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@milesdelunaspasaron
D.
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¿No sabes una cosa? Es posible que nunca hayas pensado en ello, pero te lo voy a decir en secreto: Te quiero. Ayer a las 12 de la noche te quería mucho, y ahora a punto de salir de la escuela, voy a volverte a querer. Todos los días te quiero de las 10 de la mañana a las 4 de la tarde, de las 4 de la tarde a las 8 de la noche y de las 8 de la noche a las 2 de la madrugada. Después de las 2 de la madrugada te sueño y te quiero.
― Jaime Sabines
D.
Me canse de esperar, de darte todo sin recibir si quiera una mirada y así fue como me acostumbre a tu ausencia, y poco a poco dejaste de ser ese tema exclusivo en mis versos, en mi mente y en mi cuerpo. Hoy me doy cuenta que no eres mas que puros papeles, recuerdos y cartas viejas que se esfumaron junto con tus promesas de amor eterno.
Siempre llevamos una máscara, una máscara que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del marido engañado, la del héroe, la del hermano cariñoso. Pero, ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie, nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter sagrado de ese instante se deba a que el hombre está entonces frente a la Divinidad, o por lo menos ante su propia e implacable conciencia. Y tal vez nadie perdone el ser sorprendido en esa última y esencial desnudez de su rostro, la más terrible y la más esencial de las desnudeces, porque muestra el alma sin defensa. Ojala existiera una máscara que puedo aliviar los síntomas de la soledad y el aislamiento que produce cuando estas tumbado en tu cama al final del día.
El juró que volvería y empapada en llanto ella juró que esperaría, miles de lunas pasaron y siempre ella estaba en el muelle esperando. Muchas tarde se anidaron, se anidaron en su pelo y en sus labios. Llevaba el mismo vestido y por si él volviera no se fuera a equivocar, los cangrejos le mordían su ropaje, su tristeza y su ilusión. Y el tiempo se escurrió y sus ojos se le llenaron de amaneceres, y del mar se enamoró y su cuerpo se enraizó en el muelle.
Hoy quemé tu carta. La única carta que me escribiste. Y yo te he estado escribiendo día tras día, a veces con amor, a veces con desolación, a veces con rencor. Tu carta la conozco de memoria: catorce líneas, ochenta y ocho palabras, once punto seguidos, diecisiete acento ortográficos y ni una sola verdad.