Beau siempre tenía dificultades para distinguir entre una postura normal y una agresiva; ¿donde podría dibujar la línea para descubrir lo que realmente pasaba por su cabeza? Ya de por sí detestaba estar confrontándola, creando un ambiente caótico. Lamentablemente, no podía echar marcha atrás; necesitaba hincar el diente en la verdad de la que se convenció. “Y que tú reacciones así me da motivos para dudarlo.” Jugó con sus dedos, sumergiendo su mirada en el patrón de la alfombra por un segundo. “Lo siento, Bea. No puedo creerte. Quiero hacerlo, pero me es imposible. Dime, ¿acaso tú te consideras una persona ideal y digna de confianza?”
El último comentario se había sentido como un puñal en su corazón, sin embargo, jamás iba a mostrar vulnerabilidad ante otra persona. Después de todo ella sabía que él tenía argumentos para decir tal cosa, pero se sentía bastante mal que la primera vez que había hecho las cosas bien dudaran de ella. “¿También quieres preguntarme si soy digna de recibir amor, de siquiera seguir respirando? Digo, si lo que quieres es que yo diga lo que todo el mundo sabe deberías de preguntar el cuestionario completo.” Exageró un poco, cruzándose de brazos. “¿Sabes, Beau? Si quieres creerme bien y si no, vete al infierno.”




















