azúcar, flores y muchos colores
II
Tengo alto el cortisol. Tal vez sea porque acabo de cumplir cuarenta y cuatro, pero seguramente es porque hace más de diez días que estoy tomando un medicamento con corticoide. Tener alto el cortisol hace que no pueda dormir. El sueño fue reemplazado por un estado de vigilia química que no compensa enteramente el dolor físico que justifica la medicación. No recuerdo haberme sentido tan incómoda en mi cuerpo, ni siquiera los días previos a parir. Soy una foca hinchada de infortunio e irritación. Es la madrugada del lunes, las tres de la mañana. Llueve y llueve y llueve.
Me levanto para ir al baño y no enciende la luz. Quiero ver si la Epe dice algo, si es un corte general o qué, pero no hay wifi y —no sé por qué— no tengo datos, ni siquiera puedo enviar un sms para comprar un pack. Me desespero de cero a cien en un segundo. Lo despierto a Matías para que sepa que se cortó la luz y para que me acompañe al patio a buscar una espiral. Él no sale, me mira desde la puerta, y después vuelve a la cama y se duerme, rapidísimo, otra vez. La nena, por suerte, no se despertó. Yo busco un abanico —hermoso, color naranja— y también me voy a acostar.
Es la madrugada del lunes, las tres y media de la mañana. Llueve y llueve y llueve. Me pongo de lado, con una almohada entre las rodillas. No puedo leer en el celular porque tiene veintinueve por ciento de batería y no sé cuándo lo podré volver a cargar. El dolor, devenido molestia, puntual y extendida a la vez, nunca deja de estar. No hay nada, nada, que hacer. La mente desborda calamidades: todo lo malo puede y va a pasar.
Es la madrugada del lunes, las tres y cincuenta de la mañana. Llueve y llueve y llueve. Matías me pregunta qué pienso. Nada. Pero después le digo la verdad: que me mortifica que él tenga que ir a tomar el colectivo —porque con la lluvia no puede ir en bicicleta— y pasar por la plaza, tan temprano, en la absoluta oscuridad, expuesto a todos los peligros de esta ciudad atroz. A esa hora ya hay luz, es la respuesta que me da y que detiene, como un milagro, la rueda de las desgracias. Nuevamente, se vuelve a dormir. Yo no puedo.
Es la madrugada del lunes, las tres y cincuenta y cinco de la mañana. Llueve y llueve y llueve. No hay nada, nada, que hacer, más que estar en el presente, me digo intentando recuperar una voz recóndita y sana, la que dice eso que sé y que ahora parece perdido. Me acomodo boca arriba, la pelvis en el centro, las rodillas flexionadas. Apoyo las plantas de los pies en el colchón, y rodilla con rodilla, como me indicó la osteópata, para no forzar la zona lumbar. OK, Pai Mei. Here I come. Uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres... Inhalo, retengo, exhalo, retengo sin aire. Y otra vez. Y otra más. Pero, a diferencia de Beatrix Kiddo, yo no logro salir del ataúd. Sama Vritti, la respiración cuadrada, no me resulta, no me apacigua, no me calma: la noria no se puede desactivar. Uno a uno, mis poderes me están abandonando. Primero, la belleza. Luego, la salud.










