Cuando mis amigos me preguntan cómo estoy, se me hace más difícil que nunca el responder coherentemente una afirmación segura en la materia. Estoy bien, digo. La verdad (que no dista mucho de la respuesta tampoco, al menos desde la mirada escueta de las costumbres occidentales), es que me siento bien. La paradoja aquí es el hecho de no estar bien. El estar, en este contexto, se refiere a un estado pasivo. Sucede que he estado, por supuesto, pero si bien la actividad no difiere demasiado (debido a múltiples razones que escapan de mi poder), este estar es más bien activo y no se parece mucho a una palabra perteneciente a la dualidad suprema entre el bien y el mal. He estado observando los días. He estado viviendo los días. Se pasan los días, pero no de la forma en que se va el metro cuando bajas apresuradamente luego de escuchar el agudo sonido que anuncia el cierre de puertas. No. Los días se van, más bien, como un tren. Tampoco al ritmo un tren de alta velocidad, o siquiera un tren alemán o inglés o francés. Los días se van, para ser francos, como un tren húngaro o un tren polaco o un tren serbio de medianoche, donde más que los eslavos que llenan día a día a estos sabios gigantes son los gitanos, hordas de gitanos, gitanos con muchos niños y ropajes coloridos y miradas curiosas de los niños y las ansias de los niños por encontrar a algún pasajero dormido y hurgar, silenciosamente, en su bolso que reposa, descuidado, en el asiento que da hacia el pasillo. Observo los días estando dentro de este tren y estando en la estación. Me desdoblo para convertirme en este pasajero eslavo, el pasajero dormido, y despertar esa madrugada con el frío y el sol que abrazan a los Balcanes en primavera, sin poder encontrar esa billetera de cuero (regalo de un tío o una antigua amiga). Al mismo tiempo, soy ese niño gitano que vigila con su mirada de niño y planea con su cabecita de niño lo que será su pequeña travesura y lo que hará con ese botín que esconderá de su progenitora. Soy también esa madre gitana, y el policía fronterizo, y el conductor del tren. Soy el vendedor de golosinas que aparece con su carrito de metal opaco a eso de las ocho. Soy aquel que viaja a visitar a su familia y también quien viene de vuelta. Hablo en todas esas lenguas, pero no manejo ninguna, porque solo hablo lo que ellos hablan en ese viaje de ocho horas (si llega a tiempo) o nueve horas (siendo realistas). Lo que sucede, desde un punto de vista objetivo, es que nunca dejé la estación. Soy ese anciano en la estación que, por un segundo, quitó los ojos del periódico, observó, sintió y volvió a vivir.