (2022)
Presentada hace dos años pero sin distribución hasta este primer tercio, lo nuevo de Rodrigo Gudiño se viste del primer Larry Fessenden para reinterpretar El caso de Charles Dexter Ward de Lovecraft en clave lo-fi, con más voluntad que medios y un nudo dilatado de más hasta su gran final de aberraciones corporales al estilo de los 80.
The Monolith (2023)
Una pequeña peliculita indie en la que Lily Sullivan cambia los deadites de Evil Dead Rise por una conspiración alienígena en una sesión de podcast y misterio cósmico dentro de un solo escenario que inquieta y recuerda a Pontypool o a la serie Limetown, juega con la idea de conspiración global muy inspirada en las teselas de Toynbee, pero lo confina a un solo espacio, en una especie de reverso maligno de La paradoja de Antares (2022) y Something in the Dirt (2022).
All You Need is death (2023)
Dioses y demonios ancestrales que habitan en canciones irlandesas más antiguas que el lenguaje, invocaciones e investigaciones prohibidas en una extraña muestra de folk horror musical lastrada por una dirección algo pedestre. Curiosa y llena de posibilidades, su tramo final no va por los derroteros esperados y confirma la propuesta como una verdadera rareza con un universo que podría tener su propia serie de televisión.
Last Straw (2023)
Sólido remedo gen Z de The Gas Station (1993) de John Carpenter reubicado en un Dinner, que juega con el punto de vista de la historia resolviendo con buena fotografía, algo de detalles sociales nada pomposos y un especial cariño a su protagonista.
Your Monster (2024)
Encantadora RomCom fantástica que parece una secuela adulta de BIG MOUTH en la que el monstruo de las hormonas representa la autoestima, casi como una La bella y la bestia con espíritu John Hughes. Menudo DO de pecho de Melissa Barrera.
Regreso del cine asiático
El cine asiático de terror ha vivido una explosión gracias al streaming, como cada año, filipinas no falta a la cita y lo hace con Nokturno (2024), dondeel director y la actriz de la excelente Deleter regresan con otro sencillo pero más que competente largometraje de terror sobrenatural en la variante asiática post-conjuring, que en este caso ahonda en seres tradicionales de la mitología filipina, los Kumakatok, seres altos con velos que tocan a las puertas en plena noche y que matan o condenan a un familiar de aquel que visitan. Una premisa elemental que permite aproximarse a un efectivo relato de fantasmas bajo la excusa de un drama familiar de duelo al que no se le dan demasiadas vueltas. La atmósfera fría y la fotografía azulada es perfecta para jugar con las siluetas y las sombras de las entidades maléficas, presentes en sustos sencillos pero que siempre funcionan y protagonizan algunas apariciones muy creepy que ya quisieran tener estrenos avalados por millones dólares. Como Exhuma, también esconde un misterio familiar, apuntado a través de un ligero trasfondo sobre la ocupación japonesa en filipinas como detonante de los horrores, como hacía la reciente In my Mother's Skin. Ayuda un final negro y sin concesiones con el que ya quisieran muchas atreverse.
Japón no acaba de levantar cabeza y lo poco rescatable de este año es Chime (2024) en la que aKiyoshi Kurosawa le basta y sobra un mediometraje para crear una sensación de horror existencial de la que es imposible de escapar, ampliando si cabe la extrañeza de algunos de sus trabajos más célebres con un concepto sobrenatural (o no) casi lovecraftiano, un sonido que obsesiona pero solo se oye dentro de la cabeza. Puesta en escena quirúrgica, con detalles alucinantes, como el reflejo de un tren pasando por toda una habitación para la historia de un profesor de cocina que entra en una espiral tras ver algo terrible en su clase. El horror se decanta de la futilidad de lo cotidiano y el fracaso de no encontrar sentido al día a día. Puede que su minuto final sea lo más siniestro del año.Poco comentada ha sido Best Wishes to All (2023), extraña variación de una leyenda urbana que saca al j-horror de su zona de confort con una representación de una historia cuya premisa parece salida de un manga de Junji Ito y consigue un viaje impredecible con momentos de gran terror e incluso escatología surrealista afín al Takashi Miike de su época más punk.
Documentales de terror
En el año 2024 han llegado unos cuantos documentales sobre cine de terror dignos de reseñarse, empezando por Exorcismo: The Transgressive Legacy of Clasificada 'S' (2024), un detallado estudio del cine de explotación español de la transición que baja a las entrañas del franquismo para analizar cómo el erotismo, la violencia y el terror fueron sinónimo de transgresión en una era en la que “el destape” y “la españolada” también definían la industria y el sentir de un pueblo reprimido y liberado. Imprescindible también Satan Wants You (2023), sobre el origen del libro que desató la histeria colectiva del Satanic Panic, que es analizado con una síntesis admirable y un montaje lleno de ironías para exponer cómo el puritanismo estadounidense produce los mismos monstruos de forma cíclica. Habíamos visto el lado pop del Satanic Panic en Stranger Things 4 pero este tremendo documental revierte el origen puritano del fenómeno en Michelle Remembers, culpable de la ola de puritanismo ciego que se ha reencarnado en QAnon y el Pizzagate.
Respecto a monográficos destaca Dario Argento: Panico (2023) un estudiodirigido por el italiano Simone Scafidi, autor del esencial Fulci for Fake, otro documental sobre el gran esteta del splatter, Lucio Fulci. Este es el documental definitivo sobre el cine del maestro del terror italiano, pero sí un profundo acercamiento a la personalidad insondable de un icono, exponiendo y ratificando la tesis que le consagra como un artista absoluto. El estudio del género de terror japonés The J-Horror Virus (2023) merece la pena como retrospectiva, pero si lo que uno quiere es saber todo sobre el muñeco diabólico, el esencial The Chucky Doc (2024) es una inmersión de cuatro horas dentro de la saga, duración que incluso supera Aliens: Expanded (2024), la mirada definitiva a la secuela de James Cameron de la gran saga de terror y ciencia ficción.
Jorge Loser
Las 41 mejores películas de terror de 2024 (Parte 1)
El 2024 ha acabado y toca hacer repaso y cuenta a lo que dio de sí el cine de terror y sus títulos más relevantes durante sus 12 meses. Seleccionamos nuestras 41 películas favoritas estrenadas comercialmente durante el año 2024, ya sea en la gran pantalla o plataformas de streaming, y comentamos por qué creemos que merecen estar en una selección de imprescindibles
El inicio de la década vino atropellado por una pandemia que evitó que los grandes estrenos de cine convirtieran al cine de terror en un invitado a las salas, por lo que en ese rocoso inicio vimos cómo los esfuerzos independientes se consolidaron como una alternativa en la sombra en los catálogos de plataformas, manteniendo la llama del género encendida durante la borrasca. Sin embargo, la vuelta a la normalidad convirtió al género en un salvavidas para la taquilla, convirtiéndose en 2022 en una verdadera tendencia que dejó infinidad de grandes títulos que marcaban una nueva pauta para los estudios. El cine de terror es una opción de inversión económica y con alta rentabilidad, y hoy, varios meses después estamos ante una explosión sin precedentes.
Pocas veces han llegado tanta cantidad de obras financiadas por estudios, plataformas, compañías independientes, pequeñas productoras, financiaciones europeas, mercados asiáticos y todo tipo de procedencia internacional generando cine de terror, y la consecuencia es que el número de títulos se ha convertido en algo inabarcable, siendo muchas veces su entidad de alto valor, con resultados sólidos en la pantalla, aunque muchas veces todo ese esfuerzo ni siquiera encuentra una campaña de marketing para darse a conocer. Una situación insólita que deja la puerta abierta a decenas de tendencias y movimientos, lideradas, eso sí, por las sempiternas secuelas, remakes y reboots que en este año han dejado obras muy potentes. Sin más dilación, entremos en el bazar de la diversidad que el género ha dejado en un año sembrado como pocos.
41-Terrifier 3 (2024)
En un año con unos cuantas películas de asesinos, Damien Leone se consagra como ingeniero técnico del gore en el regreso de Art The Clown, cumpliendo con un buen puñado de muertes hiper salvajes pero dejando muestras de fatiga y una notable pérdida de frescura respecto a la anterior entrega. Con todo, es una buena tercera parte que ha sido un fenómeno en sí misma, logrando más 74 millones de dólares en todo el mundo con un presupuesto de 2 y estrenándose sin calificación, superando a los 55 que logró en su día Dawn of the Dead (1978). De hecho, aquí el director perfecciona sus alucinantes efectos especiales gore para tomar el testigo del propio Tom Savini, dejando dos secuencias, la inicial y la de la ducha, para los anales del slasher sobrenatural. Una lástima que le reste tanto que muchas otras escenas estén bastante descompensadas, además de que Art haya perdido un poco de chispa y a veces está un poco repetitivo. Quizá se echan en falta algunas sorpresas como su café infernal y sus canciones.
Hay una dicotomía entre el splatter festivo y los momentos dramáticos que, si bien ya existía en Terrifier 2, aquí no tiene la catarsis final que transformaba a la protagonista en una heroína y acababa justificando las escenas de flashback con su padre fallecido. Aquí esa dualidad no funciona igual, quedando una pugna de dos películas muy diferentes. Incluso hay momentos de Art con su nueva amiga que caen en el tedio por muy bizarras que resulten, con lo que la película mejora cuando supedita su violencia al puro grand guignol y el espectáculo de la sorpresa en el gag gore, mientras Leone abraza el espíritu Herschell Gordon Lewis de la anterior. Incluso sus momentos de sadismo más premeditado tienden a un protocolo torture porn que está un poco fuera de las ondas de diversión pop que sí logra en otros momentos. Su falta de clímax deja a esta tercera entrega en un lugar de punto de bisagra, el enfrentamiento entre Lauren LaVera y el payaso es testimonial y lleva a un anticlímax con cliffhanger, como si fuera una serie, que deja, eso sí pequeños atisbos de un viaje al infierno que prometen un final de la saga brutal.
Programa doble: In a Violent Nature (2022)
El slasher desde el punto de vista del asesino es un experimento con algunas de las muertes más brutales vistas en el género últimamente. Experimento indie que ofrece un reflejo más o menos realista de lo que sería un slasher arquetípico, con todos los estilemas de los clásicos de los 80, pero desde el punto de vista del asesino. Si esta película va a recordarse es porque tiene una muerte salvaje que nunca se ha visto en el género. En esencia no se diferencia tanto de The Rise of Leslie Vernon, pero aquí la dirección pone en la posición de observador al espectador a un nivel íntimo, siguiendo de cerca al ser que merodea por el bosque. Peca de cierto exhibicionismo cínico que parece querer estar por encima del espectáculo gore que propone, derivando en este caso en un tercer acto incomprensiblemente anticlimático, que llega como si el alcohol se acabara en el mejor momento de la fiesta.
40-MaXXXine (2024)
MaXXXine fue definida como un "whodunit slasher", pero el cierre de la trilogía de terror y porno de Ti West y Mia Goth tras X y Pearl aparca el misterio criminal y el body count para centrarse en representar el contexto industrial en la década dorada del subgénero. Era un final muy esperado por los fans del experimento retro de A24, pero a pesar de la decepción generalizada, el resultado es un divertido LA Gothic que supera con creces a Pearl al no tomarse nada demasiado en serio y ofrecer un tono de serie B atolondrada más cercano a Planet Terror (2007) que a Once Upon a Time in Hollywood (2019), que combina mejor con X por ser una secuela directa, corrigiendo el tono autoimportante de la a base de gags sexuales idiotas, pasajes grotescos y FX aberrantes, culminando en un clímax pasado de vueltas mucho más divertido que el plasta-monólogo final de la anterior, donde West intentaba abarcar demasiado. Sin embargo, aquí cede a su cinéfila y aprovecha cada resquicio para plasmar algún homenaje de culto como Chinatown (1974), Blade Runner (1982), La Dalia Negra (2006), más De Palma, o Lizzie Borden (1975), conectando el true crime estadounidense con Pearl tanto por el arma y el crimen en sí, como por las aspiraciones de la actriz muerta en Los Ángeles y la turbia historia de los inicios en el cine para adultos que une a las tres películas.
La coherencia temática entre las películas de la trilogía se consuma en un juego metacinematográfico fiel a su estilo, adoptando los estéticas de las épocas en las que se ambienta. En este caso, replica los ochenta de películas como Body Double (1984), Terminator (1984), Vice Squad (1982) y el giallo italiano tardío como Le Foto di Gioia (1988). Por el camino, West nos deleita con escenas memorables como la del molde de maquillaje, cierto momento en un callejón y todo el inicio y epílogo. Hay bastantes momentos brillantes que sobresalen sobre otros desaprovechados, como la presencia del Night Stalker y el Satanic Panic, pero es que también quiere ser un testamento al fetichismo analógico VHS de los últimos años se convierte en un elemento periférico que tiene mucho en común con Them: The Scare, también sobre crímenes turbios en LA, que no por casualidad tiene episodios dirigidos por Ti West. Un un cierre muy coherente sobre la dificultad del trabajo en una división llena de prejuicios. Podría ser la película más personal del director en cuanto a su posición en Hollywood como cineasta B.
Programa doble: Strange Darling (2024)
Un buen psycho-thriller noventero lleno de giros, tiros y planteamiento kink para completar una dinámica experiencia con aroma de literatura pulp, aunque mucho más predecible de lo que parece se presenta con una mirada panorámica en 35mm que hace perdonarle todo. Además, tiene tanta violencia que, pese a su coartada de thriller, se acumulan muertes y tan sangrientas, que a veces parece un verdadero slasher contado con una cronología alterna. Por otro lado, no está de más recapitular sobre lo que significa la psicopatía antes de suponer agravios ideológicos con los que dio lugar a una de las polémicas más etéreas del año.
39-Mr Crocket (2024)
Los estrenos de terror de Hulu en octubre, basados en dos cortos de su serie Bite Size Halloween, suelen dar sorpresas, y en esta ocasión nos han traído dos experiencias baratas, grotescas y llenas de gore que habrían hecho una gran película antológica. Ambas se basan en sendos cortos homónimos, que siguen la tradición del canal de ir adaptando las mejores muestras de su evento, expandiéndolos de forma orgánica, con todos los directores implicados, dándoles una oportunidad de trabajar con bajo presupuesto. Aunque merecerían estar juntas, de elegir una es Mr. Crocket la más interesante, ya que resume muy bien la modestia y voluntad de divertir de estos proyectos, que recuerdan a los estrenos para vídeo de la era previa a streaming. Muy modesto pero lleno de ideas horror noire que convierte a Bill Cosby en un Freddy Krueger para la era de la nostalgia 90s, los VHS malditos, Candle Cove, FNAF (2023) o Ringu (1998).
Este es el episodio largo de Goosebumps más turbio y gore que nunca fue y adapta al largo un cortometraje previo que ya condensaba sensaciones creepypasta que podrían estar en la última temporada de Them, de hecho la historia daba para toda una nueva colección de capítulos. Su trasfondo racial toca algunas teclas dispuestas en Candyman (1992), pero también esconde una tétrica lectura de los abusos en la infancia. No es la primera vez que un presentador de un programa infantil vintage se convierte en un hombre del saco. Además de Candle Cove (2016), el episodio Uncle Howie (2013) de The Haunting Hourtenía prácticamente el mismo tono, e incluso Familiar (2018) de X-Filestenía similitudes. Pero esta pequeña película sobre niños perdidos, presentadores con secretos oscuros y programas antiguos malditos es suficientemente perturbadora y gore como para seguir la carrera de Brandon Espy. Con todo, tiene más encanto de estática VHS que la gazmoñita I Saw the TV Glow.
Programa doble: Carved (2024)
El complemento a Mr. Crockett (de hecho comparte al actor protagonista) no es ni más ni menos que un slasher sobrenatural plagado de gore divertido, tono de comedia idiota, body count alto, ritmo incesante y valores de producción de episodio de Into the Dark, pero con cierto encanto que se echa en falta en estrenos de género más "serios". Por supuesto, Carved no es la Dark Harvest (2023) de este año, pero mantiene viva la llama de las calabazas vivientes asesinas de videoclub como Jack-O (1995), siendo casi una prima carnal de la de Tales of Halloween (2015), ambas autónomas y sin ser la cabeza de ningún tronco.
38-The Last Video Store (2024)
Una chuchería retro pequeñita, tan torpe y barata como encantadora. Pura nostalgia ochentera concentrada que convierte el fetichismo por la cultura de videoclub en el Jumanji (1993) del horror cósmico, con neones, FX artesanales, sintetizadores y el VHS como nuevo Necronomicón. El culto a la cultura del formato ha ido cogiendo en los últimos años a través de diferentes representaciones del horror y lo analógico en el que la cinta se convierte en un elemento totémico, sin ir más lejos, este mismo año hemos tenido otras dos películas como Mr. Crocket y I Saw the TV Glow, que vienen de una explosión reciente de la que esta puede considerarse el punto culminante de una etapa de celebración y nostalgia por un formato desaparecido que empezó hace una década con diversos libros o documentales sobre los videoclubs. Los directores Tim Rutherford y Cody Kennedy han mantenido la historia de su videoclub en distintos trabajos y cortos como The Video Store Commercial (2019), en las que el mismo personaje experto en vídeos y cultura de los 80 se enfrenta a cintas malditas que atraen amenazas interdimensionales.
Hay que imaginar una expansión a lo Clerks (1994) de la similar Beyond the Gates (2018), que jugaba con la memoria de juegos como Atmosfear, aunque esta es más pura comedia absurda, pese a usar el mismo ruido estático y gamas cromáticas de púrpuras y azulados exagerados, casi una propuesta de nicho dentro del nicho, filodocumental, sobre gestos de una era perdida que antes eran el día a día, convirtiendo muchos de los rituales anacrónicos asociados a los videocasetes en claves para sobrevivir a un ataque de criaturas meta que salen de la TV. De hecho, podría haber formado parte de un subgénero clásico que precisamente reinaba en los videoclubs de los 80, de pelis o juegos que salen a la realidad, con la televisión y VHS como portales de monstruos, zombies o demonios que cruzan al mundo material por la pantalla, también con un puntito Cabin in the Woods (2011), solo que aquí las estrellas invitadas son trasuntos de Jason Voorhees, el Cobra de Stallone o seres salidos de las infinitas imitaciones baratas de Alien (1979) directas a vídeo de los 90, donde aún reinaba un CGI a medio desarrollar. Parece un proyecto del colectivo Astron-6 y no es casualidad, Steven Kostanski se encarga de los FX y maquillajes y se añade a una gran cantidad de ideas ocurrentes en una sola localización, con el abono geek de diálogos tan entrañables que resulta irresistible.
Programa doble: Frankie Freako (2024)
Si The Last Video Store hace homenaje al formato de vídeo que reinó en los 80, Frankie Freako, de Steven Kostanski, sería una de las películas que estarían en el pasillo del fondo, entre Munchies (1987), Ghoulies 3 (1991) y The Garbage Pail Kids Movie (1987), es decir, un delicioso homenaje las versiones de Gremlins (1984) de bajo presupuesto de los años 80 y principios de los 90, mezclado terror, comedia y esa ciencia ficción de rayos de colores pintados, celebrando los efectos prácticos y el humor chusco. Otro regreso nostálgico a una época más sencilla del género, cuando los animatronics, el látex, y la imaginación eran los reyes. Quizá sea más una película de fantasía que propiamente de horror, como pudo ser House II (1987), pero es una de las imprescindibles de este año.
37-Baghead (2024)
Puede que haya sido recibido con demasiada frialdad por comparaciones inevitables con Talk to Me (2023), pero el debut de Alberto Corredor es una expansión de un corto que no toma la clásica ruta para hacerlo más largo, por lo que a veces funciona más como un episodio televisivo de alguna vieja antología de terror, lo que no es necesariamente un problema. La premisa de una entidad encerrada en los sótanos de un pub inglés, que concede la conexión con los muertos durante dos minutos, podría ser el principio de un clásico slasher sobrenatural, o un pilar para elaborar un terror de sustos al uso, pero no acaba yendo por ese camino sino por el juego de identidades, de secretos, mentiras y reglas a seguir o romper para un pequeño puñado de personajes. La concepción es casi minimalista, pero de alguna manera funciona avanzando como un tiro, dejando esparcida una mitología que se remonta a tiempos muy antiguos, con guardianes estilo The Sentinel (1977) y espacio para la sorpresa cuando sabemos que la entidad tiene rango para alterar la percepción, logrando engañar a los guardianes y las personas que acuden a su oráculo.
En ocasiones, Baghead resulta tan sencilla que acaba pareciéndose a segmentos de la Amicus, un terror gótico de tebeos Creepy que parece sacado de otra época, pese a que el montaje e iluminación dejen que desear a un puro nivel técnico. Tampoco busca ser un denso ejercicio psicológico, sino un toma y daca de intereses de personajes con secretos, falsos motivos, desesperación y búsqueda de dinero. Al final ese manejo de las expectativas es el combustible de su desarrollo y se evitan grandes aspavientos o conclusiones de espectáculo. La criatura tiene el síndrome de Botet, y en algunos momentos se utiliza para algún que otro momento más enfocado al terror visual, como sus estupendas secuencias en una gruta oscura pero en general lo que mueve el guion es cierta sordidez derivada de sus premisa, y las vueltas para intentar engañar a los humanos de la entidad.
Programa doble: Tarot (2024)
Es difícil recomendar esta monster mash juvenil, pero al menos recoge el espíritu de 13 Ghosts (2003) con una colección de demonios con estupendos diseños del artista Trevor Henderson que, aunque quedan algo desaprovechados por una dirección sin chispa, su estructura sencilla de slasher sobrenatural los encadena en escenas de miedo y apariciones haciendo que sea entretenida. Con muertes son muy sobrias a pesar de su violencia, y el terror apoyado en sustos de volumen poco interesados en crear anticipación y suspense, entra en la liga de películas comerciales de los 2000 como Darkness Falls (2003), deja algún detalle a lo Insidious (2010) y podría ser una secuela más de Ouija (2013) o Long Time Dead (2003), pero se esfuerza poco en alcanzar a sus referentes, incluso sus geniales demonios carecen de contexto, con todo, no es una mala introducción al género para chavales y alguna de las estampas de las entidades en la oscuridad merecen ser rescatadas entre la hoguera.
36-Black Cab (2024)
Bruce Goodison presenta un viaje claustrofóbico en el que una joven pareja se encuentra atrapada en un viaje en taxi aparentemente ordinario cuyo chófer tiene un lado siniestro que genera muchas incertidumbres. Una premisa minimalista apoyada en la interpretación de un Nick Frost psicopático que tiene aquí la mejor de sus tres propuestas de género de este año, junto a Get Away y Krazy House. Sin embargo, por algún motivo no ha caído bien entre los aficionados, pese a entrañar una variación sobre ruedas de las historias de fantasmas a la que no le faltan escalofríos y la revelación de diferentes secretos que hacen que su metraje siempre avance. Sin embargo, su espacio visual reducido puede agotar a los que no tengan paciencia para decodificar su historia de fondo, que va siendo trazada desde el primer minuto, en el que ya consigue crear una atmósfera tensa y claustrofóbica, donde el taxi amplifica el miedo y la vulnerabilidad de los personajes y las oscuras y lluviosas carreteras británicas añaden un marco cromático frío perfecto para contar un relato de miedo sin más pretensiones que serlo.
Frost nunca ha estado tan escalofriante, su personaje es enigmático y amenazador, pero tiene unas razones más interesantes y turbias de lo que parece en un principio; al final no es un villano muy diferente al de Hugh Grant en Heretic. La cualidad más interesante de Black Cab, sin embargo, es que es capaz de hacer un thriller de carretera en la tradición de The Hitcher (1987) o The Nature of the Beast (1995) y hacer que su descenso gradual hacia lo sobrenatural sea orgánico, saliéndose en ocasiones de su propio itinerario autoimpuesto con un par de secuencias encapsuladas fuera del coche del título con un juego del gato y el ratón angustioso, a las que se le suman algunas apariciones espectrales tan sencillas como deliciosas, usando trucajes que, digitales o no, desprenden cierta cualidad naïf que la entroncan con antiguas producciones televisivas británicas de series que se rodaban en plató, casi con lo puesto. En particular, a veces recuerda mucho a una pequeña joya que cada vez se va redescubriendo más como fue Dead End (2003), tanto en su tono como en estilo de terror, nada más y nada menos.
Programa doble: Hostile Dimensions (2024)
Si bien el cine de terror británico de este año nos ha dejado alguna buena sorpresa como Stopmotion, películas como Black Cab o esta siguen pasando desapercibidas en los circuitos de distribución, aunque demuestran que siguen siendo capaces de hacer verdaderos tour de force con recursos limitados e ideas minimalistas. Graham Hughes sigue puliendo su formato found footage tras la escalofriante Death of a Vlogger (2019) con una historia mucho más ambiciosa pero menos terrorífica, con la premisa de un posible creepypasta en el que un grafitero desaparecido lleva a una aventura en dimensiones alternativas unidas por puertas, o lo que podríamos llamar una especie de remake casero de House II (1987), pero con un giro oscuro. De nuevo mucha creatividad y pocos medios, pese a que lo que ofrece no tenga tanta consistencia como su debut.
35-The Seven Darks (2024)
Uno de los fenómenos simultáneos al éxito del cine de terror en la taquilla de salas es la proliferación de pequeños proyectos con factura casera que han ido dejando nombres de autores recurrentes como Dutch Marich y otros comunes en el canal gratuito Terror Films releasing, que centran sus esfuerzos en la experiencia y las atmósferas para encajar en movimientos no muy alejados del analog horror, los creepypasta y la cultura de los cortos de youtube. Normalmente esta facilidad de rodar, editar y sonorizar un largometraje completo es un peligro que plaga la red de intentonas inútiles y material de relleno de plataformas que empañan el trabajo de autores autónomos capaces de convertir la escasez en un arma, evitando las narrativas tradicionales que estudios más grandes acaban estableciendo como plantilla. Uno de esos nombres que tratan de abrirse camino con mucha pasión y trabajo es Alexander Henderson, quien logró llamar la atención hace unos años con su antología Evil Tapes (2022), tras haber abierto brecha con la irregular The Red Nightmare (2021), demostrando en su canal de youtube, donde pueden encontrarse gratis, que es un trabajador prolífico.
La diferencia de esta The Seven Darks con otros trabajos es que se atreve a salir de los confines de un piso o una casa para captar las calles desoladas y abandonadas de unos Estados Unidos plagados de lugares desangelados, grises y vacíos, idóneos para la proliferación de historias de terror urbanas, cuentos de tradición oral instantánea y la peor de las obsesiones paranoides, la sugestión. En sus siete cortos independientes Henderson juega con la profundidad de campo, la oscuridad y el montaje para crear siluetas que se ven por el rabillo del ojo, amenazas humanas que se quedan mirando fijamente y realidades aumentadas por el móvil que vienen a por ti en momentos que pueden inducir al infarto. Con ecos las historias de Fuan No Tane, adaptada en 2013, o los relatos cortos de Yami Shibai, esta colección no siempre acierta de lleno, pero tiene al menos tres historias que dan verdaderos escalofríos y nos avecinan una voz que, de ser adoptada por estudios interesados en fenómenos aparecidos en internet, puede dar forma algunas pesadillas urbanas con un pulso contemporáneo que muchas veces está perdido en grandes producciones.
Programa doble: V/H/S/Beyond (2024)
A estas alturas la antología found footage no engaña en lo que tiene que ofrecer, pero eso no impide que en cada entrega se pongan más irreverentes y se enfoquen más en hacer segmentos divertidos y sangrientos sin muchas pretensiones. La temática extraterrestre de esta le queda muy bien y da pie a algunos relatos memorables, como Stork, que básicamente es como la primera mitad de Rec 2 (2009), pero con un “final boss” de ver para creer, otro con paracaidistas e incluso uno guionizado por Mike Flanagan. Lo importante es que, aunque la saga empiece a tener un sabor reiterativo, sigue dando ideas de planificación y uso de FX del que grandes blockbusters deberían tomar nota, además de un frenesí gore inagotable en un capítulo que mejora a 99 y 85.
34-BeetleJuice Beetlejuice (2024)
El estreno de Beetlejuice Beetlejuice y de Dune Part 2 en el 2024 significó que a final del año se habían estrenado en el cine dos segundas partes con gusanos de arena gigantes, pero el sorpresón inesperado fue que esta nueva comedia de terror nos trajera a un Tim Burton en forma y de vuelta a su lado más chiflado y macabro. Puede que el mayor valor sea el regreso de Michael Keaton y Winona Ryder como personajes principales, rompiendo la tendencia de las "legacy sequels" a prestar más atención a los nuevos personajes. Aquí lo importante es Lydia y su historia con el bio-exorcista, incluso tiene bastante peso Catherine O’Hara, aunque se hayan unido al convite Jenna Ortega y Justin Theroux. Otro plus es el humor negro de Burton, que se materializa en brillantes gags físicos de body horror puro, digno de dibujo animado o cómic de la EC. Marionetas, stop motion, gags gore, homenajes clásicos del género... La expresión "no se toma en serio a sí misma" debería redefinirse tras el festival de chorradas contagiosas y humor tontorrón que despliega, y que más que subtramas o estructura, se deja llevar por la inofensiva espontaneidad del caos y lo inesperado.
Una celebración en pantalla que huele a reunión de viejos amigos sin más pretensiones que pasárselo en grande, Tim Burton nos presenta a su novia cadáver ideal en la imponente rediviva de Mónica Bellucci. Destaca también la atención a los detalles en segundo plano, la oficina del inframundo está llena de muertes ingeniosas y monstruitos geniales, y es que el director no pisaba este terreno del terror splatter desde hace años, debe haber conseguido la calificación PG-13 de milagro. Pero lo mejor es cómo narra su historia de orígenes en un homenaje tremendo a La Maschera del Demonio (1960) y otros clásicos del horror gótico italiano clásico como Danza Macabra (1964) en un carrusel de guiños a clásicos del cine de terror que se atreve con It's Alive (1974), la BSO de Carrie(1976), los zombies blackxploitation de Sugar Hill (1974) o la succión vital de Lifeforce (1988), entre decenas de gags macabros y horripilantes. La máxima de Bitelchús debería ser, "convertir los dibujos animados en una realidad", y efectivamente trae ese peligro, la maleabilidad de los cuerpos, lograr que cualquier cosa pueda pasar y las bromas idiotas. Lograr esto en un mercado tan diferente al de 1988 es un logro insólito.
Programa doble: Destroy All Neighbors (2024)
La vuelta de la comedia de terror también va haciéndose palpable en el contenido de plataformas, y esta gamberrada de Shudder mezcla gore y humor negro absurdo, dentro de una afinidad por el cine serie B de heavy metal de los 80, pero aquí dando prioridad a situaciones extravagantes, splatter exagerado y una premisa delirante, en la que un músico de prog-rock mata accidentalmente a su odioso vecino, Vlad para intentar encubrir el crimen y verse enredado en un macabro juego del gato y el ratón con las partes reanimadas del cuerpo de Vlad. Sus chistes y gags son muy particulares como para convencer a todo el mundo, pero su desfile de efectos tradicionales y maquillajes grotescos, con el actor Alex Winter debajo, la convierten en la rareza estrambótica del año.
33-Godzilla x Kong: The New Empire (2024)
El MonsterVerse por fin se atreve a dar el protagonismo a los monstruos en el gran viaje al centro de la Tierra de Kong, una aventura y serie B para un delirio de kaijus psicodélico lleno de luchas, nuevos seres y mínima trama de humanos, aunque sí que cuenta con algunos de los protagonistas de la anterior. La buena noticia es que se queda con lo mejor (Rebecca Hall) y no vacila en deshacerse de Millie Bobby Brown sin mayor explicación. Su papel es complementario a la "misión" de los colosos, como un apoyo logístico que nos ahorra verles correteando debajo de los pies de los monstruos. La gran noticia es que el alma, el corazón y la fuerza de la película es King kong, que vive su propia versión de Congo (1995) en un mundo fantástico en donde encuentra un pequeño gorila que no es el personaje cuqui para juguetes que parecía en los tráilers, donde Wingard había jugado con las expectativas y les ha dado la vuelta. En su parte central por momentos parecemos estar viendo un cruce entre Dawn of the Planet of the Apes (2014) y War of the Gargantuas (1966), donde el gran gorila es el héroe de su propia misión salida de una novela pulp de Edgar Rice Burroughs o sus adaptaciones de Kevin Connor.
Godzilla también tiene su parte importante, pero reservada para un tercer acto explosivo, plagado de colorines, energía, galletas y una buddy movie entre colosos que redime a la insulsa anterior entrega a base de fantasía sin límites e ideas disparatadas hasta el puro exceso. Y si algo se le puede achacar es su dependencia del píxel, con un cuidado desigual en la calidad del CGI que puebla muchas escenas, especialmente en su clímax. No llega a tocar algo como Asylum, pero en ocasiones de apelotonamiento se siente como una película de animación 3D mejorable. A pesar de ello, el ritmo frenético de la odisea nos lleva en menos de dos horas de la Tierra a la zona hueca y de vuelta sin pestañear, una cartografía global plagada de disparates weird, que incluyen la destrucción de Cádiz o un salto de trampolín desde el Peñón de Gibraltar. Abraza sin rubor el camp de la era Showa, siendo generosa en enfrentamientos, nuevos monstruos que podrían salir en Ultra Q, recuperación del lore más excéntrico del universo y hasta algunos apliques mecha en forma de nueva carne a lo Tetsuo. Otro elemento sorprendente de Godzilla x Kong The New Empire es su uso sin complejos de la violencia. Además de los golpes dolorosos y destrozones, evitando el color rojo para la sangre de monstruo consigue mostrar mutilación y decapitaciones de colosos que impactan en un PG-13.
Programa doble: Sous le Seine (2024)
La idea de un gran tiburón mutante suelto en el río Sena daba para una fiesta al estilo Piranha 3D, pero Xavier Gens no es Alexandre Aja y este eco-terror animal de Netflix se queda un poco a medio gas, aunque su conexión con el cine de catástrofes y algún apunte gore la hacen muy entretenida. Sus momentos de visita turística subacuática a las catacumbas es su plato fuerte, y tras picotear con ideas de cambio climático satiriza cierto activismo al confrontarlo con la perspectiva científica y la propia naturaleza, en una escena de matanza tan divertida como reaccionaria. Aunque mejore a otras sharkploitation de este año como The Last Breath y No Way Out veces tiende demasiado a la película alemana de Domingo, pero su trama esconde giros y vueltas cada vez más locas, con ocasionales matanzas de las de perder la cuenta a la gente devorada, aunque no siempre se recree en esos planos y la sangre acabe muy diluida. Podría haber sido mejor en manos de Dick Maas, pero es una serie B de monstruos resultona con un final nihilista que se burla de la decisión de limpiar el río para los juegos olímpicos de Paris 2024.
32-The invisible Raptor (2024)
El cine de terror de monstruos nos tiene acostumbrados cada vez más a creaciones de CGI, y de un tiempo a esta parte las explotaciones de Jurassic Park (1993) han dado muchas variaciones Asylum de ver y olvidar. Pero ¿qué pasaría si la criatura fuera un velociraptor hiperinteligente que, además, es completamente invisible? Como si fuera la trama de una secuela de Carnosaur (1993), el dinosaurio escapa de un laboratorio cuando un experimento considerado alto secreto sale mal y provoca el caos en un vecindario cercano. Los héroes que deben detener a esta amenaza invisible son un paleontólogo caído en desgracia, su ex novia y un famoso criador de pollos de la zona. La idea es una tontería, pero se hace mucho más divertida de lo que parece gracias al factor de invisibilidad, que añade suspense y momentos cómicos gloriosos, gags visuales creativos y momentos de tensión en los que los personajes evitan por los pelos convertirse en comida de raptor.
La ausencia real de una amenaza tangible hace que el humor se incline hacia el absurdo, llegando a puntos hilarantes en el que solo vemos a dos actores fingiendo que hay un monstruo ahí, lo que llega a puntos delirantes. La caradura de la propuesta es lo que la hace divertida, pero además está sembrada de chistes malos conscientemente estúpidos, un montón de muertes gore, y una actitud de parodia afectuosa al género de vieja escuela que recuerda a gamberradas como The Lost Skeleton of Cadavra (2001). El delirio de la idea se va de madre con la presencia de orina de pollo como arma, disfraces ridículos y decapitaciones con timing de película de trompazos. Como una prima pobre de Tammy and the T-Rex (1994) y Tremors (1990) dedicada a los fans del cine tonto, The Invisible Raptor es una delicatesen para paladares de la estupidez concebida con ingenio, que se lo podría haber ocurrido a la Troma en sus mejores años, y aunque este año no haya tenido mucha repercusión, acabará redescubriéndose y convirtiéndose en una pequeña joya perdida de culto.
Programa doble: Adult Swim Yule Log 2: Branchin' Out (2024)
Y si hablamos de comedias de terror con un asesino absurdo, podemos hablar de un tronco ardiendo que mata a la gente. Esta secuela directa del primer Yule Log sigue a la protagonista superviviente de aquella intentando superar los traumáticos sucesos que vivió. Sin embargo, las cosas toman un giro muy extraño cuando se ve atrapada en una cursi comedia romántica navideña del canal Hallmark, adoptando todos los tropos y clichés de esas películas, pero con la retorcida sensibilidad de Adult Swim y llena de muertes salvajes. Además de humor negro, giros estrafalarios, personajes extraños y una realidad cambiante, esta secuela añade un extra de imprevisibilidad que la diferencia de aquel experimento que se adelantaba a la Here de Zemeckis y que si tiene una tercera puede ser absolutamente cualquier cosa.
31-Starve Acre (2024)
El terror británico ha vivido un renacimiento en esta década que ha dado títulos excelentes como You’re not My Mother (2021) o A Banquet (2020) que han sido ignorados o enterrados en el laberinto de la distribución internacional, y ese es el camino que parece que va a acabar llevando esta pequeña joya del folk horror más ortodoxo, atado a sus raíces y al medio rural más incognoscible, contando una historia que podría pertenecer a uno de esos especiales televisivos de Lawrence Gordon Clark de los años 70, a los que se parece incluso en texturas y ambientación. En realidad se basa en la novela Michael Hurley de hace unos cinco años, aunque su idea de presentar una pareja con problemas, viviendo un duelo y la influencia de la tierra sobre su hijo no es nueva en el subgénero, y parece tratar aspectos vistos en A Hole in the Ground (2019) o Wake Wood (2011), pero su premisa acaba derivando en algo menos dependiente de ciertos tropos del niño malvado y se asemeja más a una especie de Kitchen Sink Drama sobrenatural más heredero de Burn, Witch, Burn (1962), en el que la influencia del poder ancestral se retroalimenta con la tensión entre los personajes.
Aquí el show lo lleva el dúo de fantasía Morfydd Clark y Matt Smith, que hacen el crossover de Rings of Power y House of the Dragon que probablemente ningún fan de esas series va a llegar a ver. Smith hace otro de sus papeles antipáticos a la perfección y Clark se sale de los marcos donde la hemos visto observando con resignación la deriva obsesiva de su esposo cuando le da por escavar en el jardín. La granja en la que tiene lugar la historia es una zona aislada en donde podrían aparecer todo tipo de reliquias ancestrales, casi un vecindario de los paisajes de Lamb (2021). Se le puede achacar a Starve Acre que pasan menos cosas de las que la idea promete, pero es en su ritmo pausado donde lo maléfico encuentra el tiempo para ir filtrándose por los poros, dejando una sensación enrarecida creciente en donde vemos a un conejo diabólico que deja al que aparecía en The Witch (2015) en una mascota de programa infantil. Su mitología abre espacios que prometen mucho más en su final, pero conseguir que un árbol sea amenazante tiene su mérito, de cualquier forma es una película muy indicada para connoisseurs de clásicos folk horror como Baby (1976), el episodio de la serie antológica de Beasts de Nigel Kneale, al que ya la novela original le debía lo suyo.
Programa doble: Lord of Misrule (2023)
El voluntarioso William Bret Bell ataca todos los subgéneros de terror y consigue que más o menos acaben derivando haca el mismo tipo de drama familiar paternofilial, con un tono parecido pero que no suele esconder los dulces a los aficionados que se acercan por su ración de terror, sustos y criaturas. Aquí se acerca al folk horror arquetípico con una especie de revisión o secuela apócrifa de The Wicker Man (1973) en la que despliega la mejor fotografía de su carrera y mantiene la mayoría de disparates en un porcentaje razonable, aunque algún chiste involuntario con abuelas y orines hay. Con todo, no cuaja mal con los excesos no faltos de humor del film de Hardy y de alguna manera se concluye en un paseo por el subgénero lleno de máscaras vistosas, pasajes en el bosque, rituales nocturnos y un adecuado twist sobrenatural que la convierten en uno de los homenajes más honestos al estilo y forma original del terror rural anglosajón.
30-Apocalipsis Z: el principio del fin (2024)
No deja de ser curioso que en el mismo año tengamos dos películas postapocalípticas en las que los protagonistas no dan un paso adelante sin sus gatos. Lúculo de AZ y Frodo de A Quiet Place: Day One son los dos héroes supervivientes inesperados del cine fantástico/terror de 2024. Esta muy sólida adaptación de la importante novela zombie española arrasó en Amazon Prime Video y no sorprende, ya que se separa de la masa de un subgénero agotado recuperando esa experiencia zombi perdida de peripecia y truco ingenioso frente al dramón en el que se ha convertido el subgénero, abrazando su olvidado lado más aventurero, que además confía en el carisma de Francisco Ortiz, una joya nacional que habría que valorar mucho más. Con una dirección meramente pragmática, quizá no a la altura de su bien construido guion, el ritmo de Apocalipsis Z nunca descansa, siendo capaz de comprimir muchas etapas y situaciones episódicas en menos de dos horas.
La supervivencia limita el drama y se centra en la experiencia tipo road movie. Es inevitable no pensar que llega tarde a la fiesta, pero al menos recupera cierta ingenuidad perdida de aquella excitante primera ola de literatura zombie de hace 20 años, con el ingenio de The Zombie Survival Guide que se trasladó a la bitácora apocalíptica de Manuel Loureiro. Ortiz encarna a un perfecto Manel, íntegro, con una nobleza cercana, su característica voz profunda con la que cautivó en ¡García! y una perfecta solvencia para las escenas de acción, un buen acompañante en las secuelas que van a seguir a esta El principio del fin. Curiosamente, si coincide con 28 Years Later (2025) y la Twilight of the Dead (2025) de George A. Romero, serán tres las películas de zombies que se ambientan en una isla el año que viene, un dato curioso menos relevante que el propio hecho de que el subgénero esté viviendo una resurrección en toda regla sin haberse acabado de marchar nunca.
Programa doble: Håndtering av udøde (2024)
Nueva adaptación del autor de Let the Right One In (2008), que afronta ahora los zombies con una exploración del duelo amarga, oscura y perturbadora. John Ajvide Lindqvist también participa esta vez en el guion, que plantea un verano en Oslo en el que los muertos despiertan misteriosamente, y tres familias se ven sumidas en el caos cuando sus seres queridos fallecidos vuelven a ellos, aunque nadie sabe qué buscan. Es curioso que la premisa sea similar a la de la película francesa The Revenants (2004), que se alejaba también del modelo caníbal de Romero, y acabó teniendo su propia serie e incluso remake de esta en USA. Sin embargo, en realidad son enfoques muy distintos. Vuelve el tono amargo del autor en una tétrica elegía zombie cargada de lírica visual crepuscular, cuyos escasos diálogos solo remarcan la credibilidad íntima y ultrarrealista de un evento del todo extraordinario.
29-Frogman (2024)
Da igual los años que pasen, las modas y las manías, el género found footage sigue vivo y resulta un gran punto de entrada al cine para los cineastas noveles que deciden hacer una película en el bosque con sus amigos. Dentro del formato hay sus propios movimientos y obsesiones, y uno de ellos es la criptozoología, en realidad el verdadero origen del subgénero, con los primeros falsos documentales sobre el bigfoot y las fotos trucadas sobre sus avistamientos. De ese mismo ser hemos visto desde Willow Creek (2013) o Exists (2014), el homenaje del cocreador de The Blair Witch Project (1999) al fenómeno que le inspiró, tan solo cambiando ese folclore “científico” por uno sobrenatural. El territorio estadounidense se ha convertido en una zona fértil para la aparición de estos avistamientos y puede decirse que el medio rural ha encontrado una fuente de ingresos en la construcción de sus propias leyendas, desde el Mothman al demonio de Jersey, pero hay una muy singular, que es el hombre rana de Loveland, en Ohio, una criatura que ha generado su propia microcultura, merchandising y acervo, con lo que una película sobre ella estaba por llegar de alguna forma.
Y esta Frogman sigue los pasos de sus antecedentes, con un tono no del todo común de extraña comedia de terror, casi inevitable por el tema que trata. Las ranas de por sí no han sido un tema omnipresente en el cine de terror, quizá este es el aspecto menos comprendido de este nuevo found footage, que abraza la singularidad de su improbable monstruo y le añade sin miedo los detalles mágicos del mito original (una varita con efectos impredecibles) y lo desarrolla con un aspecto de contagio con consecuencias nada ridículas, con un body horror de transformación tan escueto como grotesco y memorable, aspectos de reproducción traumática propios de Humanoids from the Deep (1980) y una base lovecraftiana que inevitablemente tocará la fibra de los nostálgicos de Innsmouth. Si a eso le sumamos un final que rompe con la simple desaparición de los autores y va un pasito más allá, junto a un fetichismo por las texturas High 8 de los viejos vídeos encontrados, merece destacarse como una de las mejores entradas del formato en estos años.
Programa doble: Mind Body Spirit (2023)
Otra parcela recurrente en el reciente formato found footage es el de los streamers que se ven acosados por las fuerzas del mal en directo y este año ha tenido algunas representantes como Chateau (2024). Este ejemplo en concreto muestra a una monitora de yoga que encuentra un grimorio de su abuela y comienza a practicar sus recomendaciones en sus grabaciones. Una idea bastante graciosa que juega con su sátira del mindfulness y los métodos alternativos de salud espiritual de forma similar a Family Dinner (2022) con las dietas paleo, pero que en realidad es una pequeña exploitation de Hereditary (2018) con menos ambiciones de hacer un comentario social, sino agrupar una buena cantidad de sustos y algo de body horror contorsionista. Con demasiadas trampas en la banda sonora, podría haber volado más alto con un diseño de sonido más sofisticado y menos burdo, pero ofrece más de una sorpresa y ciertos momentos cafres que la hacen menos estirada, jé, que otras con más popularidad como Host (2020).
28-Nosferatu (2022)
Una faraónica reimaginación del clásico de terror que, curiosamente, no es la única de este año. También está el ejercicio de estilo low cost Nosferatu: a Symphony of horror (2023), que usa cgi para recrear la original con sonido, pero un estilo no muy diferente. En su esfuerzo, Robert Eggers alcanza lo sublime y lo ridículo como si fuera un libro de Taschen sobre el cine gótico en movimiento, tan hermoso de mirar como difícil de escuchar por su música innecesariamente chirriante (y algunos diálogos), su punto débil es un Conde Orlok que parece una mala caricatura de un noble del este, más cerca de Nandor que del Vlad que busca ser. Eggers permite que en sus más de dos horas cohabiten dos películas, un gran homenaje al expresionismo, al vampiro clásico y las raíces del mito, cuidada al extremo en diseño de arte y foto, ideal para proyectar en una sala de arte y ensayo. Y otra, un drama histórico que busca el respeto y la justificación de ser un blockbuster con pedigrí, actuaciones de teatro al límite de la comedia involuntaria, con actores al borde del histrionismo.
Se permite más acercamientos a las subtramas de la novela Drácula de Bram Stoker, aunque sigue optando por dar protagonismo a Ellen Hutter, que encarna el ardor femenino y la histeria con referentes en Isabel Adjani, y no solo la del Nosferatu de Herzog, sino más bien la de Possession (1981), con un tratamiento de su dolencia visto como una posesión diabólica. Las mejores escenas de un segundo acto atragantado son las de la peste y el cortejo fúnebre por las calles del pueblo, que junto al uso de sombras al estilo del original, permitiendo que el lado irreal e iconográfico tome los mandos de la narración en una composición del plano pictórica y deliberada, con gran atención por los marcos y las arquitecturas de un diseño de arte impecable. Hay mucho que celebrar en esta versión, pero también elementos de decepción, quizá la mayor es que apenas se explora la dimensión esotérico-espiritista que codificó Albin Grau en las imágenes más enigmáticas de la de 1922, con todo, su triunfo en la taquilla mundial y la interacción de público diverso con un clásico da esperanzas de que el cine de terror de gran presupuesto todavía tenga una oportunidad en las salas.
Programa doble: The Vourdalak (2023)
Representación bufa del clásico de Alexéi Tolstói que expande el texto desde la fidelidad y navega entre lo paródico y lo terrorífico. Su cualidad teatral y minimalista juega a favor con su representación de la criatura con una marioneta de la que ya podría haber aprendido Robert Eggers. La propuesta juega en un espacio extraño entre la fidelidad escenográfica, la performace y la relectura del texto original, exponiendo el poder de la figura masculina en la familia, sin dejar de lado el aspecto vampírico y lúdico, con una magnífica conexión final con Carmilla.
27-Blackout (2023)
El padrino del nuevo indie de terror americano, Larry Fessenden, completa su trilogía lo-fi de monstruos clásicos de clase obrera con una tragedia rural con un hombre lobo normie, en una obra tan falta de preocupaciones y ajena a tendencias que parece precisamente sacada de la misma época en la que redefinió el mercado underground con obras como Habit (1995). Lo cierto es que para encontrar algo parecido al cine de licántropos clásico hoy es difícil si no pasamos por el filtro de la postmodernidad de los bajos presupuestos. El resultado es una versión minimalista que le da una vuelta de tuerca a la tragedia casi con un enfoque argumental parecido al de 25th Hour (2002), pero en clave rural. El director sigue demostrando lo que era el cine de género alternativo USA antes de su chapa y pintura con productoras de más músculo como A24 o Neon, dejando a la vista que lo que le funcionó en los 90, irónicamente también funciona ahora, puesto que su propuesta es demasiado anacrónica como para venderla en esas ventanas.
Una obra coherente, modesta e inspirada que hace gala de su incomodidad transgresora habitual y un feísmo realista que contrasta con un diseño y maquillaje de licántropo rudimentario y naíf, con el que Fessenden hace homenaje a los efectos vintage, recuperando sin miedo los tropos más esenciales del subgénero, desde la luna llena, el transformado corriendo por los bosques descamisado, a la bala de plata o la turba airada, dentro de un universo redneck de interior común con su Wendigo (2001). Además, el autor se permite utilizar insertos de arte y animación en medio del metraje, sin más razón particular que canalizar el problema del personaje a través de su misma mirada, ya que es un pintor caído en desgracia. Blackout es el resumen de un cine como actitud, centrada en personajes y diálogos, con pose melancólica pero sin renunciar al humor. Casi con maneras de neowestern, parece una prima hermana de Late Phases (2014) y algo más lejana de Silver Bullet (1985), pero con más interés en los diálogos que en las escenas de matanzas.
Programa doble: Werewolves (2024)
Como si una película de Asylum mezclara licantropía y The Purge (2013), solo que con estupendos FX de transformación y geniales animatronics para los hombres lobo. Mucha acción y horterada de direct to video de los 2000 en una fiesta a la que le falta algo de sangre. Una serie B de Steven C. Miller, director underground especializado en rodar películas de presupuesto casero para hacerlas parecer producciones mucho más grandes, cuyo punto débil era que sus películas parecen largos reels de trabajo a los que les falta alma, aquí corrige un poco ese detalle con un punto de partida interesante, integrando conceptos de ciencia ficción y una "superluna" que transforma a la gente en hombre lobo con solo iluminarla, lo que da lugar a algunas metamorfosis excelentes, de las que ya podrían aprender muchas películas de Hollywood de los últimos años. La presencia de Frank Grillo la conecta aún más con la saga de Blumhouse, pero a pesar de que le da entidad al conjunto queda un poco desaprovechado por un guion que llega por la mínima. Al final, uno se queda en los fantásticos hombres lobo, que cumplen con lo prometido en el título.
26-Never Let Go (2023)
Alexandre Aja sigue mostrando su solidez como director de terror con lo que le pongan delante, aquí se atreve con las madres terribles, reglas para evitar demonios, colapso mental y unos cuantos momentos gore inesperados para dar una de las sorpresas perversas del terror comercial del año, donde propone una especie de temporada comprimida de Fromcon solo una cabaña y un bosque, que en principio parece una especie de La mesías con monstruos, pero alberga varios elementos no tan presumibles y giros que la hacen bastante más retorcida de lo que parece. De hecho, engaña pareciendo una de esas películas postapocalípticas de supervivencia en el bosque con reglas como "no mires", "no hagas ruido", o aquí un "no te sueltes", revelando una naturaleza menos catalogable, ajena a Bird Box (2018) o A Quiet Place (2018). Sin embargo, no se parece demasiado a nada reciente, pero nos sirve para recordar un pequeño clásico de culto como Frailty (2002), la película que dirigió Bill Paxton con la que tiene muchas cosas en común y con la que haría un estupendo programa doble de cine religioso y paternidad.
Aja sigue demostrando una competencia rotunda en todo tipo de proyectos de terror, desde el extremismo francés a encargos de gran estudio, sean remakes, terror animal en vertiente festiva o tensa, incluso en el coming of age diabólico más inclasificable, con una rotunda solvencia al tratar la ambigüedad del horror psicológico, las familias disfuncionales tipo Our Mother's House (1967) o El castillo de la pureza (1973) o la paranoia de un personaje obsesionado con conceptos cristianos del fin del mundo de 10 Cloverfield Lane (2016) o Take Shelter (2011). Sin embargo, Never Let Go encaja en una tendencia silenciosa del terror 2024, y es el de las madres afroamericanas solteras enfrentadas al mal, ya que en muestras como The Deliverance, Them o Mr. Crocket se reflejan sus dificultades para salir adelante, a menudo tras vidas turbulentas o adicciones. Un film que se apoya sin miedo en recursos de horror gótico, sobrenatural o religioso, para tratar temas como el homeschooling o la transmisión del miedo entre generaciones con unos cuantos momentos turbios inesperados.
Programa doble: Azrael (2023)
Aunque en su desarrollo guarde muchas similitudes conla decepcionante Hold Your Breath (2024), Never Let Go trata de apocalipsis bíblicos secundados por demonios, tales como los que presenta Azrael, que nos ubica tras el rapto evangélico. La buena noticia es queSamara Weaving vuelve a empaparse de sangre en un survival horror lleno de violencia y gore, aunque va de menos a más por ser demasiado deudor de la perezosa estética The Walking Dead —¡ay esa temporada de los susurradores!—, y una primera mitad que alterna más tedio del esperado con buena acción en silencio. Es en su tramo final donde brillan el gore y Weaving es la apuesta perfecta para contar una persecución sin diálogos, una Naked Prey (1965) satánica que no se mueve de la forma frenética que podría evocar su propuesta. Sin embargo, su meridiano aligera la losa de su innecesaria (y muy tramposa) subtrama "romántica" para corregir a tiempo su abulia.
25-Beezel (2024)
Una de las particularidades del cine de terror es su carácter democrático, a veces no hace falta más que una antigua casa de Nueva Inglaterra y unos cuantos personajes para ser una de las piezas más aterradoras de la temporada, sin grandes gastos, sin millones ni actores conocidos. La idea de una presencia siniestra que lleva aterrorizado a diferentes generaciones de habitantes se hace realidad con una atrevida estructura de líneas temporales conectadas, empezando en los años sesenta y una primera víctima. A medida que la historia avanza a lo largo de las décadas, nos encontramos con una serie de individuos que caen presa de una antigua bruja ciega que acecha bajo las tablas del suelo con un apetito insaciable por las almas humanas. Su mayor fortaleza es su atmósfera de terror opresivo con una combinación de elementos visuales y sonoros inquietantes, sin compasión por los protagonistas y una desazón constante que la emparenta con la cada vez más popular Aterrados (2017) de Damián Rugna.
La casa en sí misma llega a convertirse en un personaje más, con sus pasillos oscuros y un sótano tenebroso lleno de secretos que evoca toda una historia de maldad, narrada a través de una trama fragmentada en la que entran en juego elementos de found footage, que reaparece en algunos de sus segmentos temporales que enriquecen la perspectiva de la maldición que pesa sobre la casa. Usualmente, una película de bajo presupuesto corre el peligro de caer en la suspensión de la incredulidad, pero esta logra sobreponerse gracias al cuidado en detalles como el diseño de sonido, la caracterización de la bruja y la dirección de Aaron Fradkin, quien también coescribe el guion, usando trucos básicos pero muy efectivos para lograr secuencias tensas y perturbadoras. Su mayor problema es que su tramo final no está a la altura de los escalofriantes segmentos de apertura, pero es difícil obviar la sensación de incomodidad y horror.
Programa doble: Whisper of the Witch (2024)
El cine de terror ruso siempre es un arma de dos filos, ofrecen grandes fotografías, iluminaciones coloridas y una atmósfera interesante, pero parece que hay alguien en postproducción que edita todo para dejarlo de la forma más genérica posible, con sustos de garrafón etc. Sabiendo estos problemas, Whisper of the Witch es un visionado agradable, con algunas imágenes macabras, como el uso de polillas en goteras de sangre, que enriquecen su plantilla de terror postconjuring, con antiguos sacrificios, fonógrafos con sonidos malditos y un enfoque de investigación que siempre mantiene el interés, además tiene una bruja y eventos del pasado que la emparentan con Bezeel, pero en general solo es recomendable para muy completistas.
24-Heretic (2024)
La última carta sobre la mesa de A24 de este año es un agudo thriller de horror religioso que funciona como un engranaje perfecto. Hugh Grant da escalofríos como ateo obsesivo haciendo mansplaining a dos mormonas, acompañado de un guion lleno de sorpresas e ideas brillantes. Sorprende que lo nuevodel dúo Scott Beck y Brian Woods fluya de forma tan ágil cuando su base central son largos diálogos, explicaciones pedagógicas e incluso dilucidación teológica pura. Parte de su truco es una planificación en la dirección muy variada y precisa coronada por una gran fotografía. Parte de ese show de Grant puede hacer pensar que sea la película la que quiera que nos riamos de los creyentes con él, pero son más bien maniobras de evasión para despistar la atención a detalles a priori menos relevantes del guion plantados y que siempre tienen correspondencia. Y es que, en el fondo, no es tanto una película sobre la fe como sobre la arrogancia, la necesidad de probar a otros nuestro punto de vista a cualquier precio para demostrar que tenemos razón. El villano resulta más un gilipollas engreído que un psicópata inquietante.
Sin embargo, Heretic tampoco es un film diseñado para cambiar el género, hay lugares comunes, pero los resuelve con decisiones inesperadas que para nada son lo previsible, de hecho, no cae en la típica confluencia de acontecimientos que llevan a la construcción de la "final girl" arquetípica. De hecho, su criticado tramo final es una coherente alusión a la bajada a los infiernos que proponen las religiones expuestas en cuestión y su ambigüedad en sus momentos finales resulta en una coda elegante, sabiendo cómo hacer reaparecer, repensar y hacer florecer conceptos que antes ha dejado caer. Cuanto menos se sepa de ella mejor, pero hay palabras clave que ya forman parte de su identidad, como Monopoly, Radiohead o Jar Jar Binks. Es, en cierta forma, una buena evolución natural de la propia Haunt (2019) de los mismos directores, su primera e infracomentada película.
Programa doble: Y2K (2024)
Este ha sido el año en el que A24 ha confirmado su nueva línea de cine más abierto a un público menos preocupado por las tipografías cuqui que por las palomitas, una disposición a entrar en la carrera por la taquilla que lleva incluso a las comedias de terror como The Front Room y esta. Si Heretic podría haber sido un producto de la Blumhouse más preocupada por los autores, Y2K se sumerge del todo en el producto nostálgico que recupera el humor post American Pie (1999), no sin razón, ya que está ambientada en el final de los 90, y propone qué pasaría si hubiera habido efecto 2000. El resultado es desigual, pero muy divertido, más sangriento de lo que se podría presumir, proponiendo un Maximum Overdrive (1986) o Chopping Mall (1986) en clave atolondrada, incluso con un épico cameo de Fred Durst y un jukebox de canciones de la época para enmarcar.
23-Oddity (2024)
Aunque siempre la etapa de Halloween tiende a borrar las huellas trazadas por el género durante el año, en 2024 hubo una explosión veraniega de tal envergadura que hizo que películas como Oddity quedaran algo eclipsadas por otras más esperadas o promocionadas, como Longlegs o Alien: Romulus, sin embargo, la crítica americana la abrazó como el gran fenómeno inesperado de la cartelera, tras venir con los galones de distintos festivales. Quizá esa mirada abierta a una producción tan pequeña y minimalista se deba a una saturación de estrenos cortados por códigos similares y acabados cada vez más parecidos, pero lo cierto es que la modestia de Damian McCarthy acaba dejándose ver más de lo que sugiere el enamoramiento del Tomatómetro. Es cierto que hay un gran salto frente a su anterior Caveat (2020), pero quizá le falta todavía un poco de músculo técnico, en sencillos detalles como el montaje o la música, sorprendentemente proclive a subidas de volumen poco elegantes y no muy bien masterizadas. Pero quizá esos detalles puedan pasarse por alto gracias al espíritu de la película, una especie de viaje al pasado en el que las películas de terror tenían fantasmas vengativos de antaño, hechizos y tiendas de antigüedades con objetos malditos.
Cuanto menos se sepa de Oddity mejor, pero tampoco vayamos a esperar giros que cambien las reglas, sin embargo, sí que hay cierto juego con la cronología y las elipsis que convierten una historia bastante simple en algo bastante refrescante. El material de la historia tiene el ADN de los cómics Warren y las películas Amicus impreso en cada fotograma, y cuando decide volcar la tinta hacia los aspectos más góticos se convierte en una delicia de pasillos vacíos, ruidos al fondo, tablones chirriantes y siluetas en los márgenes a la que es difícil resistirse. McCarthy sabe cómo recoger una nueva luz desde lo arquetípico y su pequeña película no es tan sencilla de alinear con las tendencias actuales, pese a caminar por terrenos sobrenaturales familiares. Con su extraño maniquí de madera, que parece una recreación del de la olvidada The Fear (1995), añade un toque extraño y retorcido, pero no es el elemento principal de la trama. En sus momentos de interacción con el público tiende a los jumpscares de barraca, algunos más elegantes que otros, pero también atiende a la atmósfera y la localización por que las fuerzas acaban equilibrándose en una propuesta muy simpática, que quizá se alarga de más, pero aun así supone un complemento de vieja escuela para la gran alineación de títulos de este año.
Programa doble: You’ll Never find me (2023)
Un realmente impresionante debut a nivel de dirección que sabe sacar oro de un emplazamiento y dos personajes sin ser la típica película barata que utiliza una sola localización porque no parece poder hacer mucho más. Una situación de status quo entre una mujer que debe entrar en la casa de un hombre solitario que genera una tensión creciente que por momentos parce moverse entre la propia Barbarian (2022) y Death and the Maiden (1994). La diferencia es que aquí hay una construcción de atmósfera minuciosa, densa y con un diseño de sonido apabullante que parece continuar el gran trabajo de su pareja de directores, Josiah Allene y Indianna Bell, en sus cortos previos. Con ecos del viaje surreal de Maniac (1980) y una creatividad en la puesta en escena inusual, la película podría volar muy alto pero su limitación acaba por crear ciertas reiteraciones que se habrían solucionado con un afeitado en la sala de montaje, con todo, un tremendo ejercicio de estilo que debería pone todas las miradas en lo próximo de este dúo creativo australiano.
22-Immaculate (2023)
Resulta ineludible el inaudito parecido entre The First Omen e Immaculate, con una serie de coincidencias que convierte a una en un reflejo de la otra, especialmente por una gran diferencia entre ambas que las hace complementarias. Son el programa doble del año, pero es imposible negar que la película de Arkasha Stevenson es muy superior. Lejos de relegar esta como un acompañamiento de la anterior, sí que merece su propio espacio, entre otras cosas por el milagroso bautizo de sangre de Sydney Sweeney para convertirse en Scream Queen con un cambio de registro radical. Aunque acudió al casting en 2014, el proyecto nunca se materializó, con lo que ahora, con su éxito personal, pudo permitirse ser la productora, así que compró el guion y levantó la película ella sola, y lo ha hecho por la vía del nunxploitation con pedigrí europeo, en el que se atreve hasta con texturas de extremismo francés. Nadie imagina hasta donde ha llegado la actriz, especialmente en su tramo final, que es algo tremendamente impactante y blasfemo.
Sigue todas las claves del terror religioso reciente pero lo lleva hacia un thriller de misterio muy oscuro con ribetes de horror italiano, con un impresionante banda sonora que se adelantó a It’s What’s Inside en el uso de la pista de La Dama Rossa Uccide Sette Volte (1975), y diversos códigos del gótico tradicional en conventos malditos, donde no faltan monjas creepy. Hay momentos que parecen de Hermana Muerte (2023) porque tenemos iconografía católica corrupta, conspiraciones, asesinatos y secretos al estilo La Residencia (1969), sensualidad con ecos a Walerian Borowczyk y una regresión primordial de la actriz que recuerda al cine de Bustillo/Maury. Combina la idea del sufrimiento de la doctrina católica con pasajes de body horror adelantados en propuestas como Saint Maud (2020), rescatando y adoptando tendencias del "horror anticonceptivo" de gestaciones tortuosas que son tendencia. Reincide en recursos vistos en conventos de cine pero coincide con la visión de las lavanderías de The Devil's Doorway (2018) (esas catacumbas) y también hay rastro de las sectas intra-eclesiales de La Casa Sin Fronteras (1972) y sus "métodos" extremos de proselitismo. No reinventa la rueda del terror religioso pero fluye ágilmente, y deja abiertos flecos de dualidad sobrenatural interesantes en una duración de sólo 89 minutos llenos de planos concebidos con un belleza macabra.
Programa doble: The Exorcism (2024)
El terror religioso no deja de aparecer en pantalla y el lío con Russell Crowe y su The Pope’s Exorcist(2023) y esta peli rodada en 2019 es lógico, pero ni es una secuela, ni tiene nada que ver con los clásicos exploits del género, más bien es una reflexión meta del subgénero que se adelantaba a la explosión de títulos de estos años. Sin ser una obra verdaderamente destacable, si está lejos de muchos de los peores ejemplos de su subgénero, o al menos es un interesante anexo al rodaje de The Exorcist (1973) y su película dentro de la película prácticamente es la de Friedkin, desde su trama hasta la reproducción de los escenarios, iluminación y puntos clave meta que los fans reconocerán. Pero la historia solo tiene sentido entendiendo el drama del alcoholismo del actor Jason Miller ya que la película la dirige su hijo, Joshua John Miller, y Crowe es el alter ego de su padre y asemeja la posesión a la caída en picado en la adicción en el rodaje de una película de terror, casi el equivalente a Shadow of the Vampire (2000) del cine de posesiones. Solo para muy fans del clásico y su intrahistoria.
21-Smile 2 (2024)
La idea de una maldición maligna sobre una superestrella del pop estilo Taylor Swift es una genialidad, pero Smile 2 quedó algo por debajo de sus posibilidades, pero de igual forma, es una modélica y divertida secuela que aumenta con lupa pero no expande los aciertos de la primera, trasladando la maldición a una víctima insólita, interpretada aquí por una impresionante Naomi Scott. Calca la estructura de la primera cambiando a la víctima de la maldición, haciendo que el proceso sea mucho más arriesgado y con mayor escala, aunque el fondo sea el mismo: cómo la presión laboral y social del día a día genera una imposibilidad de parar y tomar un respiro. El director Parker Finn utiliza una mayor partida de presupuesto para mostrar su precisión en el movimiento de la cámara, con una puesta en escena musculosa, dinámica, virtuosa y precisa que no es capaz, sin embargo, de orquestar escenas de miedo con la habilidad invisible de la anterior sugeridas por sus reglas en el camino. Por ejemplo, su primera escena es un alucinante plano secuencia que juega con todo lo aprendido en la anterior en una explosión de acción y violencia que el resto nunca supera.
La sonrisa como elemento escalofriante empieza a sufrir cierto agotamiento al aumentar en número su aparición, un mal pasable si tenemos en cuenta los atrevimientos de violencia gráfica en una película destinada a atraer a las salas al gran público. La apuesta de Paramount por el terror adulto sin renunciar al evento festivo y truculento no deja de ser bienvenida en un mercado disneyficado, y a cambio de esa reproducción de momentos familiares hay una disposición frontal a los momentos de impacto, que se suceden con más dinamismo, dando una vuelta de tuerca hacia la mitad que hace que la película coja revoluciones y se convierta en una frenética carrera sangrienta que hace del humor negro y sarcasmo de la primera algo más evidente. La autoexigencia a cualquier precio, la sonrisa de cara a la galería mientras la mente se ahoga es una idea que dinamita los dogmas sociales neoliberales y retrata un mundo superficial basado en la imagen, el cuerpo normativo, y la factura mental que hay que lidiar en silencio... La falta de riesgo no convierte a Smile 2 en un evento menos interesante para el cine de terror de gran estudio, sino que demuestra que las grandes sagas sin remilgos en el gore y despiadadas con sus personajes, como Final Destination, tienen su mejor heredera aquí.
Programa doble: Street Trash (2024)
En la categoría de secuelas innecesarias pero que resultan estar bastante bien llega esta especie de historia paralela del clásico de los 80 del pringue y el mal gusto que sucede en Sudáfrica. En realidad, el título es una excusa del director de Fried Barry para volver a sus chistes internos y humor de fase anal pero con mejores gags y más ritmo que su anterior gamberrada, con un tono, eso sí, bastante respetuoso con la original, que tenía grandes hits escatológicos como el pene volante, que encajan muy bien con las intenciones chabacanas de Kruger. Ahora lleva el espíritu VHS del clásico a una revuelta urbana a medio camino entre Jim Van Bebber y la Troma, donde caben aliens primos de los Feebles, guerrillas Carpenter entre Escape from New York (1981), They Live (1988) y Acción Mutante (1993), bromas chuscas, parafilias repugnantes, tiroteos, explosiones y muchas, muchas personas derretidas con fluidos, viscosidad, litros de leche y moco de colorines. Toma tiempo sintonizar con su particular grupo de personajes, pero su batalla épica de mendigos contra una gran corporación, rodada en 35mm es buen cine punk para desatascar de tanto corsé de cine pautado con lógica y cabos cerrados, frente a body horror de látex, surrealismo y mal gusto al servicio de una sátira de las secuelas del apartheid con más puntos en común con District 9 (2009) de lo que parece.
Jorge Loser
Print ("hell world 2025")
Despertarme y ver qué mi mundo no vale nada, que no valgo nada y que está sensación la tengo desde hace más de 10 años.
Y ver qué los que supuestamente me iban a ayudar solo han complicado las cosas.
Últimamente solo pienso en irme de unas dos formas suicidandome o bien huyendo lejos físicamente.
Ya sé que no le van a dar a seguir. Pero por si acaso pues ahí estoy.
I'm back.
Llevo un tiempo pensando en subir más cosas aquí.
Igual 2025 sea mi año Tumblriano.
De momento dejo está cita de robe.
" Que pena que nadie nos fusile al alba"
Soy un nini (tirando a hikkikomori )así que tengo tiempo de sobra y cosas que hacer en ese tiempo. Y lo único que consigo es joderme porque soy un nini y no hacer nada más que entrar en un bucle de depresión/ansiedad.
Debería estar muerto años ya. Pero aquí sigo y lo que queda.
A no ser que me haga la automorision y es algo en lo que pienso en ese bucle, por supuesto entra la autodestrucción.
Querría aprender cosas pero ni tengo fuerzas ni tengo el dinero necesario.
Hoy hace 7 años que llegué a Tumblr. 🥳
What each Mike Flanagan horror series represents: The Haunting of Hill House (2018) The Haunting of Bly Manor (2020) Midnight Mass (2021) The Midnight Club (2022) The Fall of The House of Usher (2023)
2022
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