Hay una vulgaridad profundamente arraigada en México que confunde jerarquizar con separar. De ahí surgen la corrupción, el abuso, la discriminación y la intolerancia, presentes tanto en los estratos más altos como en los más bajos de la sociedad mexicana.
La vulgaridad no distingue entre riqueza y pobreza, educación y analfabetismo, orden y desorden. Puede encontrarse tanto en el clasista, que necesita presumirse culto para no enfrentar su propia ignorancia (soberbia), como en el gañán, que rechaza toda diferencia por considerarla una amenaza (envidia).
En ambos casos, no se trata de una falla de la jerarquía, sino de la ruptura voluntaria de las relaciones que hacen inteligible a la sociedad mexicana. Quizá por ello hay una palabra particularmente reveladora para nombrar tan ambigua vulgaridad, naco.
Sin embargo, la jerarquía es inevitable: toda realidad está constituida por relaciones que revelan la localidad y singularidad de cada cosa dentro de un conjunto. Separar, en cambio, es romper esas relaciones por incapacidad de comprenderlas.
De esta incomprensión nace un sesgo que actúa como poder. Al ignorar la estructura común, la voluntad particular se impone sobre ella y pretende sustituirla. Así, lo que debería ser reconocimiento de las diferencias se convierte en arbitrariedad, y lo que debería ser jerarquía se degrada en impostura.
"El gañán teme lo que no es; el clasista teme descubrirse ordinario."