Hay un nivel de tristeza que ya no se llora; te seca por dentro. Desnudarse el alma y poner tus partes más blandas en las manos de otro es un acto de fe suicida. Por eso es tan desgarrador, tan violento, darte cuenta de que el lugar donde te quitaste la armadura y bajaste la guardia fue exactamente el mismo lugar donde te dejaron a la intemperie, viéndote congelar mientras miraban hacia otro lado.
No hay dolor más crudo que el de extender las manos en carne viva buscando un poco de calor, y sentir cómo caen al vacío porque el otro simplemente no quiso sostenerlas. Es asfixiante tener que tragarte el nudo en la garganta, encogerte y hacerte pequeña hasta casi desaparecer, solo para no "incomodar" con tu dolor. Qué tragedia tan absoluta es darte cuenta de que esa persona te vio temblar, te vio rompiéndote en pedazos frente a sus ojos, y aun así eligió la comodidad de la indiferencia. Dejar morir de frío a quien te está ofreciendo todo su fuego es la crueldad más grande y silenciosa.
Y es ahí, en medio de esos escombros, donde te atraviesa la lucidez más dolorosa de todas.. abrir los ojos y tragar la realidad de que lo que recibes ya no es amor. Porque yo sé perfectamente cómo no se ve el amor. El amor no es un espectador de tu sufrimiento. No es una pared de hielo contra la que te estrellas suplicando empatía. El amor no te mira desangrarte sin intentar poner las manos en la herida. Despertar y aceptar que la ternura te cerró la puerta en la cara es un golpe que te reinicia la vida entera.
A veces, para poder sobrevivir al impacto, intento convencerme de que te odio. Araño buscando rabia para tapar la pena, porque odiar sería un chaleco salvavidas en medio de este ahogo; sería la excusa perfecta para anestesiar el pecho y lidiar con la herida. Pero cuando me miro por dentro, me quiebro otra vez al ver la verdad más dura, no hay ni una sola gota de odio en mí por ti. Ni una pizca. A pesar de todo, mi corazón te sigue mirando con un amor que se niega a ensuciarse con rencor.
Y es justamente por la inmensidad y pureza de ese amor, que hoy entiendo que tengo que soltarte. Te deseo la luz más bonita, te deseo una paz que no te cueste trabajo, y espero de todo corazón que algún día encuentres la suavidad que a nosotros se nos pudrió en las manos.
Hoy acepto esta despedida con el pecho abierto y doliendo como nunca, pero sostenida por una certeza inquebrantable que me nace desde las entrañas. Tengo la fuerza para atravesar este invierno y volver a encender mi propio calor. Sé, con una fe absoluta, que algún día seré la musa de alguien. Llegará el momento en que ya no tendré que gastar mi alma escribiendo para rogar por empatía, porque alguien más escribirá sobre mí. Alguien sabrá cuidarme, sostenerme sin dudas y amarme con toda la grandeza y el respeto que sé que merezco.
Pero por mientras, me elijo a mí. Recojo mis pedazos, me abrazo más fuerte que nunca. soy mi propia musa. Mi propio calor. Mi propio refugio.
Aunque cuanto desearía que hubieras sido tu...