Nota Editorial
Margen Libre
Por Alejandra Aravena
Una tarde de verano, en la década del noventa, mi mamá apareció con un cajón de manzanas lleno de libros que había encontrado en la calle. Los colocó al sol para quitarles el olor a humedad y, en ese momento, me sumergí en la literatura. No existían los celulares ni internet en el hogar. La tecnología de entonces nos ofrecía películas en VHS y escuchar música de Roxette en un Walkman a pila era furor. Los veranos en Buenos Aires se disfrutaban a la sombra, con la Pelopincho, escuchando FM Hit y tomando mate. Pero vuelvo a ese tesoro lleno de historias que descansaba al rayo del sol de un mediodía de enero. Dentro de ese cajón, un libro llamó mi atención: “El Túnel”, de Ernesto Sábato. Lo abrí, y esa misma tarde descubrí otro mundo. Así nació mi amor por los libros. Ese verano me convertí en lectora. Con el tiempo me distancié un poco de mi estantería de emociones, dejé de lado las páginas escritas y durante algunos períodos de tiempo no leí. Por supuesto, quien no lee, no escribe. Porque para quien les habla, leer y escribir historias van de la mano. En la época en que cursaba mis estudios secundarios, recorrí bibliotecas en busca de poemas que me tocaran el alma. Copié muchos en un cuaderno cuadriculado espiral y, sin darme cuenta, ya estaba haciendo journaling, inventando mis propias prosas y soñando en clave de amor. Pero el tiempo y la humedad fueron gastando sus hojas y todo aquello se perdió en el olvido. Ya siendo adulta, incursioné en el mundo de la comunicación, lo cual me llevó a escribir con un formato más periodístico: notas y columnas, muchas de ellas en el anonimato. Pero así como la hiedra resiste el invierno para renacer en primavera, este año descubrí que también en mí quedaba savia guardada. Reverdecí, y con ese brote regresaron la lectura y la escritura: las obras que me acompañan y las que aún aguardan por nacer. Tantas historias he leído y tan profundo han calado en mí durante toda esta etapa, que desde ese lado poco común y casi rebelde, el margen izquierdo, comenzaron a brotar pensamientos que anidan desde hace tiempo, y que unen la literatura con las nuevas formas de ver la vida que transitamos. Y es que la maternidad me ha hecho más reflexiva, la edad más sabia, y el deseo de comenzar la segunda parte de mi vida —esa que empieza cuando tus hijos se hacen adolescentes— me invitó a escuchar mis necesidades. Este año, un arranque de ímpetu me llevó a transformar mi pasión en una profesión y cambié mi rumbo. Me capacité en la UTN como lectora editorial y comencé la carrera de Edición en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Eso me trae hasta aquí, con el corazón en la mano, para invitarlos a recorrer este camino juntos, entre cafés, bibliotecas, libros, reflexiones y pasillos de Puan. No faltarán los ramos de flores, algunos CDs y cassettes, como corresponde a una ochentera/noventera. Estoy en el umbral de lo que viene: una carrera ayudando a otros escritores a dar forma a sus letras desde la empatía y poniendo en cada proyecto todas las herramientas que he cosechado durante este tiempo. La literatura que nos antecede y nos atraviesa, hoy podemos interpretarla desde nuevos paradigmas. Les propongo reflexionar juntos de la mano de los libros, la música, las fotografías y el diseño; a reconocerse en sensaciones y letras escritas y por escribir. Los invito a leer este humilde aporte. Bienvenidos a Margen Libre, ese rincón donde los libros se abren como ventanas y cada palabra nos invita a cruzar hacia nuevas miradas.
Alejandra Aravena














