Ayer por la mañana me enteré que el señor que me traía los garrafones de agua había fallecido de la nada. Era un hombre bajito, de semblante duro que no recuerdo me haya dirigido alguna sonrisa y que siempre creí conocer de algún otro lado. Nunca supe su nombre. Conducía todos los días el mismo camión con el mismo compañero, quién ahora al verme caminando por la calle me ha esperado para darme la noticia.
Por alguna razón saber de su muerte me afectó muchísimo, no dejé de pensar en él toda la tarde.
Hace dos semanas, como nunca calculo bien cuando debo reabastecer el agua, tuve que llamarle a su celular para rogarle que me trajera unos garrafones. Me contestó entre risas, en el fondo se escuchaban niños jugando y varias personas charlando (”Es abuelo”, pensé)
-Estoy de vacaciones, no podré ir pero le paso el número de mi compañero - me dijo con una ligereza en la voz que nunca le había escuchado, esa ligereza que se escucha hasta en la voz cuando uno se siente feliz y pleno.
-Una disculpa, yo le llamo. Pásela bien!
-¡Claro que sí! - colgó reanudando la conversación que había pausado para contestarme.
Me mudé a esta nueva colonia hace 4 años, no conocía a nadie y creo (estoy casi segura) que él fue la primera persona con la que entablé una conversación. No he dejado de pensar en su ausencia.
¿Por qué será que en las pérdidas lejanas (las más ajenas) puedo sentir el dolor de forma inmediata y mucho más tangible? Me permito el luto inmediato en una seña de empatía hacia el otro, esperando así aligerarles aunque sea de manera minúscula ese manumental dolor que se siente con las pérdidas.
Le lloro a él y así me permito al fin llorarle a los míos: lloro la ausencia del padre, lloro las historias pendientes del abuelo, lloro las pláticas que nunca existieron, lloro ese abrupto hueco en el asiento del conductor de ese camión rosado que seguirá circulando por mi calle.
-¿Cuál es su nombre? - le pregunto a su compañero.
Le sonrío, me sonríe devuelta.