Morfología de las despedidas
Las estaciones de tren gozan de buena fama. Por deterioradas que estén siempre hay poesía en sus columnas. Un andén vacío, por ejemplo. Un tren que no llega, otro que pasa. Los pañuelos al viento y los amantes desesperados por atrapar el último te quiero al trote esquivando gente en la plataforma colmada. Hasta los vagabundos de las estaciones de tren podrían ser reyes de imperios devenidos en nostalgia.
Del impoluto aeropuerto, ni hablar. Todo allí acontece en aritmética perfecta. Son una oda a la sincronía. Los anuncios bilingües, los carteles electrónicos, los cacheos de rayos-x, la sonrisa de los asistentes de vuelo ("Que tenga un buen viaje, señora.")... Los aviones que a más de trescientos kilómetros por hora remontan vuelo y las personas que, detrás de vidrios reforzados, saludan abstracciones en la tierra y en el cielo.
Las estaciones de autobuses, en cambio, casi no están registradas y casi que no lo merecen. Son un fenómeno deforme. Tristes hasta la médula, sus personajes yacen maltratados por el hedor a gasolina quemada y estructuras de fierro y dejadez. Para colmo, los autobuses dejan las plataformas retrocediendo. Las despedidas son, al menos por un instante, en reversa: de frente al pasado, de espaldas al futuro.












