El Presidente Barack Obama y la canciller alemana Angela Merkel en la Cumbre del G7, Krün, Alemania. Junio 2015.
Una conferencia ocurrida en Berlín el 10 de noviembre con motivo de la entrega del premio Welt Literature 2016.
En primer lugar quisiera resaltar lo absurdo de mi posición y es que aceptar un premio literario es, quizás siempre, un poco absurdo. En momentos como este, tanto el premiado como quien otorga el premio sienten un poco de vergüenza acerca de todo el asunto.
Sin embargo, aquí estamos. El presidente Trump se alza en el oeste y una Europa unida se hunde en el horizonte al otro lado del océano, pero aquí estamos, otorgando y recibiendo un premio literario.
Muchas otras cosas más importantes fueron reducidas a banalidades por los eventos del 8 de noviembre, tantas, que vacilé en incluir a mi propia escritura en la lista. Sólo la menciono ahora porque la pregunta más frecuente que recibo sobre mi trabajo en estos días tiene que ver con la situación ya mencionada.
La pregunta es: “En tus primeras novelas sonabas muy optimista, pero ahora tus libros tienen un dejo de desesperanza ¿Es así?”. Esta es una pregunta que casi siempre me hacen apenas disimulando su entusiasmo. Seguro sabrán de qué hablo si alguna vez han escuchado a un niño pedir permiso para hacer algo que, de hecho, ya hizo.
A veces, me hacen la pregunta de manera más explícita, por ejemplo: “Antes eras una gran líder del multiculturalismo. En este momento, ¿admitirías que ha fallado?”. Siempre que escucho estas preguntas me recuerda que haber crecido en un homogéneo rincón cultural de la parte rural de Inglaterra o Francia o Polonia, durante los años setentas, ochentas o noventas, es verse a uno mismo viviendo en un mundo apartado de los conflictos de la historia. Mientras que el haber sido criado en Londres en el mismo periodo con, digamos, musulmanes paquistaníes en la casa contigua; Hindúes de India en el piso de abajo y judíos lituanos cruzando la calle es para muchos parte de un muy específico experimento social ocurrido en la historia y que ahora ya está desacreditado.
Claro que cuando era niña no me di cuenta de que la vida que tenía era considerada, de alguna forma, provisional o experimental a los ojos de otros. Para mí, sólo era la vida. Por eso, cuando escribí una novela acerca del Londres en el que crecí, aún no me daba cuenta de que al describir un ambiente en el que personas de diferentes orígenes vivían en relativa paz, uno junto al otro, estaba “liderando” una situación que estaba siendo puesta a prueba y cuyas condiciones podían desaparecer de un momento a otro. Era pues, muy inocente, tenía veintiún años.
He pensado en las fuerzas históricas que tomaron, a través de la esclavitud, a la parte negra de mi familia desde la costa oeste de África hasta el Caribe y de ahí hasta Gran Bretaña, a través del colonialismo y el poscolonialismo. Así cómo estás mismas fuerzas históricas depuraron una pequeña villa italiana de cualquier judío, gracias a la casualidad de que estaban lejos de Milán, lo que mantuvo a esa villa mayoritariamente blanca y católica al mismo tiempo que mi pequeño rincón de Inglaterra se volvía cada vez más multirracial y respecto a la religión, más diverso.
Pensé que mi vida era tan impredecible como la vida en la villa rural italiana y que en ambos casos la corriente del tiempo se movía en una única dirección posible… hacia adelante. No comprendí que estaba “liderando” al multiculturalismo con el simple hecho de hablar de él o describirlo como algo más que una tragedia por suceder.
Al mismo tiempo, creo que nunca fui tan ingenua como para pensar, aun teniendo veintiún años, que las sociedades racialmente homogéneas necesariamente eran más felices o más pacíficas que en la que yo crecí sólo por el hecho de su homogeneidad. Después de todo, cualquier niño de la mitad de mi edad sabía lo que los antiguos griegos se habían hecho entre ellos; lo que los romanos se habían hecho entre ellos; al igual que pasó con los británicos del siglo XVII y con los norteamericanos del siglo XIX.
El mejor amigo que tuve en mi juventud, quien ahora mi es esposo, es de Irlanda del Norte. Un lugar en el que las personas se parecen entre sí, comen lo mismo, le rezan al mismo Dios, leen el mismo libro sagrado, usan el mismo tipo de ropa y celebran las mismas fiestas. Aún con todo esto en común han pasado cuatrocientos años en una guerra acerca de una diferencia mínima entre doctrinas que más tarde dejaron que se transformara en una discusión que engulló todas las discusiones; desde la posesión de la tierra, pasando por el gobierno y llegando hasta la identidad nacional.
La homogeneidad racial no es garantía de paz así como la heterogeneidad racial no está destinada a fracasar.
En la actualidad me encuentro con que un vistazo nostálgico al pasado se ha convertido en una constante en la política, tanto para la izquierda como para la derecha. El New York Times publicó el diez de noviembre que casi siete de cada diez republicanos prefieren la versión de Estados Unidos de los años cincuenta. Una versión antigua que, por supuesto, es por completo ajena a mí porque, por ejemplo, en esa época no hubiera podido votar, casarme con mi esposo, tener a mis hijos, trabajar en la universidad en la que trabajo o vivir donde vivo.
Mirar al pasado es un viaje al gusto, para algunos es un viaje de placer y para otros es un viaje de horror. Al mismo tiempo, algunas personas en la izquierda tienen fantasías nostálgicas propias. Imaginan que los mismos rígidos principios ideológicos que se aplicaban a los derechos de los trabajadores, a la seguridad social y al comercio pueden aplicarse tal y como eran a un mundo globalizado en el que el capital no se detiene.
Aun así, la pregunta acerca del proyecto fallido, que parece aplicar al pequeño e irreal mundo de mi fabricación, no es tan descabellada. Es muy cierto que mis novelas alguna vez fueron lugares soleados y ahora las nubes los han cubierto. Atribuyo esto al simple hecho de que entré en la mediana edad. Era una niña cuando escribí Dientes Blancos y hemos crecido juntos. En definitiva, el arte de la mediana edad es menos brillante que el arte de la juventud, pues la vida misma se vuelve más oscura, pero sería injusto pretender que sólo sucede así.
Soy una ciudadana y al mismo tiempo tengo mi propia criterio. Una de las cosas que nos enseña la ciudadanía, a lo largo del camino, es que no hay perfección en los asuntos humanos. Este hecho, aún desconocido para una joven de veintiún años, es más claro para la mujer de cuarenta y uno.
Justo como mi querido y saliente presidente entendía muy bien, en este mundo sólo existe el progreso creciente. Sólo aquellos que no quieren ver pueden ignorar que la historia de la existencia humana es, al mismo tiempo, la historia del dolor, la brutalidad, el asesinato, la extinción masiva, de cualquier forma de corrupción y del horror interminable. No hay tierra que se libre de ello, ninguna persona que esté libre de culpa, ninguna tribu que sea por completo inocente. Sin embargo, queda el factor redentor del progreso creciente.
Lo anterior parecerá pequeño a las personas con apocalípticas perspectivas, pero para aquella mujer que hace no tanto tiempo no podía votar o beber agua del mismo lugar que el resto sus conciudadanos o casarse con quien ella quería o vivir en ciertos vecindarios, tales cambios crecientes se sienten gigantescos.
Mientras tanto, el sueño del viaje al pasado, para nuevos presidentes, reporteros literarios y escritores por igual es, sólo eso, un sueño. Uno que sólo cobra sentido si los derechos y privilegios que posees ahora también se te dieron antes. El hecho de que algunos hombres blancos miren al pasado con más nostalgia que ninguna otra persona no sorprende a nadie, sus privilegios y derechos vienen de mucho tiempo atrás.
En el caso de una mujer negra, la extensión de la historia que le es llevadera es mucho más corta. ¿Qué hubiera sido de mí o qué habría hecho yo o más importante, qué me habrían hecho de haber vivido en 1360, 1760, 1860 o 1960? No digo esto para poderme en el papel de víctima o de inocente histórica. Sé perfectamente como mis antepasados de África occidental vendieron y esclavizaron a sus hermanos tribales y a sus vecinos. Yo no creo en la idea, política o de identidad personal, de que existe inocencia pura y rectitud absoluta, pero tampoco creo en seguir mirando al pasado.
Creo en las limitaciones humanas, no porque sea fatalista, sino porque he aprendido precaución. Producto de la historia antigua y reciente. Nunca seremos perfectos, esa es nuestra limitación. No obstante, podemos tener, y hemos tenido, momentos de los que sentirnos verdaderamente orgullosos. Yo me siento orgullosa de mi vecindario y de mi niñez, allá en 1999.
No es perfecto, pero está lleno de posibilidades. Si la oscuridad ha caído sobre lo que escribo, no es porque lo que era perfecto haya sido revelado como vacío sino porque lo que se estaba volviendo posible, y que aún es posible para millones, ahora es negado como si nunca hubiera existido o nunca hubiera podido existir.
Mientras escribo esto, me doy cuenta de que de alguna forma me he alejado de la felicidad que debería invadirme al aceptar un premio literario. No me lo tomen a mal, realmente estoy muy feliz de recibir este premio, y más allá de eso, estoy asombrada. Cuando comencé a escribir nunca pensé que alguien, a parte de mis vecinos, fuera a leer mis libros. Mucho menos que alguien los leería afuera de Inglaterra y menos “en el continente”, como le decía mi padre.
Recuerdo lo impactada que estaba cuando hice mi primer viaje europeo para promocionar el libro. Fue a Alemania y me acompañó mi padre, quien no había estado ahí desde que era un joven soldado en 1945 durante la reconstrucción. Para él, fue un viaje lleno de nostalgia, me contó que se había enamorado de una chica alemana en ese año. Admitió que no haberse casado con ella, y haber regresado a Inglaterra para casarse con una mujer y luego con mi madre, era uno de sus más grandes remordimientos.
Seguro que nos veíamos como un par muy singular. Una joven negra con su anciano y blanco padre, sosteniendo nuestras guías de turistas y buscando esos lugares de Berlín que mi padre había visitado casi cincuenta años antes.
Fue de mi padre de quien heredé tanto mi optimismo como mi desesperanza. Él estuvo entre quienes liberaron el campo de Belsen y por lo tanto había visto lo peor de la humanidad, pero desde ahí había seguido adelante, pasando de un matrimonio fallido a otro. En ambos matrimonios, cruzando los límites de las clases sociales, el color de la piel y el carácter de las personas y aun así encontrando razones para vivir alegre e incluso dichoso.
Me doy cuenta ahora de que de todas las personas que he conocido, él era una de las menos preocupadas por la ideología. Todo lo que le ocurrió lo tomó como un caso aislado porque no podía o no quería generalizarlo. Mi padre perdió su sustento, pero nunca perdió la fe en su país. El sistema educativo le falló, pero aun así creía que era lo mejor y puso a sus hijos en sus manos.
Las relaciones que tuvo con mujeres fueron en su mayoría desastrosas, pero no odió a las mujeres. En su cabeza no se había casado con una chica negra, se había casado con “Yvonne”. Él no había tenido “experimentales hijos mestizos”, nos había tenido a mí, a mi hermano Ben y a mi hermano Luke.
¡Qué raro es encontrar personas así! Aún ahora, no soy tan ingenua como para pensar que tenemos suficientes personas de ese tipo como para formar una sociedad tolerante y decente, pero tampoco negaré la existencia o la posibilidad de que existan más personas como mi padre.
Él fue parte de la clase trabajadora blanca, un hombre afligido constantemente por la desesperanza y que aun así era un optimista de corazón. Quizás si él hubiera vivido en una época diferente y hubiera estado expuesto a una sociedad diferente se habría convertido en uno de esos enojados viejos amargados a quienes la izquierda política teme tanto.
Así como sucedieron las cosas, él habiendo nacido en 1925 y muriendo en 2006. A mi padre le tocó ver como sus hijos se beneficiaban de lo conseguido en el civilizado sistema de protección social de la posguerra: educación y sistema de salud gratuitos. Él sintió que tenía muchas razones para estar agradecido.
Este es el mundo que yo conozco. Las cosas han cambiado, pero la historia no es tan fácilmente borrada por el cambio. Lo sucedido en el pasado, nos da ejemplos que aún planean nuevas posibilidades para nosotros, oportunidades de repensar, en beneficio de una nueva generación, las condiciones de las que nosotros mismos nos hemos beneficiado.
Ni mis lectores ni yo somos ya esos alegres habitantes de las Tierras Altas que aparecen en Dientes Blancos.
Lo que aprendí de todo esto fue que las vidas en la novela que escribí no fueron falsas, es sólo que el progreso nunca es permanente. Siempre estará bajo amenaza y debe ser reforzado, repensado y reimaginado si quiere sobrevivir. No digo que sea fácil. No tengo las respuestas. No soy, por naturaleza, una persona política y estos son los tiempos políticos más oscuros que me han tocado vivir.
Mi trabajo, si así lo queremos llamar, está mucho más enfocado a la vida íntima de las personas. Así que quienes me preguntan acerca del “fracaso del multiculturalismo” tratan de decir que no sólo una ideología política ha fallado, sino que los seres humanos han cambiado y ahora no son capaces de vivir juntos pacíficamente sin importar sus diferencias.
Frente a ese argumento, le corresponde al escritor tomar el papel del niño ingenuo, pero sigo firme en mi creencia de que aquellos que creen en los cambios fundamentales e irreversibles de la naturaleza humana son los verdaderamente anacrónicos e ingenuos.
Si hay una cosa que los novelistas saben es que ciudadanos individuales tienen un interior plural; poseen en su interior el rango completo de posibilidades de comportamiento.
Son como complejas obras musicales de las cuales algunas melodías pueden ser adivinadas, ignoradas o suprimidas dependiendo, al menos un poco, de quien las está dirigiendo.
Justo en este momento en todo el mundo, y más recientemente en Estados Unidos, quienes dirigen a la orquesta humana sólo tienen en mente las canciones más mezquinas y más banales. Aquí, en Alemania seguro que recordarán estas canciones, no son melodías olvidadas.
No hay lugar en el mundo en el que no hayan sido tocadas alguna vez, pero algunos recordamos también una melodía aún mejor y tratamos de tocarla, al tiempo que animamos a otros a hacerlo con nosotros, de manera que sea posible que cantemos al unísono.
Artículo origen: https://www.nybooks.com/articles/2016/12/22/on-optimism-and-despair/