anoche antes de acostarme saqué un libro de la estantería. es el último libro que me compró mi abuela antes de morir. no sé por qué todavía no puedo leerlo, estaré esperando el momento adecuado o algo así. lo saqué como para tenerlo presente, lo puse en mi mesita de luz y me fui a dormir. soñé con el mar avanzando por lo médanos y unas costas cooptadas por bandas de personas que hacían de cada pedacito un living para improvisar música. hoy me desperté y algo del sentimiento acuoso me llevó a una ducha rápida. terminé de bañarme y miré el espacio vacío en el altar a kairós: un pedacito de papel metálico de hamburguesa aplastado donde se posaba un ángel rosado hecho con un sacabocados que compré en alguno de esos locales chinos.
el altar se completaba con una alfombra peluda también rosada donde apoyaba mis pies húmedos recién salidos de la ducha mientras me hacía unas trenzas. si uno no se mira al espejo, hacerse las trenzas puede ser un gran momento de presencia, sobre todo si te pones a inventar el patrón de trenzado. en vez de un mechón de pelo sobre otro y después otro, podes hacer dos de un lado, uno por abajo, dos por arriba, traer el que no iba y así van quedando unos nudos raros a los que se les puede decir trenzas. pero todo eso ya no pasaba, porque kairós se había perdido en algún paso desprevenido de todas las personas que habitan esta casa y a la alfombrita se la doné al altar del último gato que enterré. así que solo quedó el papel de hamburguesa aplastado y el pelo que todavía me cuelga. con las trenzas ya hechas agarré mi toalla y mis cosas y volví a mi habitación. estaba oscura y fría, pero ni bien abrí la puerta alcancé a ver una figura en el piso, una figura chiquitita y recortada que flotaba sobre el azulejo. y si, era kairós nomás, kairós tirado en el suelo, kairós que habrá volado desde el baño y que aterrizó en mi habitación. intenté agarrarlo pero no pude así que me mojé el dedo con baba y ahí recién se me quedó pegado. lo miré en mi dedo a ver si era él y sí, pude reconocerlo porque tenía en las alas unos pedacitos de letras del papel del que lo calé. buscando donde ponerlo, sin ver bien por la oscuridad, apoyé mi dedo en lo primero que encontré arriba de la mesa y era el libro que había sacado ayer, justo a ese que estaba esperando un momento especial para leerse va y se le posa encima el ángel del momento oportuno. fue lindo eso, lo sentí como algo profético… y a mi dedo parte de todo el asunto… cuestión que lo dejé pegado con baba a la tapa del libro y me fui a desayunar. cuando volví, si, kairós ya no estaba. juro que lo busqué por toda la habitación, culo para arriba en todos los lugares donde podría haberse caído o escondido… barrí y busqué al ángel en la basura, pero nada, nada de nada… los ángeles no son cosa para retener.















