Gracias por sacarme de tu vida. Gracias por liberarme de la expectativa de seguir sintiendo por algo que, aunque quise creerlo, nunca terminó de ser tan real. Gracias porque, entre tu presencia y tu ausencia, me obligaste a mirarme de frente y entendí que todavía tengo mucho por sanar. Gracias por hacerme consciente de tantas cosas que quiero transformar en mí: la manera en que me hablo, la forma en que me relaciono conmigo misma y con los demás, y las heridas desde las que muchas veces he amado sin siquiera darme cuenta. Gracias porque, por un momento, volví a creer que podía sentir sin miedo. Me recordaste que aún no estoy completa, que todavía necesito seguir reconociéndome para aprender a darme el amor que tanto he buscado afuera, pero que nunca debí esperar de otros, sino únicamente de mí. Dejaste la puerta un poco fracturada y el corazón lleno de preguntas. Durante estos días eh transcitado el pensamiento de que eso solo significaba pérdida, pero hoy llegue a una parte de la verdad, y es que las grietas también permiten que entre la luz. Antes de encontrar esa luz tuve que atreverme a mirar la oscuridad que habita en mí, aceptarla y dejar de seguir huyendo de ella. Te llevaste una parte de mi sol, pero hoy empiezo a reconstruirlo entre lágrimas, silencios y tristeza. No porque sea fácil, sino porque entendí que nadie puede sostener una luz que yo misma he dejado de alimentar. Quizá nunca vuelva a ser el mismo sol, pero será uno más mío, más consciente, más honesto y más fuerte. Y si algo bueno nace de todo esto, quiero que nazca dentro de mí. Ya no quiero esperar que alguien venga a completarme, a salvarme o a devolverme lo que siento perdido. Quiero encontrarme a mí misma, porque el amor que tanto perseguí en otros siempre debió empezar por mí.











