Sabía que iba a llegar tarde. Simplemente sabía que iba a pasar así. En ocasiones, y sin motivo alguno desde que empiezo por buscar las pantuflas debajo de la cama al despertar, ya se que voy a llegar tarde. Recuerdo bien que Noemí me había preguntado como unas tres veces la noche anterior a qué hora tenía cita con el odontólogo. A lo que le respondí: - A las 10 querida. A las 10. Noemí desde que éramos novios siempre había estado pendiente de mis obligaciones medicas y más aun ahora, que desde que cumplí los 40 no dejo de visitar todos los consultorios del barrio.
Es cierto que una vez hace cosa de dos años el despertador no sonó y yo llegue casi 10 minutos tarde a la reunión de consorcio que había en el edificio. Fue un acontecimiento de lo más extraño porque además justo en esa oportunidad teníamos que debatir sobre qué destino propiciarle a Berto. El perro Pequinés de la Srita Leonor que vive en planta baja, y que desde hace un tiempo a ésta parte, tiene a mal traer a los tobillos del portero cada vez que saca la basura.
Pero como toda excepción hace a la regla. Después de eso compre un despertador extra. No sea cosa que las pilas se acabasen al mismo tiempo y yo llegase tarde, pensé; Tengo la teoría de que a veces uno llama a la tragedia como si las chistara bajito, y ella mas receptiva que polilla al ruido se viene a instalar una temporada o dos.
Así como así esa mañana cuando me desperté mire a la mesa de luz, y ningún reloj funcionaba. Capricho del destino. Revancha del iracundo Berto, no se. Pero ni idea que hora era. Y el sol parecía demasiado alto por ser Mayo. Así que sin mas vueltas salí rápido de la cama y Noemí ya me esperaba en la cocina con el mate en la mano. - ¿Querés uno? me dijo medio dormida. Me negué con un gesto brusco y me fui en búsqueda de mi reloj pulsera. Un regalo que me había hecho mi viejo a los 18 años. Fui hasta la mesita del comedor donde ella siempre deja las llaves y algunas monedas de las compras pero no estaba. Volví a la habitación y miré la mesa de luz otra vez, tampoco lo había dejado ahí; Comencé a impacientarme. Fue entonces cuando supuse que con ese espíritu de Princesa del Odex, Noemí podría haberlo dejado en la repisa que está cerca de la puerta, asi podría limpiar la casa libre de mi sembradío de desorden cotidiano. – Se te va a hacer tarde Negro. Escuche decirme ya con tono decidido. – Ya voy mujer! Ya voy! Siempre tuvo esa cualidad de ponerme mas nervioso cuando menos necesito. Terminé de vestirme a los apurones mientras relojeaba los muebles de la casa, a ver si todavía lo había dejado en alguna parte. En el peor de los casos, sabia que podía contar con el reloj de la plaza. Era ya el segundo dentista que visitaba por la misma muela y la secretaria era de lo mas estricta con los horarios. Campera en mano, me lave los dientes le di un beso y salí.
¿Cuánto puedo demorar si son diez cuadras derecho? No más de 15 minutos caminando y en subte es solo una estación, pensaba. Respiré hondo y me relaje cuando hice las cuentas en mi cabeza. El sol no parecía tan alto desde la calle. Tenía que saber la hora. Ni Rodolfo el encargado que me salvara en la puerta estaba; Aunque si voy caminando y me desvío dos cuadras. Solo dos hacia la plaza, puedo saber la hora desde el reloj de la esquina. Me lleve instintivamente la mano rápido hacia la panza, este dolor de estomago de la falta de mate que no me dejaba pensar y esa intranquilidad de llegar tarde que ya estaba sintiendo más ruidosa que las tripas; Me desvié sin pensarlo. Había un viento frio pero estaba tan apurado que apenas lo sentía. En el camino sorteé un par de mujeres con el carrito de las compras. Una señora con un cochecito, un perro con correa larga, y dos verdulerías que estaban descargando mercadería, situación que me tranquilizo, porque pensé que esos camiones solo descargan cajones solo si es bien temprano.
Cuando quise acordar faltaba muy poco para llegar a la plaza, apuré el tranco y ahí me vi. A mitad de camino del odontólogo. Sin nada de aliento ni gusto a menta en la boca. Parado en la esquina mirando un reloj que no andaba. Que vaya a saber cuándo movió por última vez una aguja. Respire tan lento como pude y me pregunte si Noemí aun tendría caliente el agua para el mate mientras empezaba a caminar de vuelta hacia casa.