No tenía idea la hora a la que llegaba Neil a New York, y jamás había pensado que sería por la madrugada, así que en cuanto supo bien el horario de llegada alcanzó a darse una ducha, buscar en su bolso algo de ropa, terminando por colocarse uno de sus vestidos y una chaqueta que le pudiese abrigar ya que estaba algo frío por las noches a pesar de que el verano estaba cada vez más cerca.
A los pocos minutos ya salía de aquel departamento que había arrendado hace algunos días, era bastante básico y por suerte no estaba en una calle tan principal, por lo que tomó un taxi bastante rápido, que la dejó en el aeropuerto en la hora justa para recibir al castaño.
Se apresuró, y en el camino entró a una de las tantas cafeterías que habían en el lugar, sacó una servilleta de una mesa cualquiera y le pidió la lapicera a un joven que ahí estaba, el cual usó para escribir el nombre del joven en el papel, y tras agradecer y devolver el lapiz salió nuevamente al lugar en donde llegaban los vuelos internacionales.
Y entonces, divertida con su súper cartel, se quedó esperando adelante de la mayoría de la gente, muy atenta para cuando saliera Neil. Pasaron varios minutos, y al notar que él ya había llegado, se puso a buscarlo mejor con su mirada entre las personas que salían y se quedaban por ahí, entrecerró sus ojos al creer que lo identificaba, y se acercó hasta el joven por su espalda, iba a saludarlo como cualquiera lo haría, pero sintió las ganas de saltar encima, así que eso fue lo que hizo, se tiró casi sobre su espalda, alcanzando a mirarlo por sobre el hombro, comprobando que era el.
— Buenas. — Saludó, riendo mientras volvía al suelo.
Cinco malditas horas tenía que estar sentado en el mismo incómodo asiento del avión. Cinco horas sentado junto a un hombre que usaba la mitad de su asiento y roncaba infernalmente. Cinco malditas horas para finalmente llegar a Nueva York. Cinco malditas horas para que Neil conociera finalmente a Francesca.
Nunca había sido un amante de los viajes en avión. El sonido le lastimaba los oídos. La comida era mala. Los asientos le eran incómodos. Las turbulencias le aterran (son muchas las películas que he visto sobre aviones con finales trágicos). Y ser paciente nunca había sido uno de sus mejores talentos.
Las películas pasaban y la siguiente era peor que la anterior. A la tercera que pusieron ya había quedado rendido contra el vidrio y se entregó a Morfeo de lo que quedaba del viajo. Neil despertó cinco minutos antes de aterrizar. Su cabello más desordenado que lo normal y con una flojera que atrapaba a todo su cuerpo, pero que rápidamente se le pasó al recordar que debía avisarle a Francesca de su llegada.
Agradecía el horario de su llegada, rápidamente podría encontrar a Francesca y… los baños estarían desocupados. Así que Neil fue rápidamente por su equipaje, que consistía en varias maletas que por ahora sólo traían lo preciso para mantenerse unos días. Lucy, su gata, debería quedarse en casa de unos amigos antes de que pudiera realizar su viaje a Nueva York. No sería capaz de estar sin ella.
Francesca iría con un cartel, o eso le había dicho ella, pero Neil nunca pensó que su mala suerte lo acompañaría antes del viaje. Adiós, queridos lentes. Pero no fue necesario seguir arruinando su visión, porque fue ella quien fue por él. Sintió unos brazos colgados de su cuello y supuso quien sería.
—No creí que serías tan pequeña —respondió riendo luego de girarse para poder mirarla. Era pequeña pero no se veía frágil. Podía notar su espíritu de viajera y aventurera. Todo lo contrario al que Neil tenía.
—Te queda bastante bien ese vestido, en serio —con una rápida mirada a todo su cuerpo, terminó en observando su rostro, dedicándole una torcida sonrisa.