Tú cuando te dicen que hay dos maravillosas obras de Bacon en el Museo Nacional de Arte.
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@museonacionaldearte
Tú cuando te dicen que hay dos maravillosas obras de Bacon en el Museo Nacional de Arte.
Este halo de lo nuevo se refleja, tal un espejo en el otro, en el halo de lo-siempre-otra-vez-igual.
–Walter Benjamin
En México, muchos pintores no han cobrado la relevancia que pueden llegar a tener. Tal vez sea el caso de Ezequiel Negrete Lira (1902-1961), un artista que caracterizó su trabajo pictórico con episodios de la vida en el campo. A través de pinturas, esculturas y grabados, Negrete conjugó visiones de lo nacional en su colorido cuerpo de obra. Como ejemplo, este paisaje llamado “Al amanecer labores” (1955), donde un grupo de trabajadores emprenden su jornada laboral entre una abundante vegetación, sus habitaciones y sus animales. Llama la atención la presencia de los niños, que en escalas sólo posibles en la creación bidimensional, se pegan a las personas mayores (¿serán sus padres?) como queriendo ir con ellos. Esta obra nos recuerda la tremenda función de la gente que trabaja en el campo día con día y se vuelve aún más vigente con el paso de los años. Esta pieza de #PaisajismoMexicano es parte de la #ColecciónMUNAL.
El paisajismo mexicano no puede ser descrito sin nombrar a Gonzalo Argüelles Bringas (1877-1942). Fue un acuarelista que supo explotar la capacidad de los colores para generar espacios en el lienzo. En su trabajo se distingue también el uso de la luz, que se hace presente entre las transparencias. Cerros (1905) la pintó cuando vivió en Francia, donde continuó sus estudios que iniciaron en la Academia de San Carlos bajo la tutela de José María Velasco y Félix Parra.
Esta maravillosa acuarela es del artista mexicano Félix Parra. Se trata de una imagen que a través de diversos tonos del azul presenta diversos elementos que se mezclan y confunden: el mar, el cielo, la luna y la noche. Esta pieza es un ejemplo de cómo los paisajes en el arte pueden crear ambientes que sólo existen en la mente de los creadores.
Félix Parra, ‘Sin título’, s. XIX.
Actualmente el Museo Nacional de Arte presenta la muestra “Landscapes of the mind. Paisajismo británico. Colección Tate 1690-2007″. A la par de esta exposición, postearemos en nuestro Tumblr obras de paisajistas mexicanos con el hashtag #PaisajismoMexicano, donde presumiremos obras de este género alojadas en nuestra Colección.
Comenzamos con esta pieza de Joaquin Clausell, que destaca por el uso del azul sobre elementos de la naturaleza que no siempre contienen este color, como en los troncos de los árboles. Noten cómo el pintor usa el amarillo para generar luz y contraste. Esta obra se llama Fuentes brotantes (Bosque azul). ¿Te gusta esta pintura?
Hay imágenes que se ven mejor fuera del Internet.
Diego Rivera inició su educación artística en 1897, en la Escuela Nacional de Bellas Artes, misma que continuó y enriqueció en Europa aprendiendo y experimentando con las corrientes vanguardistas del momento. La asimilación del aprendizaje europeo, aunada al retorno a su país, fue creando el propio lenguaje del pintor que se encaminó a la búsqueda de lo nacional y tuvo como objetivo apoyar y enriquecer la política cultural del momento: el proyecto vasconcelista. La molendera deviene de los trabajos realizados por el pintor en la planta baja del edificio de la Secretaría de Educación Pública durante 1923 y 1924. Específicamente se asocia con Alfareros, tablero pintado en el Patio del Trabajo de la mencionada institución. La cotidianidad de los tipos mexicanos, sus quehaceres, vestuarios e instrumentos de trabajo, que en este caso se trata de un metate de origen prehispánico, dan cuenta de una nueva mirada hacia una realidad hasta entonces inadvertida, ignorada o menospreciada. Mirada que, en este caso, tiene como modelo a Luz o Luciana, nombre con el que se conoció a Julia Jiménez, indígena nahua de Milpa Alta. Desde el punto de vista formal, La molendera guarda relación con La creación - primer mural pintado por el artista en la Escuela Nacional Preparatoria en 1922- por sus volúmenes masivos, figuras rotundas y contornos redondeados formados por una línea continua. Pieza representativa de los primeros trabajos mexicanos de Rivera, firmada en los ángulos superior derecho e inferior izquierdo, forma parte del acervo constitutivo del MUNAL desde 1982 y se puede ver en la exposición ¡Puro mexicano! Tres momentos de creación hasta el 28 de enero de 2015.
El estudio puntual y académico de la figura humana en una posición compleja, así como la representación de un desnudo total femenino sin precedente en el pudoroso ámbito artístico mexicano, son los valores que se advierten en esta idealización decimonónica del «buen salvaje», que se perfila como una alegoría del hemisferio sur de América. La mujer yaciente, con el cuero de una bestia como camastro y armas de cazadora, fue resuelta correctamente en el tratamiento de las partes rígidas y suaves de su piel y en el matiz cromático de su carnación, al tiempo que se recorta sobre un vaporoso panorama serrano propio de la topografía andina. El pintor Felipe Santiago Gutiérrez se formó en la antigua Academia de San Carlos y posteriormente viajó por Norteamérica, Europa y Sudamérica. Su presencia en Colombia fue fundamental para la organización de la primera academia nacional en ese país y su amor por el Cono Sur fue referente de inspiración para la composición de varios cuadros en los que se distanció de las convencionales personificaciones amazónicas de América, predominantes desde el encuentro con el Nuevo Mundo, para innovar como lo hizo con el tratamiento simbólico de la modelo en La cazadora de los Andes (ca. 1891). Ven a disfrutar de esta gran obra de arte en ¡Puro mexicano! Hasta el 28 de enero.
Texto: Víctor Rodríguez Rangel, curador de arte del siglo XIX del Museo Nacional de Arte. Originalmente publicado en el catálogo de la exposición ¡Puro mexicano! Tres momentos de creación.
El volcán Paricutín hizo erupción en 1943, sorprendiendo no sólo a la comunidad científica sino también a la artística. El acontecimiento llevó al artista Gerardo Murillo «Dr. Atl» a mudarse a esa región en el estado de Michoacán, donde permaneció dos años, tiempo en el que registró más de un centenar de dibujos y realizó varios caballetes con diferentes vistas del volcán, las cuales concentró en una publicación que lleva por título Cómo nace y crece un volcán, y también presentó una exposición en el Palacio de Bellas Artes con el mismo título. Ahí exhibió el cuadro Erupción del Paricutín que particularmente fue pintado sobre una tabla en la que el artista empleó ambas caras para dos procesos creativos distintos. La cara terminada presenta la erupción del volcán en el momento que levanta, con imponente fuerza, la lava desde el centro de su crater que está en plena ebullición de lava. Si bien puede apreciarse el vigor del artista en la aplicación del pigmento sobre la madera, el resultado es el de un cuadro en el que trabajó detalladamente para conseguir los efectos lumínicos y de densidad muy controlados. Por su parte, la otra cara es una explosion cromática que pone en un segundo plano cualquier rastro naturalista por representar la topografía del espacio, y abre paso a un caudal anímico que desborda en la catarsis del choque entre la fuerza creadora y la destructora, que es al mismo tiempo propiciatoria de los fenómenos de la naturaleza. Llama la atención que en otros cuadros Murillo pinta lo que sugiere ser una lava o fuego verde que fluye como un estado de la materia en transmutación a una energía vitalista. La orientación de cada una de las caras del cuadro tiene una dirección diferente, lo cual no ha favorecido el que sea un cuadro exhibido en un diálogo correspondiente entre ambas caras. Vale la pena apuntar un estudio más detallado sobre éste, como una tarea pendiente.
Texto: Paulina Bravo, Curadora en jefe del Museo Nacional de Arte. Originalmente publicado en el catalogo de ¡Puro mexicano! Tres momentos de creación.
Tanto la mitología clásica como los episodios históricos del Imperio Romano fueron asuntos pictóricos recurrentes en Occidente durante los siglos XVIII y XIX a partir del retorno al gusto por el arte grecolatino —el denominado Neoclasicismo, sobrio, racional, severo y simétrico—, reconocible en obras como El juramento de los Horacios (1784) del francés Jacques–Louis David y El juramento de Bruto (1857) del artista mexicano Felipe Santiago Gutiérrez, en el cual se percibe una mayor expresión melodramática propia de su época. A partir de los clásicos de Tito Livio y Ovidio como fuentes de la historia latina, la acción central del cuadro del mexicano se suscita en torno al suicidio de Lucrecia, perteneciente a una familia republicana, quien se clavara una daga en el pecho tras ser violada por un miembro de la tiranía monárquica de los Tarquino. Las prendas y la arquitectura clásica nos ubican en el contexto y al interior de la habitación de Lucrecia, sostenida por su marido y su padre en un conjunto que hace el contrapeso a Junio Bruto, a la derecha, quien alzando la daga en el aire proclama así la venganza de la casta republicana.
Texto: Víctor Rodríguez Rangel, curador de arte del siglo XIX del Museo Nacional de Arte. Publicado originalmente en el catálogo de la muestra ¡Puro mexicano! Tres momentos de creación.
Sentado sobre un pedestal de factura romana, el frágil cuerpo de Jesús se divisa vejado; hilos de sangre corren por todo su cuerpo, desde la frente traspasada por espinas hasta las piernas de rodillas laceradas. Del cuello pende un lazo, que según las narraciones apócrifas sirvió para sujetarlo a la columna donde fue azotado; un cendal cae de su cadera, el manto de púrpura cubre su espalda y en la mano izquierda sostiene el infame cetro. Esta representación del Ecce homo fue realizada como el verdadero retrato de una escultura, pues la figura de Jesús lejos de ser una imagen naturalista posee detalles propios de una pieza de imaginería: de la parte posterior de la cabeza emergen las potencias, los fulgores rectos y flamígeros que se colocaban en tres grupos para ornato exclusivo de las representaciones cristológicas en el mundo hispano; el manto luce brocados dorados y encajes en los ribetes; los pies descansan sobre dos cojines suntuosos que reafirman el carácter devocional de la pieza. Los cortinajes que cuelgan de los extremos superiores marcan la separación entre el espacio interior de un nicho, donde se encuentra sentada la escultura, y el exterior, que corresponde al espectador. Además, el gesto melancólico de Cristo, sosteniéndose la cabeza con una mano ante el desgarramiento anímico que experimenta, corresponde a esculturas que durante el virreinato tuvieron fuerte devoción, por ejemplo la imagen del Señor del Cacao venerada en la Catedral de México. Es posible suponer que esta pintura formara parte de un oratorio personal y que sirviera como refuerzo en la oración. Los escritos medievales de san Buenaventura, los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola y los relatos místicos de santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz fueron medios que difundieron las meditaciones en torno a la Pasión de Cristo. Existen referencias de cómo pinturas del Ecce homo eran empleadas al interior de recintos conventuales para que los religiosos tuvieran una referencia visual durante sus reflexiones sobre la vida de Jesús. En la serie de grabados que realizaron Adriaen Collaert y Cornelius Galle para ilustrar la Vida de la beata virgen Teresa de Jesús, escrita por Roderico Lasso Niño (publicada en Amberes en el año de 1613), existen dos piezas donde aparece la reformadora carmelitana que ofrece ruegos y penitencias ante una imagen del Ecce homo, la cual aparece enmarcada y protegida por un dosel y cortinajes. Así pudo lucir en su contexto el presente lienzo. Puedes ver esta obra en la muestra Puro mexicano! Tres momentos de creación. Hasta el 28 de enero de 2015.
Texto: Abraham Villavicencio García, curador de arte novohispano del MUNAL. Publicado originalmente en el catálogo de la exposición ¡Puro mexicano! Tres momentos de creación.
Los efectos del color y luz en esta pieza son características poco usuales en la escultura de la primera mitad del siglo XX. De este modo, Carlos Bracho, en la elección del material para su pieza, generó un nuevo código estético que le otorgó otro valor a la escultura. En esta pieza titulada La Raza (1938), conocida también como Cabeza verde, el escultor utilizó ónix verde, un mineral de baja dureza y poca solidez que facilita su corte en diversos tamaños y formas, de ahí que sea empleado comúnmente en la joyería. Desde la época prehispánica, los recursos naturales en México han ofrecido un amplio abastecimiento de dicho material, pero en este caso, la piedra para esta obra fue conseguida en París por el propio artista, lo que indica que puede ser un bloque originario de Turquía, Irán, China o Pakistán. El alto índice de refracción del material provoca intensos efectos compositivos entre la luz y el color, mismos que iluminan la cabeza femenina con el rostro de rasgos indígenas. La luz también acentúa el volumen y forma de la cabeza, lo que remite a las grandes cabezas olmecas de rasgos toscos y labios gruesos; porta además un peinado típico de las mujeres del sur de Oaxaca. Esta pieza es una de las obras más tempranas y emblemáticas de la denominada Escuela Mexicana de Escultura, en la que los jóvenes escultores usaron las bases de la escultura prehispánica para resignificarla, como aconteció con la pintura. Este interés se origina, desde las políticas estatales que pretendieron enaltecer el pasado indígena y rechazaron la herencia hispana. Con lo anterior buscaron generar un concepto que englobara «lo mexicano» y que a su vez le diera significado. Por su parte, el filósofo José Vasconcelos consideró que la historia de México comenzaba con la Conquista, y por lo tanto la raza mexicana era una mezcla de dos culturas. Vasconcelos promovía que el mestizaje fuera una de las principales líneas políticas del Estado, no solamente del mexicano, sino también aplicable a toda Latinoamérica. Bajo este argumento, se eliminaba la superioridad de otras culturas por sobre las demás, imaginando así una nueva raza que fuera universal y que nombró la raza cósmica. Puedes ver esta pieza en la exposición ¡Puro mexicano! Tres momentos de creación, que estará hasta el 28 de enero de 2015.
Texto: Ariadna Guadarrama. Publicado originalmente en el catálogo de la exposición.
Algo que se sabe del Dr. Atl es que estudió sin cansancio algunos volcanes de México, como el Paricutín. Se dice que para encontrar distintas perspectivas de los volcanes, escalaba, subía a globos, caminaba; luego (o a veces mientras), dibujaba o pintaba. ¿Qué habrá hecho para dibujar esta descarga eléctrica? ¿Hubo lluvia esa noche? ¿Y si esta pieza es sólo una construcción gráfica? En este ejercicio, Gerardo Murillo presenta un rayo violento con una sutil y delgada línea blanca en medio de una humareda corpulenta. Puedes ver este y otros estudios de volcanes hechos por el Dr. Atl en la exposición ¡Puro mexicano! (Dato extra: son mostrados por primera vez).
Seguramente has visto muchas obras del escultor mexicano Gabriel Guerra pero no lo sabes. ¿Ubicas el monumento de Hidalgo en Guanajuato? ¿Las estatuas de Zarco o Revueltas en el Paseo de Reforma? Bueno, pues él las realizó. En el Museo Nacional de Arte tenemos doce de sus obras y por primera vez exhibimos "El río Bravo" (1880), en la muestra #PuroMexicano. Ven y disfruta de esta pieza que destaca por reproducir modelos antiguos de belleza en la Academia de San Carlos.
Esta obra estaba guardada en la bodega del Museo Nacional de Arte y hoy es parte de la exposición ¡Puro mexicano! Se trata de una escena de batalla bíblica pintada por Juan Tinoco en la segunda mitad del siglo XVII. En la pieza podemos observar cómo se desarrolla un enfrentamiento multitudinario en el limbo del día y la noche. Destaca el brío con el que se sus actores se baten en duelo y la expresión de dolor tanto en humanos como animales. Ven a ver esta gran obra de arte :)
¿Un santo católico bautizando a gente oriental? Sí, de eso trata esta obra anónima de la colección del Museo Nacional de Arte. Se trata de san Francisco Xavier haciendo misiones en Japón. En la escena podemos ver al santo con integrantes de un grupo privilegiado, que recibe de una pileta el sacramento del bautismo. Puedes ver esta obra anónima del siglo XVIII en la exposición ¡Puro mexicano!, donde mostramos obras que no habían sido vistas por el público.