¡Qué fastidio tenerlo a diario en mi pensamiento!
¡Cómo me arrepiento de haberle abierto las puertas de mi corazón, de mi vida, de mi vulnerabilidad… y de estos dos pilares que me sostienen!
No debí mirarlo a los ojos en el instante en que su húmedo falo penetró toda mi ingenuidad femenina.
Sus ojos… esas esferas vacuas me hacían alucinar con universos y mundos donde usted y yo éramos los únicos existentes.
Me hizo creer que mi piel, mis labios, mi sexo… eran los regalos —los únicos— que siempre había esperado.
Pero usted no es un hombre.
Usted es un cascarón que repite palabras, canciones y diálogos que ha memorizado, ante la falta de una voz propia.
Debió de haber sufrido mucho siendo niño...
Su madre no le miró a los ojos como yo lo hice.
No le abrazó mientras lloraba, como yo.
No le extrañó en el silencio como hoy le extraño yo.
Y aún así... arrepentida estoy de haberlo conocido.
De haberle dedicado letras.
De haberlo hecho muso y amante, en alma y piel.
Su erección no es más que el intento torpe de validar todas las faltas de su espíritu.
Usted penetra sueños y revienta ilusiones.
Eyacula mentiras. Promesas huecas.
Usted me avergüenza el recuerdo.
Anula mis deseos hacia el amor.
Aniquila la inocencia que creí tener.
Porque, a estas alturas… y plagada de arrepentimiento,
lo único que anhelo es clavarle una daga en ese corazón de piedra que aún le late en el centro del pecho.