Se arrepiente de la fotografía que le mandó. No exactamente por el material enviado, sino por haber actuado conforme a impulsos más bien bajos, ahí oculta entre las sábanas, con las luces apagadas y mirando la foto de perfil de la tenista. Nunca ha besado a Mattea ni tampoco la ha tocado y lo desea mucho: no hubo oportunidad en el baño en que se escondieron hace rato atrás, ahí cuando a Salomé le dio una de sus tan famosas crisis, y es desesperante, pero se pregunta si quiere actuar sobre ese salvajismo. Tiene mucho miedo a ser herida por una mujer que, aunque con buena voluntad y cierta dulzura caótica, está confundida con su identidad y su vida amorosa. No quiere herirla ni tampoco ser herida, y además está esa necesidad furtiva que siente en el fondo del pecho cuando ve a sus padres amarse: quiere lo mismo. Quiere un amor taciturno, suave y único, uno para ella sola, uno donde sea contenida y cuidada. ¿Conseguiría eso con Mattie? Es demasiado pronto para saber y tampoco está segura de estar lista para ello. Claro que no se lo diría a ella, terror absoluto de si quiera pensarlo: Mattea no está lista para eso tampoco. Ni si quiera, cree, estará segura de asumir su sexualidad. En eso puede entender ciertas cosas: a Salomé, en Disney Channel, la tenían como una adolescente rubia, perfecta y heterosexual. Luego, como estrella del pop, debía ser lo que el público quisiera; debía ser lo perfectamente identificable como para ser amada, pero también lo suficientemente vacía como para que otros pudieran llenar los espacios con sus frustraciones y deseos y pulsiones, Salomé Vila siendo un producto, carne que se arranca y se lanza a los fanáticos. Por eso, sexual y casta al mismo tiempo, debía ser agradable a la vista tanto para los hombres como para las mujeres, y debía, por ello, actuar acorde al deseo sexual de quien la mirara en ese momento. Por eso tampoco nunca tuvo una novia real, tan sólo encuentros secretos: eso lo entiende también, por supuesto. Si bien los blind items consideran a Salomé una lesbiana total, no es ninguna dandy y aunque ahora sea libre de vivir la vida como quiera, se le ocurre que no está segura de qué quiere. Después de todo, de terminar enamoradas (y se permite volar, volar, volar fantasiosa), ¿Mattie la mostraría al mundo? Lo duda mucho, y Salomé desea un amor de esos que el mundo conoce. No quiere ilusionarse. La mira de lejos a ella, pensando en todo esto, haciendo clin clin con las uñas largas y llenas de pedrería, acaso la ansiedad fuese a bajar por eso. Trata de no mirarla mucho, sin embargo, más el cuello se gira a ella. ¿Siente esta atracción porque Mattea es hermosa o porque no se cansa de cuidarla y de querer conocerla a Salomé? Resulta difícil saber, pero orbita hacia ella y está a punto de acercarse cuando, antes de mover el pie izquierdo hacia delante, ella se acerca a sí. La sonrisa de Salomé es esperanzada, la saluda con la mano primero y cuando ella habla bajito, Salomé lo hace un poco más: —Tú estás muy hermosa. —Y luego mira hacia los padres de la ajena y se acomoda el pelo y vuelve la vista a la pálida mujer frente suyo. Adora sus brazos fuertes por la raqueta y le encanta el rostro a medias severo, a medias oculto por el flequillo. —Lo son, es un poco tortuoso. —Admite. De todos modos, tiene práctica. No tanto con ropa enorme y larga, si no con prendas apretadas y cortísimas, igual de incómodas a pesar de que, con el tiempo y andando en un escenario con tacones aguja, puede utilizar en paz. —Pero ese color te sienta muy bien. —Continúa y finaliza allí, sonriente, cree que dice la verdad. —Mi hermana Florencia me hizo este. Está inspirado en los trabajos de John Galliano, que es mi diseñador preferido, claro, junto con ella. —Y no le molesta hablar de moda, aunque se siente un poco tonta haciendolo junto a una deportista. Después de todo, con ellas es más importante el talento que lo que se lleva puesto. En el caso de la carrera ya muerta de Salomé, no tanto. — ¿Lo estás pasando bien? —Y quiere preguntarle algo más profundo que eso: ¿no quieres huir?