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@lluuviosa
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Pilolcura <3
Punucapa & mirador Potreros
A veces pienso que, si alguien me conociera únicamente por la forma en que escribo, probablemente me odiaría. Puedo entender por qué. Soy agotadora. No porque no sepa lo que siento, sino precisamente porque parece que nunca puedo simplemente sentir algo y dejarlo estar. Todo tiene que ser abierto, observado, desarmado. Una emoción no puede ser solamente tristeza: necesito saber de dónde viene, qué la provocó, qué parte pertenece al presente y cuál viene de antes. Una relación no puede simplemente terminar: tengo que volver a las conversaciones, recordar los gestos, buscar las contradicciones, reconstruir lo que ocurrió entre dos personas que, en algún momento, intentaron quererse. Una decisión no puede ser simplemente una mala decisión. Tengo que saber qué intentaba conseguir, qué intentaba evitar, qué necesidad intentaba satisfacer, qué emoción estaba tratando de regular y por qué, aun sabiendo todo lo que sé, terminé tomándola de todos modos. Analizo. Vuelvo a analizar. Y cuando creo que finalmente he entendido algo, aparece un «sí, pero»: una contradicción, un detalle que faltaba, otra puerta que se abre. A veces siento que mi cabeza es una habitación llena de pizarras, flechas y conexiones que nunca terminan de cerrarse. Lo peor es que muchas veces esas conexiones tienen sentido. Muchas veces veo cosas. Entiendo patrones. Puedo observarme con una precisión que, a veces, se vuelve casi cruel.
No siempre analizo para no sentir. A veces analizo porque estoy sintiendo demasiado y necesito encontrar una manera de seguir funcionando. Hay horas en las que no puedo dedicarme a sufrir. Tengo que trabajar, cuidar, responder, organizar, resolver. Entonces pienso. Intento convertir lo que ocurre dentro de mí en algo que también pueda mirar desde afuera. No porque el dolor desaparezca. Muchas veces sigo sintiéndolo mientras lo analizo. Pero, si puedo ponerle palabras, construir una explicación y encontrar una estructura, quizá puedo continuar. Quizá puedo llegar al final del día. El análisis se ha convertido, en muchos momentos, en una de las herramientas que he encontrado para poder existir cuando no puedo permitirme detenerme. El problema es que también es una herramienta agotadora. Pensar, analizar, regularme, observarme, contenerme, cuestionar mis impulsos, identificar mis estados, intentar no reaccionar, intentar no disociarme, intentar no dejarme arrastrar por la vergüenza, intentar aceptar lo que siento sin actuar desde ello. Muchas de las cosas que hoy me permiten seguir adelante requieren una cantidad enorme de trabajo interno. A veces siento que necesito dedicar horas todos los días a intentar mantenerme en condiciones de simplemente existir. Y eso también me agota. Es como si vivir no pudiera ser simplemente vivir, como si cada día hubiera una cantidad de trabajo que hacer antes de poder llegar al final de él.
Durante mucho tiempo pensé que entenderme sería suficiente. Que si lograba conocer mis patrones, reconocer mis heridas, identificar mis impulsos y comprender de dónde venían, algún día dejaría de repetirlos. Pero no funciona así. Puedo entender perfectamente por qué hice algo y aun así haber hecho algo mal. Puedo conocer mi historia y aun así ser responsable de lo que hago con ella. Puedo saber qué estoy intentando evitar y, aun así, correr directamente hacia eso. Quizás una de las cosas que más me cuesta aceptar es que comprender no siempre impide repetir. Durante mucho tiempo sentí que, si ya había visto el mecanismo, perdía el derecho a volver a caer en él. Como si el conocimiento fuera una promesa. Como si saber por qué soy impulsiva debiera hacerme capaz de no actuar impulsivamente. Como si conocer las consecuencias de una decisión debiera volver imposible tomarla. Como si entender mis heridas debiera garantizar que nunca volvería a actuar desde ellas.
Cuando no ocurre así, la culpa se vuelve más cruel. Ya no es solamente «hice algo malo». Es «lo sabía». Lo había pensado. Lo había analizado. Había visto el patrón. Y aun así lo hice. Entonces aparece una idea terrible: quizás no soy una persona que a veces hace daño; quizás soy, en el fondo, una persona dañina. Y cuando esa idea se instala, la muerte puede empezar a parecer una salida. No necesariamente porque la vida haya dejado de tener valor. A veces quiero desaparecer porque no sé cómo vivir con la posibilidad de ser alguien que, pese a todos sus esfuerzos, todavía puede hacer daño. Porque hay un cansancio particular en tener que vigilarse constantemente: vigilar lo que se siente, lo que se piensa, lo que se desea, lo que se dice, lo que se hace. Intentar no reaccionar. Intentar no destruir. Intentar no desaparecer. Intentar no convertirse en aquello que una teme ser. A veces siento que para otras personas existir parece ser algo más espontáneo, como si pudieran simplemente estar dentro de sus propias vidas. Yo, en cambio, muchas veces siento que tengo que trabajar para poder hacerlo.
Y, sin embargo, incluso cuando estoy convencida de que no sé cómo seguir viviendo conmigo, hay algo en mí que continúa vinculado a la vida. No sé si la vida tiene un sentido. No sé si existe un propósito suficientemente grande como para justificar el dolor, ni si hay una respuesta escondida en alguna parte que pueda convertir todo lo vivido en algo comprensible. Tampoco sé si puedo confiar en que las cosas mejorarán. He vivido lo suficiente para saber que el tiempo no garantiza nada, que algunas heridas no se cierran porque pasen los años y que esforzarse no siempre produce el resultado que uno necesita. No sé si soy capaz de convertirme en alguien completamente distinta. A veces ni siquiera sé si quiero serlo. Hay días en los que no sé si lo que necesito es cambiar o simplemente dejar de exigirme una transformación absoluta para poder considerarme digna de seguir aquí. Pero, aun así, hay cosas que amo, cosas que deseo, cosas en las que creo y cosas que protejo. Y no sé qué hacer con el hecho de que esas cosas importen. No puedo demostrar que deberían importar. No puedo probar que el amor tenga un valor universal, que cuidar a alguien tenga un significado trascendente, que una conversación, una planta que crece, una mano que busca otra mano o una vida concreta tengan algún peso en la inmensidad del universo. No puedo demostrar que deberían importar y, sin embargo, importan. Quizás ese es uno de los hechos más desconcertantes de estar viva: que puedo no encontrar un sentido definitivo y, aun así, seguir sintiendo apego; puedo dudar de que exista un propósito y, aun así, querer proteger ciertas cosas; puedo no saber si la vida tiene un significado y, aun así, experimentar dolor ante la posibilidad de perderla. No sé qué hacer con esa contradicción. Solo sé que existe.
Y cuando ese trabajo de sostenerme no alcanza, cuando la emoción supera mi capacidad de contenerla, algo dentro de mí se rompe. Entonces aparecen la vergüenza, la culpa y el odio. No necesito que alguien me revele mis defectos. Ya los conozco. Me he visto. Sé de lo que soy capaz. Y quizá esa es una de las partes más crueles de mi relación conmigo misma: creo que conocerme debería haberme convertido en alguien mejor. Como si haber visto mis mecanismos me quitara el derecho a repetirlos. Como si cada error cometido después de haberlo comprendido fuera una prueba de que, en realidad, nunca aprendí nada. A veces pienso que debería poder controlarme completamente. Pero nadie puede hacerlo. Y, sin embargo, sigo esperando de mí una forma de perfección que no consiste en ser brillante, buena o exitosa. Consiste simplemente en no hacer daño. En ser suficientemente segura. En no destruir lo que toca. Es una exigencia imposible y, aun así, vivo como si fuera una deuda.
Cuando ya no puedo sostenerme, me convierto en una máquina. Resuelvo, trabajo, cuido, organizo, avanzo. Puedo ser extremadamente funcional, pero el precio es que desaparezco un poco de mí misma. El tiempo se vuelve extraño. El espacio se vuelve extraño. Puedo hacer cosas sin sentir que las estoy habitando completamente. Puedo mirar hacia atrás y sentir que los días pasaron mientras yo estaba ocupada intentando sobrevivirlos, como si hubiera desaparecido de mi propia vida para poder continuar dentro de ella. Y entonces vuelvo a encontrarme en el mismo lugar: o siento demasiado o dejo de sentir; o me hundo en el dolor o me convierto en una máquina; o analizo hasta poder mantener cierta distancia o me desconecto de mí misma. Quizás eso es lo que todavía no sé hacer: lo intermedio. Sentir sin ahogarme. Funcionar sin desaparecer. Analizar sin usar el pensamiento para huir de mí. Aceptar que hice algo malo sin convertirme completamente en el mal que hice. Sentir culpa sin destruirme. Sentir vergüenza sin desaparecer. Aceptar las consecuencias de mis decisiones sin convertirlas en una prueba de que no merezco seguir existiendo.
No creo que mi problema sea que no acepto quién soy. A veces creo que acepto demasiadas cosas sobre mí con una honestidad brutal. Sé que puedo ser impulsiva, contradictoria, injusta, egoísta. Sé que puedo hacer daño. Lo que todavía no sé hacer es aceptar todo eso sin convertirlo en una sentencia. Puedo haber hecho algo malo sin ser únicamente lo malo que hice. Puedo entender por qué hice algo sin justificarlo. Puedo hacerme responsable sin destruirme. Puedo ser capaz de hacer daño sin estar condenada a dañar siempre. Pero hay momentos en los que no puedo creerlo. Hay momentos en los que siento que ya he visto todo lo que hay que ver; que esto soy, que esto es todo, que no importa cuánto me esfuerce, siempre habrá otra forma en la que terminaré fallando. Y cuando estoy ahí, la idea de morir no siempre se siente como una decisión. A veces se siente como el deseo de dejar de tener que seguir intentando. Dejar de tener que vigilarme. Dejar de tener que corregirme. Dejar de tener que preguntarme si esta vez seré capaz de no destruir algo.
Pero quizás aprender a vivir conmigo no significa dejar de odiarme de un día para otro. No significa perdonarme automáticamente. No significa decir que todo está bien cuando no lo está. No significa convencerme de que soy buena, perfecta o inofensiva. Quizás significa algo más difícil: permanecer. Permanecer conmigo cuando no me gusto, cuando siento vergüenza, cuando descubro una parte de mí que preferiría no conocer, cuando recuerdo algo que hice y no sé cómo perdonármelo. Permanecer sin negar el daño, sin convertir la explicación en una excusa y sin convertir la responsabilidad en una condena. Quizás no necesito demostrar que soy incapaz de hacer daño para merecer estar viva. Quizás nadie puede demostrar eso. Quizás la pregunta no es cómo convertirme en una persona que jamás hiera a nadie. Quizás la pregunta es qué hago después. Si puedo reconocerlo. Si puedo reparar. Si puedo aprender. Si puedo cambiar, aunque no cambie de una vez y para siempre. Si puedo volver a intentarlo sin exigir que el intento anterior haya sido perfecto.
No sé si algún día voy a dejar de odiarme completamente. Ya no estoy segura de que esa sea la meta. Quizás hay partes de mí que tendré que aprender a mirar durante mucho tiempo antes de poder aceptarlas. Quizás algunas culpas no desaparecen, sino que se vuelven más pequeñas y más habitables. Quizás vivir no consiste en llegar finalmente a una versión de mí que ya no necesite ser vigilada. Quizás consiste en aprender a estar conmigo mientras sigo siendo una persona incompleta, contradictoria, vulnerable y capaz de equivocarse. Una persona que puede hacer daño, pero también reparar. Una persona que puede fallar, pero también aprender. Una persona que no siempre sabe cómo quedarse, pero que, por ahora, sigue aquí.
Y quizás eso es lo que estoy intentando aprender: no a demostrar que soy buena, ni a demostrar que soy inofensiva, ni a demostrar que ya no volveré a equivocarme. Solo a no abandonarme cada vez que descubro algo de mí que no puedo soportar. A permanecer en mi propia vida sin tener que convertirme primero en alguien que merezca estar en ella. A aceptar que puedo ser responsable de lo que hago sin ser únicamente lo peor que he hecho. A aceptar que puedo ser capaz de hacer daño y, aun así, seguir siendo capaz de reparar, aprender, cambiar y quedarme.
No sé todavía cómo se hace. No sé si la vida tiene un sentido. No sé si puedo confiar en que las cosas mejorarán. No sé si algún día me convertiré en alguien completamente distinta. Pero todavía hay cosas que amo, deseo, creo y protejo. Y no sé qué hacer con el hecho de que esas cosas importen, aunque no pueda demostrar que deberían importar. Quizás no necesito resolver esa contradicción para continuar. Quizás no necesito saber por qué algo importa para poder cuidarlo. Quizás hay cosas que no se sostienen porque podamos demostrar su valor, sino porque, de alguna manera, ya estamos vinculados a ellas antes de haber encontrado una explicación.
Quizás aprender a vivir conmigo comienza exactamente ahí: en dejar de exigirme tener una respuesta definitiva para poder continuar. En aceptar que puedo no saber qué significa estar viva y, aun así, estar profundamente involucrada en la vida. En reconocer que puedo no confiar completamente en el futuro y, aun así, hacer algo para llegar hasta él. En quedarme, aunque todavía no sepa muy bien cómo. No porque haya resuelto quién soy. No porque haya dejado de equivocarme. No porque finalmente haya aprendido a quererme. Quizás, por ahora, basta con no abandonarme cada vez que descubro algo de mí que no puedo soportar.
Quizás, por ahora, aprender a vivir conmigo significa eso: aceptar que puedo ser responsable de lo que hago sin ser únicamente lo peor que he hecho; aceptar que puedo ser capaz de hacer daño y, aun así, seguir siendo capaz de reparar, aprender, cambiar y quedarme. No sé todavía cómo se hace. Pero sigo aquí. Y, aunque no pueda demostrar que debería importar, quizás el hecho de que siga aquí también significa algo.
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Mientras me tiras mierda en anónimos yo estoy aquí :3
Hoy me caí y me duele todo uwu
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