Muros.
Muros que resisten tempestades. Muros quebradizos. Muros que siempre están y no somos capaces de derribar.
Esos muros al final son piedras, una sobre otra, y lo que las une puede ser resistente o no.
El tiempo, las decisiones, los consejos... Empiezan a hacer mella.
Ese muro tan práctico que te habĂas montado, empieza a romperse, estropearse, envejecer.
La rabia se apodera de ti, ves algo tras una rendija. Con tus manos y pies empiezas a arañar, golpear y patear, y rompes más ese muro. Quitas las piedras, decides no rendirte.
Miras atrás y ves esos otros muros que aún no te atreves a tirar y continúas con el que estás. Empieza a caer y te encuentras contigo misma. Lo que escondes, lo que deseas, lo que ansias. Pero eres tú.
Al final esos muros solo son para esconder cosas, para obviar decisiones, miedos o responsabilidades.
Te abrazas a ti misma y sonrĂes. Y aĂşn con sangre en tus manos, sudor en la frente y la cabeza llena de pensamientos, vas a por el siguiente.
Vas porque has decidido no rendirte, y con cada piedra que quitas de los muros que te importan sepultas lo ya no.
Y todo vuelve a brillar, porque esos muros habĂan tapado las ventanas y las puertas. Encuentras lo que buscabas y mas. SonrĂes y eso es lo Ăşnico que te importa.









