No sabes cuánta dicha siento que, desde este contexto literario onírico, desde esta humillación latente muy dentro de mí... Al fin pude aniquilarte simbólicamente.
—Leukiel.

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@leukiel
No sabes cuánta dicha siento que, desde este contexto literario onírico, desde esta humillación latente muy dentro de mí... Al fin pude aniquilarte simbólicamente.
—Leukiel.
El resplandor que fue
Antes de la herida, antes de los silencios llenos de cuchillos, existió una luz.
Irenia lo recordaba a veces en medio de la noche, cuando el insomnio la desbordaba: aquella tarde de verano en que Eraso la miró por primera vez sin huir.
Estaban en un café pequeño, con las ventanas abiertas al viento cálido. Ella hablaba de libros, de su fascinación por los sueños y las grietas de la mente. Él la escuchaba con esa intensidad que la desarmaba, como si en sus palabras descubriera un mapa secreto.
—Eres la única persona con la que no siento ganas de escapar —le dijo entonces, y sus ojos brillaban con un fulgor que no había vuelto a ver desde aquella vez.
Irenia sonrió, y en su pecho nació una certeza: por fin alguien entendía la extraña música de su alma. Esa tarde, mientras caminaban juntos bajo la sombra de los árboles, ella pensó que tal vez el amor podía ser simple, casi inocente.
Recordar ese instante ahora era un puñal dulce.
Porque esa versión de ellos dos, la que reía entre tazas de café y palabras interminables, había quedado atrapada en un tiempo al que no podían volver.
Sin embargo, cada vez que Eraso le tocaba la mano en el presente, Irenia sentía el eco de aquella primera vez. Y ese eco era suficiente para mantenerla atada, aun en medio de la tormenta.
—Leukiel.
La contradicción de la llama
Eraso permanecía frente a ella, como un hombre que sostiene entre las manos un cristal quebrado: sabe que lo cortará, pero no puede soltarlo.
Irenia lo miraba y sentía esa mezcla de ternura y furia que la desgastaba día tras día.
—No quiero perderte —dijo él, con la voz baja, casi como un ruego. Pero tampoco puedo prometerte que no volveré a fallar.
Ella lo escuchó, y en su pecho estalló una contradicción imposible: desear besarlo y odiarlo en el mismo instante, abrazarlo y empujarlo lejos con toda la fuerza de su dolor.
—¿Y qué hago yo con esa verdad? —preguntó, con la mirada fija en sus manos, que temblaban—. Me amas, pero me hieres. Me deseas, pero me traicionas. No eres refugio, Eraso… eres tormenta.
Él se acercó y la tomó por los brazos con una pasión que era casi violenta.
—¡Y aun así me buscas! —susurró con los ojos ardiendo—. Me odias, pero no me sueltas. Me castigas, pero me dejas volver. Dime, Irenia, ¿qué somos entonces, si no una llama que solo sabe arder en su contradicción?
Ella lo miró de frente, con lágrimas que ya no podían ocultarse.
—Somos el dolor que elegí… —dijo con voz rota— Y eso me condena y me salva.
Eraso la abrazó con desesperación, como si quisiera fundirse en su piel y borrar la grieta que los separaba. Pero en el fondo de ambos latía la misma certeza: el amor que los unía era un arma de doble filo.
Y aun así, ninguno quiso soltarla.
—Leukiel.
Esta mañana deslicé la cortina y abrí la ventana…
Me encontré con el viento de esta otra mitad del año.
Y, como siempre, hallé esa gélida nostalgia que tiene el encanto de lo que no se deja nombrar, aunque es pura poesía.
Una nostalgia egoísta, porque no se deja describir.
Ya huele a septiembre, pero también a los últimos meses del año.
Qué pronto se ha ido…
No queda mucha vida.
Todo lo hermoso se consume rápido.
Así ella.
Entonces respiré —vida fría— en el viento matutino…
Cerré los ojos, y me abrí a escuchar la melodía de las hojas, los pajarillos que enaltecían la mañana.
Y fue ahí…
Ahí volví a extrañarla.
La musa de mis letras.
La dueña de esta decepción.
Pero también la que se bañó en la tinta de mi inspiración y dejó, en ella, el perfume de su cuerpo.
Hay algo profundamente mágico cuando se está enamorado:
millones de besos, abrazos, sueños, deseos flotando en el ambiente.
Y aunque el objeto amado se haya ido, algo suyo queda suspendido en las partículas del entorno… y no se puede olvidar.
Te amé con ese encantamiento, vida mía.
Te adoré con la fe que aguarda la llegada de lo importante.
Con el corazón palpitante, esperando ver tu rostro a lo lejos, entre la multitud.
No habrá otra mujer como tú que me vista de poeta,
ni otra que lleve la poesía… en su apellido.
—Leukiel.
Escribo lo que me es dulce, amargo. La vida, los sueños. Escribo porque este corazón siente, porque es vida y salvación, es consuelo y desahogo, es risa y canto, es deseo y llanto. Es mi vida. me ayuda entender, a caminar hacia mi alma, a ver la desnudes de mis imperfecciones y la esperanza que puede haber en mi, es como el mismo aire.
Durante tanto tiempo la vi a ella.
Sus gestos, sus silencios, su forma de herirme sin decir palabra.
Me volqué en sus carencias, intentando llenarlas con las mías.
Quise salvarla, acompañarla, entenderla.
Pero... me perdí en ese intento.
Me acostumbré a no mirarme.
A no preguntarme si yo también tenía frío,
si alguien me abrazaba cuando me rompía por dentro.
Era fácil olvidarme cuando la tenía frente a mí...
Era fácil apagarme por darle luz.
Pero un día, no sé si por desgaste, por destino o por no sé qué carajos,
la dejé de ver.
Ya no estaba en mis mañanas ni en mis poemas.
No ocupaba más mis pensamientos ni mis desvelos.
Y fue entonces que, en el reflejo que tanto tiempo evité,
vi mis propios ojos...
mis tristezas,
mi necesidad de ternura,
mi hambre de paz.
No fue ella quien se fue.
Fui yo quien volvió a mí.
La dejé de ver y al fin pude verme yo.
—Leukiel.
Aquí dentro de mí, se siente como si ya hubiese transcurrido toda una vida: sin verte, sin escucharte, sin soñarte, sin esperarte. Como si jamás hubiéramos existido, como si nunca hubieras dormido en mi pecho, como si tu piel no hubiera sido mía, ni tu mirada, ni tus besos, ni tu alma... cada vez que te escribía.
La luna ya no te nombra.
El viento ha dejado de oler a ti.
La noche... se divorció de la magia que me dabas.
Qué breve fue el gusto. Qué frágil la ilusión.
Ojalá silencies tus deseos ahora que sabes que no eres capaz de cumplirlos.
Y aún más... ahora que sabes que tampoco los cumplirás a nadie más.
A veces me pregunto si lo nuestro solo fue un espejismo, un artificio creado para no sentirnos tan solos.
Pero ya no hay rencor, ni súplica, ni reclamo.
Solo esta certeza sorda que me acompaña: lo que parecía amor... no lo era.
Era hambre, era ego, era costumbre apasionada.
Era el miedo a no ser elegidos por nadie más.
—Leukiel.
No es que deje de doler, es que un día por fin, deja de importar.
—Leukiel.
It is impossible not to love the nobility of a heart filled with loyalty.
No se puede evitar amar la nobleza de un corazón lleno de lealtad.
A veces el silencio hace cosquillas, cuando te pica por la mente algún recuerdo donde la risa hizo eco. Cuando miras hacia atrás y te percatas de que no todo ha sido tan malo como lo has percibido... Que has sido feliz, en pequeños chispazos.
—Leukiel.
Hay que mudar de piel para sobrevivir.
—Leukiel.
Creo en el amor que soy y que ofrezco. Creo entonces que este amor es el único que me podrá salvar.
—Leukiel.
Me estoy mudando —metafóricamente— del hogar que fui. Sí, es necesario cambiar de pensamientos, soltar creencias, establecer metas, quitar cristales empañados con esquemas negativos, descubrir nuevos lugares dentro de uno mismo. Sólo así se podrá reflejar el cambio.
—Leukiel.
Me quiero conmigo, porque cada vez que me han tenido otros brazos, me he olvidado de mí.
—Alba.
Hubo una época en la que me sentí sumamente plena, feliz y protegida: mi infancia. Luego vinieron las pruebas más duras, aquellas que aprendí de mi entorno. Vi lo hostil que podía ser el mundo, lo poco amable que era. Se fragmentaron muchas de mis ideas, se quebraron muchos de mis sueños, se desperdigaron mis anhelos...
Y fallecí.
Fallecí mil veces ante esas experiencias que no pedí vivir y que, aun así, ocurrieron.
Hoy, tal vez no tengo lo que soñé. Tal vez muchas de las cosas que imaginaba —esas que pasaban por mi cabecita llena de dorados rulos a mis siete años— perdieron su sentido, y algunas incluso dejaron de existir, porque tuve la necesidad de soltarlas.
Sin embargo, me agrada en lo que me he convertido. Me he reconciliado con la idea de que no todo lo que se sueña se logra, no todo lo que se quiere se puede tener, no todo lo que se espera... llega.
Pero llega lo que realmente se necesita.
Llega lo que mereces que llegue.
Y cuando llega, lo aceptas, porque has aprendido a dignificar tu dolor.
A estas alturas, lo único a lo que aspiro es a agradecer lo que tengo y lo que aún puedo disfrutar mientras estoy viva.
He aprendido que sobrevivir también es un acto de valentía. Y si bien he perdido muchas cosas, aún conservo la capacidad de mirar al cielo y sentir que, de algún modo, sigo siendo aquella niña... solo que ahora sé que la plenitud no siempre se parece a la infancia, pero puede construirse con lo que queda después del dolor.
—Alba.
Estoy cansada de soñar...
—Alba.
Out of the vast number of people in this world, I dare say only a handful have truly understood me. To be understood by a few makes me feel accompanied— it reminds me I’m not as alone as I once believed. And so, my gratitude expands. In truth, loneliness is having no one who can grasp the language of your soul. Once you’ve found that someone, you’re no longer alone.
De entre las multitudes que habitan este mundo, me atrevo a decir que solo los dedos de una mano cuentan a quienes han logrado entenderme.
Y ese puñado de almas me hace sentir acompañado. Me convence de que la soledad no era tan absoluta como creí en noches de lenguaje incomprendido.
Mi gratitud se expande como luz que encuentra grietas. Porque, en verdad, la soledad es no tener a alguien que entienda tu idioma secreto. Y cuando ese alguien aparece, la soledad deja de existir.