Juraba por mi vida a que te habias ido o.O no podia encontrar por ninguna parte tu blog hace meses y no se porque ;^; pero me alegra verlo todavia aqui, senpai ;u; ♡♡♡ (ademas, como muchos se han ido del fandom de undertale, pensé aue usted tambien lo habia hecho ;;;;;;;) *lo abraza* ♡
Estoy aquí, no me voy a ningún lado. Mala hierba nunca muere *lo achucha* Siento haber tardado tanto.
Eh... define vivir.Sigo aquí, todavía con algunos finales pendientes pero ya entusiasmado por mandar todo a la mierda y volver al ruedo como corresponde. Tengo millones de ideas, varios proyectos pendientes y muchas ganas de hacerlos.
No hablo español, pero yo tengo clase de español en la escuela. Yo traducido su ficcion con Google Translate, heh heh... Su ficción es muy bien! (Lo siento, yo hablo ingles. Gracias!)
Aww, don’t worry! I am super flattered that you still wanted to read my stories even if they aren’t on your mother tongue. I hope it wasn’t too much work, but it’s good to know that you enjoyed them.Don’t be afraid to talk to me in english. I can manage simple things on that.
Este año ha sido una reverenda basura en cuestión de estudios. He estado muy estresado con todo el tema de los trabajos y aún todavía tengo que manejarme con los finales.
Lo siento por haber desaparecido así, pero no quería andar llenando el sitio de cosas a lo random sin ofrecer ningún contenido propio y tampoco tenía cabeza para eso de todos modos.
Pero este sitio no lo dejaré morir, así que si esperaban eso mala suerte.
La primera vez que escribo porno de estos dos XD ¡Que haya fiesta!
Privación de un sentido
Avaricia estaba molesto consigo, pero sobre todo frustrado. Sí, él había aceptado en llevar a cabo esa apuesta y sabía adónde se metía. Sí, era justo que cumpliera con lo que le tocaba al haber perdido. Sí, una parte de sí estaba aliviada de que al menos le tocara hacer algo así con Envidia en lugar de Ira, Orgullo o incluso Lujuria. Especialmente Lujuria.
De no ser así ya se habría librado de las ataduras que le sostenían las manos a la espalda y sacado la maldita venda que le cegaba para hacer tragar al ofensor cualquier risa. Pero no eran ninguno de ellos y tal vez era también su propio orgullo el que lo mantenía sumiso a las manos que le quitaban su camisa de encima.
El ruido desde la fiesta de disfraces al otro lado de la puerta servía como una especie de ruido blanco para que se concentrara en la sensación de esas manos en lugar de su visión cortada.
Desde detrás de su mordaza, no pudo sino gemir cuando Envidia le abrió los pantalones y empezó a tantear el montículo de magia que se había formado ahí. Sintió un beso en su mejilla antes de ser violentamente empujado contra la alfombra y la voz grave de su hermano sonando muy cerca de su cráneo, vibrando contra sus huesos.
-Si tan impaciente estás porque te toque, vas a tener que ayudarme a mí antes. Envidia dice que vengas frente a mí de rodillas.
Avaricia resopló cuando lo sintió de nuevo apartarse. Cuando aceptó la apuesta creyó que se contentaría con hacerlo hacer algo vergonzoso en frente de sus invitados, quizá algo asqueroso, y habría estado bien con eso, pero se veía que desde el inicio Envidia había tenido otros planes. En el fondo ni siquiera podía culparlo.
Si hubiera tenido la oportunidad, también la habría arovechado de una manera similar. Debido a la estúpida alfombra no podía escuchar los pasos de su hermano alejándose de él, pero tampoco le hacía falta. El aroma de su colonia y el maquillaje colorido que combinaba con su disfraz dejaban un camino distinguible para su olfato.
Era todavía incómodo no poder ver, especialmente porque estaban en la habitación de Envidia y no en la suya. Se arrastró de rodillas, agradeciendo que a último momento hubiera decidido por un traje sencillo en lugar del costoso que tenía en mente. Hubiera dado igual que se tratara de cualquier monstruo en el universo, si lo obligaran a arruinar algo de marca iban a rodar cabezas.
Con cada paso, el aroma de Envidia se hacía más claro hasta que percibió el calor de su presencia justo en frente de sí. Con unas manos imposiblemente delicadas, casi como echar sal a la herida, Envidia le acabó de guiar para que se pusiera en medio de sus piernas.
En cuanto su hermano le quitó la mordaza, pronto la reemplazó con su erección y Avaricia la rodeó con su lengua por instinto. Al menos en esa área nadie podía presentarle la menor queja.
-Muy bien hecho. Ahora sí te mereces una pequeña recompensa por haberte portado bien.
Avaricia se lo esperaba y aun así la vibración del huevo enterrado en su interior se sintió como una absoluta sorpresa. A la máxima potencia, había olvidado lo fuerte que esa cosa podía ser. “Si puedes mantener esto dentro y actuar como si no pasara nada durante toda la fiesta, ganas y haré lo que quieras. Si pierdes, vas a tener que hacer lo que yo diga.” Envidia podía activar o desactivar el juguete en cualquier momento que quisiera y Avaricia no tenía derecho a hacer nada al respecto.
Lo estaba llevando mejor de lo que él mismo esperaba, pero cuando Envidia mantuvo presionado el botón y dejó el pequeño aparato hacer lo suyo por cinco minutos ininterrumpidos, Avaricia creyó que se saldría con la suya si se escabullía al baño para un pequeño alivio. Pero el momento en que había dejado el baño, sintiéndose más aliviado que nunca, Envidia ya estaba ahí con los ojos azules brillantes y su sonrisa de siempre.
Así que ahora ahí estaban, él ciego chupándosela mientras sabía que el otro estaba ahí sintiéndose como un rey y el maldito huevo enviaba olas de placer por su columna, nada de lo cual le molestaba realmente. Siempre había habido algo que le gustaba acerca del miembro de Envidia, especialmente liso como un juguete y suave a pesar de la dureza que lo mantenía erguido.
Parecía hecho para que su lengua jugara con él y jugar con él hacía, apretando suavemente con los dientes desde la base para soltar la presión a lo largo y luego una intensa chupada en la gruesa cabeza. Estaba usando su arsenal más pesado por puro desquite. El que de última disfrutara con lo que estaban haciendo, no quería decir que debía privarse de la oportunidad de vengarse un poco.
Y a juzgar por la clase de sonidos que arrancaba de su hermano, estaba seguro de que lo estaba consiguiendo. Sin embargo, demasiado pronto para su gusto, Envidia le empujó la frente, haciéndole quedar con la lengua para afuera.
-Envidia dice –Su hermano habló entre jadeos- que te pongas de costado en el suelo.
-Aww, ¿seguro que no quieres…?
La respuesta fue inmediata.
-No.
Chasqueando la lengua, Avaricia se resignó a la posición ordenada y no le sorprendió que Envidia la aprovechara para quitarle los pantalones. En tanto le elevaba la pierna para dejarla reposar en su hombro, Envidia dijo que quería sentir un coño.
Avaricia se sintió calentar el rostro mientras cumplía con la orden, a sabiendas de que Envidia lo estaba examinando con un hambre que percibía incluso a pesar de la venda. Como era de esperar, estaba prácticamente chorreando cuando su magia tomó esa forma y logró tomar el ancho miembro de su hermano sin mayores dificultades.
Hubo una mínima punzada de dolor gracias a lo rápido que Envidia se metió, pero se alejó casi de inmediato con el ritmo que impuso el esqueleto. Eso, combinado al huevo activándose de nuevo, le estaban volviendo loco. El orgasmo que se había escabullido a tener había sido una decepción en comparación a ese que se acercaba. Ya faltaba poco, ya nada…
En ese momento dio cuenta de algo llenándole desde adentro y los embistes volverse más lentos, hasta finalmente detenerse. De pronto Envidia dejaba caer su pierna y le desataba las manos. Avaricia se quitó la venda para mirar estupefacto cómo Envidia se ponía de pie, arreglándose su traje de zombie como si nada.
-Oh, no me mires así –dijo su hermano dejando caer el control del juguete a su lado-. Puedes usar eso para acabar si quieres. Por ahora, yo creo que es hora de volver a la fiesta, ¿no te parece?
Enviándole una brillante sonrisa que habría engañado a más inocentes, el bajo esqueleto salió del cuarto. Avaricia agarró el control y lo mantuvo apretado sin pausa, frotándose furiosamente el clítoris que todavía seguía erguido e hinchado.
En mitad de su orgasmo maldijo a todo el mundo, pero sobre todo a su propia necesidad de tener siempre más.
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-Creo que ese te sentaría bien –Pereza señaló un traje colgado en una esquina. Papyrus dejó el que sostenía en manos para ver de lo que se trataba. Pereza empezó a reírse suavemente para sí, pero se detuvo en cuanto comprendió que el ángel en verdad lo consideraba-. Oye, Pap, era sólo…
-¿Tú crees? –preguntó Papyrus y el tono anaranjado de su rostro le cerró la boca.
Volvió a contemplar el traje de enfermera, el triángulo que se abría sobre la zona del pecho y la corta minifalda que quedaría por arriba de la mitad de un muslo. Más en el caso del alto ángel. Había sido al inicio un pensamiento pasajero, pero si el otro en verdad estaba dispuesto a hacerlo…
-Eh… claro –dijo y sonrió, recuperando la confianza-. Serías el alma de la fiesta con eso.
-Mmm –reflexionó Papyrus-. ¡Así no es como se visten las enfermeras en verdad! El niño al que yo cuidaba iba al hospital de vez en cuando y nadie hubiera trabajado así.
-Es estilizado –justificó Pereza-. Obviamente nadie espera que vayas a tratar gente en un hospital con esos trajes. Todo el chiste es sólo hacerte ver bien.
-Bueno… el gran Papyrus se ve bien todo el tiempo sin esfuerzo –Pereza asintió, totalmente de acuerdo-. Pero… es la primera fiesta de disfraces a la que voy con tus hermanos, así que no estaría de más hacer algo más estilizado. ¡Buen ojo, Pereza!
El susodicho le podría haber dado un abrazo de pura gratitud, pero en su lugar levantó un pulgar y vibró de excitación mientras Papyrus agarraba el traje en cuestión y se lo llevaba a pagar. Mientras salían, Pereza se fijó en los jeans de por sí ajustados que cubrían las huesudas piernas de su ángel.
No le importaría verlo usando esa falda para algo más que una fiesta, adonde los otros sin duda también se acabarían babeando, y disfrutarlo todo para sí.
Quizá podría convencer a Papyrus de hacer toda más cosas y divertirse en nuevas formas. Tenía la vaga esperanza de que Papyrus al menos lo escucharía antes de tacharlo de un pervertido o que, si era lo bastante suertudo, que ni siquiera hiciera eso último. Papyrus era el mejor, después de todo.
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Al principio Lujuria creía que iba a ser un juego más. Orgullo quería lastimarlo y él quería ser herido, así que tenía sentido que supliera uno por las necesidades del otro. Pero a medida que pasaban los meses, Lujuria estaba notando una diferencia esencial respecto al comportamiento de su hermano hacia él. Para empezar, rara vez, si es que nunca, lo llamaba por su nombre ahora. Siempre era perro, sabueso, basura, puerco y otros apelativos denigrantes. Como una rápida forma de humillarlo servía, pero la forma constante en que lo hacía era como si hubiera decidido que esos eran sus nuevos nombres.
Estaban luego los favores. Ir por algo a la tienda, realizar las tareas de la casa en su lugar o ayudarle en ellas, traerle cosas, obedecer órdenes que por lo general incluían andar incómodo o adolorido por algún accesorio puesto en su cuerpo durante todo el día o hasta que Orgullo considerara oportuno. Si realizaba todo bien, había recompensas, como el pasar el resto de la noche atado bocabajo mientras diferentes pesas tiraban de cada una de sus costillas y pelvis. Si fallaba, había castigos, que podían ir desde ser forzado a correrse sin dolor hasta aguantarse su exasperante frustración y no correrse en lo absoluto. Para su sorpresa, una parte de él disfrutaba con ambos aunque en diferentes maneras. Con las recompensas estaba la satisfacción adicional de ver a Orgullo satisfecho con él. Con los castigos había una cierta decepción consigo mismo que no conseguía justificar.
Debido a lo que hacían, pasaban casi todos los días juntos. No le importaba, pero no podía ignorar la voz que le decía que Orgullo lo trataba como una especie de sirviente. Él debía abrir las puertas para él, mover las sillas para acomodarlo y en una ocasión Orgullo le dijo de limpiarle una gota de helado de sus botas. Unos segundos de silencio pasó entre ellos. Orgullo se encogió de hombros, dispuesto a dejarlo pasar sin darle más importancia, pero Lujuria se sintió de pronto impulsado y se puso en rodillas ahí mismo, cumpliendo la labor. Su interior vibró con una inesperada fuerza al hacer tan humillante acción en un lugar público.
Al levantar la vista, encontró lo que menos se esperaba: Orgullo mirando hacia abajo, atónito y por una vez totalmente desarmado. Un leve color púrpura le brillaba en el rostro. No creía haberlo visto así nunca antes. Su alma vibró con ese extraño placer mientras volvía a sentar en su silla. No le importaba las miradas que atrajo. Podían creer que acababa de perder una apuesta, le daba igual, o adivinar correctamente… ¿qué? ¿Qué había por adivinar?
Orgullo se aclaró la garganta, el púrpura todavía presente.
-No sé qué más esperaba de un puerco como tú –replicó el esqueleto, pero en voz baja, casi como hablando consigo mismo.
-Gracias, señor. Me alegro de haberle servido –pronunció tranquilamente y apenas se contuvo una sonrisa cuando el color de su hermano se intensificó.
Era la primera vez que lo trataba de ese modo fuera de casa y sin establecer antes que ahora estaban jugando. Hacerlo ahora le gustó.
Afortunadamente un mesero apareció con la cuenta, ahorrándole a Orgullo el buscar una respuesta. Lujuria le dejó pagar, como era ya costumbre y sonrió para sí. Tal vez deberían empezar a hablar más seguido de qué clase de arreglo iban a tener entre los dos, pero por ahora le gustaba lo que estaban haciendo y, sin importar el nombre que su hermano decidiera darle, no quería abandonarlo.
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El dolor es maravilloso. Lujuria no recuerda exactamente cuándo o cómo exactamente lo descubrió, pero supone que es un conocimiento impregnado en él desde el momento en que fue creado. No había otra explicación por qué se sentía tan bien haciendo cosas que otros no imaginarían hacérselas a sí mismos y mucho menos por placer. Los otros sin duda no lo entenderían. Lo mejor que podía hacerse para evitar su juicio era mantener su distancia y darse el gusto en soledad.
A medida que crecía, descubrió que algunos humanos compartían su pasión hasta cierto punto. Al principio pensó que había encontrado a su verdadera familia, pero pronto cayó en la desilusión al salir de su primera sesión con unos mínimos cortes y los huesos doloridos en lugar de sólo rotos. Les decía a todos sus potenciales compañeros que era mucho más resistente que la mayoría de los monstruos y que él necesitaba se aprovecharan de ello para alcanzar verdadera satisfacción, pero a pesar de ello todos parecían asustarse al último momento y llevarlo sólo hasta la mitad del camino sin dejarlo llegar al clímax.
Por años intentó convencerse de que estaba bien, que sólo era cuestión de tiempo para encontrar a uno que lograra llevarlo al límite, pero su resolución se estaba gastando. En los foros y conversaciones casuales se enteraba de gente burlarse o mostrarse horrorizadas por fantasías que a él sonaban a un sueño irresistible, con lo que abandonó cualquier ideal por contarlas libremente. Continuó asistiendo a las reuniones y pagándoles a profesionales para que le hicieran sufrir. A veces se corría, siempre agradecía y a veces llegaba a divertirse, pero dentro de sí sabía que no era suficiente. Si quería algo, sólo podía contar consigo mismo para conseguirlo.
Creyó que estaría solo en casa, cada uno de sus hermanos afuera haciendo su propia cosa. La privacidad era sólo requerida para evitar interrupciones y preguntas, no por algún sentido de modestia. No se molestaba en serio en mantener algunas de sus tendencias en secreto, sólo la extensión de sus necesidades más profundas. Con el cuchillo más grande de la cocina empezó a jugar. Sin el temor de convertirlo en polvo que paralizaba al resto del mundo, sus gritos de dolor y placer mezclados eran casi agonizantes.
Lo único que le faltaba era que fuera otra mano la que se lo hiciera vivir, alguien que incluso lo forzara, librándole de toda responsabilidad, haciéndole sentir indefenso y vulnerable mientras era atacado con todo lo que había deseado. Estaba tan concentrado en su fantasía que no escuchó la puerta abrirse, no escuchó los pasos y de hecho no se enteró de nada hasta que algo desde atrás brutalmente le tiró del cuello, cortándole la respiración. Sofocado, miró hacia arriba a su hermano Orgullo. El esqueleto tenía una sonrisa maquiavélica que le hizo estremecer, incluso antes de que Orgullo reemplazara su mano en el mango del cuchillo enterrado entre sus costillas.
-Así que… esto es lo que haces cuando te dejamos solo, ¿eh? –Orgullo retorció el cuchillo, rompiendo el hueso y Lujuria emitió un gemido, cerrando las piernas con fuerza. No entendía lo que estaba pasando. ¿Era un sueño?-. ¿Qué sucede? ¿Ninguno de tus amigos te hace el favor? –Enterró el cuchillo más hondo y Lujuria se retorció, sin hacer verdaderos esfuerzos por apartarse-. ¿No es por esto por lo que sales casi todas las noches?
Lujuria no pescó las implicaciones detrás de las palabras y el tono de su hermano. No estaba nada más lejos de su mente que razonar que Orgullo se había mantenido al pendiente de sus salidas e hirviendo en celos. Nada de eso fue siquiera una idea porque sus huesos crujían, la costilla iba a desprenderse y todo era demasiado maravilloso.
-Más, por favor… -logró rogar, con su mínima cordura.
Orgullo sonrió, sus dientes afilados amenazadores como los de un león frente a su presa.
-Con placer.
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Hacía unos años atrás aprendieron algo nuevo acerca de sus cuerpos que padre nunca les había enseñado: de serles separadas una parte del cuerpo, esta se mantenía viva como el resto de su cuerpo y podía ser reintegrada sin importar cuánto tiempo hubieran mantenido la distancia. Lujuria y Orgullo lo descubrieron de casualidad durante uno de sus juegos, de los cuales nadie preguntaba y ellos no hablaban, excepto para comentar esa pequeña novedad.
Aparentemente el miembro cercenado incluso era capaz de seguir enviando sensaciones de ser afectado. Lujuria claramente quería explayarse al respecto, pero su expresión era lo bastante informativa y todos recordaron de pronto que tenían otras cosas que hacer. Aun así, una idea se había activado en la cabeza de Ira y se la comentó a Gula mientras seguía comiendo su segunda porción de almuerzo.
Ira a veces se quejaba de tener que hablarle mientras el otro se llenaba la boca, pero no le importaba mientras al menos fuera con comida que él hiciera, así que al menos sabía era de la mejor calidad posible. Esa era la razón por la que había insistido en cocinarle. Mientras comía, Gula era mucho más dócil y fácil de convencer, justo que le necesitaba. Sin embargo, la rapidez con que Gula aceptó le tomó por sorpresa.
-¿En serio?
Gula tragó su porción y asintió.
-No voy a morir, ¿no? –dijo, tomando otro montón en su tenedor-. Y sé que vas a tener cuidado, así que no veo el problema. Confío más en ti que en esos dos pervertidos, así que mientras Lujuria y Orgullo no estén ni cerca entonces estará bien.
Ira miró al comedor vacío por esas horas y le dio un abrazo a Gula por el cuello. El otro esqueleto, en lo absoluto sorprendido y sin dejar de masticar, le dio una palmada a su brazo. A Ira le gustaba pretender que era todo duro e insensible, razón por la cual sus otros hermanos todavía creían que la única razón por la que estaba con él era por su cocina, pero no podía estar más lejos de la realidad. Las súbitas muestras de cariño eran sólo una parte del por qué. También estaba el hecho de que no había exagerado ni un poco al decir que confiaba en su hermano para ser responsable con algo así. Siempre lo era con todo lo que se proponía, y claro, contando con que algo no le hiciera honorar su nombre. Pero a pesar de la ideal general, eso sucedía más bien raramente entre ellos dos.
Arreglaron los últimos detalles e Ira le trajo un postre sorpresa que le hizo la tarde a Gula.
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Hacerlo en la casa que compartían con todos sus hermanos estaba fuera de la discusión, con todo mundo entrando y saliendo de cualquier cuarto cuando quisieran, cuando no simplemente transportarse adentro si querían, y el insoportable ruido, iba a ser imposible tener el menor sentido de privacidad para actuar en paz. A algunos de sus hermanos ese detalle podía no importarles, pero para ellos era otra historia
Por esa razón ya contaban con un hotel que, si bien no era del todo modesto, todavía no llamaba mucho la atención y era todo lo discreto que podían pedir. Nunca habían tenido problemas escuchando a otros por las paredes y nadie nunca los había molestado por el mismo tema, lo que lo convertía justo en lo que necesitaban. Una vez instalaron todo lo que les haría falta, Ira instruyó a Gula para que se acostara en la cama con los brazos sobre la cabeza y las piernas extendidas.
-No quieres perder el tiempo, ¿eh? -comentó Gula, pero de última obedeció sin más palabra.
Ira procedió a atarle a cada poste de la cama.
-No actúes como si no quisieras ir al punto también -dijo Ira, y Gula no respondió, porque de todos modos era cierto.
Esa era una de las cosas que siempre habían tenido en común: los dos no tenían paciencia para retrasar lo bueno, por más que a veces lo quisieran aunque fuera para alargar el momento. Después de haberlo atado y asegurarse de que estaba bien asegurado, Ira rebuscó en el equipaje más grueso que se habían traído consigo y sacó un largo machete y una barra de madera. Ira le colocó esta última entre los dientes. Por último deslizó bajo el brazo de su hermano, un poco por debajo de donde su hombro terminaba, una tabla de madera a fin de que no arruinaran la cama.
-¿Listo? -le inquirió.
Gula miró el largo machete con la duda sobre si estaba bien afilada en la punta de los dientes, pero en lugar de dejarla ir tomó una bocanada de aire y asintió con la cabeza. Ira sabía lo que se hacía. Tenía que saberlo, ¿no? Ira sonrió, un gesto alegre y luminoso que casi parecía fuera de lugar en su rostro por lo general gruñón, y levantó el machete, sosteniéndole el brazo contra el colchón. Gula creía estar preparado para el dolor, pero la agonía que inmediatamente sufrió al caer el filo contra sus huesos era mucho más de lo que esperaba. Gritó y apretó la mandíbula hasta que sintió la barra rendirse bajo su presión. Su brazo entero se agitaba como electrocutado, cada uno de sus nervios internos en alerta crítica. La vista se le emborronó con lágrimas gruesas.
Sudando gruesas gotas de magia roja, Ira volvió a alzar el machete y acabó de cortar la conexión. De una manera absurda Gula creyó que debía haberse equivocado y todavía debía estar completo. Estaba convencido de que era capaz de mover sus dedos, que lo estaba haciendo. Pero a la vez era extrañamente liberador, como si en lugar del brazo le hubieran cortado sus ataduras.
-Oh, bien, bien, está bien –dijo Ira, apurado, y el peso que ocupara en la cama se movió.
Gula no sabía exactamente qué pasaba; lo único que se atrevía a mirar era al techo. Probó el sabor de la madera adonde sus dientes se habían hundido un poco, pero sólo un poco. Sabía horrible, al plástico vacío de la bolsa en que estaba y barniz. Le recordaba a la silla de papá. Pequeños estremecimientos le recorrían y no entendía cómo seguía ahí.
El peso de Ira volvió y con él una sensación fría al final de su codo, pero de una manera que no se sentía en lo absoluto correcta. Tomando una profunda bocanada, Gula por fin se volvió a ver. Su brazo había sido desatado, en efecto, y ahora yacía en la mesita de luz al lado de la cama, mientras una toalla se presionaba contra el poco de hueco que le quedaba. Ira estaba en el proceso de asegurarla con un cinturón.
-Bien –susurró el monstruo y se limpió la frente-. Bien, eso fue… Oh, eh –Miró a su hermano y, tras un momento de duda, cuidadosamente, le abrió la mandíbula para sacar la barra-. ¿Gula?
Gula conocía ese tono, y porque entendía lo que era, una parte de su alma se relajó. En medio de sus juegos Ira podía preocuparse de ir demasiado lejos, y siempre que oía ese tono, Gula sabía que sólo bastaría decir una palabra para que todo se acabara. No quería que eso se acabara tan pronto. Ahora que la impresión se le había pasado un poco, el dolor también. La toalla se había mojado con su sangre, pero mucho menos de lo que hubiera sido si se tratara de un humano o un monstruo corriente. La sensación cosquilleante de su herida cerrándose era casi placentera.
-Dame algo y podemos seguir –suspiró.
No tenía necesidad de aclarar nada más. Iluminándose de nuevo, Ira se movió rápidamente hacia la mochila que trajera su hermano y sacó una caja llena de bombones. De vuelta en la cama, Ira sacó uno al azar, le quitó el envoltorio y se lo ofreció sosteniéndolo entre su pulgar e índice. Gula lo devoró de un bocado y el dulce relleno de mermelada fue la cosa más maravillosa que había tenido en su vida. Abrió la boca con la lengua afuera para recibir otro e Ira le complació hasta vaciar toda la caja. Con el último bombón Gula lameteó el chocolate residual en los dedos de su hermano hasta dejárselos marfileños de nuevo. Antes de dejárselos ir, le dio una ligera mordida juguetona.
-¿Listo para seguir? –preguntó Ira.
-Sip -dijo Gula y movió un poco su cacho de brazo. Era de lo más surrealista, ver a su brazo lejos de sí y sin responder a nada de lo que quería hacer con él, pero definitivamente ya no le dolía-. Ya estoy mejor.
Ira le quitó la toalla de encima y vio que, en efecto, el hueso parecía simplemente terminar ahí en lugar de las desagradables astillas sobresalientes que tenía hacía un momento. La toalla en sí, aunque no estaba del todo empapada, estaba demasiado sucia de sangre para su gusto y la desechó en otra bolsa de plástico destinada a ello. No por nada se había traído varias consigo. Volvió a tomar el machete y lo limpió cuidadosamente con un pañuelo mientras se dirigía a su otro lado. Por último le colocó de nuevo la barra de madera, volviéndola de lado.
Una mirada, un asentimiento y el machete volvió a caer. Entre descanso y descanso, entre vaciar otra caja de dulces y esperar a que su cuerpo se curara a sí mismo, Gula pensó que debían haberse pasado la noche entera, pero cuando le preguntó a su hermano, este le dijo que ni siquiera era medianoche. El desconcierto se le pasó de golpe cuando Ira empezó a recoger sus miembros y se le escapó un gimoteo.
-¿Duele? –preguntó Ira, deteniéndose en el acto.
-N-no –musitó Gula, apartando la vista-. Es sólo raro, ¿de acuerdo? Tú me tocas, ellos se están tocando, yo estoy aquí. Es sólo raro. No raro malo o algo así, pero sí raro cómo diablos se acostumbra uno a eso.
Ira agarró una de las toallas sin usar y la extendió cerca de la ventana antes de colocar ahí los brazos y piernas, paralelos unos de otros.
-¿Mejor así?
-No. Sí –Gula se agitó, libre de sus ataduras, y libre de un montón de partes de su propio cuerpo. Quería dar una patada, cubrirse la cara, rascarse, y no podía. Los muñones se movían inútilmente en el aire. La frustración se le iba en aumento, o quizá era una parte de pánico comenzando a crecer-. ¿Puedes venir aquí de una maldita vez y así empezamos con esto?
Ira se acercó y lo levantó lentamente, ubicándolo en su regazo y contra su pecho. Cuando empezó a frotarle la espalda, Gula ya estaba seguro: era pánico. Entendía lo que había pasado, sabía por qué lo había hecho, pero todavía era aterrador el no poder percibirse a sí mismo. En algún momento había dejado de hiperventilar para sólo sollozar, hundiendo la cabeza contra el amplio pecho de su hermano. Ni siquiera estaba seguro de por qué de pronto se ponía así, pero aun así percibió que de alguna forma se estaba librando de algún peso y volvía a cierto estado de calma.
Ira no dijo una palabra, ofreciéndole el latido cálido y constante de su corazón como consuelo mientras mantenía un abrazo flojo. Luego de un largo rato de silencio, interrumpido por unos pocos hipidos, Gula se irguió un poco y frotó su cara contra el hombro de su hermano. Era su señal para que continuaran. Ira apretó un poco más su abrazo y Gula sintió que por fin tenía algo de paz adentro de sí. Podrían haberse así el resto del fin de semana y habría estado contento así, pero no era por eso que estaban ahí y mentiría si dijera que no estaba curioso por saber cómo lo experimentaría todo
La indefensión total no era un estado del todo extraño y en esas ocasiones había disfrutado, así que ¿por qué no podría ahora? Se removió con algo de impaciencia y en respuesta Ira le limpió el rostro.
-¿Todavía hambriento? –preguntó el alto monstruo.
-¿Lo preguntas en serio? –Gula se rió, más animado.
Nunca dejaba de estar hambriento. Lo mejor que podía aspirar era aplacar su hambre lo bastante para que fuera soportable y si alguien tenía que haber tenido ese hecho aprendido, debía ser Ira. Su hermano sonrió y se levantó de la cama, llevándolo en los brazos. Cuando lo dejó en el suelo, Gula vio de nuevo sus muñones blancos contra la alfombra del cuerpo y un estremecimiento de no sabía qué lo recorrió. Por alguna razón fue incapaz de apartar la vista hasta que Ira chasqueó los dedos, sentándose a una silla con las piernas y el pantalón abierto, agitando su erección roja entre los dedos índice y medio.
-¿Y bien? ¿A qué esperas para tener tu cena? –le tentó el esqueleto, apoyando el mentón sobe su otra mano, sin dar la menor indicación de que pensaba ayudarlo.
De inmediato la boca de Gula empezó a humedecerse. La magia de su hermano le era tan nutritiva como cualquiera de sus bombones. Intentó adelantarse como un pingüino, pero no tenía idea de cómo controlar su equilibrio y acabó dándose de cara contra el suelo. Levantó la cabeza para encontrarse con la visión de Ira masturbándose lentamente, viéndolo con una atención absoluta.
-¿Y bien? –preguntó.
Erguirse de nuevo no era una opción, de modo que Gula empezó a arrastrarse hacia el frente, empujándose con las caderas y el pecho, la vista concentrada en la medida de lo posible en ese reluciente objetivo que estaba ahí rogando porque lo devorara. Era una de las cosas más humillantes que alguna vez había hecho en su vida y se empapó en el sentimiento como si fuera una piscina de chocolate. Sus babas dejaron unas gotas rojas residuales sobre la alfombra en tanto avanzaba en su camino.
Para cuando finalmente llegó a Ira ni siquiera se preguntó cómo iba a llegar arriba, viendo que su hermano todavía parecía poco dispuesto a asistirlo; se limitó a empezar a escalar por los pantalones del esqueleto usando los dientes y luego apoyándose sobre la huesuda rodilla. Estaba a sólo unos centímetros de la apetitosa erección y su aroma ligeramente picante ya estaba volviéndole solo, pero antes de que pudiera enterrarla en su boca, Ira le puso una mano en la frente y lo apartó.
Gula extendió la lengua, la boca abierta y húmeda, sin resultado. Gimoteó en protesta, agitándose, pero no había forma de desprenderse del agarre de su hermano en su estado.
-Siempre me ha gustado lo perra hambrienta que puedes ser, Gula. Es una de tus mejores cualidades. Pero ahora yo tengo hambre de otra cosa.
Antes de que Gula pudiera preguntarse de qué hablaba o cuestionar la injusticia de su insatisfacción, Ira le agarró el cráneo por las sienes y empujó la erección por el hueco de su cuenca, dando un largo gemido de placer. La presión pareció presionar contra todo su cráneo al mismo tiempo, a punto de partírselo en dos, pero Ira no le dio mucho tiempo a acostumbrarse antes de que empezara a moverlo a su propio ritmo. Gula cerró su otra cuenca, dejando que la combinación de sensaciones fuera su único anclaje a la realidad. La idea de ser utilizado de una manera tan descuidada, como un simple juguete sexual, le estaba volviendo loco en la mejor manera posible.
Ira aplicaba unas embestidas hasta que su cabeza estuvo a punto de estrellarse contra su pelvis. La erección le atravesaba la cabeza hasta que Gula la sintió rozar el fondo de su garganta. Movió su lengua hacia adentro para tratar de tener una probada desesperada y vio recompensado su esfuerzo cuando un súbito gruñido se le escapó a Ira, sirviéndole eso como única advertencia antes de que la descarga mágica fuera disparada. La saboreó con deleite en tanto la erección de Ira desaparecía.
Su hermano le levantó la cabeza. La visión en su cuenca recién usada era demasiado difusa para distinguir nada más que un manchón blanco con puntos rojos contra la cortina marrón, pero con el otro vio la expresión satisfecha de su hermano.
-Muy bien hecho, pequeña zorra –dijo Ira, limpiándole un mentón húmedo-. Pero obviamente entiendes que apenas iniciamos, ¿verdad?
Gula continuaba saboreando la descarga al final de su boca. Asintió sin otro pensamiento que su creciente hambre, su necesidad por más.
¿Mencioné alguna vez que me encanta la acrotomofilia?
Espero que les haya gustado. Si fue así, apreciaría que pudieran rebloguear esta entrada de manera que le llegue a más personas. Gracias por leer.
-¿Estás seguro? -la voz del ángel tembló tanto como su cuerpo encima del de Pereza, aunque por dos motivos completamente diferentes.
El monstruo debajo le aferró las manos que ya rodeaban su cuello conjurado y las hizo apretar con más fuerza, comenzando a interferir con sus gemidos. Su miembro, enterrado en la calidez divina del ser alado, pareció dar una sacudida de emoción. Todo era todavía más perfecto de lo que había imaginado en cualquiera de sus sueños diurnos, si no por otra cosa, por el simple hecho de que era real.
También era posible que el solo hacer eso con un ángel era por default una experiencia abrumadora, pero no, Pereza estaba seguro que eso no era. Se trataba de Papyrus, tan simple como eso, y ese único elemento era el responsable de que necesitaba que el ángel lo distrajera de alguna manera para no acabar demasiado pronto. Sabía que inmediatamente después de descargar su magia le vendría el sueño y no podía permitir que su primera vez con Papyrus fuera tan anticlimática.
Él en lo personal habría preferido una bofetada o incluso una mordida, puede que hasta una apuñalada, pero entendía que sería demasiado para pedirle al ángel y así el ahorcamiento era su mejor opción disponible. Eso debería garantizarle unos cuantos minutos más en el paraíso.
-Créeme, Pap, será estupendo -jadeó, acariciando sus manos. Eran suaves, para ser huesos, e imbuidas de un calor que le reconfortaba el pecho-. Somos inmortales, ¿recuerdas? Así que sin importar lo que hagas, no puedes matarme. Estaré bien. Sólo aprieta fuerte y no te olvides de moverte. Será increíble para los dos.
-Bueno… si tú lo dices… Pero dime si es demasiado, ¿está bien? No quiero que estés incómodo.
-Pap, nunca en mi vida he estado más cómodo que ahora –afirmó Sans y movió las caderas un poco, introduciéndose más en el ángel antes de dejarse caer-. Ve con confianza.
El rostro de Papyrus se pintó de un breve naranja antes de que un asentimiento determinado reemplazara sus dudas y comenzó a mover sus caderas, elevándose hasta que casi Pereza volvía a salir de él sólo para enterrarse de nuevo. Mientras tanto, Pereza sintió la presión en su cuello aumentar y el aire siéndole arrancado.
-Bien, fantástico, bien hecho, Pap –consiguió emitir antes de que se viera reducidos a sonidos ahogados.
Para ser tan pacifista, el ángel ciertamente tenía una fuerza de la que rara vez presumía y, entre tanto más aumentaba el ritmo de las embestidas que daba con su cuerpo, más fuerte era su agarre hasta el punto que Pereza creía que ya se había olvidado que no era otro ser divino como él. Nada más lejos de sus planes que el protestar por eso. La presión del interior de Papyrus sumado a la sensación de que una bolsa de agua estaba llenándole la cabeza le estaba haciendo perder cualquier sentido de la realidad. Tenía la idea original de mantener una cuenta del tiempo pasado para que sólo después dejarse ir, pero pronto eso fue demasiado trabajo como él y sólo podía dejarse ir.
De forma lejana notó a Papyrus dar un sonido más alto que cualquier otro, seguido del calor que ya lo apretaba estrecharse todavía más, como convulsionándose, y algo en todo eso fue más de lo que podía soportar. Su orgasmo resultó ser largo, casi insoportable, una eternidad de éxtasis puro inflando las venas que no tenía, pareciendo destrozarle la conciencia misma. A pesar de que Papyrus ya no lo estrangulaba, no fue capaz de tomar una primera bocanada a conciencia hasta que el subidón de sensación bajó hasta un nivel más manejable.
Su visión, que se había vuelto borrosa y desenfocada, captó con claridad la expresión anaranjada y gimoteante de Papyrus. Con ese espectacular regalo en mente, Pereza inclinó la cabeza y empezó a roncar.
Papyrus se dijo que debió haberlo esperado. Aunque por esa ocasión podía perdonárselo. Se levantó con cuidado para no perturbar el sueño del pequeño esqueleto (una precaución que creía a cada segundo más inútil, pero aun así) y se colocó su ropaje normal abandonado en una silla. Cuando acabó de ponerse decente, agarró unos pañuelos del cajón para limpiar a Sans antes de acomodarle bajo las sábanas. Ni bien estuvo cubierto, Pereza se acurrucó contra su almohada, un pequeño suspiro de satisfacción escapándosele. La suave sonrisa que parecía tatuada en su rostro acabó de hacer sonreír a su vez al ángel.
-Descansa y sueña con angelitos –deseó Papyrus, como había escuchado que las madres le deseaban a sus niños, y le dio un beso en la sien antes de desaparecer.
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Bueno, después de trabajos, exámenes, trabajos, exámenes y trabajos, por fin se me encendió el foco para dibujar algo. Lamento tanto silencio y que este sitio haya quedado así por tanto tiempo. Trataré de corregir eso y ponerme al día con algunos proyectos.
Uno de ellos será realizar el kinktober durante este mes. Como dije, estos se llevarán a cabo usando a los personajes de mi Pecadores AU, en el que los esqueletos de los universos UT, UF, SF y ST son todos representantes de los pecados capitales creados por Gaster. El primer trabajo es de los hermanos Swapfell. Orgullo es Sans y Papyrus es Lujuria. Espero que lo disfruten. Intentaré seguir con estos lo más que pueda.
Cuero
La primera vez que Orgullo probó la sensación del cuero sobre su cuerpo, había sido un total accidente. Había visto a unos motociclistas por la ciudad llevando chaquetas de cuero en los que el símbolo de su banda estaba cosido a la espalda y las tachas metálicas en sus hombros les daban un toque intimidante, como si informara a todo mundo que su portador no tendría problema en darle una paliza al primero que creyeran lo merecía.
De inmediato deseó toma esa misma apariencia, asimilarla, hacerla suya. Sabía que su baja estatura no ayudaba en lo más mínimo, que sólo parecía un enano de malhumor al que no siempre se le tomaba en serio, por lo que creyó que adoptar esa estética sería justo lo que le hacía falta. Pero por más que buscó en las tiendas, nadie tenía chaquetas así. Todo eran burdas imitaciones de colores brillantes que le ofendían a la vista.
Sin embargo, sí se dio con unos pantalones que le satisficieron. El material estrecho abrazaba sus miembros conjurados como una lengua sedienta. Le encantó la manera en que parecía resaltarle por el frente y detrás de una manera que parecía un par de manos sosteniéndoselos hacia arriba. La primera vez que se vio frente a un espejo distinguió el relieve de su miembro hinchándose a través de la tela y, de no haber estado en el vestidor de una tienda, se habría masturbado furiosamente ahí adentro, enamorado de su propia imagen.
En su humilde y sin duda objetiva opinión, no tenía nada que envidiarle a ninguna estatua griega. Con esos pantalones estaba más que claro; deberían haberlo escogido a él de modelo. Seguro que Miguel Ángel estaría más tentado en tener sus manos en otra parte que el mármol. Se veía desde diferentes ángulos, inclinándose con el trasero en alto, de lado, las piernas abiertas y sobre una silla como se veía al tener bajo su pie a algún patético ser. En todas estaba impresionado con lo mucho que me complementaba, como si finalmente diera con la piel que le faltaba.
No se molestó en cambiarse a sus viejos pantalones y pagó en caja. De camino a casa sabía que otros lo observaban, puede que incluso notaran su bulto, no exageradamente obvio aunque sí notable cuando la mirada acababa recayendo en la zona. Él quería pretender que hacía un buen trabajo pretendiendo que no se enteraba, fingiendo clase, pero no podía evitar moverse con cierto contoneo, caminar con una nueva viveza, sabiéndose un caramelo viviente para todos esos ojos.
Casi deseaba que alguno intentara sobarlo, sólo para demostrarle el error que eso sería, pero no sucedió. Para cuando llegó a casa, Lujuria dejó caer al suelo el control con el cual jugaba a los videojuegos con algunos de sus hermanos. Moviendo sus caderas, Orgullo pasó de la sala hacia las escaleras, sintiendo el calor provenir desde las cuencas vacías, ahora llenas de deseo.
-¡Sabueso! –llamó con falsa impaciencia-. ¡Más vale que pienses venir conmigo a ayudarme a acomodar mis nuevas compras!
A Lujuria no tuvieron que repetírselo. Ignorando totalmente la pregunta de Pereza, se levantó del sofá y salió a toda velocidad hacia adonde se dirigía la voz. Al pie de la escalera se detuvo un instante. Desde arriba, por encima de esas nalgas gloriosas, Orgullo lo miró por sobre el hombro. No estaba seguro de lo que era, pero había algo diferente en su hermano aparte de la ropa. Algo en su actitud, la manera de manejarse, más tranquila, más en control de sí mismo.
-¿Vienes, perro?
Lujuria no tenía voz. Se le había secado la garganta. Sólo pudo dar un asentimiento de cabeza ausente antes de lanzarse a por detrás de su pequeño señor.
Espero que les haya gustado. Si fue así y les es posible, agradecería que pudieran rebloguear esta entrada para que les llegue a más personas. Gracias por leer.
Segundo capítulo
Primer capítulo
En retrospectiva, Papyrus debió imaginar que Sans no se quedaría esperando pacientemente después de enterarse adonde se hospedaba. Por eso no le sorprendió demasiado que al llegar al departamento de Undyne después de clase, su hermano estaba esperándole frente a la puerta, las ojeras bajo sus cuencas todavía más pronunciadas que de costumbre.
Papyrus intentó no mirarlo demasiado (y por lo tanto dejar que la culpa lo mordisqueara) mientras abría la puerta y lo dejaba entrar sin pronunciar una palabra.
-Papyrus… -dijo Sans y sonaba cansado, tan cansado, que Papyrus se volvió hacia él. Al tener la atención del otro, su cara se contorsionó en una familia expresión de furia-. ¿En qué diablos estabas pensando?
-Oh, por amor al Lucifer, ¿todavía vas a seguir en esas?
-Por supuesto que voy a seguir en esas. ¿Tienes idea de cuántas cosas podrían haber salido mal? Por no mencionar que esa cosa ahora está en la red. ¿Cómo le vas a hacer para obtener cualquier clase de trabajo?
Papyrus apretó los puños a su costado, temblando en ira, pero ya no contra Sans sino contra sí mismo, porque no se le había ocurrido ese pequeño detalle al momento. Los humanos le ofrecían un dinero que les arreglaría muchos de sus problemas: eso era todo lo que necesitaba para ponerse en movimiento y aceptar la oferta. ¿Qué otra opción le quedaba?
-Mira, ¿no hay alguna manera de sacar de eso de línea? –insistió Sans, sonando no del todo convencido pero desesperado-. Tal vez si les devuelves el dinero o algo así.
-Ya gasté lo que me llevé –respondió Papyrus, dejándose caer en su cama de los últimos días, dejando a su alma temblar en energía negativa esperando salir-. No tengo el dinero, así que ya no hay nada que hacer. Lo hecho, hecho está. Déjame en paz.
Sans volvió a darle su reconocida mirada de desaprobación y Papyrus estaba listo para echarlo a patadas, cuando el esqueleto más bajo suspiró y se acercó con la cabeza baja.
-No tienes derecho a estar molesto conmigo, yo sí –dijo Sans, casi como un gruñido-. Mira la clase de cosas que haces a mis espaldas y luego tienes la audacia de hacerte el ofendido. Ese es un buen chiste.
Papyrus agarró un almohadón y se lo lanzó a la cabeza. Por necesidad Sans tenía unos reflejos excelentes, y evitó el impacto sin esfuerzo.
-¡Ni se te ocurra hablarme acerca de mantener secretos! –gritó Papyrus, clavándole una mirada de fuego-. ¡Tú me has tenido como un maldito idiota pensando que estábamos bien y no tenía nada de qué preocuparme! “Tú sigue estudiando por tu licencia, Papyrus, y ya tendrás tu auto” –imitó a la fuente de Sans, la voz elevada-. “Aquí tienes tu mesada, Papyrus, gasta en lo que quieras. ¿Qué quieres de regalo, Papyrus? El dinero no es un problema”. ¡Tuve que recibir una maldita llamada del banco para enterarme de que estábamos a un paso de perder la casa! ¿Cómo te atreves a venir aquí a hablarme de secretos cuando tú ni siquiera pudiste decirme eso?
-Lo estaba manteniendo bajo control –remarcó Sans, las dos cuencas oscuras.
-¡Y un diablo que eso hacías! ¡Te estabas desgastando hasta tus límites! ¡Si yo no te enviaba constantes recordatorios de que debías comer, quién sabe lo que hubiera pasado contigo! ¿Acaso crees que a mí me gustaba ver a mi hermano rebajarse a tanto y saber que él ni siquiera quiere aceptar mi ayuda?
Sans desvió la vista y Papyrus también, limpiándose rápidamente las lágrimas rojas que de pronto le habían humedecido la visión. No quería sentirse impotente, pequeño y débil de nuevo, y eso era exactamente a lo que Sans lo había sometido de nuevo. ¿Por qué eso era tan difícil de entender?
Luego de un momento de silencio, Sans se sentó al otro extremo del sofá. Papyrus retrajo las piernas contra su pecho, como si quisiera protegerse, y dejó que el silencio se tragara su rabia húmeda hasta que escuchó las palabras de Sans.
-Se supone que yo soy el hermano mayor –dijo el bajo esqueleto, sin volverse. Papyrus miró de reojo que la luz todavía no había vuelto a sus cuencas. Detestaba verlo cuando se ponía así-. Se supone que yo debo cuidarte. Si no puedo ni siquiera proveer para mi pequeño hermano menor, entonces ya no sé para qué más estoy aquí.
-Basta –dijo Papyrus, resoplando por el hueco nasal y se limpió de nuevo el rostro-. No digas esas cosas. Sabes que odio cuando te pones así.
-Es la verdad.
-Me importa una mierda si es la jodida palabra de Dios –replicó el esqueleto, irguiéndose-. Tienes mucho más que ofrecer a este mundo de inútiles que sólo ser mi hermano mayor y pelearé contra cualquiera que diga lo contrario, incluido tú –Se volvió hacia él. Sans se mantuvo inmóvil-. Te necesito para estar ahí, no para tratarme como un bebé huesitos. Necesito que estés bien, Sans. Y voy a hacer todo lo necesario para conseguir eso, te guste o no.
Sans parpadeó, los puntos rojos volviendo pero en un tono más apagado que de costumbre. El monstruo pareció sonreír a pesar de sí mismo por un segundo antes de girarse en su dirección, fruncido el ceño.
-Prométeme que nunca en toda la vida volverás a hacer eso –dijo el esqueleto en un tono bajo e inusualmente serio.
Esta vez Papyrus se mantuvo en sus trece. Ya no era un niño y era hora de demostrarlo.
-Si tú me prometes que no volverás a guardarme información así de importante. Puedo conseguir algún pequeño trabajo y mantener mis estudios. Puedo ayudar en lo que haga falta.
-Papyrus, sabes lo difícil que es arreglar algo así…
-¿Pero qué es esto? –replicó Papyrus, poniéndose de pie de golpe-. ¿Acaso escucho a alguien mencionar que hay algo que el Gran y Terrible Papyrus no pueda hacer? ¡Esto no se quedará así! –Implementando una de sus poses imponentes (que no se sentía igual sin su viejo traje de batalla), manos a las caderas y pecho hacia adelante, Papyrus apuntó al rostro de su hermano-.¡Me subestimas, patética criatura mágica! ¡Te haré saber que mi manejo del tiempo es excepcional! ¡Jamás he llegado tarde a ninguna clase ni me he pasado en la fecha de entrega para ningún trabajo! ¡Soy un estudiante ejemplar y un vulgar trabajo no va a ser un obstáculo para el increíble, preciso y magnífico sentido del deber del Terrible Papyrus! ¡Tú sólo acomoda tu gordo trasero y prepárate para maravillarte con todas las responsabilidades que tomaré! ¡Tú sólo siéntate y espera a ver, nyeje!
Papyrus elevó un poco el mentón, levantando una pierna en el sofá, esperando que el efecto de la pose no se viera estropeado por la falta de una capa que hacer hondear a sus espaldas. Trató de no perder la confianza incluso cuando un largo silencio siguió a sus palabras y, para cuando menos lo esperaba, el sonido de una carcajada. No era la reacción que esperaba, pero la tomaría.
-Dios mío… -se rió Sans con ganas, limpiándose una cuenca y quedándosele viendo con una sonrisa-. ¿Qué diablos hice yo para tener un hermano tan genial?
-¡Qué pregunta tonta es esa! ¡Ser el hermano del Gran Papyrus es un privilegio, no un premio!-Papyrus, súbitamente inspirado, le apunto con el dedo-. ¡Y ser el mejor hermano que nadie podría pedir en el subsuelo o la superficie es más que suficiente para merecer un privilegio así! –Sans se cubrió el rostro, iluminado en su magia roja y Papyrus sonrió, dando una palmada-. ¡Es un hecho entonces!
-Algo me dice que no tengo otra opción aquí –dijo Sans, suspirando-. Sólo… no te excedas tratando de hacer todo, Pap. Si se te vuelve demasiado sólo habla conmigo y buscaremos otra solución. Juntos, ¿de acuerdo?
-De acuerdo –Papyrus le ofreció su mano y Sans no dudo en estrechársela. De inmediato los dos se pusieron a apretar al otro, moliendo los huesos del otro en su palma, hasta que se soltaron al mismo tiempo, agitando las manos para lidiar el dolor. Era una cosa que habían empezado cuando eran niños. Papyrus había empezado seguro de que podría tener a su hermano de rodillas, pero sólo para ser él el derrotado. Con el paso de los años y a medida que incrementaba su fuerza, junto a su estatura, Papyrus todavía probaba su suerte cada vez que podía. En las últimas ocasiones lo más a lo que había llegado era un empate y empezaba a creer que eso iba a ser lo máximo a lo que podía esperar, lo que no le molestaba ni de cerca tanto como habría temido-. Espero lo mismo de ti, Sans.
--
No mucho más tarde, los dos se dirigían hacia su hogar. Se habían quedado hablando en la cocina un rato hasta que Undyne abrió dando una patada a la puerta, como de costumbre, y se sorprendió de ver a Sans. La monstruo apenas escuchó una palabra de lo que intentaron decirle y se apresuró a juntar las pocas cosas de Papyrus en una mochila, para dársela a éste y correrlos a los dos de su casa, gritando que ya era hora de que se arreglaran, que había sido un placer y cerrando finalmente la puerta a sus espaldas.
-Vaya, qué mal invitado debiste de ser para que ella se alegrara tanto de echarte –comentó Sans en un ligero tono de burla.
-Nos echó a los dos, idiota –remarcó Papyrus, pero sin veneno y suspiró-. Ella sí mencionó que estaba esperando invitar a Alphys desde hacía tiempo, pero no quería hacerlo conmigo alrededor. El departamento es pequeño y, bueno, las paredes no son exactamente a prueba de sonido –Papyrus se apretó el entrecejo, tratando de no pensar en la noche en la que unos ruidos raros salían del cuarto de Undyne y Papyrus cometió el error más grande de su vida al entrar sin haber tocado, resultando en un grito de la monstruo que le habría hecho sentir orgulloso de no ser porque estaba muy ocupado muriéndose de la mortificación y escupiendo inútiles disculpas. Podía considerarse muy afortunado de seguir vivo siquiera-. Me sorprende que no lo haya hecho antes, en verdad.
-Bueno, lo que acaba bien, está bien –Sans le dirigió una sonrisa dorada-. ¿Pedimos para comer?
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Armado cada uno con un plato con al menos dos rodajas de pizza, los hermanos se acomodaron en el sofá para disfrutar una maratón de películas de comedia romántica que daban en la televisión. Una de las pocas cosas en las que los humanos y su superficie les habían ganado debía ser su amplia selección de medios de entretenimiento. Papyrus estaba sorprendido de enterarse que existían miles de estrellas que podía admirar y no tenía que quedarse sólo con Mettaton, aunque éste siempre habría sido su primer flechazo celebre.
Las películas eran simples y ligeras. De vez en cuando había un chiste que hacía a Sans agitarse hasta sujetarse su estómago invisible o alguien recibía una paliza tal, o sufría cualquier clase de dolor físico, que Papyrus se daba palmadas en la rodilla, sonriendo a más no poder. Quién le hubiera dicho que los humanos podían ser tan violentos. Incluso las escenas de diálogo no eran tan malas. Se había llegado a sentir apegado a un par de personajes antes de que se decidiera su destino: matrimonio o sólo pareja.
Durante uno de los comerciales, Papyrus vio subrepticiamente la hora en su celular. Era bastante más tarde de lo que ninguno de ellos dos estaba acostumbrado, pero no pensaba decir nada al respecto. No quería despedirse todavía de la atmósfera que habían creado. Había tenido una duda picándole desde la nuca desde hacía días y parecía ser el momento ideal para sacársela de encima.
-Oye, Sans –dijo, acurrucándose en la manta que Sans había traído para ellos.
-¿Mmm?
-¿Cómo fue que encontraste el vídeo?
Sans se atragantó con el pedazo de pizza que estaba comiendo y Papyrus se apresuró en llevarle un vaso de agua para que se le bajara. El esqueleto bajo se golpeó el pecho, tosiendo.
-¿Por…? ¿Qué importa cómo lo encontré?
-¡Claro que importa! ¡Ellos me aseguraron que estaría en un buscador para monstruos esqueleto especial! Si pudiste encontrarlo tan fácilmente en un sitio porno cualquiera, entonces eso podría ser una violación de nuestro contrato.
Sans murmuró algo inteligible sin levantar la vista de su regazo. Papyrus giró las pupilas dentro de sus cuencas.
-Sans, no me importa que veas porno. Por favor, ¿cuántos años crees que tengo? Si necesitas algo así de vez en cuando, entonces no voy a juzgarte. Sólo dime adónde lo encontraste.
-Busadordemostruos.
Papyrus parpadeó un momento y se inclinó sobre su enrojecido hermano, el cual parecía encogerse más en el sillón.
-¿Qué?
Sans sólo fue capaz de repetir su misma patética respuesta de antes. Pero esta vez Papyrus lo entendió.
-Oh, ¿así que sí buscaste otros monstruos esqueletos?
Sans hizo un sonido gutural, como si lo torturaran, pero asintió con la cabeza.
-Oh, claro, tiene sentido –Papyrus sintió un poco de su propia magia abrazarle las mejillas. Aun así, se esforzó en mantener un tono casual y despreocupado-. Siento que… eh, tu momento se haya visto arruinado por eso. Ellos sí me dijeron que yo había sido el primer esqueleto que tuvieron, así que… bueno.
-Heh –se rió Sans débilmente, el cráneo empapado en gotas rojas-. Heh. Heh. No… está bien… ni siquiera me di cuenta de que eras tú al primer momento.
Papyrus parpadeó. Dejó su plato en la mesita de luz a su lado con una calma y lentitud que hasta a él le extrañó un poco.
-Sans -dijo, manteniendo la calma pese al tumulto que sentía en su alma. Era de verdad impresionante, pero ni siquiera podía asombrarse de ello ahora-. Tú sí dejaste de ver el video ni bien te diste cuenta, ¿verdad? Es decir, sé que lo descargaste y lo pasaste al televisor, pero de última… debió ser asqueroso ver eso, ¿verdad?
Sans rezongó, cubriéndose las cuencas. Papyrus estaba cansado de la falta de respuestas claras, especialmente ahora que él las necesitaba.
-¡Sans!
-¿Qué diablos quieres que te diga, Papyrus? –soltó Sans mirando al techo-. Eras tú. ¿Cómo podría darme eso asco? Estaba molesto, desde luego, y… no sé. No podía dejar de ver esa cosa. Seguía pegado viendo esa cosa y sé que soy un asco, y sé que soy un terrible hermano, y sé que eso está mal, así que si pudiéramos simplemente olvidarnos de todo este asunto sería jodidamente estupendo –suspiró, hundiéndose-. Lo siento.
Papyrus no supo qué decir por un largo rato. Miró sus piernas todavía cubiertas por la misma manta que cubría a Sans. Cuando habló, su voz era tirante, forzada y la odió ni bien la escuchó.
-Bueno, el Terrible Papyrus es increíblemente bien parecido y sus destrezas actorales no tienen par, así que no creo que nadie te culparía por verte embrujado por…
-Por dios, Papyrus, cállate la maldita boca –gruñó Sans y Papyrus le hizo caso, más por la sorpresa que por otra cosa. Nadie lo mandaba a callar-. Esto no es un maldito chiste, ¿de acuerdo? Soy sólo yo siendo un asqueroso enfermo. Lo sé. Tú lo sabes. Y no te culpo si prefieres mantener la distancia. Pero eso sólo pasó una vez, no se repetirá, eliminé el archivo y no volveremos a hablar de esto en lo que nos resta de vida. Pongámosle punto final a esto, ¿de acuerdo?
Sans tomó el control del televisor y lo apuntó para subir el volumen, terminado el comercial y la película olvidada hacía tiempo. Papyrus tuvo un súbito flashback de la última conversación que habían tenido en la que Sans se había comportado de una manera familiar y lo último que quería era revivir eso. Antes de que pudiera razonarlo, su mano salió disparada y tomó el control de remoto del otro.
-¡No! –exclamó Papyrus-. ¡Tú no decides el punto final! ¿Es algo nuevo eso que sientes? ¿Fue por el video solamente? ¡NO TE ATREVAS A TELETRANSPORTARTE LEJOS DE AQUÍ, SANS, O LO JURO POR DIOS!
Sans se encogió de pronto, como si eso hubiera sido justamente lo que tenía en mente. Papyrus lo consideró una pequeña victoria que todavía estuviera ahí.
-Háblame –pidió-. Todo esto empezó porque no me dijiste las cosas cuando debías. Ahora puedes. No voy a juzgarte, burlarme ni a pensar mal de ti. Lo prometo. Y sabes que mi palabra vale más que la de cualquier otro.
-No hay nada que hablar… -masculló Sans, enterrando la cabeza en sus manos.
Papyrus le tomó una de ellas y se la apretó suavemente, esperando que sirviera de algo, esperando que la onda de sentimientos que latían de su alma se pudieran transmitir sin que él tuviera que ponerles un nombre. Debajo de todo ello, el miedo insoportable de que Sans lo rechazara lo mantenía paralizado.
Sans al primer momento permaneció confundido, su expresión tratando de interpretar la magia que viajaba entre ellos por su contacto. Al levantar la vista, las cuencas de Sans se habían abierto como si viera a Papyrus bajo una nueva luz.
-Pap…
-No podía hacerlo sin imaginarte ahí –dijo Papyrus en un acelerado murmullo, frotando sus manos, enviando energías nerviosas y de duda, como el aroma de una planta a punto de morirse-. Viendo o como uno de ellos. No quería tocarlos o dejarme tocar si no eran tú, así que sí tú eres malo por ver de casualidad, no sé qué dice eso de m…
Sans le acarició la mejilla. Su contacto era frío, como siempre, pero no de una manera desagradable, sino como el frescor de una brisa en medio del infierno que era su propia aura inquieta, un soplo capaz de calmarle, el susurro mágico de lo que no podía ser otra cosa que afecto añejo y calma. Poco a poco, como si los tiraran de hilos invisibles, los dos fueron cerrando la distancia. El beso empezó tentativo, dando a la oportunidad al otro de retirarse en cualquier momento, pero pronto la necesidad fue más grande.
Sans lanzó un resoplido de sorpresa cuando el gesto tierno se tornó algo más cuando Papyrus lo empujó contra el sofá, su figura imponiéndose sobre él.
-Qué… -preguntó, atontado, antes de que Papyrus volviera a reclamarle la boca, su mano ya abrir la cremallera de sus pantalones.
Eso no era lo que Sans tenía en mente y no que hubiera tenido mucho tiempo para planear nada en primer lugar. Si es que nada, en sus fantasías, él era quien guiaba a un Papyrus inseguro e inexperto por los primeros pasos, sirviéndole de guía como buen hermano mayor para que poco a poco viera al otro tomar cada vez más confianza, sabiendo que él habría sido en parte responsable de ello.
En cambio, la versión que le tocaba era una que no necesitaba de su asistencia en lo absoluto. Y por la manera en que la mano de Papyrus se adaptó rápidamente a la forma de su erección, apretando justo de la manera que él necesitaba, había salido con suerte.
-He esperado demasiado tiempo para poder hacer esto, hermano –susurró Papyrus contra sus dientes y el sonido no pudo sino hacerle recordar al de una serpiente en plena caza-. No tienes ni idea de cuántas cosas he querido hacer, Sans…
Sans recordó el vídeo que había provocado tantos problemas, pero esta vez la imagen pegada a su cráneo ya no eran sus manos acariciando a Papyrus desde mil lugares diferentes mientras el esqueleto se retorcía y gemía pero su propia figura ahora estaba en el centro mientras varios Papyrus se turnaban a tocarlo. Creyó que iba a perder la razón y buscó de inmediato la boca de Papyrus para demostrarse a sí mismo que era real, que eso estaba pasando.
La lengua algo picante ahogándole y las manos como garras pasando por sus costillas eran todavía mejores que cualquiera de sus fantasías.
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Espero que este pequeño fic les haya gustado. Si fue así y les es posible, apreciaría que rebloguearan estas entradas para que pueda llegarles a más gente. Gracias por leer.
¡Hey, holaaa! Quería decirte que adoro cómo escribes, en serio<3. Tu narración es estupenda y tu porno, bueno, es de lo mejor que he leído. Aquí una sugerencia/petición para cuando escribas algo nsfw sobre los UT!Bros en el futuro: ¿Qué tal un UT Sans dando una buena montada? ;) Sigue así!
¡Gracias! En la lista de pendientes tengo sólo una historia con fontcest y podría colar ahí un poco de Sans haciendo del vaquero xD
¿Han visto como otros juegos se dividen en capítulos que se lanzan a lo largo del tiempo? ¿Qué les parecería que este juego fuera así? Se lanza el juego, pero sólo con el primer capítulo, luego una versión actualizada con el segundo y así hasta que el juego está completo. Pienso que eso sería una forma más efectiva de mantener este proyecto a flote en lugar de sólo esperar a tenerlo totalmente completo de una vez.
¿Qué les parece? ¿Les interesaría que fuera así o prefieren un sólo juego con todo?
Papyrus golpeó en la puerta del departamento como si estuviera dispuesto a echar todo el edificio abajo, y de no ser porque pronto le atendieron, tal vez eso habría acabado haciendo. Undyne salió dispuesta a expresar su molestia cuando Papyrus gritó primero. Era una instantánea derrota, nadie podía gritar más fuerte que el esqueleto.
-¡SANS Y YO TUVIMOS UNA PELEA Y NO QUIERO HABLAR AL RESPECTO Y NECESITO UN LUGAR ADONDE DORMIR POR UNOS DÍAS! –El esqueleto inspiró y expiró, encontrando la mirada de la monstruo-. Por favor. Undyne se le quedó viendo por un segundo hasta que recordó: los amigos se decían por favor y gracias. Ellos eran amigos, al menos desde que ya no tuvo sentido pelear por el liderazgo de la Guardia Real. Los buenos amigos se trataban así. El humano les había enseñado. Levantó la mano aun así para reclamar por el escándalo y lo bajó casi de inmediato.
-Ya, claro, pasa –dijo, haciéndose a un lado.
-Gracias –soltó el esqueleto torpemente, entrando.
El departamento de Undyne no era mucho más grande que la casa adonde vivía con Sans, pero, claro, desde que subieron a la superficie era lo mejor que podían permitirse todos ellos. De pronto fue vergonzosamente consciente de que se había lanzado a la noche sin más ropa que la que tenía puesta ni nada más útil que el dinero. Hablando del mismo, separó una buena cantidad de billetes y los extendió hacia Undyne.
-Por las molestias –dijo algo brusco, sin saber cómo manejar la situación.
No era común para él depender de la amabilidad de otros. Papyrus notó la forma en que el ojo de Undyne se iluminaba antes de que su mano se agitara en el aire.
-Nah, guarda eso. ¿Te piensas que voy a aceptar caridad ahora, saco de huesos? Me mantengo bien por mi cuenta, gracias. Ya si haces algún desastre en mi casa hablaremos, pero por ahora guárdalo -Papyrus estuvo a punto de protestar, pero no podía negar que lo entendía y volvió a embolsar los billetes-. Con ese dinero podrías tranquilamente ir a un hotel, ¿sabes? Si necesitas un lugar adonde tu hermano no moleste.
Papyrus se removió incómodo. Esa había sido su primera idea, pero al llegar al vestíbulo del hotel más cercano se le ocurrió de pronto que acabaría durmiendo en una habitación totalmente en solitario, sin el murmullo de una televisión que Sans mantenía encendida hasta dormir o sus consecuentes ronquidos, y supo que no iba a tener ningún sueño así, especialmente en un mundo que de por sí desconocía. Undyne no era su hermano, pero sí una presencia familiar y eso era lo que necesitaba.
-Intento ahorrar –explicó, irguiendo el pecho-. Invertir sabiamente. ¿Para qué gastar en hoteles si puedo evitarlo?
-¿Ah, sí? ¿Y qué diablos habrías hecho si no te dejaba entrar? ¿Ir a llorar a la reina loca y su mocoso?
-Sí –dijo Papyrus, hundiéndose.
Undyne también dejó caer su expresión burlona.
-De acuerdo, bien –suspiró ella-. Pero dormirás en el sofá. No tengo colchones extra, habitación de invitados ni nada lujoso como eso. Tómalo o déjalo.
-Lo tomo. Gracias.
Undyne rezongó, haciendo una mueca de desagrado.
-Y deja de repetir eso. Me estás dando escalofríos.
-Vale –Papyrus se volvió a la pequeña sala, adonde una manta ya yacía en el extremo del sofá y un tazón de cereales en la mesita frente al televisor. Un dibujo de una mujer rubia enarbolando una espada permanecía estática-. ¿Interrumpí algo?
-No realmente, sólo me ponía al día con Full Metal Alchemist y tomaba una cena tardía –De pronto la monstruo sonrió, rodeándolo por el hombro. Papyrus siempre había odiado que la otrora capitana fuera una cabeza más alta que él y más cuando hacía eso, porque entonces lo volvía todavía más obvio. Ni siquiera tenía puestos sus tacones para reducir la diferencia-. Pero ahora que estás aquí con un par de billetes extra, ¿qué dices si pedimos algo de pizza? No vas a pensar no contribuir con nada aquí, ¿verdad?
Papyrus asintió. Le parecía justo. Luego de que le pasara un par de billetes, la monstruo le dio una palmada en la espalda que habría tirado al suelo a alguien menos preparado. Papyrus se sintió orgulloso de que todavía pudiera resistirlo.
-Oye –dijo Undyne, parpadeando-. ¿Y qué digo cuando Sans aparezca preguntando por ti? Porque sabes que él acabará apareciendo por aquí, ¿no?
Papyrus asintió. Desde hacía media hora su celular había estado vibrando sin cesar con mensajes y llamadas, pero nada más ver el nombre en la pantalla le traía a la memoria al altercado y todavía no estaba listo para enfrentarse a eso.
-Dile que estoy aquí y no quiero hablar con él. Que yo más tarde lo buscaré.
-Tan mala fue la pelea, ¿eh? Sabes, es gracioso. Yo siempre pensé que Sans simplemente se doblaba a tu voluntad y por eso eran el par perfecto. Apenas puedo creer que hayas sido tú el echado y no él.
Papyrus apretó un puño. Ni aun entonces quería aclarar que mucho de eso había sido show para el exterior, pero sobretodo porque entendía que era verdad en otro sentido. Sans lo había consentido, lo sabía, incluso cuando ellos dos lo tenían todo en su contra. Lo había cuidado y protegido cuando muchos otros nunca se habrían molestado, ni aun por sus propios hermanos. Era ese gran parte del motivo por el que estaba más que dispuesto a devolverle siquiera una parte de cualquier manera que le fuera posible.
-Dije que no quiero hablar de eso –replicó, haciendo lo posible por sonar firme pero no amenazador. Era un extraño y nuevo balance que todavía luchaba en conseguir-. Sólo necesito pasar unos días en calma hasta que todo se enfríe, ¿de acuerdo?
-Como quieras, pero no pienso tenerte de inquilino permanente –Undyne tomó el teléfono de la pared y comenzó a marcar el número de un panfleto publicitario al lado-. Así que cualquier asunto que tengas, mejor que lo resuelvas antes de que comience a cobrarte alquiler.
-Gra… -Papyrus se aclaró su garganta invisible-. De acuerdo.
Si les gustó esta historia y quieren ver más, apreciaría que rebloguearan esta entrada de modo que les llegue a más personas. Gracias por leer.
Siguiente capítulo
el punto de ebullición fue una historia muy buena, me gustó más de lo que pensé, de casualidad, piensas hacer alguna continuación? dejaste la historia en un punto muy interesante
Aaaaaah, juraría que había respondido esto hace días. Lo siento mucho, anon, se me chispoteó mal xD Carajo, maldita mala memoria mía.Sobre tu mensaje, aw, gracias <3 He estado trabajando en una pequeña continuación porque tengo la idea fresca en mente. Lo estaré sacando pronto y tal vez aproveche de tachar el trabajo de la lista de pendientes. Igual esta historia no será larga ni muy compleja. Sólo esta continuación y el clímax para que todos acaben contentos.
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