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En esos momentos el rey se dedicaba a descansar. Releía algunas cosas escritas en un pergamino que tenía en frente, bastante disgustado con lo que había puesto. Pero esta vez no tenía mucho de qué preocuparse: Ni Ja’far, ni Yamuraiha, ni la mayoría de los generales que solían estar mucho encima de él no estaban. Sinbad sabía que no eran tiempo de relajarse, pero nunca venía mal descansar en horas de “trabajo”.
Obviamente, no se dio cuenta cuando el Magi oscuro se infiltró en el reino destruyendo la barrera mágica, pero sí cuando comenzó a escuchar algo de alboroto a lo lejos. Extrañado, se levantó y salió de la sala por tal de saber qué es lo que ocurría ahí fuera.
Por el pasillo vio un par de soldados que salían corriendo hacia la salida, y en cuanto vieron a su rey, le informaron de que Judal, el magi del Imperio Kou, estaba en su territorio. Éste se sorprendió al escuchar tal cosa, sin saber cuáles eran sus intenciones o por qué se le había ocurrido venir hasta aquí tan de repente. Así que, con paso rápido, siguió a sus soldados hasta ver a lo lejos al Magi, con varios rukhs negros rodeándolo.
— Judal, ¿se puede saber qué pretendes?— Exclamó lo suficientemente alto para que pudiera oírle, cediendo el paso. Sabía que el otro continuaría caminando hasta llegar a él, a pesar de saber que quería guerra al ver algunos de sus soldados tirados en el suelo.
Empezó a sentir algo de rabia, como solía pasar cuando estaba presente el chico. Si había venido hasta ahí, no sería por algo bueno. Pero era difícil saber qué es lo que pasaba por su cabeza, y Sinbad no quería imaginar que diría un mensaje de parte del imperio, algo parecido a lo que hizo la última vez.
Un poco más. Un movimiento de varita aconteció lo que Judal deseaba. Algunos escombros salieron volando en dirección hacia varias personas que se acercaban. Otro movimiento hizo derrumbar el techo de detrás de Sinbad. Y después de eso, se dio la satisfacción de ver que estaban solos. Al menos por el momento, las rocas y parte de aquellos establecimientos hecho trizas hacían ahora de barreras contra todos aquellos insensatos idiotas que querían ayudar a su rey.
— ¿Acaso tienes falta de memoria? Te dije que te mataría.— comentó tan tranquilo como si hubiera hablado de una cita corriente.— Sinbad, - lo llamó esta vez por su nombre, pero su entonación no dejaba de ser una mofa.— ¿Puedes decirles que se marchen? ¿O es que quieres que mueran todos?
La invitación era porque, Judal suponía que por mucho tiempo no estarían así. Por no decir que, se escuchaban las voces y como ya estaban removiendo escombros.
— Si se marchan, no tengo porque fijarme en ellos. Y no es necesario que mueran.— continuó diciendo, presionando la yema de uno de sus dedos con la varita, curvándose más sus comisuras en la sonrisa que le dedicaba al de ojos dorados.— Ellos no me satisfacen, tú sí.
A lo que él se refería era a su muerte, convencido de que ésta podría provocarle al menos algo de entusiasmo a lo que poco a poco se había ido quedando vacío. Ese vacío provocado por la evidencia de que ambos nunca serían uno, y menos contra todo el mundo. Una lástima.
No se lo pensó más de dos veces, Judal le lanzó un gran viento, en la que en vez de rocas se llevó el cuerpo de Sinbad por delante para impactarlo contra alguna de las paredes con fuerza.















