Mientras estaba moviendo cajas de sueros y armando recetas como loco, no pude evitar preguntarme... en una ciudad hiperconectada, ¿cuándo dejamos de buscar almas para empezar a coleccionar perfiles?
Ah, el mercado del romance gay moderno. Una pasarela implacable donde el algoritmo del deseo parece tener un solo molde: lo hegemónico. Si no estás esculpido en mármol, si no pareces recién salido de una publicidad de ropa interior con la mandíbula lo suficientemente afilada como para cortar vidrio, pareces volverte invisible. Nos hemos convertido en una cultura de envases desechables. Miramos, consumimos, descartamos y pasamos al siguiente producto en la estantería digital, buscando siempre una versión con mejor empaque.
Para los que no vamos al gym, el precio a pagar es alto. Es una tasa de interés invisible pero devastadora. Mientras el mundo parece rendirle culto al músculo y al carbohidrato cero, algunos preferimos vivir sin el cronómetro de la caminadora dictando nuestro valor. Pero en este juego de apariencias, no tener bíceps de acero a veces se siente como hablar un idioma que nadie quiere aprender.
Y entonces entras a Tinder. Consigues el "match", cruzas un par de frases y, de inmediato, aparece la maldita aduana moderna: "¿Cuál es tu Instagram?"
Esa es la barrera implacable. Ya no te lo piden para seguir la conversación en un lugar más cómodo; te lo piden como un filtro de seguridad, una auditoría visual para ver si "realmente" les pareces guapo en tus otras fotos, en tus historias, en tu vida sin filtros de aplicación de citas. Te miran la cantidad de seguidores como si ganar *followers* te hiciera ganar un premio, el trofeo de platino a la validación humana. Revisan tu grilla como quien revisa un currículum para ver si calificas para su estándar de estética. Si tus números y tus ángulos aprueban, avanzas; si no, te descartan silenciosamente.
Irónicamente, me paso los días rodeado de fórmulas, recetas y dosis exactas. Como Técnico en Farmacia, sé perfectamente cómo funciona la química, cómo un compuesto interactúa con otro y qué se necesita para aliviar el dolor en el mostrador. Conozco los componentes precisos para sanar el cuerpo. Pero al salir del turno y enfrentarme a la barrera de Tinder, me doy cuenta de que no hay un manual de medicina, ni un fármaco, ni una dosificación exacta que pueda curar la superficialidad de una comunidad que prefiere escanear un perfil antes que conocer a una persona.
Al final del día, los medicamentos pueden caducar, pero los envases vacíos nunca llegaron a contener nada real. Así que me quedo aquí, con mis imperfecciones y mis seguidores contados con los dedos de la mano, preguntándome: en un mundo obsesionado con pasar el control de calidad de Instagram... ¿cuántos *matches* verdaderos nos estamos perdiendo por miedo a lo auténtico?





