Ben;
( October )
Se tomó un momento, disfrutando de aquella paz cuando parecía convertirse en un mundo completamente diferente del que estaba acostumbrado. Su día a día la mayor parte del tiempo se componía de identidades y realidades falsas, informaciones recabadas que podían salvar muchas vidas pero y también, de exponerse asimismo sin tener un boleto de regreso a casa asegurado. Desde el primer segundo de decidir por un trabajo tan arriesgado, la advertencia de problemas titilaba desde la ventana donde los inconvenientes se sientan a esperar de un diminuto error para ir a su encuentro. Benjamín era consciente de ello, pero no por temor propio. Por el contrario, lo era cada vez que se detenía a contemplar el rostro de su hijo dormido sobre su cama esperando a por él con una fotografía entre sus pequeñitas manos, de oír las preocupaciones de su madre las veces que un descaso tenía lugar, pero también lo era allí; justo cuando la muchacha y sus sentimientos sacudían de un pecho que no tenía demasiados chances a su favor.
Plácido se mantuvo en su lugar, con las manos sobre su abdomen por encima del hoody que traía aquel día, los pies calzados por unas deportivas blancas firmes en el suelo y ese cabello rubio suyo en melena peinado por detrás de las orejas. Bajo la misma tranquilidad había llevado su vista hasta ella, escuchándole y dándole gusto que al menos y en tanto su ausencia perdurara, October continuaba lejos de los problemas. No obstante y a manos del correr del tiempo, repentinamente se sintió más atraído de lo que debería, como si cada cualidad o gesto femenino resurgiera cegándole similar a los rayos de sol en las mañanas primaverales. Fue por ello que quizá tardara más de lo presupuestado en asimilar tal pregunta y formular una respuesta. Su cabeza y las ideas acrecentándose allí no ayudaban demasiado.
—No, nada de eso. —Se tamborileo el abdomen, decidiendo que llevar sus ojos a lo alto de la habitación era lo mejor. —La última fue una misión especial bastante prudente. En ella aseguramos el bienestar de una familia que de otro modo hubiese sido engañada y masacrada. Te aseguro que es algo no hubieses querido saber.
El silencio sobrevino de nuevo, sabía que existía algo más con respecto a esa última labor, algo que le intranquilizaba, pero el amparo nuevamente de la voz de October y ese ambiente tan sumiso se convirtieron en el bálsamo perfecto para dibujar una sonrisa entre labios y rebuscar su mirada.
—Yo… —¡Demonios!, pensó resoplando por lo bajo. El llamado a la puerta hizo que Ben apretase de sus labios y se reincorporara viéndole apartarse. Él no demoró demasiado en ponerse en pie, no pareciendo muy a gusto en esa soledad.
—Deja, —se le acerco extendiendo de sus brazos para ser quien sostuviera de la pizza tras acortar distancia— te ayudo con eso. No quiero que luego me reclames porque se te dañen las uñas. —Burlón optó por guiñarle un ojo antes de comenzar a regresar sobre sus pasos.
La muchacha ya estaba torciendo el gesto al oír aquello que no le había gustado. ¿Algo que no hubiese querido saber? Ella siempre quería saberlo todo, y a veces pecaba de entrometida debido a eso. El timbre de la puerta interrumpió la palabra de Benjamín y los pensamientos de October en un solo llamado.
—Muchísimas gracias —dijo, mientras le arrebataban la caja de pizza de las manos. Lo agradeció internamente porque estaba caliente, pero en el exterior sólo demostró un ceño fruncido—. Quédate con el vuelto, así está bien. Gracias. Gracias, gracias, gracias. Era como si nunca fuese a desaparecer esa tonta costumbre inglesa de agradecerlo todo tres y hasta cuatro veces.
Justo antes de sentarse en el sofá, October pasó por su habitación. Nola estaba plácidamente dormida sobre la cama de dos plazas, protegida a ambos lados con una barrera de almohadas que se extendía hasta el piso. Tenía las mejillas enrojecidas y los brazos extendidos de par en par. –Oye –se apresuró a entornar la puerta y correr de nueva cuenta hacia la sala–, ¿ya te vas? Ben no había dicho nada aún y no había practicado movimiento alguno que sugiriese que iba a marcharse, pero October sabía que ya habían pasado las diez de la noche y que los horarios de su amigo eran bastante estrictos. Uno no faltaba a la Estación de Policía así como así. –Pensé que quizá podrías quedarte a cenar. La pizza la comemos rápido y, mira, está caliente. Yo creo que deberías aprovechar. Para continuar con la pequeña extorsión, se sentó en el sofá de un salto con la caja de pizza sobre las piernas. Sabía que al abrirla, el aroma a queso fundido tentaría a Ben a quedarse con ella, al menos, veinte minutos más. –Amo este lugar, tiene las mejores pizzas del planet... –se calló de repente.
Afuera, cuatro pisos más abajo en la acera, un auto se había estacionado. Apenas tenía las luces encendidas, las cuales fueron apagadas luego de aparcar, pero October aún así había notado la compañía. "Oh, no...", murmuró en el susurro más bajo, casi para sus adentros. Era el mapa lo que estaban buscando. Meses atrás, October había irrumpido en la casa de Peter Kingsley en busca de un documento que le brindaba una coordenada más de las que estaba buscando. Justo cuando ella se encontraba revolviendo el escritorio de la biblioteca, había sentido un ruido de pisadas en el jardín lindante pero, al no ver a nadie, la hipótesis de que la habían descubierto había desaparecido de su mente. Estaba equivocada. Aquella Ford Ranger que la había perseguido hacía unas semanas estaba aparcada justo frente a la puerta de su edificio. Jamás hubiera olvidado o confundido esa patente.








