Y creo que te quiero de verdad: porque no te necesito y aún así no quiero que te vayas, porque eres verdad sobre toda mi vida y tu casa parece un logro sobre esta losa que me arrastra, un beso a la flor marchita de mi lápida, porque meciste mi mano para escribir mis temores de una forma tan suave que pareció una caricia y ya no tengo miedo más allá de mi misma, porque me has hecho amar aquello en lo que dejé de creer y, mereciéndote un cielo y un nombre de diosa, te quedas en mi tierra. Te quedas en mi tierra, conmigo, que es algo así como un paraíso cuando es contigo, una estrella en espera cuando cae la noche y un solo cuerpo abrazado a sí mismo cuando me miras y no soy yo a quien ves sino a un continente hecho lava, fuego artificial y sueños que cumplir cada noche. Me voy a quedar aquí conmigo un rato más, en mi inquietud contemplativa, mirando al cielo buscándote - o viceversa- porque tu vuelo amansa la voluntad de mi daño y alguien me dijo una vez que no hay que poner comas a la calma.
El vuelo de mi voluntad, Baluarte de Elvira Sastre













