Hace tiempo, meses, no sé, capaz que años incluso, que me cuesta sentarme a escribir. Escribir para mí, como hice toda la vida, algo que sin darme cuenta yo misma hice parte de mi identidad para conmigo. Depurar mis nudos en palabras, escondidas en un rincón ínfimo de la internet al cual tienen acceso contadísimas personas (acá estoy, si me están leyendo es casi un milagro).
Busqué por todos lados ese pulso que siento perdido. Lo busqué leyéndome la carta astral por Zoom, abriéndome los registros akáshicos en una oficina esotérica de La Comercial, en talleres de escritura en sótanos y azoteas de Palermo, mirando por la ventana de mi apartamento del Raval, leyendo por horas cientos de libros en búsqueda de palabras que no encuentro. Hay una parte de mí que hace años no veo, pero no sé si dar por perdida, o si esperar. Esperar a que vuelva, o una confirmación de que no va a regresar: un cuerpo frío de algo que ya no soy. Un aviso fúnebre. Hora exacta de muerte. Están seguros de que no respira todavía?

















