‘Mi hijo de seis años me pregunta por qué no me quieren en Argentina’, declaró Lionel Messi, entre otras cosas, después de meses de silencio. ‘No querer’ suena tan romántico, tan a novela de Isabel Allende que cuesta encajarlo en el contexto del mejor futbolista de todos los tiempos. Cuesta ubicarlo sobre un tipo al que le gusta jugar a la pelota. Pero sí, algunos no lo quieren.
‘No me quieras porque gané. Quereme para poder ganar’, es una de las frases de cabecera del ‘Loco’ Bielsa, con la que explica la importancia del cariño para aumentar la seguridad y fortaleza en uno mismo.
No lo quieren porque no ganó, todavía, una copa del mundo con la camiseta argentina. Ni ganando lo van a querer. Nunca lo van a querer.
Messi está tan desarmado a nivel ser humano por nuestra sociedad, que se lo ve como un dios. Está tan endiosado, tan idealizado, que todo lo que se espera de él son actos sobrenaturales, extraterrenales, porque para los terrenales ya estamos nosotros. Nosotros sí nos podemos equivocar, él no. A él hay que pedirle más, exigirle más. No se le considera ni se le permite margen de error, está mal, no hay justificación que lo defienda. No es humano, por eso no siente. Por eso ‘no siente la camiseta’, por eso ‘no quiere a estos colores’, ‘no ama a su país’. Sentir, querer, amar, todos verbos que forman a la naturaleza de un ser humano como tal. Messi no, no los tiene.
Este debe ser el único lugar donde un tipo que ama a su país tiene que demostrarlo todo el tiempo, a todos, en todo momento. No le creen. Porque, por lo visto, de la única manera que se demuestra amor es ganando. Si no ganás no sentías tanto amor como decías, porque si no hubieses hecho más para conseguirlo. Si no ganás el resto te rompe a pedazos, tironean de vos para desmenuzarte, ya no hay jugador de fútbol, no hay deportista, ahora sos uno más de ellos, uno común, sos terrenal, sos uno más del montón. Al final no eras especial, porque los especiales ganan.
Las críticas son, y disculpen pero a veces me quedo sin adjetivos calificativos bonitos, tan irritantes. Son tan estúpidas, tan absurdas, tan despiadadas, tan desalmadas. Me animo a decir que el cien por ciento de las personas que critican no saben ni el uno por ciento de cómo es el otro, qué hace ni cómo siente. Estuvieron, están y estarán siempre. Eso es algo a aceptar. No se pueden controlar, no hay nada para hacer. Es como un dogma establecido: te van a criticar hagas lo que hagas.
Imaginame a mí, que soy una mina de casi treinta años, que no tengo un don o todavía no lo descubrí, empezando en el periodismo deportivo. No tuve un ‘padrino’, no tuve un contacto, nunca tuve nada, sólo cosas para escribir, cosas que quería contar. Imaginate cuando me empezó a ir bien en esto, en un momento parecía que algunos estaban agazapados esperando a que pifiara medio milímetro para saltarme al cuello, y pasaba, como va a pasar con esta nota. Imaginate hablar de fútbol, de River, osar hablar de Gallardo. Imaginate opinar sobre cómo debe parar el equipo, imagínate formar parte de un programa de fútbol con dos hombres. Imaginate si encima de todo eso entrás dentro de los cánones de belleza establecidos. Está mal, porque las lindas no pueden escribir. Las lindas sirven para ser lindas. Las lindas son tontitas.
Imaginate la cantidad de gente que estudia, no sé, ciencias económicas diciéndome cómo hacer mi trabajo mientras los ves felicitar a un montón de pibes y pibas que en las redes sociales copian y pegan tuits de otro vendiéndote una información que ni se gastaron en corroborar. Periodismo 2.0 que le dicen.
Y cuando empezás a demostrar y a cerrar algunas bocas la crítica empeora, porque siempre hay algo mejor para inventar, y si no fallaste ahora seguro vas a fallar más adelante. Ellos esperan, tienen tiempo de sobra. Viven de eso.
Ahora imaginate a Messi, que era un pibe que le gustaba jugar a la pelota y nada más, que se convirtió en un hombre, padre de familia, que le sigue gustando jugar a la pelota y nada más. Su esencia no cambió, ustedes lo quieren cambiar.
Imaginate a un tipo así, común, metido en este laberinto infernal, donde la única salida certera parece ser ganar un mundial porque si no va a quedar atrapado de por vida en la tapa de un diario con todos los dedos apuntándolo por la eternidad. Sin piedad. Imaginate el agobio de miles y miles de personas exigiéndote que seas como no sos, que hables como no hablás, que grites cuando no gritás. Imaginate a miles y miles de DT de redes sociales diciéndote a vos, el mejor jugador del mundo, cómo tenés que jugar al fútbol. Si caminás mucho, si la mirada arriba o abajo, si el himno y no sé qué. Imaginate que digan que complotás, que ponés y sacás gente, que sos el peor hijo de puta de todos los tiempos. Imaginate ser comparado durante años con otro tipo.
Ahora imaginate a vos diciendo que ‘es muy llorón’ desde el sillón de tu casa.
No, no me estoy comparando con Messi, porque para empezar la gente apenas sabe mi apellido, siempre lo pronuncian mal y tampoco soy jugadora de fútbol. Pero sí juego, no al fútbol, juego a algo más difícil y menos divertido: gambetear las críticas.
Y a mí también a veces me falla la táctica, también me falta una contención, alguien que me cubra y me devuelva. Tuve algunas oportunidades donde clavé gol olímpico, otras donde no me animé a patear y algunas en las que de morfona la quise hacer yo y no me salió. Yo también a veces tengo que afinar la puntería y se me va por arriba del travesaño.
La primera crítica a esta columna va a ser que me quise comparar con Messi. Lo segundo va a ser simplemente un insulto a él, y seguro también a mí, sin haber pasado ni siquiera la mitad del texto; y lo tercero ya saben… quise hacer un chiste.
Seguirán criticándolo a él, a mí, a vos tu vecino, tu compañero de oficina, tu ex pareja, tus hijos cuando crezcan. Yo elegí otro camino, voy a jugar en mi equipo, voy a jugar para mí, y si alguna vez se baja alguno sobre la hora ya sé a quién llamar. Siempre de este lado, siempre haciendo Lío. Siempre Messi.