Suenan Los Huracanes del Norte a todo lo que da en el autobús que va entrando por la boca de Coacalco. “Por tu culpa, nomás por tu culpa...” y el conductor se para a platicar 15 minutos con su compa en una casa duplex con un puesto de copias piratas de las películas más candentes del momento. Voy tarde, como siempre; la ansiedad engulle mi cuerpo y se apodera de mi pierna para moverla impacientemente, estoy nervioso por el viaje de Ayahuasca que estoy por experimentar.
El autobús no llega hasta la calle 14, me bajo y subo un camino empedrado muy pinche empinado. Ya me esperan Mexi y Charly, los vatos que me recomendó mi socio (el de las terapias psicológicas con ácido). El recinto cuenta con tres pisos, nos espera una terraza en forma de octágono en el primer nivel del lugar.
Un techo octagonal sostenido por pilares cubre a todos los presentes en la terraza, de los cuales yo era el único que no estaba instalado con su sleeping alededor de una ofrenda puesta al centro. Me instalo y pongo una bolsa en la cubeta que nos pidieron los organizadores de la ceremonia por si tenemos que vomitar en el proceso (cosa común en este ritual, por lo que veo). Comienza la plática y la explicación de lo que vamos a vivir dentro de pocos momentos, los que ya han tenido la experiencia se impacientan un poco pero los primerizos estamos atentos a cada palabra.
“La Medicina” es amarga y puede tardar desde 10 minutos hasta hora y media en hacer efecto, depende si hiciste la dieta vegana de una semana o no. “La Medicina” no es culera, te avisa si quieres cagar, orinar o vomitar; si alguien se vomita o se caga es porque eso les dio gusto. Cada quien es su chamán, todos son su propia medicina; no hay alguien que pueda guiarte más que la parte parte más sabia de ti.
Acaba la explicación, los músicos que llevan un gong, instrumentos de viento y tambores repasan el tipo de notas y ambientes que pueden tocar con Charly; empieza la ceremonia con el ritual del Rapé. Cada asistente pasa individualmente a que le soplen una combinación que incluye tabaco y plantas medicinales por la nariz con un tubo de 90 grados hecho de madera. Nos apendejamos un poquito y la esposa de Mexi nos pasa humo de copal con un sahumador, lo cual se siente genial con el pinche frío que hace.
Sigue la toma de “La Medicina”, si a alguien no le hace la primera toma puede solicitar otra y así sucesivamente (siempre y cuando haya hecho la dieta). Te pueden tocar viajes diferentes: ver deidades, ver tu muerte, ver tu vida como película, hablar con extraterrestres, tener visiones, escuchar la perfección... lo importante es que hay quienes están al pendiente de ti al momento de viajarte. Pasamos todos individualmente a la primer toma, pasan 10 minutos y ya hay mujeres jadeando y riendo, hombres sonriendo bailando sentados; un par de hermanas a mi lado permanecen sobrias AF, al igual que yo.
Un verdadero carnaval de placer está ocurriendo a mi alrededor, ha pasado una hora y Charly pregunta si hay personas que no estén sintiendo el efecto de “La Medicina”; las hermanas y yo levantamos la mano. Nos piden esperar media hora más, yo me cago de frío en posición de loto (con los ojos cerrados en todo momento, meditando). Pasa media hora y nos invitan a tomar la segunda toma, yo soy el primero en pasar al frente. “¿Estás puesto?”, niego con mi cabeza, “¿Hiciste la dieta?”, respondo que me chingué un taco de pechuga asada y que fumé leve mota, unas papas con sal del metro y que también me rifé una chela o dos...
“No debe ser problema”, a continuación recibo la segunda toma; una toma amarga que recibo antes de volver a mi lugar. En mi silencio, comienzo a pensar que tal vez no fue una buena idea; tal vez no me va a pegar, mejor me resigno y me acuesto... No sé si estoy acostado pero estoy viendo chispas y cabello rojizo volando en un paisaje tan brillante que no alcanzo a ver bien dónde estoy... un comienzo potente.
Me encuentro en un show de mi banda, nos abrazamos y nos besamos al ritmo de una banda underground de Azcapo; dejaste a tu novio para estar conmigo esa noche y yo muy pendejo te pedí que fuéramos a coger al baño o a cualquier lugar. Las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos cerrados y percibo que estoy en posición de loto y que en ningún momento me acosté. Una oportunidad que se fue a la chingada, como varias, como la que materializaba en una gran sonrisa frente a mí.
Por un momento cobra sentido el haberte conocido en Facebook, años después en la fila del check-in del aeropuerto, rato depués en el avión, luego en la taquilla de un concierto en Tijuana y al final del mismo día en el concierto donde no habían menos de 500 personas (frente a frente, justo donde mandé a la verga mis deseos más intensos, donde dejé que mi mente tomara control para callar mis sentimientos de la manera más brutal). Siento la temperatura bajar y las lágrimas no dejan de salir de mis ojos de regalo; se prende un fuego, lo siento y lo veo sin abrir los párpados, el calor me trae una historia donde no la cagué contigo.
Estamos con mi familia, en una comida, pasándola increíble. Nos amamos, cogemos delicioso, nos reímos; puedo ver nuestra energía uniéndose. Nace una vida a partir de la unión y un sentimiento que se transforma en voz me dice que esa vida traerá revolución. Veo la cubeta, “La Medicina” me avisa que voy a vomitar por segunda vez.
Estoy de pie, siento que la tierra se convierte en arena movediza pero me mantengo estoico, tomándome a mí mismo de las manos. El shock de lo que vi es grande pero no puedo abrir los ojos, salgo del octágono y alzo la cara para que por fin pueda ver... las estrellas. “Hay un colibrí en tu corazón”, escucho sonidos y voces que vienen de todos los ángulos, los músicos tocan de nuevo.
El frío aumenta pero mis pies desnudos en el pasto sienten que su conexión con la tierra los calientan. La luna está sonriendo y hay dos planetas brillando especialmente en cada lado de su sonrisa. Veo un flamingo radioactivo con lentes oscuros, es mi hijo, es la onda, está bien.
El frío aumenta y vuelvo a mi lugar para enredarme entre la cobija que llevo. Me convierto en un tigre que vaga solitario en la helada cima de una montaña, siguen brotando las lágrimas, se acerca Charly a mi cuerpo tirado en el piso temblando de frío y llorando para saber si está bien. Mi cuerpo alza su pulgar y sonríe con los ojos cerrados.
Estoy solo en la cima, sobreviviendo, solo caminando en un bosque nevado donde la temperatura ya no es un pedo; veo cómo me ven los demás, veo una cascada de publicaciones en redes, mensajes, pláticas y referencias sobre mí (me siento especial, gracias). Se alza otra montaña frente a mis ojos y en esa montaña vive una tigresa que se parece mucho a mí...
Emprendo mi camino hacia la otra montaña con mis cuatro patas, sigiloso, yendo al baño a cagar aguado de vez en vez. Voy entre los árboles y escucho “Ahí va, serpenteando, serpenteando, es la Coatlicue, es la muerte”, comienzo a ver escamas escurriendo entre las hojas. La serpiente se desliza a toda velocidad hacia mí, una bota gigante le pisa la cabeza, volteo a ver de dónde viene esa bota gigante: soy yo vestido de mariachi...
“Sigue llorando”, escucho y me doy cuenta de que sigo parado. Comienzan a salir hilos de la nada, mostrándome mi lazos familiares y algunos temas pendientes... Veo el daño que hacemos, la mierda que es nuestra ambición, lo efímeros que somos, lo pendejo de nuestra humildad, los aprovechados, la gente culera por vocación, lo que van con los ojos cerrados corriendo pensando que están en una carrera...
Soy expulsado al espacio, veo la tierra a la distancia y escucho el magnetismo de los objetos espaciales. Siento una presencia y pregunto “¿Quiénes son?” pero no recibo respuesta. Escucho la campana de una iglesia, al menos 7 tonos distintos sonando en distintos lugares por campanada.
Veo un encapuchado pasar sobre mí, estoy acostado. Puedo ver mejor, casi todos están dormidos y un par están llevando leña al Temazcal del tercer nivel del lugar. Un cielo estrellado abre la toma, baja la cámara hasta llegar a tres sujetos calentándose frente al horno de un Temazcal...
Mexi colocó un ventilador frente al horno para mantener el fuego, estaba inseguro de lograr que se mantuviera prendida la brasa por el frío; me preguntó algo que contesté de la manera más estúpida seguramente porque no recuerdo qué preguntó pero recuerdo que contesté en automático. Las chispas de la brasa volaban mientras Mexi nos dejó a dos desconocidos a vigilar el ventilador...
Me acosté y emprendí el viaje a un sótano muy profundo. Abrí la puerta y vi esqueletos, de considerable dimensión, de dinosaurios. En ese momento comprendí que estaba metido en mi mente.
Ahora vuelvo a escuchar al sentimiento, “Sigue a tu corazón”. Recuerdo lo que es sentir, me duermo exhausto, despierto para compartir lo vivido en un Temazcal con los presentes, mota, baño de agua fría, calor de rocas, fuego de abuela, visiones y reflexiones. Empaco y nos vamos a una pulquería del pueblo.
Quesadillas y pulque, todo delicioso, especialmente cuando un compañero me dice que vio a un Xoloescuintle parado a mi lado en algún punto de la velada. Todo es de todos, nosotros somos nuestra medicina. Que la mente no calle tu corazón.