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—No me vas a enterrar Max, soy más fuerte de lo que crees —aseguró antes de guardar silencio, abriendo sus ojos con sorpresa al escuchar lo importante que era alguien como él para el enfermero. Desde joven el danés se preocupó por su bienestar e, incluso ahora, seguía haciéndolo cada vez que tenía oportunidad, inclusive cuando tenía asuntos más importantes de los qué preocuparse como lo relevante y dolorosa que resultaba esa fecha para él—. No puedo prometerte en que no terminaré en peleas pero… puedo intentar disminuir las veces en el mes —expresó sin apartar su mirada, inclinando casi por inercia su faz hacía aquellos dígitos que rozaban su piel—. Siempre he sido un caos, el cambiar eso de la noche a la mañana no creo que se pueda, pero lo intentaré, ¿vale? —Reiteró para enseguida acortar un poco las distancias con el mayor.
Deseaba expresarle lo importante que era para él, de como aquellos gestos que tuvo en su infancia le ayudaron a creer que si era valioso para alguien pero… ¿Valdría la pena el revelar todo eso ahora?, tal vez, y por ello se animaría a intentarlo a su manera, aunque el arrepentimiento y la culpa aparecieran a la mañana siguiente— Hey, quizás no pueda borrar lo que pasó en tu cumpleaños cuando eras un crío pero… quizás a partir de ahora estos sean un poco mejores —murmuró, llevando su diestra hasta esos dedos que lo rozaban—. Déjame ayudarte a eso, a que sea distinto por una vez.
Aquellas fechas siempre se le hacían cuesta arriba, su cumpleaños se había vuelto un día fatídico en la familia. Sus abuelos pocas veces habían llegado a celebrarlo, todo porque al día siguiente tocaba ir al cementerio a dejar flores a su padre y a su madre, pero hacía años que el propio Mads había dejado de hacerlo. Ellos eran desconocidos para él, recordaba poco de ellos, sus caras ya eran manchas difusas en su memoria, sus voces hacía tiempo que se habían vuelto un eco ininteligible que repetía las pocas frases que recordaba… Lo único que sabía a ciencia cierta era que su madre olía a jazmín y su padre a rotulador permanente y pegamento de contacto. Era poco, proporcional al tiempo que había pasado con ellos.
—Con que sean menos seguidas me conformo, Roma no se conquistó en un día —intentó decir con cierta gracia, pero su sonrisa fue más apagada de lo que le hubiese gustado. Ya no se le daba tan bien esconder lo mal que le sentaba el final del año. Le tomó por sorpresa el tacto de la mano del otro, quizás porque le acariciaba de forma distraída. Al escuchar sus palabras miró por un momento al suelo, Viggo le había dicho aquello al saber aquella parte de su historia—. Los haces un poco mejores estando a mi lado —confesó en un susurro.













