Existen dilemas pequeños en la vida que se vuelven grandes dilemas, ¿De qué dependerá eso? No quiero que me mal entiendan. Estamos últimamente tan susceptibles que el simple hecho de otorgar adjetivos a algo se vuelve ofensivo, o de pronto yo soy la ofendida, quien ha de saber. Por el momento, ya sea por mí o por ustedes, es preciso aclarar que el dilema de los dilemas grandes o pequeños no es por subestimar algunos dilemas ante otros, es más bien para darles el debido lugar que les corresponde.
Está oscuro. Pero un oscuro tenue, o un oscuro clarito como diría Alejandro, aunque yo en ese momento no conocía a Alejandro o quizá si; pero no con la conciencia que Jodorowsky le otorgó a un triángulo para que fuera circulo. Así de forzado estaba mi desconocimiento.
Me disculpo desde ya por las veces que desvaríe, lo mío son las distracciones. Ahora si prosigo.
Era un oscuro raro, todo cerrado como retando la claustrofobia a ser descubierta, en realidad por ningún lado era posible que entrara rayo de luz, sin embargo, ahí estaba yo, vislumbrando mi pequeño pedazo de nada, de esa nada que se vuelve todo. Y en medio de mi ceguera -porque la oscuridad no es más que ganas de no querer ver- sabía que a medio metro de mí había una ventana. La toqué varias veces, como asegurándome de que fuese una ventana y no una mesa o una silla, porque si hubiese sido una silla o una mesa esta sería otra historia incluso hasta más entretenida. Pero no, lo que ahí había era una ventana.
Era un oscuro pálido, tan pálido que reclamaba un poco de brillo, porque aunque no todo lo que brille sea oro, el brillo si lo pone todo como más bonito. Como cuando en el colegio nos piden que llevemos una cartulina negra para hacer una caja -para regalar a alguien o para terminar botándola-; hay quienes llevan cartulina negra opaca y quienes llevan cartulina negra brillante, Las cajas con la segunda era más bonitas, a que sí, a que esas cajas si fueron usadas.
Y miren aquí que otro dilema ha surgido, porque si el negro es la ausencia de la luz y hay negros más bonitos que otros, ¿sabrá la luz que tiene formas más bellas de ausentarse?¿cuál será la mejor manera de faltarle a alguien? Quiero decir, para que esa falta se vuelva bonita...quién ha de saber.
Por lo pronto esta oscuridad no se quedó reclamando su brillo, se lo ganó. De a pocos, como todo lo bueno y entonces yo no me sentía ciego perdido, me sentía ciego encontrado.
La verdad es que más allá de la ventana no podía ver y era tan especifica esta oscuridad que la sentía mía, como sin aquella ventana no me perteneciera porque la veía, pero todo lo que la continuaba incluyendo parte del marco que ya no distinguía bien, era mío y de mi oscuridad clarita, de mi oscuridad rara, de mi oscuridad pálida.
Sonaba un poco de mar rompiéndose, un poco a susurro de noche agrillada, a veces no sonaba más que mi pensamiento y todo parecía sumergido en un sintetizador que elogiaba la naturalidad, como mezclando los beats con mi corazón, con el mundo y con la nada. Y el sonido es radical y se extiende y se propaga en mi oscuridad calmada, ¿lo entienden? Sólo estaba yo esparcida y la ventana.
Era un oscuro vigilante pero aterrador, era un oscuro que no se podía medir sólo con ausencia de la luz porque ya acordamos que hay ausencias diferentes y este oscuro sonaba y acogía, como esos largos cabellos negro carbón que envuelven, que desenvuelven, enredados sólo ellos logran darle forma al cabello porque pelo a pelo no se puede de lo negro. Yo, colgante y mecida, ni forma a mi cuerpo hallaba, que quién ha de saber cómo estaba acomodada porque cansancio no sentía y es que yo con lo inquieta que soy y distraída, ni sentada, ni parada, ni acostada puedo sentirme tranquila. Sin embargo, horas e incluso días sé que estuve ahí a medio metro de la ventana, ni cansada ni aburrida.
Ahí está el dilema que decía y es que uno no puede andar inerte en la vida siendo oscura nada porque viene Newton a decir que cualquier objeto me afectaría. Y pues sí, porque si bien no ha sido fácil describir cuan satisfecha me sentía en mi ciega utopía -porque sigue siendo mío todo todo ese oscuro, toda esa calma y esas ganas de nada-, pero es que sin importar qué tan grande fuese, no había una silla o una mesa sino una ventana la que me aturdía.
Y entonces volvía y la tocaba y me daba ánimo abrirla y de pronto un miedo extraño que no era de afuera, ni de la ventana porque hasta bonita era, era mío y yo no entendía cómo esta oscuridad de días no me asustaba y si estos ánimos y estas ganas... quién ha de saber qué doctrina desquiciada me había difundido esta calma oscura.
Empecé a dudar de mi negro carbón, del atractivo pálido, del sonido, ¿por qué me gustaba, quién lo ha demandado así? Si es que si yo no sé que suena al otro lado de la ventana como voy a saber que me gusta más lo que suena en lo que yo creía una oscura calma, que después de estas revisiones no parece más que una calma oscura.
Y así volvemos al principio con el dilema de los adjetivos, luego tenemos el dilema de si la satisfacción es una doctrina, como enviciando más al vicioso o si el dilema de mi cuerpo es de ergonomía o optometría, porque será que estaba cansada de ver la ventana, pero como no me veía no me cansaba; le sigue el dilema de cómo ser ausencia bonita y de si abrir o no abrir la ventana. Y para esta altura ya no sé si algún dilema grande se comió algún dilema que se nos escapa. Me sentía saturada.
Ya no había salida, no quedaba nada de la nada o de lo que yo creía mi oscuridad bonita, porque ya afectada no había más remedio que salir de la ceguera. Al abrir lo ojos y volver a esta habitación rosada, quise volver rápido al dilema de la oscura calma o la calma oscura porque no hay tamaño en los dilemas, hay ganas para lidiar con ellos o no.