Desde que terminó mi incapacidad y regrese a trabajar, me reprochaba constantemente no poder estar cerca de mi hijo todos los días.
Cómo todos saben a muchas personas nos enviaron a hacer home office a causa de la pandemia que estamos viviendo actualmente. Y bueno aquí empieza mi historia de terror, mi bebé tiene un año, aún no camina gatea mucho y sigue descubriendo el mundo a través de llevarse todo a la boca, y por esto requiere que no le quite la vista de encima. A él generalmente lo cuida su abuela, mi madre; a quien le pago como si fuera una niñera particular, pero con la ventaja de que lo cuida con el amor más especial del mundo, el amor de los abuelos. Normalmente mis días de descanso paso todo el día con mi bebé y aunque a veces sólo quiere que lo mime, lo cargue, juegue con él y le de su chichi, la verdad es que es mi día libre y equis no me importa dedicárselo completamente.
Estos días de home Office de inicio fueron caóticos, yo trabajo para una empresa y soy gerente de un área 100% de ventas, ganamos por comisión y mis ejecutivos asignados son mis otros bebés a los que tengo que supervisar constantemente y siempre estar disponible para ayudarles y para sacar las ventas adelante.
Y en casa tengo un pequeñito que constantemente quiere que lo cargue, que cuando lo cargo quiere presionar todas las teclas de la computadora, que tiene horas de desayuno, almuerzo, comida y merienda, que cuando tiene sueño empieza a llorar y a irritarse, que me sigue por toda la casa incluso cuando voy al baño. Sí esa es la vida de todas nosotras que somos mamás, que tenemos que atender las cosas del hogar, a los hijos y hoy en día el negocio o nuestros empleos.
Estaba cayendo en un hoyo sin fondo, cuando mi esposo llegaba amoroso a casa yo estaba cansada, harta y de mal humor, porque entre tantos tantos deberes, algo de todo no salió bien o en algo quedé a medias. Soy una mujer que se obsesiona con hacer todo bien, y sinceramente me resulta muy conflictivo fallar.
Mi actitud empezó a tornarse grosera y poco receptiva sentía que todo estaba mal y en mi contra. Así que después de un mal día tomé un momento a solas y en silencio para reflexionar un poco acerca de toda esta situación, me di cuenta que no puedo hacer todo, que está bien pedir ayuda, que puedo delegar responsabilidades con otros, que si fallo en algo no soy una fracasada, que debo dejar de tomarme las cosas como si fueran de vida o muerte. Toda la gente está pasando por momentos difíciles, todos estamos atravesando un valle de incertidumbre y de locura. El mundo nos necesita amables, serenos y tranquilos, siempre podemos tener un plan b, nuestros bebés nos necesitan más que esa compañía que en cualquier momento puede remplazarnos. Nuestros bebés serán bebés sólo por un tiempo corto y no podemos desperdiciar ni un sólo día sus sonrisas, sus llantos, y sus aprendizajes. No todo es dinero en el mundo, las cosas más importantes no las compra el dinero.
El covid-19 nos ha cambiado la vida a todos, nos ha enseñado tantas cosas y una de ellas es que tenemos que disfrutar él aquí y el ahora, porque mañana nadie sabe que va a pasar, ni con tu empresa, ni con tu casa, ni con tu familia, ni con tus amigos. Debemos mejorar nuestro nivel de paciencia, debemos adaptarnos al cambio lo antes posible, debemos ser empáticos con el otro y ayudar a las personas que nos rodean, no todos necesitan una ayuda económica o presencial, pero a veces una palabra cura lo que no se puede comprar.
Nuestros hijos son el reflejo de lo que nosotros somos, de la educación que les damos, del amor que reciben y de la paciencia con que calmamos su llanto. Sólo tenemos una oportunidad para hacerlo bien, y es hoy. Gracias por leerme.














