Nunca supo que hechos insospechados ocurrirían en el puente. El comienzo de una noche sin fortuna.
En la oscuridad llega una mujer. Tú estás inmóvil, la lluvia golpea los vitrales del templo. Es la primera vez que ella entra. Lo sabes, realmente lo sabes porque llevas años esculpido en la catedral. Camina nerviosa, está de luto, se fija en algunos detalles del lugar, después sus ojos se posan en ti. Se acerca y te toca la cara, palpa tus facciones. Su mano se contrae al sentirte. Luego se extraña en tus pupilas. No puedes dejar de verla. La mirada es tan grande que te cubre, cubre todos tus complejos. Sientes la inmensa distancia entre ambos como un cristal: frágil, claro y delicado es el lazo.
Todos los feligreses siempre dejaban su presencia en las estatuas de la dolorosa y del crucificado. Jamás en ti, hasta ahora. Sientes la impotencia de estar petrificado en muchos sentidos. Para ti es preciso que todo sea sin ser, que se plasme y manifieste. Nada sucedía ante ti hasta entonces.
Ves que la mujer camina hacia el confesionario, entra y se echa la bendición.
-Padre, perdóneme. Porque he pecado –Alcanzas a escuchar vagamente en la voz de la mujer.
Lo siguiente solo son susurros, nada claro. Sin embargo la voz tiene quiebres. La confesión termina y la cara del padre se ve descompuesta. La mujer se va de la iglesia.
No te interesan que pecados tenía que confesar, quieres que regrese. Convocas a la ausente con el pensamiento. Escuchas el eco fuerte de las palabras que retumban y aparentemente se quedan encerradas en tu cabeza. El viento las toma, se las lleva.
Los acontecimientos de aquel día cambiaron mucho a Selene. Cuando llegó a casa, todas las luces estaban apagadas, surcó la oscuridad y entró en el cuarto sin hacer ruido. El hombre estaba dormido en la cama. Ella se metió silenciosa entre las cobijas y cerró los ojos. Sintió una voz detrás de su oreja que la obligó a abrazar asustada a su novio, él se libero de los brazos.
-¡Tienes las manos heladas! No…no – dijo el hombre
Selene le dio la espalda bruscamente y cerró los ojos. Intentando dormir. ¿Cómo era posible vivir con un hombre sin tener convivencia con él? Siempre trabajaba mucho, y cuando llegaba estaba cansado, sin tiempo para ella. Selene intento no flagelarse con los pensamientos que siempre la torturan antes de dormir.
“El pecado es simple, la condena definitiva” -Escuchó
Esa no era la voz del hombre con el que dormía. El sonido se hacía cada vez más fuerte, sentía un miedo incontrolable y éste se propagaba dentro de sí por la incapacidad de expresarlo. No pudo descansar esa noche. La angustia ya moraba en sus ojos. Intentó concentrarse en algo para apaciguar su imaginación, así que comenzó a ver a su novio dormir, advertía la tranquilidad que él poseía y sintió codicia de su calma.
Pasaron varios días sin poder dormir ni dialogar, ella seguía escuchando la voz. Selene perdió la tranquilidad por completo y sentir la paz de su novio, tan cerca, la agobiaba aún más. Comenzó a cambiar de humor, ya no hablaba con el hombre más que lo estrictamente necesario y su rostro se llenó de ojeras. El hombre parecía no notarlo, hasta que una tarde ella por fin habló:
-Cariño, han pasado semanas donde el silencio ha gritado miles de cosas que tú te niegas a escuchar. Estos últimos días no he tenido calma. Cada noche te veo dormir sin siquiera preocuparte por mí, ni preguntarme: “¿cómo estas hoy?”. Soy la receptora de tu indiferencia, de la tranquilidad que veo en tus sueños y de los que yo carezco. Pienso que debemos dejar la relación hasta aquí.
El hombre la mira desconcertado
-Pero ¿acaso no me amas, ya no te importo? ¡Mírame! ¿Ya no hay amor?
-¡Basta! Deja de mirarme así. No busques en mi, cosas que yo ya enterré. ¿Me preguntas por el amor? Lo mató tu silencio, se fue con mi calma. Todos tenemos entierros y velorios en nuestro interior, donde no queremos que nadie más mire a nuestro muerto. ¡Pues es nuestro y está muerto! Ya no vive y tampoco queremos que lo haga, así son las amargas experiencias, ya que las perdimos no queremos volver a saber de ellas y en mi interior estoy de luto, pues siento que otro entierro está por venir.
El hombre salió de la casa sin decir nada, desconcertado por las palabras que acaba de escuchar. Desde esa noche él no volvería a dormir en su cama, sabía que debía darle tiempo a Selene para calmar sus emociones y luego quizás, solucionarían las cosas.
Selene se quedó sola en casa, se sintió tranquila después de desahogarse, fue a la cocina y comenzó a preparar su cena. Sin darse cuenta había hecho más y la comida comenzó a sobrar, sabía que había cocinado para dos, al parecer ya no haría falta. El problema recaía en que se había acostumbrado a la existencia del hombre. Se acostó en su cama y miro la almohada vacía, recostó su cabeza en ella. Esperaba descansar.
“El pecado es simple, la condena definitiva,
El pecado es simple, la condena definitiva,
Selene continuaba escuchando voces, sin importar la decisión que hubiese tomado, no tenía tranquilidad. Cada vez estaba más desesperada y se imaginaba a su novio durmiendo tranquilo en la cama de alguien más, sin su presencia.
De repente escuchó el teléfono. Selene espero a que sonara varías veces, quería corroborar que no eran ruidos ajenos a la realidad. Por fin tomo la bocina.
-Hola, Selene. Soy yo, he… he estado pensando y…
-Mira, no hablemos por teléfono. Que te parece si nos vemos en una hora y conversamos más tranquilamente.
- Me parece bien. ¿En dónde nos vemos?
-Mmm déjame pensar, ¿cerca al puente?
-Está bien, allá te veo. Te quiero.
Camina por las calles, su silencio la lleva sin fortuna a una noche profunda, con tantas voces, pasa un taxi, la sombra de cualquiera que también camina a esa hora, como perdido. Llega al puente y un ventarrón le revuelve el cabello, lo contempla dispuesto, es el preámbulo de la recompensa a una caminata nerviosa. Tiene la libertad agazapada bajo su negro vestido. Selene mira con ternura las aguas bajo el puente, como se comen las orillas, intenta calcular la profundidad.
-Hola – dice alguien atrás de ella
-¡Hola! Me asustaste, ¿por qué tardaste?
-Solo… no estaba seguro… - Respondió el hombre y la abrazo.
Ella lo miro con ternura mientras intentaba un encuentro con sus labios. Se besaron con intensidad. Unos labios juntos luchaban tibiamente, besos filosos en la noche, que celebraban lo peor. Selene con fuerza desconocida apretó un puñal bajo sus ropas, los besos seguían, el viento soplaba tormenta, soplaba tragedia. Con odio tranquilo los besos se detuvieron, el filo del puñal atravesó la oscuridad de la noche, derramada en gotas de muerte.
Una respiración atascada señalaba la agonía del hombre, los ojos abiertos como guardando la imagen del victimario. Unas manos lo empujaron hasta que cayó a las aguas del rio.
Nunca supo que hechos insospechados ocurrirían en el puente, el comienzo de una noche sin fortuna.
M. Estefanía Rodríguez Vallejo