‘Las Horas’ de Stephen Daldry y los resonantes ecos de Virginia Woolf
«No se puede conseguir la paz evitando la vida».
Es 1941 y los alemanes están a punto de invadir Inglaterra, el bombardeo a Londres es el primer acercamiento real de los ingleses con la guerra. En Bloomsburry, un barrio en el corazón de la ciudad, vive el matrimonio Woolf, Virginia y Leonard son defensores activos de la autonomía inglesa, su residencia es usada como sede de reuniones políticas donde se oyen voces que plantean soluciones al problema. Pero el matrimonio Woolf y todo su entorno, están casi seguros de que el ejército del Tercer Reich va a invadir su ciudad, por tanto, cada uno idea su manera de suicidarse antes de la llegada de las fuerzas de Hitler.
El bombardeo a Londres significa para Virginia una afrenta mortal a una ciudad a la que ella ama, que representa los valores humanos, históricos, artísticos y literarios que más admira. Woolf siente un genuino orgullo de haber nacido y crecido en la tierra donde escribieron grandes poetas y pensadores: en la tierra de Shakespeare, Lord Byron y Spencer. Este hecho le produce una impresión de la que no puede recuperarse, que sumado a su frágil estado mental, provocan un tercer y definitivo intento de suicidio. El 28 de Marzo de 1941, Virginia Woolf se dirige al río Ouse aprovechando el descuido de su esposo Leonard y de su hermana Vanessa, se pone un saco que la cubre hasta las rodillas, elige minuciosamente las piedras con las que va a llenar sus bolsillos y se lanza a la corriente. En este último instante de la vida de la escritora empieza la película de Stephen Daldry.
‘Las horas’ es la historia de tres mujeres, en tres épocas distintas que se encuentran bajo las mismas disyuntivas en sociedades que manejan diferentes códigos morales y sociales. Sus vidas, contadas en un solo día, están envueltas en el halo de la magistral obra ‘Mrs. Dalloway’, escrita por Woolf en 1925, novela clave del siglo XX que marca un quiebre en la literatura contemporánea.
La primera historia nos sitúa en 1923, en Richmond, barrio a las fuera de Londres donde el matrimonio Woolf se ha mudado a causa de la enfermedad de Virginia (Nicole Kidman interpreta a la escritora, papel que la vale el Oscar a mejor actriz). La película nos cuenta el proceso emocional que tiene Woolf para poder darle forma a su novela. La segunda historia transcurre en Los Ángeles, en 1950. Laura Brown (Julianne Moore soberbia en el personaje), es un ama de casa que está preparando un pastel y que está leyendo ‘Mrs. Dalloway’. La última historia está ambientada en el 2000, en Nueva York. Clarissa Vaughan (Meryl Streep en un destacado papel), una suerte de Mrs. Dalloway contemporánea, está a punto de dar una fiesta para su amigo Richard (Ed Harris), un escritor homosexual que ha ganado un importante premio de poesía y que está en la etapa terminal del VIH.
Para entender la película de Daldry es necesario escarbar un poco en la novela de Woolf. ‘Mrs. Dalloway’ nos cuenta un día en la vida de Clarissa Dalloway, una anfitriona perfecta que se prepara para dar una fiesta esa noche. Con el pasar de las horas y conforme le van sucediendo hechos, reflexiona y cuestiona su vida, su matrimonio y su condición de mujer. Su segura apariencia no se corresponde con las divagaciones de su ser.
Michael Cunnigham, ferviente seguidor de la literatura de Woolf, toma a la figura de Clarissa para construir una novela acorde a sus inquietudes, de esa novela llamada ‘Las Horas’ nace la película con el mismo nombre, de la que hoy nos ocupamos. ‘Las Horas’ es el primer título que Virginia elige para ‘Mrs. Dalloway’, y que cambia minutos antes de que la obra entre a la imprenta.
Con ‘Las Horas’ Cunnigham se convierte en el primer escritor abiertamente homosexual en ganar el prestigioso Pulitzer. Su obra tripartita intenta reunir los temas importantes y trascendentales de la novela woolfiana: la muerte como aspecto liberador, el suicidio, las relaciones del mismo sexo, el papel de la mujer en la sociedad, etc. He ahí la dificultad de una adaptación cinematográfica: la unificación de tres historias en un todo que no se disperse en la complejidad de los temas.
Daldry tiene en sus manos un reto del que sale airoso, el uso de los colores y los planos detalle son sus medios para crear climas similares entre las historias. Sus heroínas buscan el sentido de la vida y el director les da espacio para explayarse, para revelar, a través de extensos diálogos, lo más hondo de su intimidad. Pero así como hay espacio para el diálogo, también hay espacio para los silencios elocuentes y para las miradas significativas.
En el filme, Virginia está escribiendo su novela y en este proceso divaga sobre la fragilidad de su existencia. Su cautiverio en Richmond a causa de sus problemas mentales y su incapacidad para decidir sobre su futuro, son el centro de sus inconformidades. Es notable la escena en la estación de tren donde Woolf le increpa a Leonard, su marido, su vida robada. Virginia desea ardientemente regresar a Londres, a la violencia e intranquilidad de la ciudad y salir del sosiego de los suburbios, aunque esto le cueste su propia salud mental.
La lucha de Laura Brown, por otro lado, está ligada a su incapacidad de ser madre y esposa, su escenario es la América de los 50, una sociedad de valores profundamente conservadores y de estereotipos enraizados. Los ecos del suicidio de uno de los protagonistas de ‘Mrs. Dalloway’ resuenan en su mente. El amor de su familia la abruma y agobia. Su pequeño hijo es un observador pasivo de los conflictos emocionales de su madre, su sensibilidad lo capta todo. Laura, por su parte, está sumida en una completa confusión, parece que todo a su al rededor está bien, pero no lo está, incluso su sexualidad es puesta a prueba.
En la tercera y última historia, Clarissa Vaughan, es una mujer de edad media que cuida a su amigo Richard, antiguo amante suyo. Richard es un poeta brillante que vive en el sinsentido, acosado por el VIH y por alucinaciones constantes, cuenta ansioso las horas para morir. Ella, por el contrario, está ensimismada en aferrarlo a la vida, Richard tapa sus silencios y la frivolidad de su día a día, reviste su soledad; pero este engaño no es duradero y pronto sucede lo inevitable.
El suicidio de Virginia al comenzar la película, marca la pauta de la narración, el anhelo por la muerte y el valor de terminar con algo que se nos es dado a la fuerza, son los tópicos por los que se mueven los personajes. Se trata de actuar, de no ser abrumados por la vida, de no dejar que nos avasalle. Para Virginia es Richmond o la muerte, para Laura es su familia o la aniquilación de ella misma, para Richard es la expiración como medio de consuelo y redención.
La muerte y sobre todo el suicidio son los grandes temas woolfianos, pero el suicidio no como vulgarmente se entiende, ligado estrechamente a la debilidad del carácter y a la cobardía. En la película, como en la novela y como en la vida misma de la escritora, el suicidio se retrata como un acontecimiento liberador, como un acto de rebeldía, de enfrentamiento a la vida, como un suceso noble, de desarraigo y de plena consciencia de la inefabilidad de la existencia.
Estas tres mujeres experimentan su condición en tres momentos diferentes de la historia y se enfrentan a los mismos problemas de género y sexualidad. La contraposición de la sociedad y la mujer, de la misma forma que el sujeto ve al objeto, es uno de las cuestiones en las que se ahonda en la película. ¿De dónde se origina la psiquis de sus conflictos? De la lucha constante que tienen para vivir con la carga de los prejuicios de su género, ninguna parece lidiar perfectamente con las tareas que se les son dadas por defecto, por «naturaleza». Esta opresión se refleja en el poco control que tienen para elegir lo mejor para sus propias vidas, aunque esas simples elecciones sean, la mayoría de veces, las que definan su humanidad.
Sorprende como en la película resuenan los ecos de la prosa de Woolf, sobre todo porque ‘Mrs. Dalloway’ es una historia compleja, contada desde la mente de los personajes, en ella Woolf perfecciona una técnica literaria absolutamente creativa y vanguardista: El flujo de consciencia, que es el zigzagueo constante de una mente a otra. Con esta innovación formal la escritora intenta captar los instantes de la existencia y mostrar que una realidad siempre es polifónica. Lo cotidiano, lo normal, es convertido por la autora inglesa, en hechos extraordinarios de la individualidad de cada persona. Virginia logra esto con un uso exquisito del lenguaje, de una prosa versificada, de imágenes, símbolos y metáforas. Esas cualidades que son atributos solo de las palabras, le dan profundidad psicológica y filosófica a la obra. Pero entendamos que Daldry no tiene el instrumento del lenguaje para llegar a estos niveles de emoción. Él se vale de portentosas actuaciones, de un excelente guión, de una banda sonora compuesta por el gran maestro Philip Glass y de la simpleza de su uso de planos y encuadres. Esos son sus elementos para reconstruir los mundos de Cunnigham y con ellos los de Woolf.
La unidad vital que logran estas tres obras: el libro de Woolf, matriz; la novela de Cunnigham, medio; y la película de Daldry, producto, es inusual y conmovedor, las líneas temáticas y la sensibilidad con las que se narran son las mismas, hay un respeto genuino por la obra central. Se puede rastrear en la película las principales preocupaciones de Virginia y la forma propia en que ella las manifiesta, Daldry convierte las palabras de Woolf y Cunnigham en su equivalente exacto de imágenes.
Hoy, casi 100 años después de la primera edición de ‘Mrs. Dalloway’, todavía podemos hablar con una frescura envidiable de una autora cuyos temas son universales. Os invitamos a ver la película y conocer un poco más del mundo de esta extraordinaria escritora: http://bit.ly/1umUeYm