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@mssgab
“Creo que por hoy ya deliré lo suficiente. Pero si no deliro con vos ¿con quién va a ser?”
— “Andamios” - Mario Benedetti.
Te cambia la vida…
La soledad consiste en abrazar a quien amas sabiendo que podrías no volver a hacerlo nunca más
Ethan Wate. Beautiful Creatures (via mssgab)
Hablamos tanto de la lluvia que un trueno acabó atravesándome la garganta y tuve que escapar. —Tu vida o tu corazón —me dijo alguien. —Quiero pasar mi vida en el suyo —le dije yo. Pero eso no era posible. Era tan imposible como un amor platónico cumplido, como tú y yo cumplidas, como tú, Cómo pedirte que te quedaras después o vinieras antes, Cómo mantenerte encendida al otro lado de la calle viéndote por la noche sin poder tocarte y no consumirme en el esfuerzo de querer tu imposibilidad al lado de mi almohada, Cómo negarte a ti y no negarme a mí en el intento, Cómo olvidar tu pelo, Cómo fingir que no estás detrás de cada palabra que me perturba, Cómo pretender saber no echarte de menos y conseguirlo, Cómo asentir creyendo que es cierto eso de que “Es el frío el que hace las ausencias más largas”, cuando ahora, la única que existe es la tuya en medio de este incendio de cenizas. Te acabas de ir y tus ruidos ya se escuchan por las noches. Era tan imposible. —Tan imposible como pedirte que te quedaras conmigo—. La tormenta me sorprendió contigo atrapada en la mirada, lanzando botellas al mar llenas de besos que nunca llegaban, que se extraviaban, que se equivocaban de puerto, que se rompían intentando llegar a mi boca y confundían mis barcos y me llenaban de cristales los labios que pegados a la ventana, congelados, sólo esperaban verte aparecer. Y entonces un día me dejé vencer, olvidé dónde buscarte, comencé a despegar tus nudillos de mis pulmones, me eché la sal de tu sudor perdido en los ojos, prohibí tu olor en mis domingos y escribí todos los antónimos de tu nombre en mis ventrículos. Si no te olvido a ti, no les olvidaré a ellos, y al final lo único que quedó fue un miedo tan inmenso como inconfesable y un deseo: Sólo quería marcharme de ahí y dejar de esperarnos, irme lejos, pensando que lejos es donde no estás, sin darme cuenta de que donde realmente estás es en mí, y que no te irás hasta que yo lo decida. Pero empezaba a tener frío y tú no venías a curármelo, así que tuve que pedirte sin decírtelo que me volvieras a dejar en tierra y siguieras con tu vuelo, pero antes quise hablarte del cielo que te rodea; De que cuando hablas, realmente creo que los relojes carecen de sentido si no es para pararlos y escucharte un rato más —solo un ratito más, lo juro—; Que tuve todos los continentes en mis bolsillos después de tu abrazo, porque cuando tú respiras el mundo, a veces, se paraliza, y otras, en cambio, se tambalea… Pero eso es algo que sólo entendemos los que hemos visto a la poesía perder las comillas. Que tu risa astilla las penas y que aunque nos encontráramos en medio de una guerra que por no querer luchar terminamos perdiendo, encontré la paz en tus maullidos, y fuiste algo así como volver a casa por primera vez, después de perder mil batallas en la espalda. Quise decirte que mi papel siempre se redujo a contemplarte desde lejos y volverte tinta; Que pudimos y aunque no fuimos, siempre seremos —ojalá entiendas eso—; Que nos hicimos el amor una noche que llovimos y por eso, te llevaré conmigo siempre. Que ojalá la huida hubiera sido de tu cama a la mía; Que ojalá la lucha se hubiera reducido a morderte las caderas y no a este cansancio lleno de ojeras mudas; Que ojalá volviera a verte cada invierno de mi vida y vieras que contigo nunca tuve prisa, porque conocerte es viajar y besar, dulce y lento. Un día de invierno llenas de frío por fuera y de amor por dentro. Y que ojalá sonrías y no te culpes ni te castigues: Tú cambias vidas, pero no destinos.
Llovimos Tanto Que Me Ahogué
Elvira Sastre
La senda del perdedor de Charles Bukowski