Al infierno en ascensor o en escalera al cielo
A veces, cuando más pega el insomnio, me pongo a pensar. Pienso en mucho, en poquito, en todo y nada. Me doy el lujo de acordarme de las cosas buenas que hice que nadie notó y me permito también sentir culpa por mis cagadas. Pero como de costumbre, en los programas que hay en mi cabeza siempre lo malo tiene más rating. Y de una forma u otra, no hay vez que no termine castigandome por lo que pudo haber sido y no fue, o lo que fue y no tendría que haber sido. Me autoentrego el premio a las malas decisiones y si tengo suerte me quedo dormida. Si no, sigo bajando en el ascensor al infierno. Los peores días, son los que se te acumulan las cuotas de los errores que parece que nunca vas a terminar de pagar. Los que parece que sacaste un crédito en el banco y lo invertiste en cagarla. Ahí te preguntas qué se van a acordar de vos cuando no estés, qué ejemplo vas a poder ser para tus hijos si hoy sos un desastre, qué le vas a contar a tus nietos. Esos días cuando tu papá te dice “me decepcionaste”, cuando pierden la confianza en vos, cuando sentís que no servís para nada. Así era un día típico en mi vida en finos detalles. Durante esos meses que significaron para mi puro cataclismo espiritual y unas pares de docenas de tweets y posts tristes en las redes sociales, conoci una señora que me ayudo a encontrar la respuesta a todo. Magdalena, o Lena que era como le decían era una señora de más o menos 80 años que conocí una vez que fui a ayudar a una villa. Me ofreció un vaso con agua y me pidió perdón por no tener otra cosa, se sentó conmigo y me contó toda su vida como si fuésemos las amigas más íntimas. Cuando terminó y yo me estaba por ir, volvió a disculparse y me dijo que no suele abrirse así nunca porque no tiene nadie que la escuche. Se le empañaron los ojos me abrazó y me dijo “ojalá hubiese mas chicos como vos, que me diste tanto, cuando yo no soy capaz de ofrecerte nada” y se despidió. Esa noche me imagine un mundo repleto de soles, cuando yo sentía que había días que una sola Sol era demasiado. Me dió risa, porque por primera vez mi nombre me sonaba a luz. A claridad. Esa noche me dí cuenta que lo único capaz de destruirme, soy yo. Esa noche me di cuenta que me encanta ser esto soy, que me quiero, que pifiarle es humano y que como cada mil defectos hay una virtud cada mil personas de mierda hay una Lena que te hace sentir que estás acá por algo, que Dios existe, que aunque al infierno haya ascensor al Cielo hay escaleras, y se llega igual pero más despacio. Y por esas personas es por las que todo vale.















