“Las cosas que entendí en silencio”
Dicen que un día lo entendió.
No fue una epifanía brillante.
Fue más bien un cansancio que se acomodó en el pecho.
Como dejar de nadar porque sabes que la orilla no existe.
Aceptó que no iba a tener lo que tanto soñaba.
Ni el novio que la hiciera sentir adorada.
Sus padres nunca volverían a estar juntos.
Y aunque su padre siempre estuvo físicamente,
nunca supo cómo estar realmente.
Intentó conectar, sin lograrlo.
Como si el amor no le alcanzara.
su madre fue otra herida.
Nunca presente de verdad.
No en los momentos importantes.
No en los vacíos emocionales.
La preferencia siempre fue hacia la otra hija.
Y aquella frase—cruda, real, imposible de olvidar—
“preferiría verte muerta a ti antes que a ella”.
Creció con un estómago siempre consciente del esfuerzo.
Cada comida, cada prenda, cada pequeño logro…
Mientras sus medios hermanos crecían con suavidad,
ella aprendió a endurecerse.
que la felicidad no vendría de nadie más.
Ni de la madre que nunca la quiso.
Y como no sabía por dónde empezar,
eligió lo que sí podía controlar:
Verse como un 10/10 no era vanidad, era estrategia.
Era su forma de sobrevivirse.
Solo quiere que el dolor pase.
Quiere hacerlo, pero por fin en base a lo que ella desea.
Y parece que llorar en silencio en los baños se ha vuelto costumbre nuevamente.
Y así, tristemente, sigue.