Como el musgo a la piedra,
te agarras a la vida.
Sin pudor ni vergüenza a miradas ajenas,
sin temor a perder la forma, el gesto, la elegancia;
con la mirada atada al corazón.
Muerdes la esperanza hasta casi desgarrarla,
sin inmutarte por la sangre derramada;
su sabor intenso y metálico, que emana de tu propio ser.














